CAPÍTULO 7
Ya con la firma de la Convención Preliminar de Paz entre la Argentina y el Brasil, y con Pedro Cabral como flamante gobernador de Corrientes, Regina arribó a la ciudad.
—¡Qué suerte que estás aquí! —Milagros la recibió con un abrazo efusivo. Necesitaba a su amiga, a su hermana de la vida. Tenía mucho para contarle y además quería tener novedades frescas de todo lo que estaba ocurriendo en Loreto.
La familia también la recibió con entusiasmo. Las amigas se instalaron juntas en el cuarto de huéspedes, y Manuela recuperó su privacidad.
Aprovecharon la hora de la siesta para quedarse en el cuarto y poder hablar a sus anchas, sin que nadie se entrometiera.
—Bueno, ahora que no hay nadie rondándonos, contá todo. ¿Cómo andan allá? —Milagros estaba ansiosa.
—Todos muy bien. Piedad y Sole te extrañan, pero lo llevan de la mejor manera posible.
—¿Y los muchachos? —a Milagros se le hacía difícil nombrar directamente a Lorenzo.
—Tomás y Augusto trabajando mucho, Lorenzo también aunque…
—¿Qué?
—No se halla en medio de tanto dolor, si lo vieras… Se escapa por las noches a fumar solo, mira el cielo, es como si te buscara en las estrellas. Lo he escuchado repetir tu nombre indio como un loco.
—¿Y lo del casorio cómo va? —preguntó Milagros con la intención de concentrar el tema en otro punto.
—Ahí anda, ha salido floja esa guaina. Estuvo a punto de perder al crío, y por eso se retrasó la boda. Ahora que ha pasado el peligro, parece que en unas semanas ya se hace nomás. A veces no sé si para Lorenzo fue mejor o peor ese retraso.
—¿Al menos está entusiasmado con el mitaí (niño)?
—No. La verdad es que no lo veo entusiasmado con nada. Para él es como si la infelicidad se le hubiera caído encima…
—¿Para él solo?
El gesto de duda de Regina generó malestar en Milagros:
—¿Qué pensás? ¿Qué para mí no es así?
—¿De verdad querés que te responda? Mirá que no te va a gustar… —Regina tenía la certeza de que para Lorenzo la situación era, sin duda, mucho más dolorosa que para Milagros.
—Hablá, quiero saber lo que pensás.
—Pienso que pese a todo, vos te pudiste escapar. No estás obligada a casarte con quien no querés.
—Pero tampoco puedo casarme con quien sí quiero.
—Por ahora, pero tus sentimientos pueden cambiar.
—Ah… entiendo. Creés que Lorenzo no va a dejar de quererme nunca, y en cambio yo sí voy a dejar de quererlo —a Milagros le dolió esa declaración, sobre todo porque sabía que algo de verdad escondía—. Te recuerdo que el tonto que se… revolcó con otra fue él —Eso último lo dijo casi en un murmullo, con miedo de que alguien la escuchara hablando en esos términos.
—Por favor, los hombres son así. No siempre intimar con alguien tiene que ver con el amor.
—A él lo justificas y a mí me tratás de floja.
—Te recuerdo que la que me escribió diciendo que pese a todo estabas bien aquí, que disfrutabas de la amistad de Peter y algunas otras bobadas más fuiste vos.
—¡No puedo creer que me digas eso! ¿Creés que Peter ocupa el lugar de Lorenzo? —Milagros había empezado a levantar la voz.
—No, no creo que ocupe su lugar, pero creo que tiene méritos suficientes para ganarse un sitio propio en tu corazón. Y no me digas que no porque se te han puesto las mejillas como manzanas… Además, tanto enojo responde a algo, ¿o no?
Milagros se quedó en silencio intentando calmarse. Regina no estaba tan errada.
