LAS TABLAS DE LA LEY

Juan G. Atienza

Mientras se vestía, aún con la boca reseca por el mal sueño que había tenido, tomó una decisión firme:

—De hoy no pasa.

Hoy —aquel día— era su cumpleaños: veintisiete. Era casi un viejo. A los treinta se jubilaría tranquilamente y dedicaría el resto de su vida —ochenta, noventa años más— a recorrer el mundo y a subsistir como un rentista con la paga íntegra de su retiro. Una hermosa perspectiva.

Pero...

Pero estaba solo. En casi diez años de búsqueda intensiva no había logrado encontrar una compañera. Mientras tanto, todos sus amigos se habían casado, en régimen provisional o definitivo, y eso le daba envidia. Claro que su caso era distinto. El era del grupo K y, con razón, cada vez que lo confesaba a alguien oía las mismas palabras:

—Chico, mala suerte. Lo siento, de veras...

Según las más recientes estadísticas, la población mundial, gracias a la implantación de las leyes genéticas, se ha reducido a mil quinientos millones de habitantes sin un solo día de guerras ni revoluciones. El equilibrio establecido ha tenido como consecuencia una más equitativa distribución de los bienes de consumo y un incremento considerable del nivel de vida...

A juzgar por la última encuesta pública realizada a través del Instituto Federal de Estadística, la distribución de los grupos genéticos en el mundo corresponde a los siguientes porcentajes: Grupo A: 2,43%; grupo B: 5,84% (...) Grupo F: 6,12%; (...) Grupo K: 0,000006%...

Y él tenía que decir que sí, que gracias, que también él lo sentía. ¡Y tanto que lo sentía! Formaba parte de un grupo-genético que abarcaba a seis personas por cada millón de habitantes. Y, si todavía la proporción de hombres y mujeres se conservase más o menos igual, podría haberse dado por satisfecho. Pero resultaba que al grupo K pertenecían doscientos cuarenta y nueve hombres por cada mujer. Sólo cuatro mujeres entre mil individuos del grupo K. Treinta y seis mujeres en todo el mundo: las máquinas nunca se equivocan.

Treinta y seis mujeres en todo el mundo. Y una de ellas tenía que ser suya, pero ¿cuál?

Durante años, había gastado casi la mitad de su sueldo en anuncios por palabras puestos en las principales redes de emisoras y visodiarios del mundo entero. Cada mañana, y cada mediodía, y cada noche, al revisar el buzón, había buscado impaciente la respuesta a su llamada.

Hombre apuesto, de veintisiete años, ingeniero especialista en cámaras de vacío, soltero, con sueldo mensual de veinte mil créditos, busca con fines matrimoniales mujer de quince a veintiocho años perteneciente al grupo genético K. Escribir con pretensiones, fotografía y curriculum vitae a Fernando Suva, Polígono LXXXVI, Grupo WT 45, Madrid, 38.

Y la respuesta nunca llegaba. O sucedía como aquella vez, cinco años atrás, en que se le ofreció sin condiciones una bantú de cincuenta y nueve años; o como aquella carta de mediados del verano anterior, en la que una madre le comprometía formalmente a su hija —sólo sospechosa de pertenecer al grupo K-... si tenía paciencia para esperar a que naciera, seis meses después.

—¡Y si sólo hubiesen sido seis meses!... —se confesó Fernando a un amigo—. Pero, ¿y la lactancia? ¿Y el colegio?... ¿Y luego que se te muere, y quedarte viudo sin haberla catado siquiera? ¡Nada, que no me decido!...

Y así habían transcurrido veintisiete años de su vida, sin más esparcimiento erótico que sus visitas espaciadas a las sesiones del oniroscope, sin más amor —¡bueno, amor!...— que alguna escapada furtiva e insatisfecha a los prostíbulos ilegales del barrio viejo. Pero la ley era la ley y no había ser humano que pudiera transgredirla sin acarrearse la ruina para el resto de su vida.

Artículo 367: será declarado ilegal y castigado con la pérdida completa de la ciudadanía el matrimonio o apareamiento entre individuos de sexo opuesto pertenecientes a distinto grupo genético.

