LAS FORMAS DEL LAGO

Domingo Santos

La noche del 23 al 24 de marzo, hará ahora cuatro años de ello, se desencadenó una gran tormenta sobre toda la región. Aquella noche tuve que asistir a un enfermo que vivía lejos del pueblo, y la tormenta me cogió a mitad del camino, cuando regresaba. El cielo estaba encapotado, y de repente se puso a llover con tal violencia, que muy pronto el limpiaparabrisas del coche no pudo eliminar la cortina de agua que caía sobre el cristal, y el agua del camino mojaba los frenos hasta casi inutilizarlos. Tuve que detenerme como pude en la cuneta, y aguardar.

Aquella noche se produjo la tormenta más fuerte del año. La completa oscuridad de la intensa cortina líquida era apenas rasgada por los frecuentes rayos, que dejaban ver a mi alrededor sólo la masa espesa y oscura de los árboles. A la hora, aproximadamente, de iniciarse, disminuyó algo la lluvia, aunque el camino estaba aún tan lleno de agua que era imposible seguir. Con el coche cerrado, y los cristales empañados por la calefacción que tuve que encender, fue preciso aún aguardar mucho rato.

En un determinado momento, cayeron del cielo tres estrellas. Acababa de limpiar el vaho del cristal delantero, y vi cómo caían en el horizonte, de norte a sur. No cayeron muy lejos, pues pude distinguirlas bien, a pesar de la lluvia. Llevaban una trayectoria bastante oblicua, y cuando estaban cerca del suelo desaparecieron tras los árboles.

Mañana oiremos decir que han caído trozos de cielo, pensé. Y no será extraño con esta tormenta.

Una hora después pude continuar mi camino, aunque con muchas precauciones para que las ruedas del coche no patinaran en el embarrado camino. Al llegar al lago, que el camino bordea en toda su parte sur, pude observar algo extraño. La lluvia, que aún caía con mediana intensidad, rizaba toda la superficie con sus gruesos goterones; pero no era eso lo que me llamó la atención. El lago, allá en su centro, parecía hervir más que en los lados, como si estuviera animado por una cierta actividad interna, y el agua fosforescía levemente, con un extraño resplandor que parecía provenir del fondo. Nada puede ser extraño ya con esta tormenta, pensé. Me detuve un instante a contemplar el fenómeno, pero el temor de que la lluvia arreciara de nuevo me hizo seguir, y olvidé casi por completo lo que había visto apenas llegar al pueblo.

A la mañana siguiente amaneció claro y despejado. Las nubes huían presurosas hacia el este, como si tuvieran prisa por descargar allí sus vientres hinchados, y era indudable que allá se estaba desencadenando la misma tormenta que nos azotara a nosotros la noche anterior. La tierra estaba fangosa, y las plantas rezumaban agua por todas sus hojas. En el aire flotaba este olor peculiar a tierra mojada, a agua, a vida, que se produce solamente en el campo después de una lluvia intensa.

Para un médico rural, el día siguiente al de una tormenta es un día de mucho trabajo: los dolores de los viejos se recrudecen, y todos ellos le llaman a uno para que les recete algo. Los reumas, las gotas, los dolores de espalda, los catarros, todas las enfermedades típicas de la humedad, me entretuvieron tanto durante todo el día, que lo que había visto en el lago la noche anterior quedó olvidado por completo.

A la noche, sin embargo, volví a recordarlo. Juan habló de ello en el café. Juan tenía unas tierras de cultivo en la parte alta, y la tormenta le sorprendió en ellas. Habló que había visto una estrella errante caer del cielo, e ir a parar al lago. Habló también que luego el lago había presentado una rara fosforescencia, y que parecía hervir. El Cojo, por su parte, afirmó que durante el día había pasado dos veces por el camino, y que tanto al ir como al volver había visto en el centro del lago una mancha lechosa, que recubría una zona circular bastante considerable. Otros dos hombres confirmaron el relato.