—Algo hay —admitió—, pero no es amor, no al menos el amor que siento por Lorenzo. Peter es un hombre guapo, un buen amigo, hasta puedo hablar con él de Lorenzo y no se enoja ni se pone hecho una furia. ¿Imaginate si fuera al revés? Aquel otro haría un escándalo.
—Ni falta hace que lo imagine, no sabés cómo se puso cuando le dije lo de tus paseos con Peter —Regina se dio cuenta de que nuevamente hablaba de más. No tenía intención de contarle eso, pero se le escapó, como siempre se le escapaban las confidencias y los secretos.
—¡¿Qué?! ¿Por qué le contaste eso? —Milagros estaba indignada.
—No te lo tendría que haber dicho…
—A él no se lo tendrías que haber dicho. ¿Yo te escribo contándote algo personal y vos se lo decís a Lorenzo?
—Pensé que lo ayudaría a resignarse. A vos te quiero, pero a él también. Es mi hermano —Milagros volvió a hacer el esfuerzo de serenarse—. Mili, Lorenzo sufre mucho. Vos estás haciendo acá una nueva vida, y por más doloroso que sea, es preferible que piense de verdad que te perdió para siempre. No tiene opción, se va a casar con Margarita, va a tener un hijo con ella… Se va a tener que resignar.
—¿Por qué? ¿Por qué tenemos que resignarnos? —Milagros estalló y Regina se quedó conmovida sin saber qué hacer—. Todo podría haber sido diferente.
—Qué sé yo… A lo mejor Margarita ni siquiera supera el parto…
—Ay, por Dios —Milagros se santiguó—, cualquiera diría que le deseás la muerte.
—No, pero… que Dios me perdone… te juro que lo he pensado. La he ido a visitar varias veces, y hasta le he preparado algunos brebajes. Cuando la veo tan débil, no sólo de cuerpo sino también de alma, tengo la sensación de que no es de las que viven mucho. Una presiente esas cosas.
—No digas eso, me sentiría muy mal si algo le pasara, sobre todo porque… yo también lo he pensado —estaba mortificada al admitirlo.
—Bueno, somos seres humanos y, como tales, no tenemos poder sobre la vida y la muerte. Ni vos ni yo vamos a asesinarla, así que si vive, a aguantársela, y si se muere, nosotras no somos las culpables.
—¿Y ella qué dice de todo esto? ¿Se da cuenta de lo mal que está Lorenzo?
—Por supuesto que se da cuenta. Y sufre, porque no es una mala mujer —Regina se acercó y en tono confidencial le contó—: La última vez que la fui a ver me preguntó si sabía quién era la mujer de la que Lorenzo estaba enamorado.
—¿Ella sabe?
—Parece que sí. Yo igual le dije que no hablara pavadas, que Lorenzo no tenía otra mujer, pero no me creyó. Me da pena, la pobre, mal embarazo, un hombre que no la quiere…
—Tendría que haber pensado mejor las cosas antes de entregarse.
Regina estaba por replicar, pero prefirió callarse. Milagros tampoco quiso seguir con el tema, y por eso cambió el eje de la charla.
—¿Y vos? ¿Cómo vas con lo tuyo?
Regina sonrió, y empezó:
—Arandú habló con Piedad. No estamos comprometidos ni nada de eso, pero ella le dijo que si viene con algo sólido va a dejar que nos casemos. Ahora se ha ido para el lado de la Banda Oriental, quiere instalarse allí, armar un rancho, tener algo como para pedir mi mano.
—¿De verdad? —Milagros se mostró feliz, aunque rápidamente consultó—: ¿Estarías dispuesta a dejar a la familia y vivir así entre tantas necesidades?
—Sí. Lo amo, Milagros. Tengo la sensación de que cuando estoy con él no necesito nada más.
—Sí, pero con el pasar del tiempo algo vas a necesitar.
—No te olvides de que soy una huérfana, una mujer de campo, no aspiro a grandes cosas. Además, tengo que confiarte algo —Regina necesitaba contarle a alguien lo vivido con Arandú.
