IV — LOS PESOS INGRÁVIDOS
A la noche siguiente ya estaban reunidos de nuevo nuestros amigos en el confortable hall del Club de Inventores de Nueva York, tras de haber saboreado durante la cena en común la buena calidad de la cocina de la casa. Fumaban y reían en franca camaradería, en tanto otros socios les saludaban con afecto, quedándose con ellos de tertulia o pasando a la biblioteca, que estaba inmediata.
De pronto, tras de haber echado una rápida ojeada a los periódicos del día, habló Clemente Soria, que, como buen español, era el más simpático y animado de los reunidos:
—Bueno, esta noche le toca a usted, amigo Jameson, amenizarnos la velada. Es usted un gran publicista científico, hombre de fantasía poderosa a la vez, y no puede negarse a ello. Comprendo perfectamente que las revistas especializadas le paguen bien sus colaboraciones y que las grande? editoriales del género se disputen su firma. Sea generoso con nosotros y narre gratis por una vez, y sin que sirva de precedente.
Malcolm Jameson, rubicundo y tranquilo sonreía y titubeaba ante la amable locuacidad de su amigo, el ingeniero español, quien insistió:
—Ande, no se haga rogar, que mañana salgo para el Canadá, pues he de residir en Montreal algunos meses, y quiero llevarme un buen recuerdo suyo.
Los demás asintieron y el interpelado dijo:
—Verdaderamente sería descortés por mi parte negarme a lo que gentilmente se me pide por Mr. Soria; pero, después de los magníficos relatos de nuestros camaradas Anson MacDonald y Nat Schachner, temo mucho el que queden decepcionados con el mío.
—Nosotros estamos seguros de lo contrario, ya que conocemos bien al ilustre colaborador de "Astounding Science Fiction", replicó David H. Keller, autor de una célebre narración titulada "La guerra de la hiedra".
—Bueno, puesto que ustedes quieren que hable a toda costa, no me culpen luego del hastío que pueda causarles. Empiezo. El protagonista de mi historia, del capítulo que me toca llenar en estas agradables veladas de nuestro Club, era vecino mío y por eso pude seguir de cerca la mayor parte de los episodios.
Efectivamente, cuando se vive junto al domicilio de un joven aficionado a los inventos se pueden esperar cosas extraordinarias en cualquier momento. Cuando el aire soplaba en dirección a mi casa, me llegaban de los corrales y cobertizos de los Nickleim los peores hedores químicos y ya me había habituado al ruido infernal de las más extrañas explosiones. Tampoco hacía caso, a fuerza de repetirse la escena, cuando veía salir a Elmer, hijo de aquellos endiablados vecinos, con las cejas y el pelo chamuscados, incluso con las manos envueltas en vendajes.
Elmer era un chaval que empezó devorando cuentos y novelas científicas. Rara vez salía de su casa cuando muchacho sin llevar en su mano algún libro del género que dio fama a Julio Verne y daba crédito a cuanto con fe entusiasmada leía. Era fuerte y soñador, hábil para los quehaceres mecánicos a que su padre se dedicaba y todo hacía suponer en él al futuro hombre de provecho, tipo a la vez práctico y fantasista que se da con frecuencia en los Estados Unidos.
Teniendo tal afición a las ciencias y a los libros, lógico hubiera sido anticipar que sobresaldría también en el colegio; pero no resultó así. En seguida se dio cuenta que no podía seguir él por las rutas trazadas para el nivel común de los escolares. Un profesor de Física tuvo que expulsarlo por no sé qué loco experimento llevado a cabo en las aulas con el material explosivo del Instituto. Elmer mezcló varios productos de la manera menos científica, y los fuegos artificiales resultantes fueron demasiado espectaculares.
Pero la prohibición de asistir a las clases no amilanó a Elmer. Montó un laboratorio propio en el cobertizo de su casa, comprando todo lo que necesitaba en los almacenes de drogas, empleando en ello sus ahorros.
Algunos creían que el muchacho iba a ser algo en el futuro; pero la mayoría opinaba sencillamente que estaba chiflado. Yo pertenecía al grupo de los primeros y le ayudaba con pequeños préstamos. Pocos de sus inventos dieron resultado en el transcurso de los años; pero logró vender un dispositivo utilizable en televisión a una poderosa fábrica. En cierto modo, aunque consiguió algún dinero con ello, fue deplorable que lo vendiese. La Compañía compró la patente por una cantidad fija global y pagó a tocateja; mas luego, por razones de conveniencia, suprimió el invento, lo que irritó a Elmer. Esta experiencia le inspiró un violento prejuicio contra todas las grandes empresas fabriles, y contra toda la estructura legal referente a las patentes. El muchacho juró que en adelante guardaría el secreto de sus descubrimientos.