Aquello me hizo pensar en lo que yo mismo había visto la noche anterior. Alguien dijo que tal vez había caído un trozo de montaña en el lago, pues, por la parte norte, éste está rodeado de montañas calizas, y con frecuencia hay derrumbamientos, aunque sean de poca importancia. Pero Juan afirmó que lo que había caído en el lago era la estrella errante, y que ahora quería irradiar su luz desde bajo el agua, sin conseguirlo enteramente.

Yo estuve de acuerdo en el fondo con Juan, aunque discrepaba de él en algunos puntos. Yo había visto tres estrellas errantes caer del cielo, pero las vio desde más lejos. Una de ellas podía haber caído en el lago. El meteorito estaría ardiendo por el roce con la atmósfera; esto explicaría el hervir del agua. Además, en su composición podía entrar alguna materia fosforescente. Lo que no acababa de comprender era la mancha blanca. Si era que parte de su masa se había disuelto en el agua, el meteorito no hubiera podido resistir el roce de la atmósfera sin volatilizarse. Aquello no encajaba.

Aquella misma noche fui a ver a Tomás. Los comentarios oídos en el café habían despertado mi curiosidad. El lago, en verano, es una buena atracción turística, y Tomás tenía allá un buen negocio de alquiler de patines, botes, y equipos de inmersión. Ahora, aún no empezada la temporada, todo ello estaba guardado en un gran barracón que tenía al lado de la orilla. Mi idea era usar parte de aquel material y, con su ayuda, explorar el lago.

Tomás me escuchó con interés. El lago era algo así como su reino particular, y lo conocía, tanto por encima como por el fondo, como si fuera el dormitorio de su propia casa. Le interesó saber que un bólido había caído en el fondo; podía ser una buena atracción turística para los que desearan practicar escafandrismo. Se brindó a acompañarme y realizar juntos las primeras exploraciones, y quedamos en ir al día siguiente a investigar.

Aquella noche llovió de nuevo, aunque muy débilmente, y el día siguiente amaneció de nuevo sereno, si bien algo encapotado. A primera hora de la mañana Tomás y yo bajamos al lago, y desde la orilla contemplamos largo rato su superficie. La mancha blancuzca era aún apreciable, y parecía haber extendido algo su radio, por lo que dijeron en el pueblo el día anterior. Tomás, con la topografía del fondo en su cabeza, estudió su situación.

—Se encuentra muy cerca de la fosa —dijo—. Si no es en la fosa misma.

El fondo del lago formaba, casi en su centro geométrico, como una amplia fosa donde la profundidad era de treinta y cinco metros. Tomás sacó del barracón donde almacenaba el material un bote con motor fuera borda, y también un equipo de inmersión. Metimos el bote en el agua, revisamos todos los aparatos, y partimos hacia el centro del lago.

El agua estaba tranquila, pero el aire era frío y húmedo. Llegamos al centro de la mancha blancuzca, y Tomás detuvo el motor y echó el ancla. Recogí una muestra del agua y la estudiamos por encima. Yo era médico, no geólogo, de modo que no entendía demasiado de aquello. Pero pude apreciar, y Tomás también, que la materia blanca disuelta no era caliza, sino otro material desconocido de momento, cuyo tacto era frío y un poco viscoso. Le dije a Tomás que enviaría una muestra para analizar a la Universidad. El, por su parte, empezó a enfundarse el traje de goma: quería ir a ver qué características tenía lo que había allá abajo.

Le ayudé a colocarse la botella de aire, se ajustó el cinturón del lastre, y haciéndome una seña de que todo iba bien, se sentó en la borda y se dejó caer al agua de espaldas. Su figura desapareció en seguida bajo la lechosa superficie.

Aguardé unos instantes. Las burbujas que ascendían hasta la superficie me indicaban la situación de Tomás. Pensé que, con aquella turbiedad, apenas podría examinar nada. Transcurrieron unos largos minutos, hasta que al fin vi a Tomás aparecer rápidamente a unos metros de distancia. Nadó hacia mí, se quitó con prisa el lastre y la botella, que le recogí, y saltó de nuevo al bote.