Artículo 4.587, apartado B: todo individuo que haya perdido sus derechos totales de ciudadanía quedará de por vida a disposición de las autoridades federales para ser destinado al servicio gratuito y permanente del Estado en calidad de peón en cualquiera de las industrias o servicios nacionalizados, sin que el Estado tenga obligación de remunerar dicho trabajo más que con dosis alimenticias diarias que reúnan las calorías necesarias para la supervivencia.

Pero de hoy no pasaba. Estaba dispuesto a celebrar su cumpleaños gastándose lo que fuera necesario para salir de su atolladero. Sabía —porque más de una vez vio las tarifas— lo que el Instituto Federal de Estadística cobraba por una consulta de aquel tipo, pero no quedaba otro remedio. Y sólo para aquella ocasión había estado ahorrando pacientemente; para permitirse un lujo que muy pocos rentistas podían concederse.

Se puso su mejor traje —aquel verde oliva de algodón sintético que empleaba únicamente en las grandes solemnidades— y tomó un helitaxi hasta la terraza de la sede local del Instituto. Un empleado lleno de galones acudió solícito, mientras pagaba la carrera. Sobre su gorra plástica lucía en siete idiomas la palabra INFORMACIÓN.

—¿Puedo servirle en algo? —preguntó con ojillos ávidos.

—Necesito unos datos del Servicio Público Genético.

—¡Por aquí, señor!... ¡Por aquí, por favor!...

El funcionario se deshacía en reverencias. Sabía, sin duda, lo que el cliente tendría que pagar y, por lo que sabía, sospechaba también el montante de su propina. Le condujo a través de los corredores hacia el ascensor de bajada rápida y le abrió ceremoniosamente la puerta para que pasase delante.

El Instituto Federal de Estadística es un organismo paraestatal dedicado a la investigación y almacenamiento de datos que puedan ayudar tanto a un mejor gobierno del planeta como a un eficaz control de todos y cada uno de sus ciudadanos. Funciona constantemente y sin interrupción desde fines del siglo pasado y comprende tantas secciones como ministerios federales, distribuidas en otras tantas computadoras gigantes, conectadas, a su vez, con el Ordenador Central de la Presidencia del Gobierno Federal.

Todo ciudadano del planeta, mediante el pago de los servicios solicitados -cuya tasa está a disposición del público en todas las sucursales provinciales del Instituto— tiene derecho a consultar los datos que puedan serle necesarios para el normal desarrollo de su vida y de sus actividades. Las respuestas están absolutamente garantizadas y de su exactitud responde el Instituto mediante un seguro concertado con los fondos del Tesoro Federal.

El ascensor les bajó hasta el piso treinta y dos. Doblándose en reverencias cada vez más profundas a medida que llegaban a su destino, el funcionario le precedió a través de más pasillos y más salas con ventanillas, hasta un saloncito coquetón decorado con viejos motivos pastoriles del siglo XVIII.

—Tendrá usted que esperar un momento, señor —sonrió de oreja a oreja el empleado, tendiendo disimuladamente la mano—. El gerente del Servicio estará aquí antes de diez minutos. Ha tenido usted suerte, señor... No hay más visitas esperando...

Fernando depositó una moneda de cincuenta créditos en la mano tendida del empalagoso funcionario y le contempló desaparecer como un rayo detrás de las cortinas, murmurando: "Gracias, señor... Muchas gracias, señor...", mientras manoseaba la moneda de plástico.

Encendió un cigarrillo antinicotínico y se dispuso a esperar, contemplando avariciosamente los pechos turgentes de las pastoras francesas de los tapices. ¡Si él pudiera encontrar una mujer con aquellas características!... A veces, yendo por la calle, se había quedado contemplando a cualquier chica que pasaba a su lado y, viendo el contorno firme de su pecho y sus piernas rectas embutidas en ceñidos pantalones de espuma, sentía tentaciones de acercarse a ella y probar suerte:

—Señorita, por favor, ¿no será usted por casualidad del grupo K?

Pero nunca se decidía. Había en el mundo treinta y seis mujeres de su grupo, sólo treinta y seis entre mil quinientos millones de habitantes. No podía dar la casualidad de que aquella chica —no aquella otra, o la del verano anterior, aquella del monopieza que estuvo a su lado una mañana en la playa— fuera precisamente alguna de las treinta y seis mujeres a las que podía aspirar.

