LO QUE SUCEDIÓ POR BEBER AGUA

Juan G. Atienza

ya lo he hecho, ¿pasa algo? Lo he hecho y no me arrepiento. ¡A mí con la Guerra Humanitaria!... ¡A mí, que gané mis medallas luchando abiertamente con el enemigo en Corea y en Vietnam, en Argelia y en Bolivia y en el Congo!... ¡A mí van a venirme con esos cuentos de que es mejor inutilizar las defensas que desplegar la fuerza de represalia!... Donde haya un buen Titán con cabeza nuclear, que se quiten las drogas. Donde haya un buen gas tóxico, que me dejen a mí de gases hilarantes. Fuerza de persuasión, eso es lo que hacía falta. Y yo la he empleado. Y no me arrepiento, ¿lo dije ya antes?

Pero yo sé por qué ha sucedido todo esto. Por dos cosas. Primera, por el miedo a morir que tiene cada quisque. Segunda, por beber agua. ¡Agua!... ¡Puah, qué asco! Lo del miedo a morir, todavía me lo explico. Yo he visto guerrilleros con las tripas fuera, revolcándose en el barro lechoso de los campos de arroz antes de estirar la pata con una vomitona de sangre. Yo he visto soldados amoratados, con el vientre hinchado y los ojos salidos de las órbitas, asfixiados por el gas. Yo he visto manos y pies y bolsitas de testículos esparcidos por la jungla después de un ataque de napalm. Comprendo que la gente tenga miedo a morir despedazada. Hay que tener agallas para hacerse a la idea y no reventar de miedo.

Pero lo del agua... Lo del agua es un vicio imperdonable que la Humanidad ha contraído desde tiempos inmemoriales y que aún subsiste en nuestro tiempo. Así han ido las cosas.

Recuerdo que cuando me dieron las estrellas de general, los chicos me ofrecieron una fiesta. Fue una hermosa fiesta, con barbacoa y rancho extraordinario para la tropa. Por unas horas perdimos ligeramente la noción de las jerarquías y todos los oficiales departieron amigablemente al olorcillo de la ternera asada a la brasa en medio de la plaza de armas del campamento. Trajeron bourbon y scotch, jerez y buen vino espeso del país. E incluso alguien sacó de no sé dónde un barrilito de sake y unas damajuanas de tequila. ¡Qué trompa, Dios! ¡qué trompa!... Estuvo el subsecretario de Defensa ron nosotros. Era el único que no llevaba uniforme, pero era de los nuestros. Recuerdo cuando comenzó a quitarse la chaqueta y quería cambiarla a toda costa por la guerrera de campaña del mayor Holden... ¡Quería ser igualito que nosotros!

Pero no era por eso por lo que yo quería recordar ahora aquel día. Era por Sharp. El tenientillo Sharp, el barbilampiño, el rubio cadetito que quería no beber más que ¡agua! y nos miraba a todos por encima del hombro, mientras nosotros cantábamos y decíamos discursos patrióticos. Yo me acerqué a él y le dije:

—¡Teniente Sharp!

El chico se cuadró muy correcto, pero su mirada reflejaba el desprecio incontenible que sentía.

—Teniente Sharp —le repetí, masticando las palabras—. Ahora mismo se bebe usted tres vasos de tequila, seguidos, sin sal ni limón. ¡Es una orden!...

Y el imbécil —no se le podría llamar de otra manera— me sonrió displicente y me volvió la espalda. Yo, claro está, no podía meterle la tequila por las narices y preferí olvidar el incidente. Pero tuve ocasión de recordarlo unos meses después, cuando le vi con la cabeza volada, después de la operación Tritón. Estoy seguro —¡que no funcionen los dispositivos de emergencia si me equivoco!— de que huía cuando le alcanzaron. Y si huía era por beber agua. No se puede al mismo tiempo beber agua y llevar el uniforme del ejército más poderoso del mundo. Deberían marcarlo en las ordenanzas. Si hubiera tiempo —que no lo hay— yo mismo haría que el Alto Estado Mayor aprobase esa moción en contra del agua.

Pero eso del agua y del whisky se ha terminado y, dentro de media hora, la tierra entera será sólo muerte. Gracias a mí.

