CAPÍTULO 9

Milagros

Tomás y Augusto se marcharon a la madrugada. Regina y yo decidimos empezar temprano con las tareas de la chacra, queríamos revisar las plantaciones de maíz, yerba y té. Hasta teníamos la esperanza de cosechar algo de mandioca, de esas bien finitas que salen antes de fin de año.

Dos de las criaditas que vivían bajo nuestro amparo, Pura e Ignacia, se dedicarían a alimentar a los animales y a recoger huevos y verduras para el almuerzo. Flor, la otra muchacha que nos ayudaba, había quedado a cargo de las labores domésticas.

Soledad y Piedad habían ido al pueblo, supuestamente necesitaban comprar algunas cosas, pero en el fondo yo sabía muy bien que querían buscar información. No llegaban noticias y los rumores provenientes de San Roquito eran poco alentadores. Además, Piedad deseaba devolverle una carta a Visitación, quien días atrás nos había escrito contando que Felicitas, su cuñada, había llegado de Irlanda con el esposo y su hijo, y que tenían la intención de venir a visitarnos. “Ojalá vengan pronto”, pensé. En medio de tanta incertidumbre, era una buena noticia poder tener a mis primos y a mi tía en casa; incluso tenía deseos de conocer a Felicitas y a los suyos. Mi madre me habló muchas veces de ella. Felicitas siempre había estado enamorada de un irlandés que había ayudado en múltiples ocasiones a mi padre. Pero él estaba casado en su tierra y tenía un hijo allá. Felicitas tuvo paciencia y perseveró en sus sentimientos y finalmente, cuando éste enviudó, contrajeron matrimonio. No tuvieron hijos propios, pero Feli amó al pequeño Peter como si hubiera crecido en su propio vientre.

Pensaba en lo romántico de esa historia, cuando Regina empezó a contarme:

—Días atrás Margarita volvió a preguntarme por Lorenzo.

—Ni esa tonta se cree el cuento del arreo.

—No te cae bien, por lo que veo.

—No me cae ni bien ni mal —intentaba por todos los medios evitar hablar de ella y de su relación con Lorenzo.

—¿Estás celosa?

—¿De qué? —puse cara de sorprendida, pero mi incomodidad quedó al descubierto.

—No te hagas la desentendida. Ya te lo dije hace un tiempo. Entre vos y el Lorenzo hay algo raro, ¿o no?

—Un poco raro es… —admití. Si no lo aceptaba ante Regina con la que éramos como hermanas, ¿ante quién lo haría?

—¿Qué sentirías por él si no fuera tu primo, si no vivieran en la misma casa, si no se conocieran desde chicos?

—Si no, si no, si no… pero acá todo es si sí, si sí, si sí. Me tiene inquieta ese tema —confesé.

—No me parece que sea algo malo. Me gusta cuando los veo juntos. En cambio, no me gusta mi hermano al lado de Margarita. Son como el agua y el aceite. Y además él no está enamorado de ella.

—¿Vos qué sabés? —tal vez Lorenzo le había confesado a Regina algo. Aunque sabía que debía extirpar de mi corazón esos sentimientos, en lo más hondo de mi ser me moría por saber qué pensaba él al respecto.

—Al Lorenzo lo conozco como a nadie. No quiere a Margarita. En cambio, a vos te quiere desde que era piqui-í (pequeño).

Estaba por contradecir a Regina, cuando el avance de unos jinetes nos alertó.

—Los que vienen allá parecen ser de los milicos de Ferré —señaló sobresaltada.

Eran tres, entre ellos el comandante Miguel Onofre, que había sido asignado a la región.

Aunque era común verlos por estos lados, en ese momento sentí miedo. Estábamos solas, temía que vinieran por Lorenzo.

Junté coraje y cuando estuvimos frente a frente, saludé con naturalidad:

—Buenos días, comandante.

—Buenos días, señoritas. ¿Dónde andan los hombres de la casa?

Evidentemente buscaban otra información, tanto interés no era común, ni mucho menos casual.

—Han tenido que transportarle unas vaquitas a don Cosme Balmaceda. Suelen hacer esos trabajos, porque la chacra no rinde tanto.

—Ajá —asintió Onofre. Bajó del caballo y vino directamente hacia mí. Regina permanecía callada, y mejor así, si hablaba seguro que embarraba las cosas—. Pero la gente de don Cosme dice que sólo han visto a dos de ellos, que el rubión grandote no era de la partida. ¿Por dónde anda ése?