Aproximadamente por aquellas fechas murió su padre y parecía lógico que Elmer, al tener que ayudar a su familia, como hijo mayor de la misma, pondría fin a sus científicos escarceos. De la noche a la mañana se hizo un joven normal y apenas se le veía en el misterioso cobertizo. Sus ocupaciones lo retenían en la villa, continuando un modesto negocio de transportes que había heredado de su padre. Su camión era una vieja "chocolatera" ruidosa, de escasa potencia; pero Elmer, buen mecánico, se daba maña para que su "cacharro" no dejara de rodar. No sólo funcionaba, sino que, con asombro de todos, ganaba dinero en una época de gran competencia, cuando la gasolina costaba cara y era difícil de obtener. Comencé a creer, cuando me lo dijeron, que había presenciado el fin de un inventor y que estaba asistiendo al nacimiento de un prominente hombre de negocios. Fue el mismo Elmer quien dio al traste con esta figuración mía.
Cierta mañana detuvo su camioneta junto a la verja de mi jardín y avanzó hasta la casa. Me saludó, cordial, y sacando del bolsillo un rollo de billetes de Banco, separó dos de veinte dólares.
—Tome y muchas gracias —me dijo—. Me vinieron muy bien cuando me los prestó; pero ya voy arreglándome.
—Me alegro mucho —contesté—. Pero no corría prisa que me los devolvieras. Me agrada saber que te van bien las cosas como transportista. Acaso no sea tan distinguido como alcanzar reputación de inventor y científico; pero, al menos, harás fortuna.
Me dirigió una mirada especial y se sonrió de mi error:
—¿Conque me cree un vulgar transportista, eh? —dijo—. Se engaña, como todos. No llevo cosas de una parte a otra por divertirme, ni tampoco por ganar dinero. Esto es incidental. Lo que hago es comprobar, y a usted puedo decírselo en secreto, una teoría que se me ha ocurrido.
—Gracias, Elmer, por hacerme tu confidente. Seré discreto como siempre. ¿Qué es lo que se te ha ocurrido?
Me había expuesto muchas de sus teorías, posibles e imposibles. La mayoría fracasaban. El muchacho tenía un punto de vista muy original con respecto a los misterios de la naturaleza.
—Se refiere a la fuerza de la gravedad. He descubierto lo que es, ¡figúrese! Conseguí más que nadie desde Newton. Es realmente una cosa muy sencilla, como sucede siempre con los grandes inventos, una vez descubierto su secreto.
—Sí —contesté—: eso es lo que dice Einstein, aunque no terminó su fórmula universal. De modo que te has adelantado —agregué un tanto incrédulo.
—Así es. Desde hace tres meses mi camioneta funciona impulsada por la fuerza de la gravedad.
Aquello me parecía absurdo. La carretera de la región en que vivíamos era montañosa y permitía recorrer muchos trayectos cuesta abajo. Pero un vehículo no podía subir cuesta arriba sin tracción. Elmer me miraba con triunfal semblante y comprendí que deseaba hacerme partícipe de su magno descubrimiento. Sin embargo, como era tan desconfiado, no quise preguntarle abiertamente.
—He descubierto algo grande Mr. Jameson —me dijo, confidencial—. Tan grande, que no sé qué hacer con mi hallazgo. Quisiera dárselo a conocer a alguien, pero...
—Pero ¿qué?
—¡Qué sé yo! No me importa que se rían de mí, aunque me gustaría mantener el secreto por algún tiempo. Si los demás transportistas averiguasen cómo hago lo que hago, podrían reunirse en contra mía, destrozarme la camioneta y arruinar mis medios de vida, por el momento. Por otra parte, nadie sabe lo que otros pudiesen hacer con mi idea si fueran dueños de ella antes de que la teoría esté enteramente estudiada, de una manera científica.
—Sé guardar un secreto, puedo jurártelo.
—Lo sé —respondió—. Venga conmigo y le mostraré mi descubrimiento.
Subí con él al camión. Pisó la puesta en marcha y el motor arrancó al fin; aunque temí que nos despedazara a los dos a fuerza de sacudidas, antes de decidirse a funcionar. A continuación, avanzamos camino abajo, en constante vaivén, metiendo un ruido infernal.
—Y la gravedad, ¿cuándo interviene? —le pregunté.
—No la utilizo en la población —me contestó—. Podrían notar algo.
Continuamos nuestra marcha hasta el despacho central de expediciones al por mayor de una compañía petrolera. Había estado lloviendo intermitentemente toda la semana y el barro abundaba; pero Elmer evitó con cuidado los charcos profundos y llegamos sin tropiezo hasta la plataforma de carga. Fue allí donde experimenté la primera sorpresa. Un par de fornidos mozos comenzaron a echar carga en el viejo vehículo y cuando terminaron, hubiese apostado hasta el último dólar a que la camioneta de Elmer no podría llevarla ni a dos millas. Llevaba seis grandes barriles de grasa, que pesaban cuatrocientas libras cada uno; media docena de cubas de petróleo y algunas mercancías empaquetadas. El camión crujía fatigadamente y cuando pusieron encima el último bulto, sus muelles estaban aplastados hasta lo inverosímil. Ya era bastante llevar tal exceso de carga: pero lo peor es que iba consignada al establecimiento de Peavi, en Breedville. Había que recorrer cuarenta millas de distancia por una carretera tan mala como la peor que pudiera encontrarse en toda América.