Y el caso es que lo advertí. Lo advertí muy seriamente, desde los primeros momentos en que fui nombrado asesor con poderes ejecutivos en aquella comisión... ¿Cómo se llamaba? Comisión para el estudio de la Guerra Humanitaria o algo así, ni siquiera estoy muy seguro. Asesor militar en una comisión compuesta exclusivamente de civiles. No podía ser de otro modo: sólo un civil puede hablar al mismo tiempo de guerras y de humanitarismo. Pero —no sé cómo— habían llegado hasta las más altas esferas, con sus diplomas universitarios, y habían convencido a los peces gordos de que convenía estudiar el asunto. Los peces gordos dijeron que sí, naturalmente. Y no porque pensasen que iba a salir de allí nada útil, sino por propaganda. Por pura propaganda, para que luego, cuando las elecciones, nadie pudiera echarles en cara que se habían negado a estudiar el modo de hacer humanitaria la guerra. Esos son manejos de los políticos y están en su derecho. Pero yo no soy político. Por eso he hecho hace diez minutos lo que tenía que hacer.

Como lo hice también el primer día en que me presentaron a los tipos aquellos de la comisión.

—Señores —les dije, así, como ahora lo repito, palabra por palabra—, señores, yo no sé qué intenciones se traen ustedes. Tal vez se hayan tragado su propio camelo de la guerra humanitaria. O tal vez piensen en comer la sopa boba del Gobierno. Pero les advierto que no pienso como ustedes y que el primer absurdo de esta comisión es su propio nombre.

Trataron de convencerme, ¡a mí!, con argumentos científicos. Me hablaron de las propiedades de la vieja droga que habían estado experimentando recientemente en los hospitales y en las clínicas psiquiátricas, el LSD 25, y de las propiedades de la cosa y de sus posibilidades de aplicación en caso de guerra.

—¡Cómo! —les dije—, seguramente dándole de comer al enemigo un terroncito de azúcar con la porquería esa, ¿no?... ¿Se han creído ustedes que son caballos?

—General —me replicó el presidente de la comisión, que había recibido el premio Nobel unos años antes y que, por eso, se creía ya que podía competir con mis medallas ganadas en los campos de batalla—, no se da usted cuenta de lo que eso puede significar. El ácido lisérgico...

—¿Otro potingue? —grité, alarmado.

—No, general, el LSD 25 y el ácido lisérgico son la misma cosa. Y quería decirle que es un líquido incoloro, inodoro e insípido, exactamente lo mismo que el agua...

—Siempre afirmé que el agua es una porquería —le interrumpí.

—No importa ahora lo que usted opine sobre el agua. El caso es que, mezclado con ella, nadie notaría ninguna diferencia con el agua normal que ingiere todos los días.

—Yo sí.

—¿Cuál?

—Yo nunca bebo agua.

—Y bastarían de 20 a 40 millonésimas de gramo para que surta efectos alucinógenos —terminó sin hacerme caso.

Me callé unos segundos:

—¿Y qué? —pregunté después, sin abandonar mi escepticismo.

Me entregaron una voluminosa carpeta llena de informes sacados de los centros donde habían experimentado la droga. Y, ya en casa, me entretuve hojeando pacientemente toda aquella sarta de tonterías que la gente es capaz de decir... y hasta de hacer.

Había allí barbaridades suficientes para detener un tren de armamento. Los pacientes que se habían sometido a la acción del LSD 25 contaban de éxtasis místicos, de alegrías inenarrables, de mares sin fondo con peces de colores maravillosos, de comprensión absoluta de la obra de arte, de amor a la naturaleza, de visiones del Más Allá... Barbaridades y nada más que barbaridades, como ya dije.

¿Y con eso, qué? —me dije—. Nada de aquello tenía nada que ver con la fuerza de choque o con el poder de represalia. Allí no había más que accesos de locura individual que, por lo visto, mis buenos compañeros de la Comisión querían encontrar el modo de convertir en delirio colectivo.

—Exactamente —me comunicó mi jefe provisional, el sabio del Premio Nobel—. Ha dado usted justamente en la diana de nuestras intenciones. Provocando el delirio colectivo, la masa del ejército enemigo puede ser conquistada sin derramar una sola gota de sangre, sin una sola baja. El material bélico e industrial no sería afectado, como sucedería con un bombardeo atómico, y la victoria se produciría en veinticuatro horas sin un disparo.