Sus ojos resbalaron soñadores de una a otra pastorcilla. Le gustaban todas. Habría sido capaz de enamorarse de cualquiera de ellas, con tal de que le hubiera exhibido una tarjeta de identidad con la letra anhelada. Pero —pensó, tragando saliva—, en aquellos remotos tiempos de las pastorcillas no había tarjetas genéticas, ni leyes que controlasen penalmente los coitos y los matrimonios extragenéticos. ¡Aquéllos eran buenos tiempos antiguos! O lo habrían sido, al menos para él.

Oyó abrirse una puerta a sus espaldas y se volvió con el sobresalto de haber podido ser descubierto en sus más recónditos pensamientos. Pero, al ver el rostro sonriente y jovial del hombre que había entrado, se tranquilizó. Estrechó la mano húmeda que se le tendía, y con un encogimiento tímido de hombros, tomó asiento en la butaca adaptable que el hombre le señalaba. Fernando miró al recién llegado, mientras le veía abrir la carpeta de datos reglamentaria que llevaba en la mano, y esperó a que le preguntasen.

—¿Su nombre, por favor?

—Fernando Silva, soltero, veintisiete años, ingeniero de cámaras de vacío, grupo genético K.

El hombre escribió en silencio los datos que le daban. Al apuntar el último silbó sordamente.

—¡Grupo K!... Y soltero... —le miró durante un instante, que a Fernando se le hizo un siglo—. Supongo que a eso obedecerá su visita.

Fernando hizo un gesto afirmativo. El hombre movió la cabeza, como si se encontrase ante un caso sin solución.

—Y querrá usted, seguramente, una orientación matrimonial...

—Bueno... No exactamente orientación... No tengo mucho donde elegir, ¿sabe? Quiero más bien los datos completos de todas las mujeres que pertenecen a mi grupo. Treinta y seis, en total... Tal vez una más, si ha nacido alguna en el tiempo transcurrido desde la publicación de la última estadística.

—¿Y está usted seguro de que es ésa la información que necesita?

—Exactamente, ésa...

—Bien, señor... —consultó sus notas y repitió—, señor Silva. Nosotros estamos precisamente para servir al público, pero le advierto que la tarifa...

Fernando le interrumpió, con un gesto vago de su mano.

—No se moleste, conozco de memoria la tarifa. Pero creo que no tengo otra solución.

—No, no..., realmente... —movió la cabeza pensativo el gerente—. A no ser que quiera usted probar con los anuncios...

—Ya probé. Y también con la posibilidad de una intervención genética. Todo ha fallado hasta ahora.

¡Sensacional!... ¡único!... La solución de su vida al alcance de sus manos. ¿Quiere usted pertenecer al mismo grupo genético que la mujer de sus sueños? La Sociedad Genética de Trasmutaciones le ofrece una posibilidad. Cuarenta por ciento de éxitos. Devolvemos el importe del tratamiento en caso de imposibilidad transmutatoria.

—Siendo así... —el hombre se levantó—. Tendrá usted que abonar treinta y siete mil créditos en concepto de fianza, mientras se realizan las investigaciones. El resto lo abonará usted contra la entrega de la información completa. Dentro de cinco días puede usted venir en busca del resultado.

Fernando pagó sin discutir. Todo era, centavo más o menos, tal como lo había previsto.

Ahora sólo quedaba eso: esperar.

- ¿La ley? ¿Qué tiene de malo la ley genética? ¿Han observado ustedes acaso un aumento de las taras congénitas? ¡No!... ¿Ha aumentado peligrosamente la población mundial? ¡No!... ¿Ha sido necesario recurrir a las viejas guerras para restablecer equilibrios demográficos? ¡No, no y no!... Luego la ley, esa Ley que deberíamos escribir siempre con mayúsculas y en letras de oro, por ser la Ley Fundamental de nuestro tiempo, es ante todo eficaz. Y sana. Y útil al hombre. Y promotora del progreso. Me dirán ustedes (lo sé) que el hombre y la mujer carecen ahora de libertad para elegir el compañero con quien han de compartir su vida. ¿Pero es que el hombre, por más palabras que nuestros antepasados quisieran emplear para demostrarlo, es acaso libre? ¿No nace acaso con un código genético que marca su vida entera? ¿No nace aquí y ahora sin haberlo elegido? ¿Por qué, entonces, no facilitarle, con nuestra Ley, la posibilidad de engendrar hijos mejores que él, ayudando así a que la raza humana progrese y llegue a convertirse en la dueña absoluta y cabal del Cosmos? Mañana mismo, cuando nuestras potentes naves de motores superlumínicos se lancen a los espacios siderales, irán pilotadas por hombres mil veces mejores y más sanos que nosotros. Y...