—Hablá tranquila, yo no soy vos, sé callarme la boca —dijo la otra con sorna.
—Yo y Arandú estuvimos juntos… juntos como están los hombres y las mujeres —sintió una oleada de calor al contar aquello.
—¿Y cómo es? Digo, ¿cómo se siente? —Milagros solía fantasear y hasta soñar con cosas así; le abochornaba admitirlo, pero le intrigaba. Ahora que su amiga lo había experimentado no podía evitar el deseo de saber realmente cómo era intimar de esa manera con un hombre.
—No sé, al principio tanto no me gustó. Fueron más las ganas que el placer, pero después… —Regina no siguió y se dejó llevar por los recuerdos.
—¿Entonces lo hiciste más de una vez? —Milagros sentía que su amiga era una experta.
—Sí. Es tan maravilloso. Pasa una vez, pasa otra, y luego ya no querés que deje de pasar.
—Has sido medio cabeza hueca por entregarte de esa manera. ¿No te basta el ejemplo de Margarita?
—Lo mío es muy distinto. Arandú es mi hombre, más tarde o más temprano vamos a vivir juntos. En cambio, lo de Lorenzo y ella nunca funcionó.
Milagros admitió:
—Me alegro por ustedes, en especial por vos. Él va a ser un buen esposo, y vos una gran mujer. Estoy segura.
—Me gustaría que vos también encontraras un buen marido… ¿Qué tal Peter?
Las dos rieron, no agregaron nada más, pero Milagros se quedó pensando en eso durante el resto del día.
* * *
Cuando Regina bajó esa tarde a la sala, encontró a Beatriz, a Visitación y a Milagros tomando el té con una mujer joven. Estaba muy arreglada y se movía con aires señoriales. Se fijó en su propia ropa, y recién entonces comprendió que esa camisa y esa falda oscura eran un tanto inapropiadas para la vida de la ciudad.
—Buenas tardes —saludó, con la intención de sumarse al grupo.
—Buenas tardes —respondió la invitada, quien rápidamente se puso de pie y se presentó—: Soy Leticia Pérez e Ibáñez.
—Regina Rojas —expresó ella, un tanto obnubilada por su acento español.
—La señorita Leticia está en Corrientes como maestra. Ha vivido en Colonia del Sacramento y en Montevideo —agregó doña Beatriz.
—¡Qué bien! —manifestó Regina sin tener mucho más para decir.
—¿Y Salvador aún no ha regresado?
La pregunta de Leticia fue para Visitación como una bala que se aloja en el medio del hígado.
—No —respondió Visitación en seco, sin nada más que agregar.
—¡Qué extraño! Digo, dejar al niño tanto tiempo —Leticia estaba dispuesta a sacar toda la información posible sobre Baltazares.
—El niño está bien cuidado aquí; además, él es un buen padre y muy pronto regresará —doña Beatriz dijo aquello como para dar por cerrado el tema. En realidad, ella no sabía muy bien por qué Salvador se había marchado así tan de repente, con su trabajo a medio hacer. Tuvo la percepción de que entre ese hombre y su nuera había algo más, pero si Visitación no se lo decía, ella tampoco se lo preguntaría.
—No tengo dudas de que es un buen padre, pero es evidente que la mala influencia de esa esposa que tuvo lo llevó por un camino equivocado.
—¿Por qué dice eso? —Visitación jamás se había atrevido a preguntar demasiado a Salvador sobre su esposa, pero le interesaba conocer detalles de ella.
—Yo conocí a su familia cuando era una niña. Tenían una linda casita en las afueras de Colonia del Sacramento, y unos buenos campos más al norte. Don Toribio y Salvador anduvieron por cuanta revolución y lucha hubo en la zona. Su madre y su hermana sufrían bastante esas andanzas, pero creo que lo que más las golpeó fue cuando él les cayó con la prometida. Era una… negra, más bien una mulata. No les voy a negar que era atractiva, pero nada tenía que ver con el mundo de los Bal… perdón, de los Azcuénaga.