Me parecía totalmente demencial, pero le dije que bueno, que probasen.

—Pero le advierto, profesor —añadí—, que una tonelada de ese ácido no vale lo que un buen puñado de megatones bien distribuidos sobre el territorio enemigo.

A pesar de mi escepticismo y de mi voto en contra, la Comisión consiguió de las autoridades militares que se les permitiese hacer una experiencia en el campamento G-32. Este campamento es el que adiestra a nuestras tropas de choque más escogidas, el que proporciona los especialistas de la guerra en la jungla y los técnicos de urgencia. Allí se vive —se vivía, quiero decir— a golpe de cornetín y los castigos que se marcaban contra las faltas de disciplina no son precisamente como poner a un chico cara a la pared con orejas de asno. Allí se nacen hombres de verdad, dispuestos a todo y capaces de llevar a buen puerto las misiones más peligrosas. Bien, preparamos pues la cosa para llevar a cabo la experiencia en el campamento G-32. Por la noche, los depósitos de agua fueron envenenados con ácido lisérgico en proporción científicamente estudiada y en secreto. Y, al mediodía siguiente, nos dimos una vuelta por el campo.

Nunca olvidaré el espectáculo. Era digno de un manicomio modelo. Los reclutas sesteaban debajo de los árboles con ojos soñadores y ni siquiera se preocupaban de nuestra presencia. Se oían carcajadas por todas partes, en los lavabos, en los comedores, en los dormitorios de tropa y en los pabellones de oficiales. Era vergonzoso. ¡Toda aquella gente había bebido agua! A veces se nos cruzaba un soldado que parecía ebrio, aunque caminaba con bastante firmeza. Pero ni nos veía, ni nos oía, ni veía ni oía en torno suyo nada que no fuera su propia alucinación. Dos oficiales se abrazaban como viejos amigos, olvidándose de que eran de distinta graduación. Les hablé para que se reportasen y, después de unos segundos de intentarlo, optaron por abrazarme los dos a mí, diciéndome que me querían y que yo era para ellos más que un padre. Y lo decían convencidos. Otro —no estoy ahora muy seguro, pero creo que era un sargento— había tomado uno de los automóviles de campaña y se paseaba cantando antiguas baladas de pioneros. Dos o tres veces estuvo a punto de atropellar a algún soldado. Y ninguna de las veces el presunto atropellado hizo nada por apartarse, como si estuviera convencido de que nada ni nadie podía matarle, o como si la muerte le importase muy poco, porque tuviera ya en el bolsillo el certificado de la Eterna Resurrección.

Entonces llevamos a cabo la segunda parte de la experiencia. Hicimos sonar los dispositivos de alarma, exactamente igual que si el enemigo estuviera a las puertas del campamento y hubiera que organizar la defensa en cinco minutos. Los timbres y las sirenas casi nos ensordecieron a nosotros, los de la Comisión. Pero nadie en el campamento hizo el menor movimiento por atender a la llamada. Yo mismo sentía tentaciones de lanzarme sobre los antiaéreos o sobre los controles de radar, en busca de ese hipotético enemigo que se acercaba. La llamada de alarma ha sido siempre para mí como un aguijón en la medula, me ha puesto en acción aun en los momentos más absurdos.

Bien, ¿qué sucedió en el campamento G-32? Nada. Absolutamente nada. Todo siguió exactamente igual que hasta entonces. Las mismas risas, las mismas miradas perdidas en el infinito, los mismos paseos lentos, admirando la Naturaleza percibida por ojos distintos. Nadie ante las pantallas de radar, nadie en los arsenales, nadie junto a las baterías, silenciosos los motores de los carros de combate, alineados en total reposo los jeeps, las motocicletas, la brigada de helicópteros.

—La experiencia ha sido un éxito, general —me dijo uno de los de la comisión al día siguiente.

—Ha sido un desastre —le contesté yo, furioso.

—¿Por qué?

—Porque me ha demostrado el grado de degeneración de nuestro Ejército.

—No lo crea, general. El Ejército no habría podido hacer nada contra la droga. Ni los mejores.

—No lo digo por eso, amigo...

Y era cierto. Yo sabía que la droga había actuado con eficacia, pero la cosa se había desarrollado así ¡porque el Ejército bebe agua!

