BJORK
Un poco más a la derecha... ¡Demasiado! Vuelve despacio... así... ¡Ahí! Baja, poco a poco... ¡Con cuidado! ¡Ahora!
Desde el suelo, con ayuda del micrófono, la voz del capitán guiaba al helicóptero que largaba su cable lastrado con un bloque de dos toneladas.
—¡Cuidado! Vais a guiar la piedra sobre su pedestal, ¿está claro? Jem, a tu turno; párate y suelta sobre el punto fijo. Así, muy bien. Un poco más... ¡Párate!
Bien visible, el monolito descansaba ahora sobre su pedestal.
—Está magníficamente colocado —opinó el capataz—. Exactamente a la entrada del pozo. Así, todas las personas que vengan a visitarlo lo verán.
El hombre retrocedió unos pasos. Al resplandor extraordinario del sol, las letras doradas le deslumbraron. Parpadeando, las leyó:
El capataz hizo un movimiento de cabeza, observando con mirada aprobadora la lisa explanada con su césped rojo, sus árboles azules, y los grandes edificios blancos destinados a los placeres sin fin, en los que todo colono honrado podía ofrecerse, por veinticinco centavos y sin molestar a sus vecinos, las peores orgías oníricas, volviendo a salir blanco como la nieve.
—Bien han merecido el que se les honre —dijo el hombre—. Incluso se ha tardado demasiado.
—¡Esos sí eran héroes! —dijo otro obrero que se había acercado, señalando el letrero que rezaba: "Visita al pozo Duncan, 5 cents.".
—Yo no soy más que un hombre de pueblo —dijo el primero—, pero siento esas cosas, así, sin poder explicarlo. Las siento... ¡pues claro que sí!
—¿Qué explicación dar a lo que pasó? —dijo otro—. Ni siquiera su muerte... ¿Qué es lo que ocurrió exactamente?
Los hombres meditaron, en silencio...
Catherine llegó la última al fondo arenoso del pozo. Soltó la cuerda y fue a caer a los brazos de Will Etzevarry. Él la retuvo junto a sí, aún jadeante por el esfuerzo, y esto le produjo una curiosa impresión. La estrechó con más fuerza por unos instantes.
Lentamente, sacudiendo con una sonrisa la oleada de oro de sus cabellos, ella se libró del fuerte abrazo y le alargó los dedos quemados por el roce de la cuerda. Él le besó las palmas doloridas, con sus ojos clavados en los de la muchacha.
Una voz impaciente resonó a sus espaldas: el mineralogista, Leonce Chaval, se encontraba a su lado sin que ellos se hubieran apercibido. En cierto modo, Will se alegró de su presencia, pensando que el mineralogista estaba celoso. Cathy hizo un mohín de complicidad: a ella le encantaba también hacer sufrir un poco al hombre que tenía aquel nombre ridículo.
En la bóveda baja resonó la voz de Al Duncan, bien timbrada y segura, como el sabio de aspecto desenvuelto.
—¡Y bien, sobrina! Y usted, mi querido Chaval, ¿qué esperáis? ¡Un hipogeo semejante!
Will estaba irritado:
—¡Ya está rumiando su conferencia! Sabe que a mí me gusta su sobrina, aunque ella esté prometida a su secretario, ese bastardo de Ritz... ¡No hacen falta escándalos, Al! ¡Nada impedirá que la chica llegue a ser mía, mañana mismo quizá...!
Los tres se volvieron hacia el jefe de la expedición, que llevaba pegado constantemente a su espalda una sombra ridicula: Ritz Appert.
Mientras discutía con los otros, los pensamientos internos afluían constantemente a la conciencia de Etzevarry.
"Ese puerco, ese indecente de Duncan... Me ha engañado miserablemente. Un pequeño safari, a destajo, en el planeta Bjorck. Usted será el jefe. ¡Y hace ya cuatro meses que nos arrastramos en una jungla demente, con todo mi material averiado, y el tipo tratándome como si fuera un vulgar empleado! Un cerdo, un mismísimo puerco..."
Las discusiones se producían en voz alta, sobre etnografía, sobre mineralogía. Catherine reía de buena gana.
