EL REGRESO DE LA LUZ

Alfonso Álvarez VIllar

La nave interplanetaria se posó lentamente sobre aquel planeta perdido en un rincón de la galaxia. En medio de un suelo pedregoso y desnuco de vegetación, la nave parecía una gigantesca válvula de radio, de un tipo ya periclitado en el campo de las transmisiones inalámbricas.

Pronto, y saltando como canguros sobre las estepas australianas, aparecieron los tripulantes embutidos en sus pesadas escafandras a prueba de temperaturas extremas y radiaciones cósmicas. La fuerza de la gravedad en aquel pequeño planeta era diez veces menor que en la Tierra. Un sol de color rojo rubí teñía de sangre la desolada superficie, en la que sólo se alzaban minúsculos picachos descarnados y trozos de roca lanzados quizá por una antiquísima explosión volcánica. Al otro lado del firmamento otro sol, pero de color amarillo, comenzaba a despuntar en el horizonte. Parecía todo aquello un lienzo pintado por Ivés Tanguy.

Al cabo de unas horas de arduo trabajo, una pequeña semicúpula rompía la monotonía del paisaje. Dentro de ella los terrestres disponían de la misma composición atmosférica que en el punto de partida; sólo allí dentro podían desprenderse de sus pesados trajes espaciales. Una claraboya, construida a base de una sustancia orgánica que reducía al mínimo el impacto de los rayos cósmicos y el intercambio de temperatura con el exterior, permitía a los tripulantes del Meteor echar un vistazo sobre aquel paisaje de pesadilla. Pronto, en efecto, una banda de color anaranjado fue desplazando el rojo sanguíneo de la superficie, a medida que el sol amarillo se alzaba sobre un horizonte curvado como un tonel. Luego, el mar de carmín desapareció, y todo fue oro aquel pequeño planeta, como si un poderoso alquimista estuviera jugando con la piedra filosofal.

Pero no había tiempo para la fruición estética. Había que realizar rápidamente la misión que el Alto Mando terrestre había encomendado a aquel puñado de hombres: llevar a cabo una serie de análisis geoquímicos, cartográficos y biológicos, dentro de una magna empresa de exploración interestelar. Partió, pues, un piquete de cinco hombres, mientras que el capitán Smith permanecía en la semicúpula en contacto constante a través de la radio con el grueso de científicos.

Mientras un extraño armatoste, provisto de cadenas que le permitían trepar por los lugares más inaccesibles, corría hacia el horizonte, Smith pegó su rostro a la claraboya. Luego, con los auriculares de la radio incrustados en sus oídos, se tendió sobre una de las literas. Pronto el sopor comenzó a apoderarse de sus sentidos.

Pero una voz que le llegaba a caballo de las ondas electromagnéticas le hizo dar un brinco.

—Mi capitán —decía la voz de uno de sus hombres—, seguimos sin novedad en dirección Norte. Hemos recogido algunas muestras, y nos estamos acercando a lo que parece ser un volcán extinguido. Le seguiremos informando. Corto.

Pero ¿qué extrañas figuras eran las que se movían bajo el techo acorazado del refugio? ¿Se trataba de una extraña pesadilla? Eran fragmentos de personas, de seres humanos, los que parecían moverse con los ritmos de una danza macabra, entre los muebles y los utensilios de la semicúpula. La luz que se filtraba por la claraboya hería directamente los ojos de Smith. Al apartarse del haz de rayos en el que bailaban también como chispas de diamantes las motas de polvo, Smith dejó de percibir con la misma claridad aquellas figuras extrañas de hombres semidesnudos que acababa de crear su imaginación calenturienta. Smith se restregó los ojos, y esta vez se dirigió directamente a la ventana.

No, no era una alucinación. Delante del refugio unos hombres fantasmales, cubiertos de pieles, se mataban entre sí con hachas de piedra. Pero lo curioso es que los accidentes del paisaje se fundían como en un trucaje cinematográfico con aquellas extrañas figuras, ecos lúgubres de un pasado remoto. No eran seres de carne y hueso, pues de lo contrario hubiesen tropezado con los informes pedruscos que constituían los únicos elementos decorativos de aquel desolado planeta. Es más, la nave interplanetaria se veía en transparencia a través de aquellos corpachones musculosos que se agitaban poseídos por una embriaguez bélica. ¿Estaba soñando?

