TOREO TELEDIRIGIDO
En la sala de espera, lujosamente decorada y en la que casi se mascaba el humo del tabaco, aquella figura medio raquítica apenas llamaba la atención. Sólo al cabo de una semana de ir y venir, y tras la consabida disculpa de "don José no le puede recibir hoy", las secretarias del señor Carrasco, apoderado del célebre torero "El Naranjito", se habían familiarizado con aquel "poquita cosa", que veía pasar todos los días delante de sí, en dirección a la meta anhelada (el despacho de don José) docenas de picadores, de actrices de cine, de bailarines de flamenco y hasta de maletillas que "buscaban una oportunidad". Pero a don José no le había caído en gracia aquel individuo, que en su tarjeta añadía el calificativo sospechoso de "Doctor en Ciencias Físicas". Porque para aquel multimillonario todo hombre de ciencia era un loco, cuando no un "sablista". ¿Vendría a pedirle diez mil pesetas para continuar un trabajo de investigación, o quizá más, para marcharse a los Estados Unidos o Alemania, en donde aquellos imbéciles eran mejor recibidos?
Pero aquel día don José entró en la oficina de peor humor que nunca. Acababa de perder un contrato fabuloso para su patrocinado, "El Naranjito". Se trataba de unos empresarios hispanoamericanos que se habían tomado el atrevimiento de comparar al célebre matador de toros con su enconado contrincante "El Limoncito". La cosa había quedado en tablas, y hasta dentro de unos días los empresarios no pensaban tomar una decisión a este respecto.
Por eso, y considerando que después de aquella gran desgracia cualquier otro infortunio iba a ser baladí se decidió conceder audiencia al doctor González.
González tosió al tomar un corto trago del vaso de whisky que el señor Carrasco, cómodamente repantigado en un sofá de estilo sueco, se había dignado ofrecerle. Era la primera vez que bebía aquel exótico brebaje.
—Dígame usted lo que desea, amigo. Y despáchese pronto, porque tengo mucho trabajo —rompió el fuego Carrasco, mientras dirigía una mirada de resignación a los cuernos de una cabeza de un toro disecado que parecía aún aspirar con fruición por sus morros ya resecos el aire acondicionado.
—Verá usted, don José, yo he trabajado en la Universidad como electrofisiólogo... —respondió González ruborizándose, como la muchacha que confiesa en la Comisaría haberse dedicado a la prostitución.
—Y eso, ¿con qué se come? —espetó con grosería el magnate.
—Mire usted. Introducimos unas varillas en los cerebros de los animales y por ellas enviamos corrientes eléctricas...
—Me parece, amigo, que usted se ha equivocado de puerta. Aquí se habla de pegar estocadas y banderillazos a los toros, pero no precisamente en el cerebro.
—Tenga usted paciencia, por favor, don José. Lo que yo quería decirle es que estas corrientes eléctricas pueden hacer caminar a nuestros animales al sitio que nosotros queramos. Todo depende del lugar en donde implantemos esas varillas, que nosotros llamamos electrodos...
—Al grano, al grano, que no necesito lecciones de electro... no sé cómo dijo usted antes. ¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—A ello voy derecho. He inventado (aquí tiene usted el esquema) un aparato que nos permitiría hacer de los toros lo que nosotros quisiéramos...
Al oír esto Carrasco dejó caer el puro kilométrico que humeaba como un volcán en erupción entre los dedos índice y medio de su mano derecha. Un estallido de risa estuvo a punto de desgarrar su corpachón... ¿Cómo era posible dominar un toro? Sólo "El Naranjito" lo sabía hacer, pero sin esas chaladuras de aquel científico famélico. Se imaginaba al doctor González, con su anatomía de alfeñique, intentando torear a un gigantesco cornúpeta con una pila de bolsillo.
—Escuche usted un momento, don José. Todo es más sencillo de lo que usted se imagina. Ustedes pueden conseguir con dinero que alguno de los mozos de los corrales pegue este minúsculo emisor de onda ultracorta sobre la cabeza del toro. Ya ve usted, es muy fácil, porque tiene una ventosa; no se necesita hacer daño al toro...