Yo no era una persona hábil para mentir. Sin embargo, mi madre siempre me decía: “No hay que temerle a la mentira si nos ayuda a sobrevivir, puede que no sea piadosa pero sí justificada”. Así que, sacando a relucir mis escasas dotes para el engaño, manifesté con un malestar exagerado:

—Ése ha salido hace ya varias noches de faldas por ahí y no vuelve. En cuanto regrese, si quiere, le digo que lo vea, pero espérese unos días, le cuesta recuperarse de tanta mujer y de tanta caña.

—Así que ha salido juerguista el muchacho, debería alistarse a la milicia.

—Debería… Pero no todo es malo en él, participó en Itaquí y en Paso del Rosario, durante la lucha contra los del Brasil —quería proteger a Lorenzo de alguna manera, aunque lo que más deseaba era que se marcharan.

—Guerra vieja ya para nosotros; ésta, la de ahora, es la que nos importa. Pero no se preocupe, querida. Ya vamos a volver.

Algo me decía que ese hombre sabía más de la cuenta, y hasta estaba convencida de que me había descubierto en la treta.

Antes de subir al caballo, miró con insistencia a Regina. Ella se ruborizó, incómoda, pero intentó sortear la situación bajando la vista y clavándola en las mandiocas y batatas.

Empezaba a tranquilizarme, hasta que antes de emprender la retirada Onofre me advirtió:

—Espero que las saliditas de su hermano no rumbeen hacia San Roquito.

Definitivamente, lo sabía. Quedé petrificada, tratando de que mi rostro no reflejara la alarma.

Se fueron y supe que la próxima visita no sería en términos tan cordiales.

* * *

Había sido clara con Regina: ni una palabra a Piedad y a Soledad de lo que había ocurrido esa mañana. Ya cuando Tomás y Augusto volvieran lo hablaríamos con ellos. De todas maneras, a Regina le era imposible ocultar su nerviosismo, Miguel Onofre le daba terror.

Piedad nos miraba de reojo, y yo pensé: “Si sabe que le he vuelto a mentir, me mata”.

Nos comentó sobre la próxima llegada de Visitación. Mi primo Lucio no vendría porque había ingresado al seminario, pero sí la acompañaría Manuela. También hizo referencia al arribo de Felicitas, don Pedro y su hijo Peter. Poco a poco la charla derivó en algo más ameno.

* * *

Me dormí temprano, pero Regina no tardó en despertarme abruptamente.

—Mili, hay ruidos afuera. ¿Serán los milicos de esta mañana?

Estaba todavía aturdida, pero el miedo me hizo recuperar el discernimiento. Me puse el salto de cama, le hice un gesto de silencio, nos calzamos las botas y salimos casi en puntas de pie. Pasamos por el cuarto de las armas y tomamos dos escopetas. No éramos muy buenas para usarlas pero, en caso de que fuera necesario, nos defenderíamos. Al llegar a la galería nos dimos cuenta de que efectivamente había alguien en el establo.

—Es Lorenzo —dije, calmada.

—¿Cómo sabés? —Regina todavía estaba asustada.

—Los perros no ladraron, y a semejante traza la conocería a mil leguas.

Estaba con otros dos. En cuanto sintieron nuestros pasos se pusieron en guardia, pero se relajaron cuando vieron que éramos nosotras.

—Lorenzo, gracias a Dios —le di un abrazo efusivo al que se sumó Regina. Después, cayendo en la cuenta de la situación, consulté—: ¿Qué hacen acá?

—Lo mismo pregunto yo. ¿Qué hacen levantadas a estas horas?

—¿Cómo te escurrís en la noche sin avisar? Casi nos matás de un susto —Sin embargo, mi mirada rápidamente se centró en los otros, uno era el indio con el que había estado tiempo atrás, y el otro, un desconocido de unos cuarenta años. El guaraní estaba herido.

—¿Qué le pasó? —preguntó Regina, que en artes de curar lo sabía todo. Había aprendido de Piedad, de Benito y de Soledad. Era una experta; no como yo, que solía empalidecer ante la primera gota de sangre.

—Arandú recibió unos cuantos golpes y un tiro, ya le sacamos la bala y hemos frenado la sangre, pero está afiebrado y dolorido. ¿Podés hacer algo, hermana? —Lorenzo estaba preocupado.