Me di cuenta en seguida de que se encontraba excitado; excitado y nervioso. Se secó la cara con una toalla, mientras recuperaba el aliento. Me miró fijamente.

—Hay algo allá abajo —dijo—. Pero es algo extraño. La turbulencia del agua, que llega hasta el fondo mismo, me ha impedido ver exactamente lo que era, pero no se trata sólo de una piedra caída del cielo. Hay algo más.

—¿Qué?

Vaciló antes de contestar. Lo que tenía que decir era, indudablemente, fuera de lo común, y ni él mismo acababa de convencerse de ello.

—He llegado hasta el fondo mismo —dijo al fin—. Lo que sea, se encuentra situado en el centro justo de la fosa. Es bastante grande, y metálico. Y pulido también. Es una superficie lisa y brillante, no natural, sino trabajada; como pueda ser la carrocería de un coche, o el fuselaje de un avión.

—¿Un avión hundido, quizá?

—No, tampoco es esto. Y hay algo más, también. No lo he podido ver claramente, pero existe algo que se mueve, allá. Algo extraño, algo que parece tener vida propia. Son como unas formas vagas, algo que no puede identificarse como peces, ni como hombres, ni como nada que nosotros conozcamos. He visto varias de estas formas, pululando en torno a la superficie metálica, a mi alrededor. Una de ellas ha pasado tan cerca de mí, que casi he podido tocarla.

—¿Y no has podido ver qué eran?

—No, no he podido verlo. Era algo demasiado difuso para mis ojos. Pero cuando ha pasado por mi lado, sin saber el motivo, he sentido un escalofrío. Por unos instantes he sentido miedo. Aunque aún no comprendo por qué.

Regresamos a la orilla, y guardamos todo el equipo. Tomás estaba impresionado, y sus palabras me impresionaron a mí también. Dijo que quería volver a bajar al fondo, aunque en aquel momento no. Debía tranquilizarse antes; quería estudiar bien lo que había sucedido, y sentirse de nuevo en posesión de sus facultades. Entonces volvería.

Durante el camino de vuelta al pueblo no hablamos demasiado del asunto. Cuando llegué a casa metí un poco de la muestra del agua recogida en una probeta de análisis, la sellé, y la envié a la Universidad.

Los rumores de la mancha blanca existente en el centro del lago comercial muy pronto de boca en boca por toda la región. Y al día siguiente empezaron a circular algunas noticias extrañas. El lago es una buena zona de pesca. Durante el verano muchos deportistas practican la pesca submarina allí, y en invierno los pescadores del pueblo echan sus pequeñas redes para cubrir así las necesidades de gran parte de la región. Pero a los dos días de la tormenta los pescadores empezaron a encontrar algunos peces muertos en sus redes, presentando en su piel y carne un extraño color blancuzco. El área de la mancha se iba extendiendo lentamente, al tiempo que perdía algo de su intensidad, como si se fuera disolviendo. Algunos pescadores llegaron a decir incluso que vieron bajo el agua unas extrañas formas, grandes como un perro de buen tamaño o quizá más, que se deslizaban por el fondo. Pero nadie les hizo demasiado caso.

Tomás me hizo llamar al día siguiente de nuestra excursión al lago. Cuando fui a verle lo encontré metido en la cama. Observé que estaba muy pálido, y que sus manos temblaban. Me dijo que no se encontraba bien.

Lo examiné, pero no hallé nada anormal en su organismo, y los síntomas que pudo indicarme, frío intenso, constantes escalofríos, una sensación de ahogo en el pecho, no me revelaron nada. Le receté unas inyecciones, sin demasiada confianza en su éxito.