Fernando no quiso abrir el informe del Instituto hasta encontrarse solo en su apartamento, lejos de cualquier par de ojos que pudieran descubrir sus sentimientos y sus emociones.

Ahora sí. Ahora iba a saber de todas ellas, de las treinta y seis mujeres con las que, eventualmente, podría compartir el resto de su vida. Sabría de ellas con pelos y señales inequívocas. Vería sus fotografías tridimensionales copiadas fielmente por los laboratorios anejos a las computadoras demográficas del Instituto. Sabría de su vida, de sus gustos, de sus esperanzas, del color de su piel, de su idioma, de su fe religiosa —si la tenía— y todo, ¡todo cuanto podía ayudarle a encontrar a su elegida!

Sonrió levemente para sí, apretando el voluminoso paquete que le habían entregado contra el pago de cuarenta y tres mil créditos más. Sí, era caro, pero merecía la pena. Debía de merecer la pena, al menos. Las estudiaría una a una, amorosamente, integrándose en el ser de aquellas treinta y seis desconocidas, hasta encontrar a la que iría a buscar al rincón más apartado de la Tierra. Y, cuando la encontrase, le diría:

—Iliona (o María, o Astrid, o Yovanka, o Bawella, o Chifonin, o Gretel), te he encontrado al fin. Pertenezco al grupo K, como tú. Hemos nacido el uno para el otro. Ven conmigo a compartir mi jubilación y...

No, no le gustaba. Muchas veces se repetía a sí mismo las palabras que le diría a ella, pero más a menudo prefería imaginarse el encuentro mudo, los ojos que se reconocían —como si una gran K emergiera de sus pupilas— y los brazos que se tendían mutuamente para abrazarse, para estrujarse en aquel definitivo enlace de genes gemelos, de genes legales, para engendrar pronto hijos sanos e inteligentes conforme a la Ley.

Fernando era respetuoso con la ley. De todas las leyes, pero de aquélla sobre todo. Tan respetuoso que había sentido profundos remordimientos cada vez que acudió a los prostíbulos para revolcarse durante media hora con una ramera del grupo X.

Artículo 387 bis: los niños de ambos sexos cuyo análisis genético demuestre que pertenecen al grupo X, serán inmediatamente esterilizados, dado el peligro que supone para la sociedad la posibilidad de que, en el futuro, se conviertan en generadores de individuos con taras congénitas. Los miembros del grupo X no podrán, por tanto, ejercer junciones de ciudadanos de primera clase y deberán abstenerse de solicitar permisos matrimoniales que en ningún caso podrían serles concedidos, ni siquiera después de haber sido demostrada claramente su esterilidad.

Llegó sin aliento a su casa. Era casi de noche, en el cielo se habían encendido las grandes farolas de iluminación iónica y, al ponerse el sol, comenzaba en la ciudad el día artificial. Cerró todas las ventanas y, dejando el precioso paquete sobre su mesa de trabajo, preparó una comida que la impaciencia ni siquiera le dejó terminar.

Abrió el envoltorio rompiendo materialmente los plásticos que lo precintaban. Dentro había treinta y seis carpetas rosa de distinto grosor. Contuvo la tentación de seleccionar y comenzó por la primera.

La fotografía tridimensional le hizo dar un respingo y los ánimos se le encogieron: representaba a una anciana más que nonagenaria, con la tez cobriza y un universo de arrugas sobre el rostro apergaminado. Los cabellos, escasos, blancos y estropajosos, le daban el aspecto de una bruja de cuentos infantiles. Por la ficha adjunta supo que era una india cherokee que respondía al nombre de Gacela Tímida y que habitaba en una reserva de Arizona; que era soltera desde que, sesenta y cinco años atrás, la Ley anuló su matrimonio con otro indio de la misma tribu que pertenecía al grupo H. El hecho de que estuviera dispuesta a contraer nuevo matrimonio no excitó los ánimos de Fernando.

La segunda... La tercera...