—¡Eh, muchachos! —dijo Duncan jovialmente—. Hemos descubierto un pozo excavado por los ataques, sin duda alguna. Termina en una galería construida en barro cocido, característica de la cuarta dinastía, y consagrada indudablemente al culto del dios Xéror.
—Quizá no se trate de la cuarta dinastía —objetó tímidamente la voz del secretario—. Ya le he indicado a usted el dibujo del pájaro Soubarof, el cual...
—¡Lo he visto perfectamente! —atajó con aspereza Duncan, que soportaba mal las lecciones—. Yo decía que los Qtéques de la cuarta dinastía... ¿Verdad, Appert, que es eso?
Ritz parpadeó, para disimular un relámpago de rencor.
—La regencia del Jefe Mdouma... —precisó con voz suave.
—¡Eso es! ¿Habéis oído? ¡Es formidable, avancemos!
Chaval y Catherine atravesaron el umbral de la cripta. Will se quedó atrás, disimulando una sonrisa sardónica. Él conocía el complejo de frustración que padecía Ritz por culpa de la continua apropiación de Duncan su patrón.
El erudito es Ritz, y Duncan lo sabe perfectamente. Mejor aún, estruja a Ritz como si fuera un limón, de la misma manera que se aprovecha de mí para dirigir la expedición en la maleza. Lo cual no impide que, a expensas de Ritz, Duncan se talle una reputación de científico. Sin su secretario, el gran Al no es nadie. ¡Es por eso que le empuja hacia su sobrina, para atraérselo definitivamente!
—¡Esperadme! —gritó en voz alta, apresurando el paso para reunirse con sus compañeros—. ¿Dónde vais corriendo tan aprisa?
Sin embargo, antes de que hubiera podido acercarse al grupo, una pesada verja metálica cayó bruscamente, separándolo de los demás. ¡Habían quedado aislados!
—¡Calma! —dijo Duncan; pero su voz era levemente insegura. Catherine sacudió los barrotes con fuerza..., pero estaba bien claro que nadie podría derribar aquel obstáculo.
—Es de diium —señaló Ritz Appert—. ¡Es más duro que el acero!
—¡Déjenos en paz! —gritó Duncan. Estaba irritado. Su valor, superficial, se derrumbaba.
Will contempló a los otros no sin un secreto regocijo. Se habían metido en un buen lío... y él estaba fuera. Encerrados en un callejón sin salida por la puerta metálica, bajo tierra, olvidados... Si él no intervenía, iban a morir todos allí, como ratas. ¡Y él podría contar lo que le diera la gana!
—¡Will! —Catherine le tendía los brazos desde el otro lado—. ¿Vas a dejarnos aquí?
Will sintió una curiosa sensación. Era divertido: ¡todos los demás, incluso la propia Catherine, suponían ya que él iba a abandonarlos!
¿Le consideraban suficientemente pérfido como para hacerlo?
La muchacha era bella y resplandeciente como un brillante en la penumbra. Su sola presencia quemaba al aventurero, su sensualidad no revelada y que sólo esperaba que...
Will apretó los dientes.
"Si pudiera sacar a la chica, solamente a la chica..."
—Vamos, vamos, querido amigo; ¿se decide usted?...
Duncan estaba inquieto: "¡Ese bestia es capaz de cualquier cosa!"
—Estoy pensando en la manera de sacarles de ahí...
Duncan frunció el entrecejo: "¿Es posible que este bruto esté menos podrido de lo que yo creía? Claro que está de por medio Catherine..."
—Dése prisa —insistió Chaval—. Vaya a buscar una barrena.
—¡Y la dinamita! —añadió el cazador.
Se oyó un suspiro de alivio entre los prisioneros.
—Tiene usted razón —dijo Duncan, con voz clara de nuevo—. ¡Dése prisa, amigo mío! Encontrará el nitrobenceno en...
—¡Ya lo sé! —gritó Will.
Y seguía contemplándolos con las manos en la cadera.
—Ocurre que Catherine está pasando bastante miedo. ¿Verdad, Cathy?
—¡Y tanto que sí, tío:
—Y ocurre también que ella muestra una clara preferencia por usted, Will. Sí, sí... Les he observado a ustedes dos durante nuestro viaje. Hay que convenir que ella se inclina más hacia usted que hacia Ritz. ¿Verdad?
