CAPÍTULO 4
Los días seguían fríos. Una manta de lana cubría su espalda y un cigarro oficiaba de compañía.
Estaba desolado. Era cierto que el cruce de esa mañana con Onofre lo había dejado molesto y hasta preocupado, pero su enojo estaba asociado a otra cosa: la boda con Margarita.
Aunque habían tenido que posponerla cuando ella empezó con pérdidas y malestares, la fecha se acercaba inexorablemente. No era del todo bien visto que la novia se casara gruesa y que ni siquiera los meses permitieran mentir sobre un parto prematuro. Pero así serían las cosas.
De todas maneras, había tan poca vida social en los alrededores, que lo de la unión era más por honor familiar que por convencionalismos.
Lorenzo iba a verla cada vez que podía. Ella lo esperaba recostada en su catre, pálida y decaída. Hablaban poco y nada, habitualmente bajo la mirada atenta de don Martín o de Piedad, quien solía acompañarlo.
Días atrás se habían quedado solos, y entonces Margarita le consultó sin rodeos:
—¿Me odiás?
—No, ¿por qué me preguntás eso? —Lorenzo ni siquiera la miraba.
—Porque sé muy bien que no me amás, pero de ahí a que me odies… No me gustaría que viviéramos así.
—No te odio, quedate tranquila —hablaba como susurrando. Lo angustiaba tanto ese casamiento impuesto, ese hijo no deseado, esa mujer a la que cada vez quería menos.
—Hay otra, ¿no?
Lorenzo no respondió. Margarita no necesitó tampoco su respuesta.
—¿Quién es? —insistió.
—No tiene importancia, no va a intervenir entre nosotros, si eso es lo que te preocupa.
—Interviene porque es evidente que andás todo el día pensando en ella.
—Pensar no es hacer. Yo no voy a faltarte, podés estar tranquila con eso.
Margarita no tuvo el valor de agregar nada más. Ya no tenía dudas: ese hombre no le pertenecía. Se detestaba por haberse entregado a él, y también por terminar en esa situación. Ella amaba a Lorenzo, le gustaban su piel, su boca, su cabello, su forma de hablar, su voz… pero no lo quería así: obligado, y con una tercera en el medio.
—No es justo —expresó Margarita.
—No, pero para la gente angá (pobre) como nosotros la justicia no existe.
Él se alejó, dando por concluida la charla.
Recordar ese momento le produjo una intensa desazón. Miró al cielo confundido y susurró con dulzura: “Ñasaindy”. ¿Ella estaría pensando en él?
La presencia y la voz de Regina lo sorprendieron.
—Andás por acá todavía… Está frío, vas a enfermarte.
Ella también venía envuelta en una manta, y sin siquiera pedir permiso se sentó a su lado.
—Ojalá me enfermara y me muriera —Eso lo dijo con sinceridad, tenía deseos de desaparecer de la Tierra, de dormir eternamente y terminar con ese padecimiento.
—¿Estás loco? ¿Qué decís? —Regina le palmeó la espalda con ternura. Lorenzo era al que más sentía como su hermano. Aprovechando ese gesto de afecto y esa intimidad, él le confesó:
—Estoy perdiendo la cabeza. Cada noche tengo el deseo de agarrar el caballo, galopar hasta Corrientes, robármela a la Ñasaindy y llevármela lejos. Pero después pienso en las malditas obligaciones, en Margarita, en el hijo que espera… Me siento un prisionero.
—Lo imagino, hermano, pero tenés que seguir adelante.
—Me odio por haberme dejado tentar por Margarita, habiendo tantas otras mujeres, justo ella…
—Una tontera que estás pagando caro —Regina había recibido ese día una carta de Milagros. Ella le contaba allí algunas cosas, que si bien eran secretas, tenía la sensación de que si se las contaba a Lorenzo tal vez le ayudarían a encarar su vida de otra manera—. Lorenzo… —no sabía cómo empezar—, hoy recibí una carta de Milagros. Ella está intentando hacer una nueva vida y vos tendrías que hacer lo mismo.
—¡¿Qué?! —Lorenzo la miró, molesto—. ¡¿Qué es eso de la “nueva vida”?!
—Eso, que está tratando de hacer nuevos amigos, de salir un poco, de… de olvidarte.
—¿Acaso ha conocido a alguien?
—No —se apresuró a responder Regina.
—No quiero mentiras. Si ya soltaste la lengua, quiero que me digas todo —Lorenzo estaba enfurecido.
—No ha conocido a nadie y sigue sufriendo por vos, pero ha encontrado algo de tranquilidad en… nuevas amistades.
—¿Qué amistades?
—Bueno, no tan nuevas. ¿Te acordás del hijo de don Campbell y Felicitas? —aunque Regina intentaba parecer natural, esa pregunta fue como si hubiera prendido fuego en los campos secos.