—No podrás subir la Colina del Venado con este peso, —le advertí a Elmer—; pero él hizo una mueca y se metió en el bolsillo la remesa de facturas. El agente de la compañía petrolera también se quedó mirando con expresión de duda y de asombro. Había utilizado los servicios de Elmer muchas veces, y siempre le parecía aquello un milagro. El buen hombre desconfiaba de sus propios ojos.
Entretanto, Elmer puso en marcha el coche y retrocedimos para salir del patio. Hicimos mucho ruido y hubo fallos del motor; pero pronto rodábamos hacia las afueras de la población.
Un poco más allá de la última casa, la carretera de Breedville dobla de pronto por la derecha hacia un bosquecillo de árboles tupidos y Elmer se detuvo en un lugar discreto, junto a un montículo de piedra contiguo al camino. Paró el motor y sacó de su caja de herramientas una especie de cable.
—Lo primero —dijo—, es aligerar la carga.
Enganchó un extremo del cable en un barril de grasa y el otro extremo lo llevó hasta la desnuda roca, sujetándolo allí. Este cable misterioso terminaba en unas ventosas de caucho. Parecía estar hecho de cuerda vegetal trenzada con alambres de cobre entremezclados, por una punta se achataba y ensanchaba como el capuchón de una cobra. En esta parte llevaba una pequeña esfera y unos botones eléctricos. Elmer ajustó la esfera y oprimió un botoncito. Inmediatamente se oyó un chasquido al moverse el chasis de la camioneta y observé que ésta se había elevado un poco.
—Ahora levante ese barril —me dijo Elmer sonriendo.
Así lo hice. De no haber tenido otro a mis espaldas, me hubiese caído hacia atrás. Había cogido el borde superior del tonel y dado un tirón, sin soñar que pudiese mover cuatrocientas libras de pesada grasa. Pero la cuba obedeció a mi esfuerzo con la mayor facilidad, como si fuera una caja de cartón vacía.
—Lo que constituye el peso —explicó Elmer—, son los gravitones. Toda materia molecular los contiene, en mayor o menor grado. Hasta ahora nadie supo cómo extraerlos. El peso sólo podía manipularse moviendo la materia misma. Yo, simplemente, chupo la mayor parte de esos gravitones y los meto en la roca. En donde no estorban. Esto es fácil, porque existe una pendiente gravítica en esa dirección.
Como explicación científica, distaba mucho de ser satisfactoria. Mas ahí estaba el barril, con su tara claramente marcada, y ahora casi ingrávido. El peso había salido de él tan fácilmente como una descarga eléctrica. Elmer pasaba el cable de un fardo a otro y conforme los iba tocando, la plataforma del camión se elevaba gradualmente. Cuando terminó su faena, estaba tan alta sobre las ballestas como si no soportase carga alguna.
—Utilizaré el último de estos barriles como acumulador de energía —dijo el inventor recogiendo el cable y apartándolo—. En seguida, vi que establecía conexión entre este cable y otro que había debajo del volante, pasando hasta la cubierta del motor. Levantó ésta y me mostró un aparato acoplado sobre el eje, con el árbol de rotación. Era una pieza en forma de cebolla metálica y tenía dos conductos o hilos. Uno era la conexión con el barril motriz y el otro un trozo de cable que colgaba hasta el suelo, haciendo contacto con el firme especial de la carretera.
—Llamo a esto mi Kineticisador -dijo Elmer—. Es realmente un motor de gravedad. Funciona a base del mismo principio físico que una turbina hidráulica, excepto que no requiere la presencia del agua. El cable superior posee mayor resistencia gravítica que el que empleo para extraer el peso. Alimenta lentamente una corriente de gravitones que pasa a las aspas superiores de un rotador de acero. Adquieren peso y comienzan a descender, ejerciendo presión lateral. Al fondo de la camioneta la corriente llega al cable que roza el asfalto y los gravitones se esfuman en el piso de la carretera. Cuatrocientas libras de peso que caen desde una altura de cuatro pies dan cierta cantidad de fuerza de energía motriz, especialmente cuando se aprovecha entera. ¿Comprende?
¿Lo comprendía yo? No lo sé; creo que no. De todos modos, Elmer dejó caer el capó de un golpe y ambos trepamos a la cabina. Esta vez arrancamos con celeridad. La fuerza motriz era suave, constante y silenciosa, sin hallar resistencia: como el vehículo se había aligerado de peso, saltaba ahora como una liebre. El motor de gasolina permanecía ocioso. El único ruido procedía del cascabeleo de las aletas y de la corriente del aire. Breedville parecía estar ya más a nuestro alcance.