A partir de aquella experiencia supe, sin lugar a dudas, que cualquier nueva guerra que emprendiéramos estaría irremisiblemente perdida... a menos que yo mismo tomase cartas en el asunto de un modo taxativo e inexorable. Comencé a jugar un doble juego: por un lado continué junto a la Comisión, siguiendo paso a paso sus experiencias, incluso cuando, con un optimismo digno de mejor causa, pusieron en práctica la segunda fase de su plan, consistente en preparar el modo de contaminar instantáneamente el agua enemiga —¡toda el agua!— con LSD 25. Por otro lado, preparé las cosas para ser nombrado, al mismo tiempo, para el Alto Mando Estratégico y tener acceso a los secretos de la fuerza de disuasión.

La Comisión creyó que yo me volvía de su parte y celebraron aquella conversación como una victoria. Me hice amigo de todos sus miembros, incluso terminé tuteándome con el Premio Nobel que la presidía. Me llevó a su casa —llena de diplomas y certificados por todas partes— y yo, a mi vez, le invité a la mía —cubierta con medallas y trofeos de mis campañas— y hasta habría llegado a pasarlo bien con aquel tipo a no ser porque, en las solemnidades más sonadas, se empeñaba en no beber otra cosa que jugo de naranja.

—Ya está, profesor —le dije en una de aquellas ocasiones—. ¿por qué no promovemos en el Ejército el uso del vino o del jugo de naranjas?...

El profesor me miró sin comprender que yo no podía decir aquello en serio.

—Porque sería demasiado oneroso para el presupuesto nacional.

Y lo decía a conciencia, ¡se creía el salvador de la Economía del país, cuando en realidad estaba provocando la destrucción de nuestra potencia!

La comisión pidió ser ampliada con nuevos técnicos y se incorporaron tres ingenieros especialistas en balística y tres miembros del Servicio Secreto. Los primeros estudiaron las posibilidades de cargar proyectiles intercontinentales con cabezas lisérgicas, de modo que cuando fueran lanzados esparcieron la droga por los depósitos de agua enemigos. Los segundos —los del Servicio Secreto— calibraron al milímetro las posibilidades que tenían de que esa misma función la cumplieran personalmente los agentes que poseíamos en el territorio del otro lado.

Era más fácil la segunda solución que la primera, por supuesto. Pero tenía un inconveniente: la casi imposibilidad de coordinar unos esfuerzos humanos distribuidos a lo largo de varios millones de millas cuadradas. Supondría una labor lenta, preparada con varios meses de antelación y puesta en conocimiento de demasiadas personas. Era casi imposible que ninguna de ellas fallase o resultara descubierta. Y la mínima grieta podía deshacer todo el plan y deshacerlo, además, para siempre. Y corríamos el riesgo de que el enemigo se nos adelantase.

Sí, sí, ya sé, manteníamos unas relaciones cordialísimas con el enemigo. Cambiábamos regalitos, científicos de segundo orden y ayudas mutuas de tipo cultural y financiero. ¡Pamplinas! En realidad nos estábamos oliendo el rabo constantemente unos a otros y cada uno esperaba la mejor ocasión para asestar un golpe que no pudiera ser devuelto con creces.

Nuestros chicos del Servicio Secreto nos decían continuamente: "No pasa nada, todo marcha bien, no hay peligro de lío inmediato". De acuerdo, decían todo esto. Pero, ¿acaso nosotros no seguíamos la misma táctica? ¿No lanzábamos ramos de flores mientras manteníamos día y noche el dedo sobre el botoncito rojo? De acuerdo, decían todo esto, pero ¿funcionaba acaso el teléfono rojo entre los dos cabezas de facción?

Yo sabía que no. Que esa línea era una pura añagaza y que, llegado el momento, podríamos rompernos el alma con nuestros megatones, sin que se elevase ninguna voz clamando en el desierto. Ninguna, dije bien. Porque, entre otras cosas, la vocecita esa no tendría ni tiempo de levantarse.

¿La prueba? Que, mientras los ingenuos de la Comisión para el Estudio de la Guerra Humanitaria preparaban su plan a largo plazo, ha sucedido lo de esta mañana.