—¡Querido tío...!
—Tened confianza en mí, y yo haré vuestra felicidad, hijos míos.
—Pero... Señor Duncan...
—¡Oh! Para usted, Appert, lo más importante es la ciencia... ¡Y conmigo alcanzará usted la gloria!
"Cerdo tunante... Desde hace más de cinco años me lo has quitado todo. ¡Y ahora lo único que te interesa es salvar tu pellejo!"
—Usted conseguirá fácilmente realizar un matrimonio de conveniencia —dijo Duncan a Ritz en voz baja—. Digan ustedes que sí, gran Dios. ¿No ven que va a dejarnos abandonados aquí?
—Bueno, señor Duncan, puesto que...
—¡Vamos, vamos! Nosotros seguimos charlando, y mientras tanto continuamos encerrados tras esos condenados barrotes. No se preocupe por la boda, Appert, ya me conoce usted.
—Si, sí, ya le conozco...
—¡Bien! —exclamó Will, divertido ante todo aquello—. Voy arriba.
Se dirigió hacia la cuerda...
Vio al Bjorcki, pero era ya demasiado tarde. Un dolor ardiente le atenazó el brazo, subiéndole hasta el hombro. El corazón pareció retorcérsele, ahogándole. Soltó la cuerda y cayó al suelo, arañándose el pecho con las manos.
No oyó el grito de los demás:
—¡Un Bjorcki! ¡Está perdido!
El enorme lagarto venenoso continuaba suspendido en la cuerda, mirando la escena con sus ojos matizados de rubíes. Su cuerpo verdoso tenía una cresta escamosa, erizada en aquel momento como signo de irritación, y su lengua bífida se movía amenazadoramente...
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —se lamentó Duncan.
—Podemos salir —insinuó Appert—. Existe ahí, en una sinuosidad de la roca, un sistema de apertura...
—¡Enséñemelo! —Duncan se precipitó hacia el lugar indicado y se detuvo frente al mecanismo—. ¡Y tú lo sabías! —dijo, casi amenazador.
—Sí. Desde hace un cuarto de hora.
—¡Y me has dejado hablar...! ¡Era para salvarnos a todos, tú lo sabes!
—Por supuesto...
—¡Ah!
Aliviado, Duncan fue a manipular el mecanismo para levantar la reja.
—¡Espere!
Chaval posó su mano sobre el brazo del profesor.
—¿Y el Bjorcki?
—De cerca, podremos matarle seguramente.
El mineralogista murmuró:
—A Etzevarry no le queda ya mucho tiempo de vida, ¿no es así?
—Creo que sí. La mordedura del Bjorcki es mortal.
Se quedaron mirándose en silencio durante un buen rato.
—Podríamos intentar salvarlo —dijo Catherine.
—Efectivamente..., pero sólo conocemos tres descripciones relativas a las mordeduras de un Bjorcki... Y además, nosotros no poseemos el suero especial más indicado.
—¡Cuidado! ¡Viene hacia nosotros!
—¿El Bjorcki?
—¡No! ¡Will!
De rodillas, el herido se arrastraba hacia sus compañeros. Se agarró fuertemente a los barrotes para levantarse poco a poco. Su rostro, hundido y chispeado de manchas oscuras, chorreaba de sudor. Sus ojos empezaban a vidriarse.
—Haga usted algo, Duncan... Prueben todas sus medicinas... ¡Estoy muy mal!
—Bueno..., sí...; eso es... sí... —Al tergiversaba. Appert se lo llevó un poco aparte:
—Yo tengo conocimientos bastante ciertos sobre ese lagarto...
—¡Hable usted, diantre!
—El Bjorcki no segrega veneno, sino una toxina microbiana, mortal para el hombre... y contagiosa.
—No..., no diga eso, Ritz. ¿Verdad que no es cierto?
—Sí..., desgraciadamente, sí.
Al se volvió rápidamente hacia los demás.
—¿Han oído esto? ¡Retírense, váyanse al fondo! ¡Santo Dios, va a contagiarnos a todos! —y dirigiéndose al herido, aferrado aún a la reja—: ¡Tú, retírate de ahí!
—Ten piedad...