—Ah, pero qué poco le duraron las lágrimas, el amor y las promesas. Yo sufriendo la desdicha y ella viviendo la gran vida de la ciudad en compañía de ese… irlandés de mierda.
—Lorenzo, es absurdo que te pongas así. Hice mal en decírtelo.
—No, hiciste muy bien, así la dejo de pensar día y noche, como un idiota.
Él se levantó y Regina intentó alcanzarlo.
—Ella te ama aún.
—Pero no como la amo yo.
Regina se sintió mal por haberle contado eso, pero en el fondo ella también estaba un poco resentida. Veía a Lorenzo consumirse en la tristeza cada día y le había dolido leer aquello de: “No lo olvido, pero lo necesito menos. Una buena compañía como Peter ayuda mucho”.
* * *
Sintió un frío helado y decidió que era hora de volver a la casa. Sin embargo, el ladrido de los perros la alertó. Los vio olfatear y meterse campo adentro. Miró a la casa, estaba cerca, ya no quedaba nadie afuera. Tal vez debería regresar. Pero le ganó la curiosidad y siguió a los animales.
Llegó hasta un pequeño sendero. No se veía mucho, estaba oscuro. Como era miedosa, no se atrevió a indagar más. Al dar la vuelta para regresar, la claridad de la luna delineó una silueta y un rostro que la estremecieron.
—¿Qué hace aquí, comandante? —preguntó con voz entrecortada.
Onofre se había escabullido hasta la casa de los Rojas con la intención de espiar a Lorenzo y hacerle alguna advertencia. Pero cuando llegó, el muchacho se estaba yendo para dentro. Sin embargo, el destino le había dejado otra “presa” a su merced: Regina, sola y vulnerable.
—Pensé que tal vez encontraría a Lorenzo para arreglar algunas diferencias que tuvimos esta mañana, pero…
—No hacía falta que se escondiera en la noche como el aguará guazú; con acercarse a la casa, bastaba.
—Me pareció un poco inadecuado por la hora.
—Bueno, si quiere le digo que vino, o lo acompaño. Todavía no cenamos… —Regina quería huir de esa situación embarazosa.
—No, vuelvo en otro momento —lejos de irse, Onofre empezó a acercársele—. ¿Y usted, qué hace afuera a estas horas? Está un poco oscuro ya.
—Estaba con mi hermano, luego sentí unos ruidos…
—No me gusta verla tan desprotegida y solitaria —Onofre hablaba casi pegándole el rostro. Sintió repugnancia, podía percibir alcohol en su aliento.
—Permiso —fue lo único que atinó a decir, pero la mano del hombre la retuvo causándole el mismo escozor que aquella vez, en la Nochebuena, cuando quiso obligarla a bailar.
—No se vaya tan rápido, tengo la sensación de que siempre está escapándose de mí.
—Discúlpeme, pero no es correcto.
—Yo solamente quiero que sepa que cuenta conmigo para que lo necesite, y cuando digo “lo que necesite” me refiero a todo lo que a usted se le ocurra… todo —pegó sus labios a los de ella para decir esa última palabra. Regina tembló como una hoja. No sabía qué hacer ni qué decir.
—¿Se encuentra bien, Regina? —la voz de Arandú retumbó en el silencio de la noche.
Ella no pudo responder, sólo atinó a correr a su lado para ocultarse detrás de él.
—¿Otra vez por aquí? —consultó Onofre de mal modo.
—Ésta es como mi familia, ya se lo dije —respondió el indio sin dejarse intimidar.
El comandante lo miró con desprecio y empezó a marcharse molesto, sin siquiera despedirse.
Cuando lo supo lejos, Regina abrazó a Arandú por la espalda. Éste tomó sus manos, pudo sentir su miedo.
—¿Qué ocurrió?
—Ese hombre, se me apareció de improviso.
—¿Te hizo algo? —Arandú estaba preocupado.
—No, sólo que me parece que tiene malas intenciones —Ella no quiso referirle sobre sus avances fuera de lugar.
—Las tiene, te lo dije cuando ocurrió aquello en el río —Arandú se dio vuelta para mirarla a los ojos—. Tranquila, ya estoy aquí. Tenés que cuidarte de ese hombre, no andar sola en la oscuridad.
—No hablemos de Onofre, por favor —mutando el miedo por la dulzura, confesó—: Te extrañaba —Regina acercó su rostro, y él se dejó llevar por la tentación. La besó con ternura y la abrazó con fuerza—. Volviste.
—Te dije que iba a volver —Sintió el deseo de retenerla allí, quedarse los dos solos amándose en medio de la oscuridad. Pero debía hacer las cosas bien, por eso sugirió—: Vamos a la casa, quiero saludar a la familia.
—Hiciste una promesa antes de irte —Regina sonaba ansiosa.
—Para eso he regresado, panambí (mariposa).
Ella volvió a buscar cobijo en sus brazos protectores.