Ya hacía días que yo venía oliéndome la tostada. Los compañeros del Alto Mando Estratégico estaban inquietos y yo, al verles, me sentía tan inquieto como ellos. Probablemente se trataba de una alarma colectiva y contagiosa. Casi seguro que muy pocos sabían lo que pasaba. Pero nos pegábamos el miedo unos a otros, sin saber por qué. Sin saberlo, sí, porque en apariencia todo marchaba como siempre, ni bien ni mal. Pero el Gran Jefe estaba haciendo más viajes que de costumbre y sus consejeros estaban más cerca de las máquinas computadoras de lo que podía resultar normal. Y del otro lado nos venían noticias demasiado vulgares: incluso se hablaba de la colocación de una primera piedra no sé dónde. Pero todos —y yo entre ellos— pensábamos, con razón, que eso de la primera piedra ocultaba otras intenciones.

Ayer mismo traté de averiguar de una vez qué sucedía y no conseguí más que medias palabras que venían de labios temblones. Había miedo y los dedos estaban dispuestos sobre los botones, para actuar al primer reflejo, a la primera señal. Nunca he visto tantos rostros sudorosos, tantas bocas resecas, tantas voces cortadas por el terror. Tanta... sed, en fin, porque ya se sabe que el terror produce sed.

Llegada la noche —anoche— yo también tenía la boca seca de miedo y, sobre todo, de calor pegajoso de julio. Llegué a mi casa con sed, con una sed insoportable. Llamé a mi asistente y le dije que me trajera algo fresco. Me trajo cerveza muy fría, dos latas que me bebí en menos tiempo que tardo en contarlo. Luego comencé con el whisky y no lo dejé hasta haber terminado con botella y media de scotch. Eran las diez de la noche y estaba totalmente borracho. Llamé al Alto Mando, a un buen amigo, y le dije con mi mejor voz:

—¿Se sabe algo?

—Nada, pero...

—¿Pero qué?

—Todo está alertado. Puede suceder de un momento a otro... ¿Qué te pasa?

—Que estoy borracho y me voy a dormirla... Llámame si ocurre algo. Estaría ahí en dos minutos.

—Vale...

Creo que me dormí sin haber llegado a colgar el teléfono. No debí acertar con la horquilla. El caso es que esta mañana —hace apenas dos horas— me he despertado con resaca y lo he visto descolgado. He tocado el timbre mientras me afeitaba y ha acudido el ordenanza al cabo de cinco largos minutos. ¡Y en qué estado! Se reía y me miraba con ojos bobalicones, totalmente despeinado y con la camisa abierta hasta el ombligo.

—Sí, mi general... —me ha dicho, con palabra lenta, con la lengua más estropajosa que la mía.

—¿Cómo sí?... ¿Es modo de presentarse, ése?

—Se miró un poco, encogiéndose de hombros y abrió luego los brazos en un ademán de impotencia:

—Bueno, mi general... Es que me encuentro así tan bien... Y le encuentro a usted tan amable esta mañana...

Le di una patada y se marchó dándome las gracias. Creí que se había emborrachado con la media botella que yo no me pude terminar. Me vestí solo y salí a la calle, pensando en el modo de conseguirme otro ordenanza y deshacerme de éste cuanto antes.

Pero, ya en la calle, se me encogió el corazón. El chofer, mi chofer desde hace diez años, me esperaba junto al coche, sin gorra y silbando beatíficamente al sol. Ni siquiera se cuadró al verme salir. Simplemente se rozó el mechón de pelos con el índice extendido y me dijo, con una sonrisa ausente:

—¿Qué, mi general, nos vamos?

No era modo, no, señor. Ni aquel hombre lo habría empleado nunca conscientemente conmigo, porque me conocía. Y, además, su actitud me pareció sospechosa. Así que subí al coche sin decirle nada y, cuando le vi sentado delante, le ordené que se dirigiera al edificio del Alto Mando Estratégico.

—¡Vamos, mi general!... Con lo hermoso que resultaría darse un paseíto por el Parque Central...

—¡Vamos adonde te he dicho! —le grité, casi adivinando ya lo que sucedía.

El se encogió de hombros, resignado, y puso el coche en marcha. Y comenzamos a rodar lentamente por las calles, con una lentitud exasperante.

—¡Más de prisa! —le dije.

—¡Pero mi general, es tan agradable el airecillo fresco!... Déjeme ir despacio...