—Capitán. Estamos alcanzando el cráter volcánico. ¿Hay alguna novedad? —gritaron los auriculares.

—No, no hay ninguna novedad. Sigan su exploración. Corto —apenas masculló Smith, mientras cerraba instintivamente los ojos.

Volvió a abrirlos. Una curiosidad demoníaca le mantenía clavado detrás de la claraboya. Ahora los hombres de Cro Magnon habían desaparecido. Volvía a reinar la más absoluta soledad en el planetoide. La superficie era ya de un color anaranjado, como si el planeta se hubiese trocado ahora en esas frutas deliciosas que el Mediterráneo hace brotar en sus riberas.

Aquel intermedio duró, sin embargo, pocos minutos, porque en seguida sobre el lomo anaranjado pareció extenderse una especie de nylon azul completamente transparente, un pañuelo que se agitaba como la superficie del mar reflejando las luces de un sol fantasmal que hacía resplandecer, como perlas, unas velas triangulares que se iban acercando desde el horizonte. Luego aparecieron media docena de trirremes, agitando como serpientes furiosas sus triples hileras de remos. Por otro lado hicieron su aparición otros tres navíos de características similares. Smith pudo observar la inquietud de los tripulantes de ambas flotas, las gesticulaciones de los Cómitres y de los guerreros apiñados en las proas dispuestos al abordaje. Era todo ello como una película muda que un proyector mágico hubiese lanzado sobre la pantalla desnuda del planetoide.

Las naves se embistieron, mientras una lluvia de dardos partía como avispas rabiosas de las cubiertas. Una de las trirremes embestía con el espolón a otra. La sangre se mezclaba al agua salobre del mar, y se captaban con todo realismo los gestos desesperados de los hombres a los que el abismo maligno atraía a sus profundidades. La trirreme embestida comenzó también a ser engullida por el transfundo naranja del decorado "real". A los pocos minutos no quedaba de ella más que el mascarón de proa y algunos cuerpos que se retorcían como gusanos desesperados sobre el velo azul marino de aquel escenario fantástico.

La superficie del planeta volvía a ser como la faceta de un rubí. El sol amarillo había desaparecido por uno de los ángulos del horizonte. El espejismo también había hecho mutis, pero no sin antes dejar en la imaginación de Smith pensamientos de muerte y de destrucción.

—Capitán Smith —aullaron los auriculares—. Tenemos que comunicarle algo verdaderamente extraordinario. ¿Lo sabe usted? Habíamos llegado al fondo del cráter para recoger muestras de minerales cuando vimos que por el borde del volcán avanzaba un extraño ejército. Parecían guerreros medievales, por sus armaduras y sus lanzas. No parecían vernos, pero de todas formas comenzaron a precipitarse sobre nosotros, con las lanzas en ristre, como para traspasarnos. Disparamos contra ellos nuestros desintegradores, pero los rayos les dejaban indemnes, y lo curioso es que las rocas situadas detrás de ellos eran las que se volatilizaban. Es más, nos dimos cuenta que los farallones del volcán se transparentaban a través de las armaduras de los guerreros. Corrimos, pues, rápidamente hacia el tanque oruga y desde allí vimos cómo el ejército pasaba a nuestra derecha para embestir a otro grupo de soldados que, con la rienda suelta, avanzaba contra ellos. Allí se trabó una lucha terrible. Vimos cómo caían los jinetes atravesados por las lanzas, y cómo la sangre de los caballos y de los caballeros apenas se podía distinguir del fondo rojo del volcán. Ninguno de nosotros se atrevió a moverse del tanque oruga. No puede tratarse, mi capitán, de una alucinación, porque todos nosotros lo hemos visto y estamos de acuerdo en los detalles. ¿Hay alguna novedad por ahí?

—Regresen ustedes cuanto antes. Yo también he tenido unas experiencias parecidas. Creí que estaba delirando. Ahora veo que es una realidad. Corto.

Cuando llegó el tanque oruga a la semicúpula, ningún sol brillaba ya en el Cielo. Una densa cortina de luto había cubierto el pequeño planeta, como si se tratase de un relicario precioso en tiempos de Semana Santa. Pero mil puntas de diamante centelleaban en el gran alfiletero del firmamento. Ahora estaban reunidos los siete miembros de la tripulación del Meteor, alrededor de la claraboya.