Una vez que llegamos a una gran recta de la carretera, Elmer comenzó a ilustrarme acerca de los elementos gravíticos.
—Fue el estudio de Enrenhaft sobre los elementos magnéticos lo que me indujo a pensar en esto. Como quiera que él se ocupó ya con éxito de la magnetalisis, no me molesté en estudiar esa rama técnica. Lo que me interesó más fue el lógico parentesco, de una parte, existente entre los fenómenos eléctricos y magnéticos en general; de otra, la fuerte correlación de los campos magnéticos y el hierro, y el magnetismo relativamente débil en otras sustancias.
Continué escuchándolo mientras avanzábamos. La teoría de Elmer sobre los gravíticos era muy compleja, y en algunos puntos, verdaderamente arbitraria. Sin embargo, en conjunto, sus ideas científicas, un tanto embarulladas, mostraban cierta consistencia y armonía. Además, yo caminaba sobre una corriente de gravitones lo cual era la mejor demostración de que estaba en lo cierto. Según los puntos de mira de Elmer, en un principio existía el caos y toda materia fue altamente magnética. Aquello plasmó en nébulas, y luego en astros. De allí las terribles presiones y las variables temperaturas exteriores, basándolas al exterior en forma de radiante energía. Las tensiones atómicas emiten enormes cantidades de luz y calor, grandes chorros invisibles de magnetones y electrones. Al final de todo el proceso evolucionador, sólo queda un residuo: las frías e inertes rocas de los cuerpos planetarios. A excepción de los metales férricos, ninguno de estos residuos retiene más que un débil fragmento de su fuerza magnética original. Aunque la piedra, el graruto y la roca poseen cierta potencia de atracción. Como la Tierra es una concentración de esta clase, suscitó los cálculos y estudios de Newton, debido a su forma geológica de manzana.
Partiendo de este concepto, Elmer habló largamente de ello y de los átomos que componían el universo. La masa, afirmaba, en lo que concierne a lo que nosotros llamamos peso, es simplemente un asunto de coeficiente gravitónico, puesto que un gravitón es la unidad más baja, un aspecto más del átomo. No lo dude. Es el núcleo de un magnetón lo único que queda después de habérsele despojado de sus cáscaras externas. El gravitón es absolutamente inerte y hasta ahora estaba encerrado en los átomos de la sustancia original a que pertenecía. Si se logra separarles, su ausencia no priva a la sustancia madre de nada, a excepción del peso. Restando entonces la pura esencia gravítica, la energía potencial se puede transformar en Kinética con un mínimo de pérdida. Esto era lo que mi avispado vecino hacía.
—Encontrar un conductor adecuado fue lo que me costó más trabajo —me confesó el muchacho— y no le diré todavía cuál es. Tan pronto como lo hallé, construí este motor. Ya ve usted mismo lo bien que funciona.
Efectivamente, podía comprobarlo. Subimos la Cuesta del Venado velozmente, como en volandas, gracias a la silenciosa propulsión y a la ingravidez de la carga. Pensé entonces en los macizos montañosos que nos servían de telón de fondo, inmóviles en su grandeza, con millones y millones de toneladas de encerrada potencia, que sólo aguardaban la mano científica para ser liberada y convertida en energía fabulosa. Imaginaba centenares de centrales kineticizadoras en derredor de sus vertientes graníticas, emitiendo energía utilizable y gratuita. Lo que no se me ocurrió fue pensar en lo que sucedería cuando esas montañas quedasen eventualmente despojadas de peso. Pero —me decía a mí mismo—. "¿Cómo quedarían afectadas las demás propiedades de los materiales con la alteración del peso natural?" Debió oírme Elmer y dijo:
—¡Oh, no mucho! Los relativos pesos del duretiminio, acero y plomo nada tienen que ver con su energía tensil. Eliminé casi todo el peso de una probeta de mercurio e hice la prueba. Comprobé científicamente que se hacía mucho más viscoso el mercurio cuando era ligero, característica que usualmente queda contrarrestada por su pesadez normal. Por lo demás, era el mismo elemento. Tengo en mi taller un yunque que pesa menos que un globito infantil. Si no estuviera sujeto con abrazaderas de hierro el bloque de cemento en que se apoya, se elevaría y daría contra las vigas del techo; sin embargo, puedo martillar con fuerza sobre el mismo.
Estábamos ya cerca de Breedville y comenzó a llover de nuevo. Elmer bajó las cortinillas protectoras y le pregunté cómo reaccionaría Mr. Peavy al recibir barriles de grasa tan ligeros y faltos de peso.
—Ya me ocuparé de esto antes de que lleguemos —dijo el joven inventor sonriendo, al verme tan intrigado.
Averigüé lo que quiso decir al hacer alto, bajo un puente ferroviario, a una milla escasa del establecimiento de Peavy. Saltó del vehículo y sacó nuevamente su cable. Esta vez lo sujetó a uno de los gruesos pilares de cemento y acero que sostenían la armazón del viaducto. Uno por uno, fue recargando los barriles con peso muerto extraído del puente.
