CAPÍTULO 17

Don Cosme Balmaceda era un hombre difícil de definir. La casa en la que ahora vivían los Rojas y Costa era la que había compartido con su mujer y sus dos hijas. La esposa, una hermosa asunceña de clase alta, se marchó un día aduciendo que el clima no le sentaba. Desde ese momento no volvió nunca más a pisar esas tierras. Él viajaba cada tanto a ver a sus guainas, pero con el tiempo sus viajes se fueron espaciando cada vez más. Al tiempo de quedarse solo llegaron los Rojas y Costa buscando una propiedad y él decidió arrendarles la casa y algo de tierra. Don Cosme prefirió instalarse en la estancia, un sitio alejado pero más apto para sus necesidades. El acuerdo era bueno para las dos partes. Más aún, era tan bueno que Lorenzo, Tomás y Augusto solían gastarle bromas a Piedad diciéndole que gracias a ella don Cosme los trataba con tanta deferencia. Ella los reprendía, pero algo de verdad había. No porque el hombre tuviera intereses sentimentales con la menor de las Rojas, sino porque así como se conmovió al verla por primera vez arrastrando una silla, se sorprendió —y gratamente— al descubrir el carácter con el que manejaba a esa cantidad de jovencitos que tenía por hijos. Había arribado acompañada de una morena y de su hermana, pero ésta había fallecido intempestivamente. “El alejarse de la tierra roja fue como una peste mortal para Lucía, su alma se quedó en Santo Tomé, en Candelaria”, le había manifestado Piedad, quien con esa frase volvió a sorprenderlo. Esa mujer podía hallarle sentido aun a las cosas más dolorosas.

Los muchachos eran honestos y trabajadores, y las niñas educadas y respetuosas. Envidiaba sanamente a los Rojas y Costa, porque lograban adaptarse sin quejas ni remilgos; tan distinto de su mujer Esther y de sus niñas, María y Elisa, que ni siquiera deseaban acompañarlo una temporada breve. Se había acostumbrado a la soledad; de hecho, los Rojas siempre lo invitaban para las fiestas o para alguna celebración en particular, pero él se encerraba en su casa sin dar demasiadas explicaciones. La soledad no había sido del todo mala; sin ocupar su tiempo nada más que en la estancia, se había consolidado como un hombre próspero y rico que podía solventar todos los caprichos y gastos que hacían sus mujeres en el Paraguay.

Esa mañana estaba justamente analizando el dinero que les enviaría, cuando Lorenzo se apersonó en la sala.

—Perdone, don Cosme, me dijo Tristán que usted me mandaba a llamar.

—Sí, pase muchacho.

El hombre guardó sus papeles y empezó a cebar el mate. Lo hacía con parsimonia, y durante todo ese tiempo no dijo nada. Cuando lo creyó oportuno, recién entonces empezó a hablar.

—¿Usted anda metido en alguna revuelta de indios? —No era de esquivarle a los asuntos, iba de frente, cayera o no bien lo que decía.

Lorenzo podía mentir, pero un hombre como don Cosme no era para engatusar.

—En algo de eso, pero quédese tranquilo que yo no tuve nada que ver con lo de Aulestía; cuando ocurrió lo del fusilamiento, andaba por estos lados. Ni siquiera es que estoy al frente, sólo viajé para darle mi apoyo a Tacuabé y a Cumandiyú…

—Esos dos… pelean, matan, defienden. ¿Qué iban a hacer si ganaban? Nada. Pelean de puro salvajismo, luchan con ideales viejos en estos tiempos nuevos.

—Los ideales no se vuelven viejos, don Cosme, disculpe que se lo diga así. Además, yo pensé que a usted no le caían los correntinos.

—Don Ferré, tal vez un poco, pero ese comandante que nos ha tocado en suerte, el tal Onofre, no me cae nada —Recién en ese momento convidó el primer mate a Lorenzo.

—¿Y entonces?

—Y entonces que suena muy lindo lo de Misiones para los misioneros, pero acá no hay nadie que sepa qué va a hacer en estas tierras. Al menos los correntinos tienen un proyecto, y para un estanciero como yo, un proyecto poco beneficioso es mejor que el desorden —volvió el silencio, a Lorenzo solían ponerlo incómodo las formas de don Cosme, siempre tan callado, tan lento para hacer y decir. Pero se armaba de paciencia y esperaba.

—No quiero discutir de política con usted, no me parece respetuoso de mi parte.

—No se sienta intimidado, usted tiene derecho a pensar lo que quiera, lo que pasa es que no quiero que sus problemas me afecten. Sabe que le tengo aprecio, y que también se lo tengo a su familia…

—Lo mismo digo. Además, siempre le hemos cumplido.

—Sí, siempre —el hombre se puso de pie, caminó hasta la puerta y con un grito llamó a Tristán, un muchacho que hacía mil cosas para su patrón y que apareció, agitado y atolondrado.

—Vaya y traiga el sobre ese que dejé en el escritorio.

Luego, con la misma parsimonia, se sentó y empezó a hablar:

—He conseguido una autorización muy precaria para que pueda pasar por la Trinchera de los Paraguayos o la Rinconada de San José, o como quiera llamarle. Yo siempre me he llevado bien con el Supremo, pero la gente de Ferré ha empezado a hacer controles, no quieren que saquemos más hacienda correntina para esos lados; ni qué hablar de mandarlas para el Brasil con todo esto de la guerra… Necesito que sea cauto, astuto; no son tantos animales, y allá se le van a sumar algunos otros. Busque a Braulio, al paraguayo, él se los va a dejar a su cargo. El trayecto es relativamente corto, pero quiero que lo haga usted con sus hermanos o su gente de confianza, porque si las cosas no salen bien…

Ahora el que hacía silencio era Lorenzo. Don Cosme pagaba lo suficiente, pero esto sonaba peligroso.

—Lo vamos a hacer, pero tenemos que asegurarnos de que tenemos todas las garantías.

—Nos vamos a asegurar.

—Desde la estancia nos estamos llevando muchas cabezas, ¿acaso se está desprendiendo de la propiedad?

—No, pero el tal Onofre viene cada dos por tres a pedir colaboración para la causa, dice que los habitantes de esta tierra debemos colaborar con Ferré y con Corrientes.

—Ah, ya veo que empieza a coincidir conmigo, entonces.

—Ni tanto, previamente pasaron otros indios que ni siquiera pidieron, simplemente me robaron los animales. Parece que también tienen sus causas; todos tienen causas para apropiarse de lo ajeno…

Lorenzo no replicó; en realidad, algo de razón había en las palabras de don Cosme. Luego preguntó por algo que le daba vueltas en la cabeza desde el último arreo.

—¿Qué pasa si en el camino nos agarra la gente de Ferré y nos quiere sacar los animales, o si se dan cuenta de que estamos en arreglo con los paraguayos y los brasileños?

—Usted les dice que tienen que hablarlo conmigo, que yo les voy a dar lo que corresponda, que ustedes son sólo troperos, que no tienen nada que ver.

—Eso fue lo que les dijeron mis hermanos la última vez, pero no les gustó.

—Lo sé, por eso vinieron a verme. Por ahora seguiremos así.

—Bien, ¿y cuándo salimos?

—Yo le aviso en estos días.

Tristán llegó con el sobre y éste fue a parar a manos de Lorenzo.

—La autorización —afirmó Balmaceda.

El hombre ni siquiera lo despidió. Volvió a sus papeles y Lorenzo supo que era el momento de marcharse. No preguntó por la paga; supo que sería buena teniendo en cuenta los riesgos que acarreaba.