Al día siguiente, en casa, noté algo extraño: mi mano derecha presentaba un color mucho más pálido que el de la izquierda. Aquello me hizo concebir un extraño pensamiento. Había oído decir a los pescadores que cada día se encontraban más peces muertos en el lago, y até algunos cabos. Los peces vivían en el lago, inundado ahora por aquella sustancia blanca: adquirían un color blancuzco, y morían. Tomás se había sumergido en el agua del lago, y estaba enfermo y muy pálido. Yo había sumergido mi mano derecha en el agua para recoger la primera muestra, y ésta presentaba un color blanquecino.

Envié un telegrama a la Universidad, urgiendo el resultado del análisis. Al día siguiente me llegó. La materia que enturbiaba el agua del lago era de una naturaleza desconocida. En principio era una materia orgánica, gelatinosa, semisoluble en agua, y entre cuyos componentes se encontraban algunos aminoácidos. Pero no se podía identificar en ella ninguna materia conocida. ¿Dónde la habíamos hallado?, preguntaban.

Fui a ver a Tomás. Se encontraba aún mal, pero había experimentado una ligera mejoría con respecto a los días anteriores. Le dije que estuviera tranquilo, que pronto se encontraría bien de nuevo. Él parecía estar obsesionado, con una idea fija en la cabeza. He de volver allá -me dijo—, he de volver como sea. Aquellas formas que vi allá abajo no me dejan dormir. He de regresar, y verlas de nuevo. He de hacerlo, cueste lo que cueste.

Le tranquilicé. Sí, yo también deseaba volver allá. Iríamos cualquier día, no debía preocuparse. Le administré un sedante, y me fui. En cierto modo, me encontraba tranquilo con respecto a Tomás. Los peces morían porque vivían constantemente en el agua. Tomás había estado solo unos minutos en ella: lo que tenía no pasaba de ser como una ligera infección.

De todos modos, quedaba un problema. No cabía duda de que había algo en el fondo del lago, y este algo había llegado del espacio en uno de los bólidos que vi caer durante la noche de la tormenta. Dónde estaban los otros dos, qué clase de formas eran, las que había visto Tomás, no lo sabía. Nunca he tenido una imaginación demasiado desbordada, pero los indicios que tenía me hacían pensar sin lugar a dudas en una cosa: en la llegada de una nave espacial extraterrestre, tripulada por unos extraños seres que vivían en el agua, las formas, como los había llamado Tomás. Y mis dudas se centraban en si debía avisar a las autoridades, o aguardar la marcha de los acontecimientos.

La mujer de Tomás vino a verme corriendo al día siguiente, para darme la noticia: sin decir nada a nadie, sin dar ninguna explicación, Tomás había salido aquella madrugada de casa y aún no había regresado.

Supe en seguida el lugar adonde había ido. Fui a llamar a dos pescadores para que me acompañaran, y los tres nos dirigimos presurosamente hacia el lago.

El cobertizo donde Tomás guardaba el material estaba abierto, y en el centro del lago había un bote anclado, aunque a Tomás no se le veía por parte alguna. Cogimos otro bote y nos dirigimos hacia allá, presumiendo que Tomás se hallaría haciendo inmersión. Anclamos nuestro bote junto al otro. Busqué a mi alrededor, pero no vi las burbujas que debían marcarnos su posición. La superficie del lago se encontraba en calma, y tenía que verlas; además, no era posible que Tomás se hubiera alejado tanto del radio de la barca como para no divisarlas.

Tuve un extraño presentimiento. La turbiedad blancuzca del agua era cada vez menos intensa, pero era aún apreciable. Tomás no estaba aún recuperado de los efectos de su primera inmersión. Y ahora había descendido de nuevo.

Volvimos a la orilla, y tomé un equipo de buceo. En aquel momento no pensé en el peligro que ello podía representar para mí. Los dos hombres que me acompañaban me ayudaron a ponérmelo, y volvimos juntos al bote de Tomás. Hice los últimos preparativos, y me lancé al agua.

