CAPÍTULO 2

Lorenzo

Ella duerme profundamente. Yo en cambio no puedo. Me siento a su lado y la miro. Margarita es una chica corpulenta, de facciones armoniosas. No tengo dudas de que sería una buena esposa. Trabajadora y leal, méritos suficientes para ocuparse de la chacra y los hijos. Sin embargo, algo me dice que no es lo que realmente quiero. Cuando la conocí recién había perdido a su madre y desde hace un tiempo comenzamos a noviar. En realidad, yo nunca le puse un nombre formal a la relación, de eso se encargó ella. Tuvimos algunos desencuentros en el medio, porque no soy todo lo fiel que ella espera, y quizás esa situación fue la que la inclinó a entregarse a mí.

Sorteando la mirada de su padre, don Martín, empezamos a encontrarnos por las noches en una tapera cercana a la laguna. Aquí nos hallamos en esta fresca madrugada de octubre, luego de haber saciado nuestros deseos y compartido la intimidad. Al igual que cada vez que hacemos el amor, ella me ha preguntado cuándo pondremos fecha para la boda, y yo evadiendo la respuesta una vez más he murmurado: “Pronto”.

Una boda… La idea me abruma. Antes era más fácil pensar en Margarita como mi mujer, pero ahora tengo el corazón inquieto.

En estas confusiones mucho tiene que ver lo acontecido en el pasado cumpleaños de mi prima Milagros, esa a la que sólo yo llamo por su nombre indio, Ñasaindy.

Con la familia habíamos decidido que después de tantas pérdidas dolorosas, era el momento de celebrar con algo especial. Por eso le organizamos una fiesta para sus quince años. Cuando la vi bajar con su vestido nuevo, claro y ceñido al cuerpo, el cabello recogido y adornado con flores, cierto ímpetu que mantenía reprimido se me sacudió desde las entrañas. Esa noche no pude dejar de observarla. La deseé con remordimiento. Incluso tuve el coraje de llevarla a la galería para entregarle, sin testigos de por medio, un diminuto dije de madera hecho por mis manos. Era un corazón que colgué de su cuello con una cinta de raso. Pude percibir cómo su cuerpo se estremecía ante el contacto de mis manos. Fue extraño, los dos sentimos algo que nos generó nerviosismo. Desde entonces empezamos a evitar encontrarnos a solas. Andamos como esos enamorados tontos que no se atreven a mirarse, a hablarse, que se ríen y sonrojan por cualquier cosa. Estamos confundidos, es imposible disimular, no sabemos engañarnos. Nos conocemos desde siempre, somos como el sauce y la laguna que han crecido juntos en un mismo recodo… Es que siempre hemos vivido bajo el mismo techo junto con mis hermanos adoptivos, Regina, Tomás y Augusto. A fin de cuentas, querernos y protegernos el uno al otro es algo normal y cotidiano en nuestra familia. Pero lo que estoy sintiendo por Ñasaindy es diferente. ¿Y si tal vez la estoy descubriendo como mujer? No, no es posible. Seguramente se trata de un maldito payé (embrujo), de esos que durante la primavera impregnan las flores y que con los primeros vientos se adueñan de los espíritus desprevenidos.

Para tratar de callar mis pensamientos, intento concentrarme nuevamente en Margarita, pero ni su piel lechosa y ni sus pechos pródigos logran contrarrestar el embrujo.

Dejo la tapera en busca de serenidad. Estoy a punto de prenderme un cigarro, pero prefiero llenar mis pulmones con el aroma fresco y húmedo del amanecer.

Es la hora en que los pájaros comienzan a trinar y el verde del monte se aclara mostrando el brillo de las últimas gotas del rocío.

¡Cuánto me gusta esa tierra, pero qué difícil se ha vuelto!

Aunque la guerra con los brasileños no nos ha afectado tan directamente, las batallas de Itaquí y de Paso del Rosario nos han dejado sus cicatrices. Recuerdo la última contienda, la del Paso del Rosario. El nombre de don Pedro Ferré se me viene a la cabeza. Cuando estábamos palpitando la derrota, su auxilio nos otorgó el triunfo. Pero no se trataba de una ayuda desinteresada, Corrientes estaba trazando su minucioso plan para quedarse con esas tierras. Los paraguayos, los brasileños, y hasta Entre Ríos tenían también sus aspiraciones, aunque la habilidad de Ferré se ha impuesto. De hecho, ya se ha firmado el pacto para que Corrientes se haga cargo de Misiones.

La situación está complicada porque los cabildantes de San Miguel y de Loreto adhieren a la iniciativa, mientras que los indios del otro lado de los esteros, bajo el mando de Gaspar Tacuabé y Agustín Cumandiyú, se niegan. Ellos quieren una provincia independiente. Y yo, que siempre he estado cerca de guaraníes, en medio de estas divisiones no se aún muy bien qué pensar al respecto. Los guaraníes del Paraná siempre han sido más dóciles, más negociadores. Los de la orilla del Uruguay, en cambio, se caracterizan por su bravura. Mi corazón está partido, quiero a esa raza como si fuera propia, aunque nada de indio corre por mis venas.

La presencia de Ferré traerá un poco de armonía, lo sé. Pero también intuyo que los términos no serán del todo justos para nosotros, los simples chacareros.

Casi no he hablado del tema con la familia, no quiero llevarle problemas a mi madre, Piedad. Sin embargo, con mis hermanos sabemos que se nos vienen tiempos complicados. El propio don Cosme —el hacendado para el que trabajamos— está preocupado: su gran aliado es el Supremo paraguayo, Gaspar de Francia, y está convencido de que Ferré pondrá restricciones al comercio de ganados en la Rinconada de San José.

—¿Ya levantado? —Margarita aparece por detrás, a medio vestir, y me saca de mis cavilaciones.

—Sí, ya te estaba por despertar. Volvamos que está amaneciendo.

Ella me sonríe y ya no me parece tan bonita ni tan virtuosa como para prometer ante el altar amor eterno.

Para compensar la perfidia, le ofrezco una caricia mentirosa, llena de promesas que seguramente serán incumplidas.