—¡Lárgate! ¡Fuera de ahí!
—Hay que apartarle de la verja —dijo alguien—. Probemos con nuestros bastones.
Empezaron a golpear al herido con la punta de sus bastones, para obligarle a soltar la presa. Pero Will se abrazó fuertemente a los barrotes, con una energía dada por la desesperación.
—Amigos... —dijo, en el estertor de la agonía—, intentad algo..., por favor...; en vuestro estuche... quizá...
—¿Crees que no sabíamos que tenías la intención de dejarnos morir aquí?
—¡Vamos, suelta esos barrotes, cerdo! ¡Suelta ya!... ¡Catherine, ayúdanos!
La muchacha vaciló unos momentos.
—¿Pero es que tú te pones de su parte? Tras una duda, Catherine tomó también uno de los bastones, y ayudó a empujar al hombre desplomado.
Appert no había participado en la escena. Al se volvió hacia él:
—¿Qué es lo que decides, Ritz?
El hombrecillo hizo un gesto vago.
—Es inútil —dijo.
—Estamos perdidos sin remedio, ¿no es verdad? —dijo Chaval, asustado.
—No..., todavía no. Si podemos alejarnos lo más posible... Creo recordar que el contagio es sólo directo.
—¿Estás seguro?
—No sé. Hay que apartarse y esperar...
Los cuatro retrocedieron hacia el fondo de la cripta, lejos de la silueta caída en el suelo.
Al encendió nerviosamente un cigarrillo. Chaval, desde lejos, vigilaba ansiosamente al herido. Appert parecía absorto en un sueño penoso. Catherine, fingiendo interesarse en el arte Qtéque, palpaba los muros, evitando así mirar hacia el pozo.
—¡La cantidad de tiempo que se necesita para morir! —dijo Chaval, después de un rato.
Duncan hizo un ademán de desagrado.
—¿Quién es el que va a encargarse ahora de guiar la expedición? —refunfuñó.
—Yo conozco bastante bien la región —dijo el hombre corpulento—. La conozco menos que..., pero bastante.
—De acuerdo. Usted se encargará de todos los detalles.
Chaval hizo un gesto con la cabeza, lanzando después una mirada oblicua a Ritz, que continuaba inmóvil.
—¿Y qué...?
—Ya sabe usted —dijo Al suavemente— que sin mí no es capaz de hacer nada. ¡Oh, es una carga formidable que he de arrastrar constantemente a mis espaldas! —Y lanzó un fuerte suspiro.
Chaval cabeceó con fingida conmiseración. Sus ojillos ocultaban un pensamiento profundo. Continuó, en voz baja:
—Usted no ignora que yo me intereso por Catherine como si se tratara de mi hija, en fin, como quien dice... Bueno, usted entiende ya.
—¡Hmmm!
—Una vez anulados sus precedentes esponsales, y habiendo fallecido Will, ella queda... eh... libre. Ni que decir tiene que no puedo decir nada en cuanto a mí, pero Cathy es una chica práctica, y el hombre que la ayudara a salir de este mal paso... eh... eh...
—Sí, ya comprendo...
En aquel momento, una exclamación hizo que los tres hombres se sobresaltaran. Bajo los dedos de Cathy, una de las losas de tierra barnizada que formaban el muro acababa de desprenderse.
Del orificio saltaron varias gemas talladas, de un tamaño extraordinario. Cayeron al suelo, y rodaron un par de veces antes de quedar inmóviles.
—¡Dios! ¡Diamantes tan gruesos como huevos de paloma!
Todos se precipitaron hacia allá.
—¡Quietos! —intimó Catherine, furiosa—. ¡No los toquéis! ¡Soy yo quien los ha encontrado! ¡Estas joyas son mías!
Los otros tuvieron que devolverle las piedras, so pena de hacerse arrancar los ojos.
Catherine se sentó, la mirada llena de un extraño resplandor. Allá al fondo, al otro lado de la verja, el herido agonizaba.
—Hay quince —dijo, extasiada. Los hombres la rodearon—. ¡No os acerquéis! —gritó. La voz de la joven estaba desfigurada. Sacó de su cinturón un pequeño revólver, la única arma que poseía aún el grupo, y que tácitamente habían dejado a ella por mutua desconfianza—. ¡Soy rica!