Visitación captó el desliz de Leticia. Ella ya conocía su verdadero apellido, pero como aún no se lo había confesado a nadie, disimuló.
—Tal vez era Salvador el que no tenía que ver con ese mundo, ¿no? —A Visitación le molestaba no sólo que Leticia conociera tanto sobre el pasado de Salvador sino también descubrir que ella y su difunta mujer no se parecían en nada.
—Se llamaba Eunice y le decían La Parda, como si fuera un nombre de guerra. Finalmente, se marcharon a los campos del norte y pocas veces volvieron a ver a la familia. Cuando su padre murió y las mujeres se fueron a Europa, él podría haber elegido una mejor vida, pero la tal Parda era medio salvaje y lo llevó al mundo del campo, de las correrías, de la lanza… Estoy segura de que se debería haber casado con otra. Todo hubiera sido más fácil para él.
—El amor es así —concluyó Regina, a quien la historia le parecía fascinante. Ella conocía a Salvador, y la verdad es que no había imaginado que escondiera una existencia de esas características. De pronto, la asaltó la curiosidad—: ¿Y de qué murió su mujer?
—Se la mataron —respondió Visitación, conmovida.
—¡¿Cómo?! —Todas preguntaron al mismo tiempo, menos Leticia que conocía parte de lo ocurrido.
—Es algo muy doloroso, parece ser que alguien que le tenía envidia atacó sus campos, su casa y a su mujer. Panchito se salvó de casualidad.
—Pobre niño, perder así a su madre —reflexionó doña Beatriz.
—Bueno, igual con un padre viudo y tan guapo, pronto encontrará una madre nueva, ¿no? —Leticia miró a Visitación al decir eso. Había desafío en sus ojos, pero la otra no se amilanó sino que le sostuvo la mirada con igual ímpetu.
Nadie se atrevió a agregar nada más, y el tema quedó cerrado.
Leticia, viendo que no accedería a ninguna noticia de Salvador, decidió que era hora de marcharse.
—Bueno, me retiro, les agradezco el té y la compañía. Ah, me olvidaba, ¿vienen a la tertulia que ha preparado doña Clotilde?
—Supongo que sí —Las palabras de Visitación dejaron confundidas a Milagros y a Regina, quienes jamás en su vida habían ido a una reunión así.
Cuando Leticia se fue, Milagros consultó a su tía.
—¿Nosotras también vamos?
—Por supuesto.
—Yo no, no sé bailar, no sé estar con gente y ni siquiera tengo nada decente para ponerme.
—Sí que tienen. A Milagros le compré un hermoso vestido, y para vos Regina vamos a acondicionar uno mío, de esos que usaba cuando era joven. Y lo de bailar… mmm, lo hacías muy bien en la fiesta de Nochebuena.
—Eso era distinto; no había copetudos de la ciudad mirándome.
—Tranquilas, vamos a pasarlo muy bien.
* * *
Recién empezaba a atardecer cuando partieron a la tertulia. En el coche iban Visitación, Regina y Milagros. Doña Beatriz no se sentía bien y había decidido permanecer en la casa, y a Manuela no le quedó otra que hacerle compañía.
Visitación estaba elegante, con un vestido de seda azul marino. Remarcaba su bella figura aunque era cerrado hasta el cuello. Las más jóvenes usaban modelos más osados que dejaban al descubierto parte de los hombros. La tez morena de Milagros se lucía en un traje natural, mientras que la blancura marmolada de Regina brillaba enfundada en un atuendo en el que imperaban los violetas y los lilas.
Las joyas eran discretas, propias del buen gusto y la austeridad de Visitación, a quien no le gustaba la fastuosidad.
Al descender, el cochero Jacinto le advirtió a Visitación:
—Señora, ándese con cuidado, tuve la sensación de que un jinete nos seguía. Al llegar acá, se ha perdido en la callejuela que pasamos.