La carrocería gimió de nuevo bajo la carga excesiva.
—Es difícil medir bien los barriles, devolverles su peso con exactitud. Tengo que perfeccionar este detalle. En el último viaje que hice, Peavy chilló como un condenado porque la mercancía pesaba poco. Esta vez va bien servido. No se quejará por recibir más libras de las que paga; ya verá lo contento que se pondrá el muy bribón.
Queda relatado el ciclo prodigioso de los transportes del negocio de Elmer Nickleim. No era extraño que sus gastos de gasolina y neumáticos fueran inferiores a los de sus colegas en el oficio, ni el que pudiera lanzarse a los más largos viajes con una carga excesiva. Todo se limitaba a reducir la carga acero, utilizando parte de ella como propulsión y a reponerla nuevamente al término del trayecto.
Llegamos por fin al almacén de Peavy utilizando el carrasposo motor de gasolina. Nadie notó allí la menor cosa anormal cuando nos detuvimos y descargamos. Peavy puso buen cuidado en pasar a la báscula cada barril y cada caja, pero no hizo comentario alguno cuando comprobó que su peso excedía al marcado. Probablemente calcularía que era una compensación a la deficiencia observada en la expedición anterior, sobre lo cual la compañía abastecedora se había mostrado reacia en un principio. Recogió algunos envases y comenzamos nuestro recorrido de vuelta.
La lluvia arreciaba y cuando llegamos al puente ferroviario había grandes charcos en el camino. Elmer se detuvo el tiempo suficiente para extraer algunos centenares de libras más y meterlas en una de las cubas vacías, al objeto de utilizarla como fuerza de propulsión en el trayecto de vuelta. Me dijo que aquél era el mejor sitio de por allí para obtener rápidamente el peso necesario.
Arrancamos; mas apenas habíamos avanzado un centenar de yardas, cuando oímos un ruido enorme a nuestras espaldas; a continuación, el resonante choque de piedras y metal al romperse. La tierra se estremeció y una oleada de agua sucia voló por los aires.
—¿Qué diablos sucede? —exclamó Elmer, frenando la camioneta y deteniéndose.
Lo que pasaba a nuestras espaldas no era nada grato: la pilastra de cemento que acabábamos de dejar se había inclinado desde sus cimientos hasta chocar contra el pilar gemelo. Lo que había sido relleno de tierra y grava detrás del puente, era ahora una masa informe de barro.
Empapado el muro por varios días de lluvia, con el exceso de la humedad, ese relleno actuó como el agua en una presa y cedió la línea de menor resistencia. La ahora casi ingrávida pared de contención había cedido, al estar falta de su peso físico. Los dos grandes y negros refuerzos de acero que la sostuvieran estaban rotos.
—¡Dios Santo! —exclamó Elmer al contemplar semejante espectáculo—. ¿Cree usted que yo tengo la culpa de esto? —me preguntó.
—Temo que sí —hube de responderle. Acaso el cemento armado no necesite peso para tener fortaleza; pero sí lo necesita para servir de muro de contención.
Bueno, el daño estaba hecho y Elmer algo asustado. Iba a pasar pronto un tren y había que hacer algo. Nos dirigimos a la granja más próxima y desde allí avisamos a la estación que había un desprendimiento de tierras. Después, regresamos a casa. Elmer estaba muy preocupado.
Los días siguientes fueron de observación. Los ingenieros ferroviarios y los técnicos de la comisión de Obras Públicas nombrada al efecto estudiaban el fallo del muro de contención, sin dar con las causas. El pilar volcado estaba intacto. No se percibía en él ni una sola grieta; sólo unos cuantos desconchados hechos al caer, pues el choque violento hizo saltar los ángulos salientes. Los peritos cortaron trozos de la obra derrumbada y los mandaron a buenos laboratorios de ingeniería para comprobar su resistencia. Repasaron minuciosamente los libros y la documentación legal de la empresa que construyó el puente. El muro se había hecho de acuerdo con las especificaciones dadas por los ingenieros y fue debidamente inspeccionado al tiempo de inaugurarse. Los fragmentos de prueba sujetos a tensiones y presiones y resistencias reaccionaron normalmente; poseían exactamente la fortaleza tensil y de compresión que debían tener. La mezcla era adecuada; los ingredientes constructivos irreprochables. ¡Lo único raro que hallaron fue que el material examinado tenía el mismo peso que un volumen igual de madera corriente!
Sesudos trabajos comenzaron a publicarse en las revistas de ingeniería sobre la pérdida de peso en los cementos viejos, la extraordinaria deterioración observada en un pilar de cemento y cosas por el estilo. Durante toda esta singular controversia, Elmer no dijo esta boca es mía, ni yo tampoco. Mantuve silencio por diversas razones, y entre ellas por el hecho de que había dado palabra de no divulgar el invento.