Al cabo de cinco horas febriles, las treinta y seis fichas estaban distribuidas en cuatro montones distintos.

El primer montón contenía a las imposibles e indeseables. Seis mujeres de más de setenta años: una alemana, dos watusis, una china, una beduina, una argentina de la Tierra del Fuego y una pielroja: Gacela Tímida.

El segundo grupo contenía las fichas de dos recién nacidas, una en Ucrania y la otra en Pakistán. Había otras seis niñas menores de diez años —una en la vecina Salamanca, por cierto— y una monja budista vietnamita de veinte años que había hecho votos solemnes de soltería. Además, era espantosamente fea.

El tercer grupo, el más numeroso, contenía las fichas de diecinueve mujeres casadas, cuya edad oscilaba entre los catorce y los cincuenta y cinco años. Todas con hijos.

Artículo 372: los matrimonios podrán realizarse entre los doce y los cuarenta y cinco años de edad de los contrayentes. No será permitido ningún matrimonio que quede fuera de los límites de edad por parte de cualquiera de los cónyuges. El Gobierno Federal y los gobiernos cantonales tomarán medidas tendentes a fomentar los matrimonios entre jóvenes, proporcionándoles gratuitamente las dosis reglamentarias de medicamentos anticonceptivos para que sean usadas hasta el momento en que la estabilidad económica de las parejas permita que tengan descendencia sin que los hijos hayan de ser alimentados y educados por cuenta del erario cantonal o federal.

El cuarto montón contenía una sola ficha: Virginia.

Virginia Méndez. Veinticuatro años. Unos ojos y un cuerpo capaces de despertar la pasión de cualquiera. Estudios superiores. Aficiones musicales, pasión por los viajes.

Casada.

Sin hijos.

Casada. Casada. Casada con Efraín Zubiaurre, de treinta años, médico. El matrimonio tiene su residencia en Madrid, polígono XV, grupo HM 469, distrito 26.

Fernando permaneció una hora larga contemplando alternativamente las tres fotografías tridimensionales de Virginia. Una hora larga preguntándose por qué habría sido Efraín Zubiaurre y no él quien la había encontrado. Virginia pudo haber pasado junto a él cincuenta veces, antes de casarse. Pudo cruzarse con ella y haberla abordado como quiso abordar a tantas otras muchachas. Pudo hacerlo y no lo hizo. El la habría tropezado en la calle y la habría detenido, preguntándole:

—¿Su Grupo?

—K —habría contestado ella.

Y el corazón de Fernando habría batido como sólo un corazón enamorado habría podido batir.

—¿Casada?

—Soltera... ¿Tú eres también del K?

Y la habría tomado de la mano y la habría mirado profundamente a los ojos —esos ojos en los que resplandecería probablemente una gran K visible sólo para ellos— y habrían corrido a la alcaldía próxima para legalizar su deseo hambriento de hombre y mujer solitarios de amor. Y luego...

Pero aquella escena no la había vivido él, Fernando Silva, sino un médico llamado Efraín Zubiaurre, que ahora gozaba de la compañía de Virginia... para toda la vida.

Artículo 237: los matrimonios podrán ser declarados nulos: A) por parte del correspondiente Departamento del Gobierno Federal, en el case de posteriores incompatibilidades genéticas descubiertas a lo largo de las inspecciones médicas periódicas; B) por las autoridades competentes y a petición de los propios interesados, en el caso de incompatibilidad de caracteres, malos tratos, infidelidad manifiesta con otro miembro del mismo grupo genético o fecundidad excesiva, con peligro de inestabilidad demográfica.

Artículo 465: cualquier individuo de ambos sexos, en estado de divorcio legal o de viudez, podrá ser considerado como libre para contraer nuevo matrimonio, siempre que éste se efectúe dentro de las disposiciones fijadas por la Ley Genética.