—Espérenme acá. Voy a buscar unas cosas y me encargo —Regina salió hacia la casa. Yo, quizá para no ver como la sangre le brotaba por esa tela mugrosa, centraba mi vista en Lorenzo. Le hice un gesto para que saliéramos de allí y habláramos a solas. Él lo comprendió y dejó a los hombres a la espera de Regina.

Una vez afuera, y en total oscuridad, sólo con la palmatoria como guía, no dudé en recriminarle:

—¡Qué cabeza! Traer a estos…

—Por lo que veo, ya se te esfumaron la alegría y la emoción de verme.

—No seas tonto, lo que pasa es que te están buscando, Lorenzo. Hoy tuvimos la visita del comandante Onofre y aunque no lo dijo abiertamente, sabe que anduviste en las montoneras de San Roquito…

—¿Les hicieron algo? ¿Te hicieron algo, Mili?

—¡No! No nos hicieron nada. Además te siguen a vos, no a nosotras. Tenés que cuidarte, esconderte.

—Hubo una revuelta, Cumandiyú fusiló a Aulestía y desde entonces fue una de tirar, huir, pelear… San Roquito quedó destruido. Escapamos de casualidad. Arandú estaba herido, no podía dejarlo ahí, sabía que su única esperanza era Regina, ella puede curarlo bien. Al otro no lo conozco, no tuvo nada que ver con la escaramuza, simplemente nos ayudó y anda buscando trabajo.

—Ah, pero qué buena idea. ¿Y acá lo trajiste para eso? Como si nos sobrara…

—Me salvó la vida. Un sitio donde dormir y un plato de comida no se le niegan a nadie. Además, parece un buen hombre.

—Está bien, no voy a discutir eso ahora. Pero hay que buscar un lugar para esconderlos, por lo menos al indio.

—El otro podría quedarse acá, no creo que genere sospechas.

Regina regresó con sus emplastos y hierbas aromáticas. Yo me di vuelta para volver a la casa, pero Lorenzo me persiguió y me tomó de la espalda. Sentirlo tan cerca me sacudió, su voz se me coló por los oídos como un chorro caliente y helado a la vez.

—Danos unos días, nos escondemos en la casa, y vemos qué hacemos. No voy a ponerlos en peligro.

No podía darme vuelta; en realidad, no quería darme vuelta. Temía que mis ojos no pudieran ocultar la excitación que me provocaba ese contacto, ni el terror que me generaba sentir de esa manera.

Pensé que me iba a soltar, que se iba a apartar. Pero no, siguió allí.

—¿Me extrañaste? —la pregunta excedía el interés fraternal. Me solté, nerviosa, y sin tener noción de lo que podían llegar a significar mis palabras, lo increpé:

—Esa pregunta se la deberías hacer a Margarita, no a mí.

—¿Te molesta mi relación con Margarita? —Odiaba cuando me hablaba en ese tono.

—¿Por qué debería molestarme? Soy tu prima, ¿no?

—No me gustaba que me pusiera en esa situación incómoda.

Bajé la vista, todo era confuso: por un lado, el lazo familiar que nos unía y, por el otro, esa sensación difícil de dominar.

Mortificada le pregunté:

—¿Por qué me hacés esto, Lorenzo? Me hace mal… Nos hace mal a los dos. Y además no es correcto, vamos a quemarnos en el infierno —No pude mirarlo, pero fue evidente que sintió algo de culpa por provocarme esa incomodidad.

Sin embargo, no se amedrentó. Al cabo de unos segundos sonrió con irreverencia. Entre avergonzada y molesta le di un cachetazo para borrarle la insolencia.

Mientras me marchaba, lo escuché gritar:

—No le tengo miedo al infierno… Y si me tengo que ir allí con vos, para mí estaría bien.

Llegué a la casa y cerré la puerta con violencia. Me quedé un rato parada, mirando la nada, con la cabeza y el corazón alborotados. Ni siquiera escuché a Piedad y a Soledad que, con tanto ruido, aparecieron en la sala.

—¿Qué está pasando? —consultó Piedad.

Yo me di vuelta, temiendo que mis sentimientos y turbaciones quedaran al descubierto, y antes de desaparecer por el pasillo que conducía a los cuartos, respondí:

—Es Lorenzo. Volvió.