Además, porque temía que cualquier cosa que yo dijese en tal sentido resultaría demasiado extraña y ridícula para poder ser creída.
La huella de este incidente permaneció en la oscuridad.
La misma excursión que me había permitido conocer el secreto fue la causa de. que no siguiera el proceso técnico y las explicaciones dadas. Cogí un catarro en el viaje y no tardó en convertirse en pulmonía. La enfermedad se complicó y hube de permanecer en la cama de un hospital durante meses. Cuando salí del sanatorio y pude reanudar mi vida normal, supe que mi vecino se había marchado, sin duda en busca de más amplios horizontes.
Es lástima que la infortunada experiencia de Elmer, el incidente de su primitiva invención, le alejasen de los acostumbrados cauces científicos, pues sigo creyendo que lo que sucedió después, fue porque cayó el invento en manos de gentes poco escrupulosas. Hasta mucho más tarde del hundimiento del cruce ferroviario, nada supe de Elmer ni de su trascendental hallazgo. Luego, pequeñas noticias sueltas me indicaron, que, si bien se guardaba su secreto, alguien lo seguía explotando tal vez porque su descubridor carecía de imaginación suficiente para dedicarlo a mejores utilizaciones.
Me llamó la atención, por ejemplo, el enorme éxito económico obtenido por los Transportes Trans-Americanos. No dejaba de ser significativo para mí que la estación de salida, al mediodía, de su línea principal estuviera instalada en el fondo de una abandonada cantera de piedra y que su terminal del Pacífico acabara en un profundo desfiladero. Adiviné de dónde procedía la fuerza motriz empleada por esta poderosa empresa de transportes por carretera, especialmente cuando un agente vendedor de gasolina me dijo que no le compraban a nadie más que contados litros de combustible. No pudo comprobar tampoco de dónde procedía el que utilizaran. También pude observar que la Compañía de referencia andaba continuamente metida en reclamaciones judiciales, originadas siempre por discrepancias en el peso de las mercancías transportadas. De ahí deduje que Elmer no había resuelto aún el problema de medir y graduar bien sus inyecciones de gravedad succionada.
Había otros indicios que revelaban en los Trans-Americanos la oculta intervención de mi vecino. Los ingenieros de Caminos descubrieron que, a lo largo de ciertas rutas, que eran las seguidas preferentemente por los camiones de dicha Compañía de Transportes, al cabo de algún tiempo, incluso los caminos apisonados, apenas necesitaban ligazón. Se comprobó que la capa de estas rutas era increíblemente pesada, de una materia hecha como polvo de plomo; por lo tanto la superficie no se levantaba y ni dispersaba con el tráfico. Pasado el tiempo, se ponía tan dura y compacta como el piso de un taller metalúrgico, en donde los fragmentos de hierro van cubriendo el suelo.
También surgieron en la prensa incidentes chuscos. Alguien debió robar trozos del misterioso conductor de gravitones, pues se comentó alegremente el relato de un policía, al que se supuso demente o embriagado además de embustero, que persiguió a un hombre que huía ¡con un gran cofre de hierro a la espalda! El ladrón escapó y, por lo tanto, el secreto de Elmer quedó relativamente seguro por algún tiempo. Luego salió a la luz pública lo que se llamó el timo de las patatas. Les diré cómo fue: un chofer que había estado al servicio de los Transportes Trans-Americanos, sabiendo que las patatas se vendían al peso, vio su oportunidad. Robó un trozo del cable mágico de Elmer y se dedicó al negocio patatero. Al principio, fue discreto. Las patatas que pasaban por sus manos tenían sobra de peso, pero el exceso no era muy grande. Los que tenían a su cargo el suministro de colegios, hoteles, hospitales, cuarteles, sanatorios y otras grandes instituciones, fueron los primeros en notarlo, alarmados. ¿Por qué aquel exceso de gasto? Empezaron a indagar y la codicia acabó con el ex chofer-comerciante. No contento con el sobrepeso inicial de un diez o un veinte por ciento, inyectó más y más a su mercancía. Las amas de casa y las cocineras, incluso, comenzaron a quejarse de que las patatas mayores exigían gran esfuerzo para manejarlas.
Un día en que los inspectores de Mercados y Abastos irrumpieron en el almacén del patatero en cuestión, se descubrió la trampa. Hallaron allí un chorro constante de patatas sobre cierta correa transmisora acanalada que pasaba junto a un receptáculo lleno de chatarra férrica. Conforme pasaba cada tubérculo por determinado punto, lo rozaba un poco de lana mineral, hecho lo cual el tirante transmisor derramaba las patatas por el suelo. Desde allí las transportaba al departamento de embalaje a unos aparatos convenientemente dispuestos.