—Y luego coloca usted un kilómetro de cable, ¿no? Y maneja usted al animal como hacen mis hijos con un coche de juguete que les regalé el día de Reyes —volvió a burlarse Carrasco, al que le parecía todo aquello la cosa más divertida del mundo. Desde luego, no se arrepentía de haber recibido a aquel maniático, inventorzuelo de cuatro cuartos.
—No me deja usted explicarme, don José. ¿Ha oído usted hablar de los cohetes teledirigidos? Pues aquí tampoco habrá necesidad de cable.
Carrasco seguía riéndose con carcajadas inextinguibles. Se imaginaba ahora al toro volando a veinte mil kilómetros por hora en dirección al planeta Marte.
—Mire usted este aparato —extrajo de su cartera un artefacto que recordaba un transistor vulgar y corriente—. Con ello puedo enviar "mensajes" al emisor instalado sobre la testuz del toro. El emisor a su vez envía ondas sintonizadas con lo que nosotros llamamos "umbral de excitación" de cada centro nervioso. Yo he estado durante más de diez años estudiando este problema.
Definitivamente, aquel hombre estaba loco en dedicarse diez años a una cosa tan estúpida, cuando otros, al cabo de seis meses de "trabajo" en otros asuntos poseían ya un lujoso apartamiento y un descapotable del último modelo. Pero González proseguía imperturbable:
—Voy a ser claro: si usted o sus seguidores se las ingeniasen para colocar un aparatito de éstos sobre la cabeza de los toros que va a lidiar "El Limoncito", yo podría hacerle fracasar estrepitosamente, y entonces su patrocinado se convertiría rápidamente en el amo de la Fiesta Nacional española.
Carrasco enmudeció de repente. Aquella última frase le había tocado su punto sensible. ¿Qué no habría hecho él por arruinar al odioso "Limoncito"? Habría incluso acudido a los ensalmos de las brujas, suponiendo que aún existieran brujas en España, por lo menos en el sentido estricto de este término. Podía ser una simple chifladura la proposición de aquel pobre diablo (y lo más probable es que lo fuese), pero ¿no habría que agarrarse a un clavo ardiendo? Carrasco era, sin embargo, un hombre de negocios, y sabía que una de las fases más importantes en toda decisión era preguntar el precio de las cosas:
—¿Y cuánto me va a pedir usted si le compro el invento?... Claro está que con la condición de que dé resultados.
—Un millón de pesetas —contestó con imprevista energía aquella caricatura de hombre.
¡Diablos! ¿Cómo podía saber un científico que era posible reunir tanto dinero? Carrasco bebió de un solo trago su vaso de whisky y se sumió en el yoga de una meditación crematística. Pero ¿cómo tomar en serio una quimera? Lo mismo podría haberle ofrecido el hemisferio Norte de la Luna para seguir el juego. Luego, si aquello resultaba, ya se vería.
—Está bien. Pero el dinero no se le entregará a usted hasta conocer los resultados de sus aparatos. El domingo precisamente tienen un mano a mano ese hijo de p... del "Limoncito" y mi torero. Pásese usted mañana por aquí para ultimar los planes...
A la mañana siguiente, y a la otra, hasta el sábado inclusive, el doctor González fue el primero en ser recibido por el multimillonario. Hubo comentarios irónicos y burlas sangrientas entre el público heterogéneo que hacía espera en la amplia antesala. Algunos de ellos pensaron, incluso, que se trataba de un maletilla afortunado. Y hasta en los mentideros se empezaba a hablar del "Niño de la Física", como futuro banderillero de "El Naranjito". Un redactor de Televisión Española intentó, incluso, concertar con él una entrevista.