—Debes repartirlos, Cathy. Ya sabes que la expedición...
—¡Estás equivocado, tío! ¿Te figuras acaso que vas a seguir ocupándote de mis asuntos?
—Pero... —dijo Duncan, consternado—, ¿no soy yo quien te ha recogido?
—Sí... y sin duda también el que me ha pisoteado y vendido, a Ritz, a Will, a Chaval. ¡Pues bien, eso se ha terminado! ¡Soy rica y me importáis un bledo todos vosotros! ¡Vamos, largo de aquí!
—Es increíble —dijo Duncan—. Una muchacha como ella... Vamos a dejarla sola; se calmará...
—¡Pero debe repartir con nosotros! —dijo Ritz violentamente.
—Repartirá —aseguró Duncan—. ¿Qué es lo que puede hacer ella sin nosotros?
—Exactamente —añadió Chaval, que veía hundirse varios de sus proyectos—. ¿Y el otro, está muerto?
—Todavía no.
—¡El tiempo que nos está haciendo perder! —suspiró Duncan.
Volvieron la espalda a aquel moribundo recalcitrante... pero se quedaron mudos de terror. Un alarido surgió de sus gargantas:
—¡Los escorpendiones!
De la cavidad que Cathy había descubierto hacía poco rato, surgían unas enormes arañas negras. De sus vientres blancos y obscenos se destacaban unas patas monstruosas y velludas.
El terror de los hombres era comprensible: del escondite de los diamantes surgían incesantemente, con un gorgoteo inmundo, multitud de terribles arácnidos, cuyo apetito era insaciable.
—¡Hay que tapar el agujero! —gritó Duncan, tan pálido como un sudario. La columna de arañas descendía ya, en orden perfecto, hacia las presas que se les ofrecían tan fáciles.
—¡Quien lo haga estará perdido! —aulló el mineralogista.
Catherine había dejado caer al suelo casi todos sus diamantes. Los cuatro se imaginaban ya la horrible muerte que les acechaba. Con Ritz en primer término, retrocedieron hasta la reja.
—¡Abra, aprisa! —gritó Al a su secretario.
—¡Catherine, dame tu revólver! Lo tiraré sobre el Bjorcki. ¡Aún estamos a tiempo de salvarnos! ¡Vamos! ¿Qué esperas?
—¡El mecanismo no funciona! —gimió Ritz, dejándose caer aterrado al suelo, temblándole las piernas.
—¡Imbécil!
Intentaron abrir furiosamente, pero todo fue en vano. La verja no se movió.
Lanzando miradas desesperadas hacia la fila de arañas que avanzaban hacia ellos, empezaron a sacudir como locos la verja. Su agonía acababa de comenzar. Catherine, aterrada, vomitó.
Y de pronto, una risa irónica y seca les impuso silencio. Will, al que todos habían olvidado, no había muerto aún. Incluso parecía hallarse un poco mejor. Aunque se sentía medio paralizado, había conseguido arrastrarse hasta el centro del pozo de bajada, indiferente al lagarto que continuaba inmóvil. El cazador sufría enormemente, pero su robusta naturaleza luchaba aún, e incluso había recobrado su lucidez.
Reía penosamente, viendo a sus camaradas caídos en la trampa también.
—No —dijo con dificultad—, no... Cuando la verja cae, sólo puede abrirse accionando un mecanismo que funciona desde el exterior... ¡Ahí!
Señaló una argolla en la pared del pozo fuera del alcance de los prisioneros. Se oyó un gemido.
—¡Will! ¡Tú puedes salvarnos de esta muerte atroz!
—¿Y la mía? —dijo con un resoplido—. ¿Cómo creéis acaso que es la mía?
—Oye, Will... —era la voz suplicante de Ritz—, yo te he mentido hace un momento. Sí, reconozco que te odiaba por culpa de Cathy, pero... He mentido, Will. Disponemos de una ampolla de suero..., un suero que puede salvarte, el Z2...
—¡Canalla!
—Tómalo —dijo Al, castañeteándole los dientes—. Ahí está, en mi estuche... ¡Míralo!
Agitó un frasco amarillo entre sus manos temblorosas.