La mujer le restó importancia al tema.
Al ingresar fueron recibidas afectuosamente por la anfitriona. Era una mujer mayor, encantadora. La música ya sonaba de fondo, y los platos iban y venían de la mano de las criadas. Milagros y Regina miraban fascinadas de un lado a otro. Jamás habían estado en una fiesta como ésa.
No habían terminado de acomodarse cuando arribaron Felicitas junto con su esposo y Peter. Los más jóvenes formaron un grupo, mientras los mayores hablaban animadamente. Peter aprovechó para ubicarse entre las dos muchachas, aunque todas sus atenciones estaban dirigidas a Milagros.
Con el inicio del vals se atrevió a pedirle un baile, ella intentó negarse, pero ante la insistencia no tuvo más remedio que aceptar.
Regina los vio girar en la pista y, aunque le dolía reconocerlo, le pareció que hacían una buena pareja. Un muchacho algo afectado se acercó a ella con intenciones de sumarse a la ronda, pero Regina se excusó diciendo que no se sentía bien.
Felicitas y su marido, don Pedro, también se pusieron a bailar, y Visitación se quedó un rato junto a su sobrina. Compartían opiniones sobre los presentes, hasta que la más joven decidió acercarse a un grupo de muchachitas que la integraron para departir con ellas.
Ya sola, Visitación prefirió alejarse por la galería. Necesitaba un poco de aire, estaba aturdida. Además, deseaba ocultarse de Leticia. No quería hablar con ella, sabía perfectamente adónde derivaría la charla y no estaba en condiciones de saber más sobre el pasado de Salvador y su mujer muerta.
Casi sin querer se encontró pensando en la belleza, en la seducción, en la fuerza y en el coraje de La Parda. Todo eso la mortificaba. No entendía cuáles de sus atributos podrían atraerle a un hombre como Salvador. Tal vez sus besos y caricias habían sido sólo una señal de gratitud. O peor aún, ella simplemente había representado un bálsamo temporario para mitigar el dolor. A fin de cuentas, a la hora de elegir, El Portugués había decidido vengar la muerte de La Parda antes que quedarse junto a ella.
Tenía deseos de llorar, y por eso se escabulló en la soledad de la cochería. El lugar era oscuro, frío y solitario. Nadie la molestaría.
De pronto sintió unos pasos. No eran los criados, ni los cocheros. Lo supo porque había sigilo en ese andar. Se quedó quieta un rato, como para agudizar el oído. Percibió una presencia, pero no tuvo el coraje de enfrentarla. Sin saber muy bien por qué recordó al que había hecho referencia Jacinto.
Esa persona llegó hasta ella; podía sentir su respiración en su cuello, en su espalda. Pero Visitación no giró. Aunque estaba confundida, no tenía miedo. Pensó que tal vez todo era producto de su imaginación, pero se dio cuenta de que no.
Unas manos rozaron sus cabellos. Se estremeció. Esas mismas manos le taparon los ojos con un pañuelo negro. Quedó sumida en la oscuridad. Sólo podía utilizar los otros sentidos para entender la escena… Se concentró en el tacto. La aspereza de esas manos rozó sus mejillas y se detuvo en sus labios. Esos dedos eran como brasas. Estaban tan cerca que ella comenzó a temblar. ¿Temor? ¿Incertidumbre? ¿Placer? No podía acertar qué sentimiento la invadía.
En una especie de estado onírico, sintió como si flotara… Intentaba abrir los ojos, pero el lienzo que tenía sobre ellos no le permitía hacerlo. En un acto de arrojo estiró su mano para atraparlo, pero el individuo se escabulló.
Pasaron unos segundos hasta que se quitó el pañuelo. Tardó en adaptar su visión a la oscuridad del lugar, buscó de un lado al otro pero ya no había nadie.