El curioso proceso del patatero tropezó con mil dificultades legales. Sobraban precedentes para castigar las deficiencias de peso, pero ninguno referente al exceso de peso añadido con artificio. Los químicos trataron de probar, una vez que comprendieron el empleo de los gravitones móviles. que la introducción de gravitones férricos en un producto alimenticio constituía determinada adulteración perjudicial para la salud de personas y de animales. Fracasaron. La composición de las patatas no había sufrido ninguna alteración. Es decir, igual que ocurre con el hierro temporalmente magnetizado. Finalmente, se sobreseyó la causa, con gran disgusto de los inspectores de Mercados, por no haber una legislación adecuada al caso.
Con tal motivo surgió un chaparrón de leyes castigando la alteración de los pesos naturales. Lo inevitable. Estado tras Estado de Norteamérica las puso en vigor y la Comisión de Comercio Interestatal abrió una investigación especial de los transportes Trans-Americanos, basándose en las declaraciones hechas por el tramposo comerciante y antiguo conductor de dicha compañía. Lo grave fue el hundimiento de arrecifes en el terminal oeste de la Compañía. La succión geológica de peso se convirtió en delito federal, fraude castigado con severas sanciones en todos los Estados de la Unión norteamericana. El arrecife se desintegró, se derrumbó primero y luego, ante la admiración de las gentes, se elevó por los aires como si fuera un dirigible. Lo dijo la prensa, pero nadie se lo creía.
El hecho tuvo lugar una tarde, después que llegó allí un pesado convoy. Había que reponer miles de toneladas de peso, y las unidades de energía propulsora de los camiones que llegaban aún recargaron más peso adicional. El ya bastante aligerado montículo entregó sus últimas toneladas, porque llevaba mucho tiempo sirviendo de generosa nodriza. La piedra, estratificada en capas sueltas, carecía de cuerpo; de modo tal que, con estruendo que pudo rivalizar con el del cerco de Stalingrado en la última guerra, cayó y se deshizo, hacia arriba, en una nube de polvo de volantes fragmentos. Estos pequeños trozos, aunque eran de piedra, no pesaban casi nada, se elevaron como globos y pronto fueron dispersados por el viento.
Desgraciadamente, el desfiladero de referencia no está muy lejos de una de las más frecuentadas rutas aéreas del país. Horas después, los pilotos daban cuenta a sus bases de haber visto lo que ellos llamaban cuerpos inertes extrañísimos que flotaban por las elevadas capas del aire. Alguno encontró algo a su paso, apenas del tamaño de un puño, y como el avión volaba a gran velocidad, al chocar se quedó con una ala deshecha. Esa misma noche, dos aeroplanos del servicio regular estratosférico oficial capotaron, acribillados ambos por ingrávidas piedrecillas. Pues si bien esos residuos pétreos eran más ligeros que el aire, conservaban todavía cierto peso residual y su fuerza tensil intacta.
Intervino el Congreso. Se anuló la licencia de circulación para los transportes Trans-Americanos, confiscando su material. A Elmer se le prohibió que tomara parte en esta clase de negocio. En los Estados Unidos no había sitio para su invento.
Así debió de acabar la llamada Teoría de Gravíticos y sus desdichadas aplicaciones. Mas no fue así. No lo fue porque Elmer y sus socios habían probado la ambición de los beneficios seguros y fáciles y no querían renunciar voluntariamente a ellos. Según se rumoreó por entonces, más que el inventor fueron sus poco escrupulosos asociados los que llevaron la parte financiera del negocio, relegando a Elmer con amenazas a un laboratorio científico y técnico para que buscase otros medios de utilizar su Kineticizador. Como quiera que fuese, la fase siguiente del invento estuvo varios años en incubación. Durante algún tiempo, los gravitones cesaron de ser noticia, no hablándose de ellos más que en algunos círculos científicos, en donde todavía se suscitaban controversias en uno u otro sentido. La gente comenzaba a olvidar el tema de los gravitones cuando Caribbean Power apareció en las columnas de los periódicos.
Tan extraña empresa inició sus operaciones en una diminuta isla del Caribe llamada Cayo del Cangrejo. Se trataba de un islote de arena coralífera sin valor, frecuentemente barrido por los huracanes antillanos, que había quedado sin mencionar en el Tratado que firmaron los Estados Unidos y España a la terminación de la guerra de 1898. Continuaba por lo tanto siendo territorio español nominalmente, hasta que el Sindicato Gravitónico lo compró al Gobierno de Madrid por unos cuantos millones en oro. Entonces se constituyó allí la llamada Mancomunidad del Cangrejo como Estado independiente, regido por sus propias leyes a todos los efectos.