Por fin llegó el domingo. Toda España hablaba de aquella corrida desde hacía un mes, hasta tal punto que la producción nacional había disminuido en un quince por ciento. Sobre la arena de la plaza de X se iba a decidir el destino de la nación. Se recurrió a todos los procedimientos para obtener entradas, y más de un revendedor pudo comprarse, con las ganancias obtenidas, un Seat-1000. Por eso, a nadie le pudo extrañar que a las cuatro de la tarde las barreras y los tendidos aparecieran repletos de gente mientras otros diez millones de españoles contemplaban el ruedo a través de los receptores de televisión.
Desfilaron las cuadrillas y volvieron a repetirse las tradicionales costumbres de la tauromaquia española. El ritmo de los pasodobles enardecía los espíritus. Pronto sonó el clarín, y un toro majestuoso salió disparado hasta alcanzar el centro de la plaza."El Limoncito" le retó, pero el astado no se movía, ni se hubiera podido mover aunque le hubiesen clavado banderillas de fuego: una corriente de cuatro voltios estaba en esos momentos paralizando algunos de sus centros motores. Fue en vano que el diestro se acercara hasta casi tocarle con el pecho los morros, fue inútil que le lanzara un chorro de blasfemias que, felizmente, los micrófonos de Televisión Española no captaron.
El público se impacientaba y se oían ya algunos silbidos, pero en ese momento el toro se arrancó, y cogiendo desprevenido a "El Limoncito", le hizo dar una grotesca pirueta en el aire. Además, aquel toro estaba realmente endiablado: embestía unas veces por la derecha y otras por la izquierda; siempre por el lado contrario al que el matador o los miembros de su cuadrilla preveían para hacer una faena brillante de capa. Apareció ese gran acorazado de la flota tauromáquica que es el picador. El toro se acercó mansamente a él, como prestándose voluntariamente a un rito de taurobolio. Pero apenas la pica se había introducido en la cruz del astado, cuando éste, pegando un brinco prodigioso, hizo que la pica saliese disparada de los brazos del picador y atravesase el sombrero de paja de un fotógrafo que en esos momentos se disponía a inmortalizar la escena. Aquello parecía ahora una película de griegos o de romanos. Volvió, sin embargo, el picador a la carga, pero aquel toro estaba embrujado, porque se introdujo de tal forma debajo del caballo que el jinete, con sus 120 kilos, cayó encima del lomo del morlaco. Lo único que pudo hacer el picador fue agarrarse a los cuernos, y allí se sostuvo unos segundos mientras que el animal brincaba como un condenado. Claro está que los numerosos norteamericanos allí presentes aplaudieron a rabiar. ¡Volvían a presenciar una escena de rodeo! Y hasta algunos telespectadores, que habían tenido la desgracia de no poder encender el receptor de TV hasta entonces, volvieron a apagarlo creyendo que TVE había interrumpido la corrida para ofrecerles una película del Oeste. Pero el reglamento era el reglamento. Y el Presidente ordenó el cambio de tercio.
Un banderillero colocó dos pares de banderillas en el rabo; otro par se clavó en la arena, gracias a un súbito zigzagueo del cornúpeta; el tercer banderillero fue cogido y volteado varias veces, como si se tratase de un balón de reglamento. Los espectadores reían a mandíbula batiente: nunca habían visto una charlotada más divertida; pero los verdaderos aficionados protestaban airadamente, exigiendo la devolución del importe de sus entradas. Aquello representaba el fin de la Fiesta Nacional. Después de aquello ya no le quedaba a España más remedio que ingresar en el Mercado Común. Mientras, un hombrecillo insignificante, medio tapado en el callejón por un cámara del No-Do, manipulaba frenéticamente los mandos de una especie de transistor.