La oscuridad duró, sin embargo, muy poco. En efecto, como si mil volcanes hubiesen entrado en actividad arrojando bocanadas de fuego, los alrededores del refugio se cubrieron de lenguas anaranjadas que escupían chispas hacia lo alto. En torno de ellos se entreveían edificios que se derrumbaban y contornos de seres humanos que se desplomaban con los miembros destrozados. Una llamarada cegó a los siete hombres del Meteor, que instintivamente se arrojaron al suelo como si hubiese explotado una granada en el mismo centro del refugio. Pero había sido una explosión fantasmal, un espejismo macabro. Luego vieron cómo las ruedas de un cañón gigantesco pasaban sobre sus cuerpos atravesando las sólidas paredes de la semicúpula. Smith intentó agarrar por un brazo a uno de los espectros que iban montados en el sillín del cañón, pero la mano atravesó el aire sin encontrar nada sólido en su recorrido. Luego, todo desapareció como por ensalmo, y el sol rojo inició su enésima aurora de sangre en el Este del planeta.

Smith había mandado tapar con un trozo de tela la claraboya para protegerse de aquellas sombras diabólicas que amenazaban enloquecer a los tripulantes de su nave. Ahora sólo la luz de la lámpara eléctrica hacía presentes los objetos reales que no negaban su contacto a las manos del hombre. Los siete viajeros interplanetarios se habían sentado en torno a la mesa. Estaban cabizbajos. Nadie se atrevía a romper el silencio.

—Creo que el viaje a este pequeño planeta debiera ser incluido en el itinerario espacial de todos los habitantes de la Tierra, y en especial de nuestros gobernantes —habló con lágrimas en los ojos el capitán Smith—. Por un extraño fenómeno que escapa a mi inteligencia (es probable que la existencia en este lugar del espacio de varios soles hiperdensos haya deformado de tal forma las líneas del espacio-tiempo que los rayos de luz enviados por nuestro planeta converjan precisamente aquí, como si este astro fuese una especie de canal o de estrecho) podemos ser testigos de la historia de la humanidad. Recuerden ustedes, en efecto, que la luz se propaga a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, en trenes de ondas esféricas. Esto quiere decir que si el espacio fuese infinito, ninguna imagen visual podría ser captada de nuevo por cualquier persona que en un momento determinado se hallase en el punto de partida. Pero como el espacio es curvo, resulta que ningún rayo de luz escapa del Cosmos. En otras palabras, es posible que una escena que ocurrió en la Tierra hace dos mil años pueda ser captada en un planeta distante si las coordenadas espacio-temporales así lo determinan. Siempre, claro está, que un cuerpo extraño, como puede ser el polvo cósmico u otro planeta, no absorba la radiación emitida.

Los seis hombres tenían la vista clavada en los ojos de su capitán, que, tras hacer una pausa, continuó su explicación.

—Saben ustedes de sobra que el hombre es el dueño de una gran parte de nuestra galaxia, que viajamos a velocidades que hubiesen parecido increíbles a los hombres que vivieron hace todavía cuatro siglos. ¿Pero este desarrollo técnico y científico ha supuesto una mejora del hombre mismo? Por delante de ustedes ha pasado la historia de la Humanidad: una sucesión ininterrumpida de matanzas y de crímenes. Ahora mismo, en nuestra supercivilizada Tierra, es imposible salir a la calle a partir de las seis de la tarde sin llevar un arma. Porque el número de asesinatos es hoy tan elevado que compensa de sobra a los que en otra época eran atribuibles al cáncer o a las enfermedades infecciosas. Y si no hay guerra, es porque todos tememos la destrucción total del planeta. Creo, señores, que nos hemos equivocado de camino. Hay que inventar otro tipo de naves, que conduzcan al hombre no en pos de planetas distantes, sino de la felicidad.

Embalaron rápidamente el equipaje, y en silencio volvieron a la astronave Meteor. Las muestras que habían recogido los científicos no tenían ningún valor: no había oro ni uranio en aquel planeta. Pero todos llevaban dentro de su corazón algo mucho más valioso que todos esos metales: una chispa de sabiduría.