Por la noche, entre pesadillas en las que veía artículos y más artículos de la Ley, Fernando soñó con Virginia. Una Virginia casada —con él— con la que se lanzaba a los goces del matrimonio y de la jubilación, corriendo sin tregua por toda la superficie del Planeta. El sueño, una y otra vez, comenzaba feliz, en el lecho —con ella—, o a la orilla del mar —con ella siempre—, o en lo alto del Mont Blanc —con ella a su lado, amorosa, entregada, solícita— y seguía así, por unos segundos, en la felicidad de la vida compartida, hasta que surgía, de entre la nieve, o de debajo de las olas, o de entre el mismo embozo de la cama, la figura —horrenda, vampiresca— de Efraín Zubiaurre, reclamando su presa. Y entonces luchaban los dos. Y Fernando sentía las uñas y los dientes del súcubo sobre su carne y veía derramarse su propia sangre sobre la nieve y sobre la arena, y sobre las sábanas, y le veía luego marcharse con Virginia, en un abrazo que les confundía, hasta perderse de vista, dejándole solo, con las entrañas esparcidas, sin fuerzas para perseguirles y reclamar lo que le pertenecía.

Despertó con dolor de cabeza, un dolor que le taladraba el cráneo como un berbiquí. Llamó por el video a su oficina, para comunicar que no iría a trabajar aquella mañana, y se tomó cinco aspirinas y una taza de café cafeinado.

Luego se echó a la calle. Un helitaxi le llevó hasta el polígono quince y le depositó en los jardines del grupo HM 469. Lentamente, con complejo de cazador furtivo, recorrió uno a uno los buzones de todos los bungalows que componían el grupo, bajo la mirada extrañada de dos niños que deambulaban aburridos por los jardines demasiado cuidados. El corazón le dio un salto cuando halló el nombre de Zubiaurre en uno de los buzones.

Era allí. Precisamente en aquella casa de la que salían suavemente las modulaciones del segundo concierto electrónico de Krakauer. Ella tenía que estar escuchándolo en aquel instante. Se sentó despacio en un banco público que le permitía oír la música y no perder de vista la puerta de la casa. Y esperó. Estaba dispuesto a esperar lo que fuera, con tal de ver una vez a Virginia y poder convencerse a sí mismo de que su sueño era sólo el producto de una imaginación deseosa y calenturienta.

Los niños aburridos se marcharon despacio y el latido vibrante de la música de Krakauer apenas se vio interrumpido, durante horas, por el paso de algún helicóptero por encima del grupo residencial o por las voces esporádicas de algún vecino. Dentro de la casa nada, salvo la música, parecía vivir.

De pronto sobrevino el silencio. El sol caía de plano sobre los jardines y, al interrumpirse la música, surgieron de la nada los zumbidos tenues de cincuenta termorreguladores, como el bordoneo imperceptible de un enjambre de abejas. La sombra de un helicóptero se interpuso entre el sol y él y el aparato se posó suavemente frente a la puerta de los Zubiaurre.

El helitaxi hizo sonar levemente el claxon, avisando su llegada. Fernando contuvo el aliento al ver abrirse la puerta y salir a la pareja.

Virginia no era igual a como la había visto en las fotografías tridimensionales. Era mucho más bella, aún más deseable, infinitamente más digna de él de lo que había imaginado. La vio salir agarrada del brazo de Efraín —porque aquel ser repugnante debía de ser Efraín, porque sólo un simio podía llamarse así y tener una mujer como aquélla— y besarle cuando subió al helitaxi. Se dijeron algo que la relativa distancia y el zumbido del apáralo no le dejó entender, y la mujer —más bella aún con los cabellos revueltos por la corriente suave de las aspas del vehículo— quedó un instante contemplando cómo se elevaba el helitaxi que se llevaba a su marido.

Fernando se incorporó lentamente del banco. Sin saber dominar su propio impulso, se acercó despacio a Virginia, para poder verla de cerca. Sintió su cuerpo bajo el leve vestido casero y sus ojos quisieron abarcar con una sola mirada la infinita humanidad de la mujer. Sintió que las piernas le temblaban y tuvo que detenerse a pocos pasos de ella, incapaz de ganar un solo metro. La boca seca y abierta, la respiración jadeante, temblando como un flan mal cocido, se desconocía a sí mismo. Era..., eso, otro, un ser recreado súbitamente para amar a aquella mujer y ninguna otra.

Ella bajó los ojos y le vio también. Se le quedó mirando de un modo extraño; sin duda, debía de ofrecer un aspecto poco común. A tres metros escasos de la mujer, con las piernas dobladas y entrechocándole las rodillas, era la imagen de la indecisión. Ella le habló:

—¿Qué quiere?... ¿Necesita algo?