Contaban ya en la flamante republiquita con una valiosa adición en su caja de trucos mágicos. Era el tercer gran invento de Elmer. Un transmisor de energía eléctrica radiada por haces. Pronto hicieron contratos con importantes industrias de las vecinas naciones de América para la venta de ilimitada potencia emisora, a precios y tarifas sin competencia posible. Al principio, las grandes potencias marítimas protestaron, sospechando de lo que se trataba y temiendo vagamente los incalculables efectos que pudiera tener aquello sobre la navegación si se le robaba al mar parte de su peso. La tempestad de alarma se calmó cuando la Mancomunidad dijo formalmente que para nada tocarían el agua del mar. Comprometiéronse a no extraer energía más que del potencial isleño que poseían en sus aguas jurisdiccionales. Por tanto, el mundo se tranquilizó y olvidó sus temores. Ocurriese lo que ocurriese, en Cayo del Cangrejo existía la posibilidad de hallar fuerza barata y abundante para las industrias; y en el peor de los casos, un islote de coral más o menos poco importaba al mundo. Aunque sus arenas llegaran a flotar por el espacio, como había sucedido en el famoso desfiladero de la costa del Pacífico, pocos daños podía causar, ya que el islote antillano estaba bastante alejado de las rutas aéreas más utilizadas.
Esperanzas prematuras. No contaron con el ingenio de los gangsters que dirigían el negocio. En seguida construyeron grandes grúas sobre el Cayo y las perforadoras comenzaron a profundizar el suelo. Cuando los pozos alcanzaron ocho millas de profundidad, las torretas de transmisión estaban ya construidas y dispuestas. Entonces se produjo una corriente inmensa de energía eléctrica y aparentemente inagotable. Baterías de dínamos Kineticizadoras comenzaron a funcionar, suspendidas por cables en las profundas entrañas del planeta, convirtiendo así el peso superior en kilowatios, los cuales se enviaban a la superficie por medio de alambres de cobre. Allí se convertían en ondas de energía radiadas, las cuales se enviaban a los clientes y compañías abonadas. Era una energía limpia y regular. La industria, agradecida, prosperó mucho en esos años.
Hasta qué profundidad hizo penetrar el Sindicato Gravitónico sus perforadoras, nadie llegó a saberlo. Ni tampoco cuántos millones de toneladas de peso terrestre fueron convertidas en energía eléctrica y transmitidas a las fábricas del mundo. Al cabo de cierto tiempo el audaz proyecto revolucionó la economía mundial. Con energía tan barata como el aire, los depósitos carboníferos perdieron casi todo su valor, y a los de petróleo les sucedió otro tanto. En el apogeo de tal plétora de fuerza gravítica, ciudades como Nueva York llegaron a instalar unidades térmicas al aire libre, para que sus ciudadanos, aun en las épocas de más intenso frío, pudieran pasearse por las calles sin llevar abrigo alguno. No había necesidad de economizar o conservar energía. La vieja Tierra Firme tenía gravitones de sobra para toda una eternidad.
El comienzo del saldo de cuentas llegó con el desastre de Nueva Nassau. Un fuerte terremoto arrasó la ciudad y una tromba marina dejó en ruinas las poblaciones costeras de Florida. Cuando cesaron los temblores de tierra, el Imperio Británico descubrió que le habían añadido otra isla casi continental a sus dominios. El banco coralífero de las Bahamas se elevó sobre el agua, estabilizándose a una altura de diez a cincuenta pies sobre el nivel del mar en toda su extensión. Pero este aparente beneficio llevaba anejo un inconveniente. El lecho marítimo del estrecho de Florida había subido también y la comente del golfo disminuyó proporcionalmente. Los europeos comenzaron a preocuparse por los efectos que todo esto producía en el clima del Viejo Continente. Eminentes geólogos explicaron que ello se debía al ajuste isostático. Afirmaron que si la banda de la "Caribbean Power" continuaba robando a la región su peso natural, no habría nada que pudiese sujetarla en su base. Las masas geográficas adyacentes se precipitarían a llenar el vacío, al paso que las vetas internas, inquietas y semifluidas, ascenderían. No tardaría en llegar el momento en que se levantarían montañas rivales del Everest y del Himalaya en el lugar mismo donde había estado el archipiélago de las Bahamas; cuando llegase ese día, las otras islas de su alrededor y las más próximas áreas continentales serían meros bancos de arena en un mar cada vez menos profundo. Por lo tanto la República del Cangrejo debía desaparecer. Era un asunto que decidiría el Tribunal de las Naciones Unidas.
—Bueno —terminó Malcolm Jameson—, ésta es la historia del Kineticizador de Elmer Nickleim, tal y como yo la conozco. Me pregunto aún si estaría mi antiguo vecino con los de su cuadrilla el día en que los bombarderos de la O.N.U. se presentaron y borraron del mapa a la "Caribbean Power". Si estaba todavía allí, me figuro que lo harían prisionero, pues la pandilla con que se había asociado últimamente eran gangsters y gentuza tan audaz como codiciosa. O tal vez fueran todos con la metralla atómica al fondo del océano, perdiéndose así los secretos de su diabólico invento.
Los contertulios del Club de Inventores le felicitaron por su prodigioso relato al terminar y luego, puestos ya en pie para marcharse a descansar, levantaron sus copas en honor de Mr. Clemente Soria, el eminente colega español que marchaba en viaje científico por una temporada a las nevadas selvas del Canadá.