El interior del lago estaba turbiamente lechoso. Encendí la linterna que llevaba, pero aquella luz no me ayudó en nada a ver con mayor claridad. Pensé que estaba haciendo una estupidez. Si a Tomás le había pasado algo, nunca podría encontrarlo allí, sin ninguna clase de visibilidad más allá de los tres o cuatro metros, de no ser por casualidad. Pero tuve que reconocer de mí mismo que, si había decidido descender, había sido en realidad por otra fuerza mucho más poderosa que el deseo de buscar a Tomás.

Así, me fui hundiendo lentamente, buscando el fondo de la fosa. Sabía lo que buscaba, y pronto lo vi. Estaba allí, posado en el fondo, como una sombra más mezclada entre las sombras. Era un disco grande, de forma lenticular y bordes redondeados, sin ningún saliente ni irregularidad en su superficie. Brillaba débilmente, con un color plateado, bajo las débiles reverberaciones de la superficie del agua.

Como impulsado por una fuerza superar a mí me fui acercando cada vez más, hasta poder tocar con mi mano su lisa, dura y fría superficie. Y entonces las vi. A las formas.

Fueron tan sólo unos segundos, pero nunca podré olvidar aquella sensación. Fue como un aletazo, como el roce de algo desconocido que apenas se presiente, pero que produce en nuestra espalda una incognoscible sensación de frío y de terror. Nunca podré llegar a determinar cuál era su forma exacta, ni su color, ni sus características, pese a que pude verlas con toda claridad. Eran sólo como unas sombras vagas, como unas formas apenas delimitadas en su inconsistencia. Pero su presencia se materializó de repente a mi alrededor: girando en el agua, acercándose, alejándose, haciendo remolinos... Nunca sabré si fue una sola forma, o dos, o diez, o cien. Nunca sabré tampoco si se presentaron a mi alrededor al ver mi intrusión, o ni se dieron cuenta de mi presencia. Sólo sé que el choque emocional de su visión fue tan grande que hice saltar el cierre de la hebilla de mi cinturón de lastre y ascendí meteóricamente a la superficie, adueñado por una sensación de miedo y horror tan grande, que aún ahora no la he podido apartar por completo de mí.

La brusca descompresión de mi ascenso me hizo perder el sentido, y a punto estuvo de hacerme estallar los tímpanos. Los dos pescadores que me acompañaban en la barca me dijeron después que me habían visto aparecer de repente, manoteando, para quedar después inmóvil, boca abajo, en la superficie. Me recogieron, me llevaron a mi casa, y llamaron rápidamente al médico del pueblo vecino.

Tardé más de ocho horas en recobrar el sentido, y mi colega me dijo que había causado más daño en mi persona el shock emocional que demostraba haber sufrido que los súbitos efectos de la descompresión. Me recomendó que descansara unos días? Le dije que tenía varias cosas que hacer, pero me prohibió levantarme de la cama al menos en los tres días siguientes, y me advirtió que el hecho de ser yo también médico no me daba derecho a desobedecer sus órdenes. De modo que tuve que acatarlas.

Aquella misma tarde supe que varios pescadores habían hallado el cuerpo de Tomás, flotando inerte en la superficie del lago. El médico dictaminó muerte por inmersión. Su cadáver no presentaba la menor señal de violencia; y la única característica extraña en él era el fuerte color blancuzco que presentaban todas las partes de su piel que habían estado en contacto directo con el agua. Y, cosa que nadie supo explicar, el gesto crispado de terror que reflejaba su rostro en el mismo momento en que le sorprendió la muerte.

Fue mi mujer la que se encargó de avisar en mi nombre a las autoridades. Acudió el comisario del distrito, acompañado de dos agentes que tomaron nota de mi declaración y firmaron como testigos. Sé que no creyeron nada de lo que les dije, pero como era su deber comprobar todos los hechos y había una muerte de por medio, aceptaron hacer una investigación en el fondo del lago, allí donde, según yo, se encontraba la nave.