Se inició la suerte de matar. Fue la intervención más desastrosa de todas las registradas por don José María Cossio en su voluminoso libro "Historia del toreo". La espada resbalaba a derecha e izquierda de los costados del toro. En cierta ocasión "El Limoncito" quedó clavado en la arena al hundirse el estoque en la tierra, como si quisiera realizar un difícil ejercicio gimnástico o estuviera jugando al clavo. Pero antes de que sonara el tercer aviso ocurrió lo más gracioso e la corrida: una maquiavélica cornada dejó a "El Limoncito" en paños menores y aún el toro se ensañó con él mientras corría hacia un burladero: le rompió lo poco que le quedaba de tela en ambas regiones glúteas. Rieron los varones, chillaron las extranjeras, y las recatadas españolas ocultaban el rostro con los abanicos, si es que antes no se lo habían tapado sus maridos. Y aún dicen que hubo aquella noche más de un conflicto conyugal en los hogares españoles, porque varios celtíberos recriminaron a sus esposas el no haberse tapado con más rapidez.
"El Limoncito" salió del ruedo zafándose como pudo de la lluvia de almohadillas y de los piadosos recuerdos dirigidos a su genealogía. Aquello era el final de "El Limoncito". Ya nadie le contrataría, a no ser para una charlotada.
Le tocó el turno a "El Naranjito". Un espectador que no estuviese absorbido por lo que pasaba en el ruedo habría podido percibir a la ruin figura de antes, que esta vez consultaba detenidamente un plano elaborado y ensayado hasta el agotamiento por el señor Carrasco, por el diestro y, claro está, por el inventor.
Si desastrosa había sido la faena de "El Limoncito", espléndida fue, en cambio, la de su rival. Con precisión matemática el toro pasaba por donde debía pasar. Llevó a "El Naranjito" a ponerse de rodillas delante de las tablas, sin que éste hiciese otra cosa que olerle la cara, mientras más de diez millones de españoles contenían la respiración. Luego, las banderillas se clavaron en el lugar exacto, y la suerte de la muleta fue también extraordinaria. Finalmente, una sola estocada, introducida con filigrana de maestro, hizo que el toro se derrumbara inmediatamente ¡Nadie supo que una onda mortal había destruido la mayor parte de los centros subcorticales del cornúpeta! Felizmente, ningún forense se molestó en hacerle la autopsia al toro.
No voy a cansar a los lectores relatándoles lo que ocurrió con los restantes toros: "El Limoncito" estaba tan desmoralizado que González apenas tuvo que manipular los mandos de su emisora de ondas ultracortas para que las faenas desastrosas del hasta entonces célebre matador terminaran de arruinar su prestigio. En cambio, "El Naranjito" triunfó en sus tres toros y no recibió más de seis orejas y tres rabos porque esos animales no poseen más órganos de ese tipo. Llovieron flores y declaraciones amorosas sobre él, y a la salida de la plaza tuvo que intervenir la fuerza pública para que la afición no le demostrara su cariño matándole por asfixia.
Mientras, el extraño personaje del "transistor" se acercaba al señor Carrasco.
Hubo un corto intercambio de palabras entre ellos, y al final el hombrecillo semirraquítico salió del tumulto con un cheque bancario en la mano. Cuando pudo zafarse de la masa, desdobló con cuidado el talón, y una llamarada de fuego enrojeció su rostro: ¡Carrasco le había hurtado dos ceros a la cifra convenida! Una expresión siniestra transformó a aquel hombrecillo tímido en una especie de Drácula. En esos momentos el apoderado se abría paso por el callejón entre los admiradores que le felicitaban por el éxito de "El Naranjito". De repente, el grito de "¡Se ha escapado un toro!" hizo poner los pies en polvorosa a aquel gentío. Carrasco se sintió arrastrado por la muchedumbre. Quiso saltar a la contrabarrera, pero la masa le lanzó al suelo. Sin embargo, los pisotones que llenaron de magulladuras su cuerpo no le hicieron perder el conocimiento lo suficiente como para que no sintiera sobre su cuello las llamaradas que brotaban de los orificios nasales del toro. Luego, sintió como dos trozos de hielo que le penetraban por la espalda, y ya no volvió a sentir nada, porque el toro le había clavado, como a una mariposa disecada, en la tapia de madera del callejón.