—¡Podéis morir si lo deseáis! Las arañas se os están acercando, y serán ellas las que se envenenarán con vuestras carroñas...
—¡Cathy, por favor! ¡Díselo!
—Will... Escucha: tengo aún un diamante, uno que vale una fortuna, él solo... Míralo, por favor... Seremos ricos... Yo te quiero, Will; son ellos los que me han forzado...
—¡Es cierto, somos unos sucios! Pero renunciamos a todo, Will, a todo. ¡Por favor, date prisa!
El cazador se arrastró penosamente hasta la reja, encajando los dientes para no gemir.
—¡Dame la ampolla!
Rompió el precinto con los dientes y bebió el suero de un trago.
—¡Abre! —gimió Duncan—. ¡Vamos, aprisa!
Will consiguió alcanzar la argolla. Contrariamente a su deseo, la verja se levantó. Los prisioneros se precipitaron al centro del pozo, gritando palabras desordenadas.
En aquel momento se dieron cuenta de un detalle.
—¡Infiernos! ¿Qué es lo que has hecho, Will? ¿Dónde está la cuerda?
Etzevarry levantó los ojos, y se pasó una mano por la sudorosa frente: ¡la cuerda no colgaba sobre el pozo!
Catherine la halló enroscada en el suelo, intacta, misteriosamente desprendida de los clavos que la sujetaban en lo alto. Simplemente, se había desenganchado Y el Bjorcki había desaparecido.
—¡Oh, Dios! —Will lanzó un quejido—. ¡Si tuviera fuerzas...!
—¡No las tendrás! —dijo Ritz con rostro crispado—. ¡El suero no le servirá de nada! ¡Te he engañado!, ¿comprendes?
—¡Ha desatado la cuerda! —gritó Duncan con voz histérica—. ¡Nos ha cortado la salida para que muramos todos con él! ¡Puerco, indecente!
En un arrebato, tomó el revólver de Cathy y lo vació en la cabeza de Will, a boca de jarro. Sus sesos salpicaron las paredes del pozo.
Las arañas iban a traspasar la verja de separación. El profesor volvió el arma hacia ellas.
—¡Todavía no! —gritó Cathy—. ¡Un segundo!
Al vaciló.
—¡Se han detenido! —gritó Ritz.
Incrédulos, los cuatro se miraron.
—¿Es posible...? ¡No han pasado la verja!
Una gran esperanza les invadió. En medio de un profundo silencio, aguardaron.
—¡Es cierto, no traspasan el límite de la verja.
—¡Y retroceden!
—¡Dios! ¡Es imposible!
—¡Pero es verdad! ¡Se marchan!
Lentamente, la repugnante cohorte regresaba sobre sus pasos. Algunas arañas montaron sobre los diamantes esparcidos por el suelo, y los expedicionarios vieron cómo arrastraban las piedras preciosas como si se tratara de enormes huevos. Lentamente, las arañas se retiraron hacia el fondo de la cripta, y remontaron penosamente la pared para reintegrarse a la prisión abierta sobre el tesoro del dios Xéror.
Liberados de aquella pesadilla, los supervivientes sé miraron entre sí. Estaban prisioneros en aquel pozo, pero la esperanza persistía. Quizá pudieran tallar unos toscos peldaños en la pared y remontar el pozo hasta la selva violeta que se entreveía allá arriba. Quizá...
—Nos hará falta mucho tiempo —dijo Duncan—, y será un trabajo penoso. Pero saldremos de aquí.
—¿Y... él? —dijo Catherine, señalando el cadáver de Will.
Ritz Appert esbozó una leve sonrisa.
—Ése no ofrece ningún peligro —dijo—; la picadura del Bjorcki es peligrosa, pero no mortal.
—¿Y... contagiosa?
—¡Oh, no, tampoco! Pensándolo bien, el Bjorcki que mordió a Will era de color verde y no azul. ¡Es el azul el que es mortal!
—¡Vamos! —ordenó Duncan—. ¡Hay que empezar a trabajar!
—¡Adelante!
Y, sin embargo, aquella misma tarde todos habían muerto.
El contagio del Bjorcki verde era ciertamente tan solo peligroso entre dos seres vivientes... ¡Pero era mortal entre un ser vivo y un cadáver!