Aquella noche hubo nuevamente tormenta. Yo me sentía francamente mal: tenía escalofríos, sentía una fuerte opresión en el pecho, temblaba de frío... Poco a poco iba descubriendo en mí todos los síntomas de la enfermedad de Tomás. Pero lo que me hacía más daño era mi cabeza. En mi cerebro estaba aún grabada con todo detalle la escena del fondo del lago, cuando las formas aparecieron ante mí. Sin embargo, por más que esforzaba mi memoria no podía llegar a precisarlas, y para mí no eran más que esto: unas formas extrañas, vagas, imprecisas. Aquello hacía incomprensible mi súbito terror, y el de Tomás también. Pensé que quizás se tratara de algo psíquico, la misma idea de hallarnos ante algo completamente extraño y desconocido, algo que no podíamos comprender, el causante de todo. Y lo más extraño era que, después del temor, venía el deseo. Porque ahora yo, al igual que antes Tomás, quería volver al lago y descender hasta donde estaba la nave. Aunque supiera que aquel deseo había costado la vida a Tomás, e intuyera que habían sido ellas, las formas, las que lo habían matado.

Al día siguiente, aunque aún llovía abundantemente, se realizó la investigación en el fondo del lago, con ayuda de un equipo de buceadores. A media tarde supe el resultado: no se había encontrado absolutamente nada. Ni la gran masa metálica, ni las formas extrañas pululando a su alrededor. Nada. La turbiedad blancuzca había desaparecido casi por completo, y el único signo de su presencia era la casi total extinción de los peces del lago. Usted vio visiones, doctor -me dijo paternalmente el comisario—. Se asustó de algo que vio allá abajo, y al no poder recordar lo que era ha imaginado toda esa historia. Lo siento.

No respondí. Ellas se habían ido... Sabio que se habían ido. En medio de la tormenta, al igual que vinieron, se habían marchado de nuevo. Ahora sabía que no podría convencer ya a nadie de la veracidad de lo que había dicho, que todos lo tomarían por las desequilibradas impresiones de un shock mental. Pero yo conocía la verdad.

Sin embargo, no dije nada a nadie. Acepté la versión oficial, y les dejé irse. La muerte de Tomás fue considerada como un accidente, y la aparición de la sustancia blanca y la muerte de los peces del lago como uno de tantos fenómenos raros que no se pueden explicar.

Tardé dos semanas en recuperarme por completo. A partir de aquel momento, me dediqué a investigar discretamente en el pueblo por si alguien había visto algo extraño la noche de la segunda tormenta. Nadie sabía nada, pero de boca de uno de los pescadores recogí un extraño informe.

—Sí —me dijo—, yo vi algo extraño. Vi tres estrellas errantes. Pero lo curioso es que no actuaban como las demás. No caían, sino que iban hacia arriba. Como si volaran de la tierra al cielo...

Han pasado cuatro años de todo esto. Cuatro años, y no he podido olvidar aún nada de lo sucedido. Las extrañas formas del lago siguen aún presentes en mi cabeza, junto con un cúmulo de preguntas sin respuesta. ¿Qué eran, y cómo eran? ¿De dónde venían? ¿Qué buscaban, y para qué?

Son cosas que quedarán siempre en el misterio. Lo único que sabemos, lo único que sé, es que vinieron, se instalaron en el lago, y se fueron después. ¿Qué es lo que hicieron en este tiempo? Nadie puede contestar: sólo ellas, las formas, conocen la respuesta.

Desde entonces, muchas noches, sobre todo cuando llueve o hay tormenta por las inmediaciones, salgo de casa y me paso horas enteras bajo la lluvia, mirando al cielo. Sé que es una tontería, pero lo hago. Tengo el extraño presentimiento de que algún día volverán. Espero ver, alguna noche, la caída de una nueva estrella fugaz. Sé que serán de nuevo ellas. Y entonces, cuando lleguen, iré de nuevo a su encuentro...