Se emocionó, tuvo la certeza de que había sido El Portugués.
* * *
—Dijiste que no sabías bailar, pero mentiste —le dijo Peter mientras salían a la galería a descansar después de tantos giros.
—No sé bailar, pero lograste llevarme muy bien.
Se instaló un silencio incómodo, que Milagros rompió con una reflexión sincera:
—Sos un buen amigo, Peter.
—¿Y podríamos ser algo más? Perdón, ya te lo pregunté una vez y te molestó. Sé que no está bien que insista, pero la ansiedad me gana —Peter estaba nervioso.
—Mi corazón pertenece a Lorenzo… por ahora —remarcó eso último con vehemencia.
—Yo puedo hacer que eso cambie.
La seguridad de Peter la conmovió. Era bello, elegante, buena persona… La fiesta con sus lujos la deslumbraba. ¿Y si ella había nacido más para esa vida que para una chacra pobre y un esposo cuya mayor satisfacción era fumar un cigarro mientras miraba la luna?
Su madre le había dicho cierta vez que había otros mundos, y ella los estaba descubriendo ahora. Amaba el campo con su tierra enrojecida, sus ríos, sus esteros y el fulgor de las estrellas; pero también disfrutaba de los buenos aromas, de los vestidos lindos, del colgante con piedras azules que llevaba en su cuello; de ese hombre con el que podía reír y llorar sin miedo… Lo miró como respondiendo a sus dudas. Y él, casi sin pensarlo, rozó delicadamente sus labios.
Le gustó, le gustó su forma de besar. Hasta había sentido cierto aleteo en el estómago… No era amor, pero tal vez era algo que se le parecía.
La fiesta culminó, y al regreso la única que hablaba sin parar comentando todos los detalles era Regina. Milagros sentía una extraña mezcla de culpa y alegría.
Visitación no dejaba de pensar en el enigmático suceso.
Al llegar a la casa, encontró a doña Beatriz en la sala con Panchito adormecido en sus brazos.
—¿Le pasó algo? —consultó Visitación, preocupada.
—No, sólo que escuché unos ruidos, fui a su cuarto y lo encontré sentado en la cama…
Doña Beatriz llamó a su nuera a un rincón alejado del niño y le comentó casi en susurro:
—Pobrecito, parece que anda extrañando al padre. No sé si fue sueño, verdad o ilusión, pero el niño dice que don Salvador vino a verlo. Yo me asomé por los pasillos y galerías pero no había nadie. ¿En qué andará ese hombre? —La mujer sonaba preocupada.
—No se preocupe, vaya a descansar doña Beatriz, yo me quedo con él.
Milagros, Regina y Beatriz abandonaron la sala.
A Visitación le temblaba el cuerpo.
—Panchito, es hora de dormir.
—Hoy estuvo mi papá, pero no en sueños —dijo el pequeño.
—¿Vino a visitarte?
El pequeño asintió con la cabeza.
—¿Qué te dijo? —Visitación no podía controlar su ansiedad.
—Me dijo que falta muy poquito para que estemos juntos de nuevo, pero que ahora se tenía que volver a ir.
A Visitación le dolió escuchar eso.
—Bueno, ya regresará de nuevo. Ahora a la cama —se esforzó por parecer calma.
Al llegar a su cuarto, recordó cada detalle del enigmático encuentro. Había sido él… ¿Había regresado sólo para ver a Panchito? ¿Por qué la había seguido hasta la fiesta?
La respuesta le llegó por una nota que el propio Salvador le había dejado bajo su almohada.
“No he podido evitar la tentación de venir a verla. Panchito ha sido sólo la excusa. Tengo el alma enferma, tal vez, pero usted habita indefectiblemente en mi corazón.”
Visitación se conmovió. Salvador la quería, a su manera, con sus tormentos, pero la quería… Lloró un largo rato, porque supo que ningún amor sería suficiente para perdonarlo si asesinaba a inocentes.