Estuve a punto de desmandarme, pero luego agradecí la idea de mi chofer. Porque comprobé que la ciudad entera se había vuelto loca. Vi gente tendida en las aceras, soñando despierta. Y vi —como el día de la prueba, en el campamento G-32— peatones que se lanzaban a tumba abierta por en medio de la calle, dispuestos a morir alegremente aplastados por millares de automovilistas que ni respetaban las reglas del tráfico ni parecían tener la menor prisa por llegar a ninguna parte. Los guardias de la circulación dirigían el tráfico sentados en medio de los cruces y sus órdenes se reducían a cansinos movimientos de cabeza mientras contemplaban extasiados el paso lento de las nubes. Nadie reñía con nadie, los coches se rozaban y chocaban como en una carrera suicida..., pero a cámara lenta. Y mi chofer, por su parte, conducía mirando al cielo, a las casas, a los árboles del parque que dejamos a nuestra derecha.

—¿No quiere que entremos un ratito, mi general?... ¡Es hermoso el parque... y las flores tienen los más bellos colores del arco Iris!

—No, sigue como puedas... —le contesté, acurrucándome en el fondo del asiento.

De modo que había sucedido... Y ellos habían llegado antes que nosotros.

—¿Bebiste agua anoche?

—Mucha, mi general... Y más esta mañana... Más, mucha más... Hacía tanto calor...

En el Alto Mando me esperaba un espectáculo parecido. Los centinelas de guardia en la puerta principal se habían sentado en la amplia escalinata y soñaban, espalda contra espalda. Dentro, todos estaban drogados. No encontré a nadie que estuviera cuerdo. Apenas un par de oficiales supieron contestarme de un modo más o menos racional al dirigirme a ellos. Los demás hablaban con la lengua torcida dentro de la boca y contestaban rojo cuando se les preguntaba azul. Como en un juego de despropósitos.

Me lancé como un tifón por pasillos y ascensores en busca de mi jefe inmediato. A mi paso, los ordenanzas me lanzaban saludos de viejos amigos y los ascensoristas me rogaban amabilísimamente que oprimiera yo mismo los botones. Un mayor escribía poemas incoherentes en la IBM eléctrica de su secretaria, mientras la chica se mantenía despierta a duras penas, tumbada en el sofá inmediato, con las piernas al aire. Al pasar junto a ellos, el mayor quiso a toda costa leerme las estupideces que había escrito.

Abrí la puerta del despacho de mi jefe. Le vi sentado ante su mesa, con barba del día anterior —porque, sin duda, se pasó la noche en su puesto, bebiendo agita—, con los pies descalzos sobre el tablero y ni siquiera se dio cuenta de mi presencia. Creo que ni me oyó. Y yo sabía, por supuesto, que era inútil llamarle la atención porque estaba, simplemente, en otra parte.

Esa era la situación. Exactamente ésa, sin quitar ni poner una sola coma a la realidad. ¿Qué debía yo hacer? ¿Cuál era mi deber? Antes de una hora les tendremos aquí, con sus aviones volando sobre nuestro territorio, sin que un solo cohete tierra-aire salga en su busca, sin que un solo par de ojos les aviste por las pantallas del radar.

Así, conquistados sin una gota de sangre. Lo que nosotros habíamos tomado como un largo plazo en la Comisión, ellos lo tienen ya... y lo han conseguido, no sé cómo.

Pero eso es algo que yo no puedo consentir. Sé que estoy solo, totalmente solo en todo el territorio aliado. He comunicado por teléfono con las centrales de los Estados Mayores de toda nuestra zona de influencia y en todas partes me han contestado con risas, con palabras en las que el asombro se mezclaba con el éxtasis y el sentimiento de la Eternidad.

¡A la porra la Eternidad! Yo les daré Eternidad, a estos estúpidos bebedores de agua y a aquellos listos que osaron adelantarse a las remotas predicciones de tres premios Nobel.

He apretado yo mismo el botón. Por fortuna, los mandos son totalmente automáticos y funcionan todos desde el Alto Mando Estratégico. Basta apretar el botón —precisamente ese que yo he apretado— para que partan de sus bases subterráneas cien millones de megatones con sus objetivos perfectamente marcados al milímetro. Cien millones de megatones.

—¡Y ellos querían sustituirlos por cabezas lisérgicas!... Es para morirse de risa..., de risa, sí... Bebedores de agua... Que no se les puede lanzar peor insulto... ¡Bebedores de agua!...