Fernando quiso hablar, pero no lo consiguió. Boqueó como un pez fuera del agua. El ronroneo del motor se había perdido allá arriba y en el jardín interior del bloque reinaba el silencio de los termorreguladores.

—Nnnnn...no, gracias...

Virginia se acercó un poco más a él:

—¿Qué le ocurre? ¿Se siente enfermo?

Otro abrir inútil de la boca, antes de poder contestar, con un hilillo de voz inaudible:

—Eel... ssol... y... No... No es nada... Sólo... el sol, eso, el sol —logró componer algo que le pareció aceptable.

—No son horas de andar por la calle, en pleno verano —sonrió ella, con una naturalidad que aún le aturrulló más—. ¿Quiere una vitamina con soda fresca?... ¿Un café?

—No... No, gracias... Me..., me tengo que ir, perdone... Y salió corriendo, mucho antes de que Virginia lograse reaccionar ante la presencia del desconocido.

Planet Oniroscope: Hoy, dos sesiones, dieciséis quince y veinte cuarenta y cinco. El superespectáculo que usted ansiaba contemplar con todos sus sentidos. La vista, el oído, el tacto, el olfato. Usted se sentirá trasportado a los más afrodisíacos harenes del legendario Oriente y gozará de los favores totales de las más bellas odaliscas. Hallaya Harcet y Vinna Mireux en "¡Noches de Bagdadl", una producción Sado Inc. distribuida por Circuitos Oníricos Barrero. Quinto mes de éxito triunfal.

La ciudad, inmensa y enemiga, le rodeaba ahora. Le rodeaba con todos sus ciudadanos y con las letras maléficas de su Ley Genética. Rascacielos de cristal y acero, el verde artificioso de los jardines demasiado cuidados, las aspas veloces de los helicópteros cortando el cielo, y la gente, gente y gente siempre, grupos genéticos personalizados en hombres y en mujeres que se buscaban y se encontraban.

¡No tema usted! Los hijos pueden no tenerse. Confíe en la tableta Nike y goce del amor sin restricciones. La tableta Nike no engorda. Conserva el apetito y el cabello. Contiene, además, complejo vitamínico B y puede tomarse disuelta en agua, como un delicioso refresco. ¡Papá!... ¡Mamá!... No quiero hermanitos... ¡Tomad Nike!...

Sólo él estaba solo. El, Fernando Silva, desgraciado portador de unos genes del grupo K. El, Fernando Silva, uno de los ocho mil novecientos sesenta y cuatro hombres que deberían repartirse las treinta y seis mujeres que les estaban inexorablemente destinadas. Pero, ¿cuál? ¿Gacela Tímida, la cherokee de noventa años... o Haina Ben Utad, la recién nacida pakistaní? ¿La venerable Phang Nú, la monja budista vietnamita?

Joven agraciada, de veinte años, perteneciente al grupo H, aceptaría correspondencia con ingeniero no mayor de veinticuatro, a ser posible sueco. Imprescindible sea portador del mismo grupo. Fines matrimoniales. Escribir a mano, con fotografía y aspiraciones de dote a la señorita...

Y allí, a dos pasos de su casa, sin necesidad siquiera de tomar un "jet" estaba Virginia. La adorable Virginia. La mujer que había sido hecha para él, pero que había sido encontrada antes por un simio —del grupo K, eso sí— que respondía, además, al horroroso nombre de Efraín.

...Y sí se conserva nuestro actual ritmo demográfico, puedo aseguraros que la estabilidad absoluta y el bienestar para todos habrán sido alcanzados antes de cinco años... ¡No más parados!... ¡No más guerras!... ¡La paz y el progreso para todos!...

Pero tenía que existir un medio. Algo que volviera las cosas a su cauce. Algo que hiciera que Virginia, que había sido hecha para él, viniera a él. Una ley, algo, lo que fuera, con tal de tenerla. Lo que fuera.

Usted marcha seguro por la vida. Usted confía en sus fuerzas. Usted es psicómetra, piloto espacial, especialista en lenguas galácticas, programador de calculadores, técnico de centrales iónicas, pero... ¿ha pensado en las cosas que ignora? ¿Ha imaginado usted los problemas que nunca podrá resolver solo? ¿Ha conseguido usted extraer todo el jugo de su propio trabajo? Sólo el conocimiento de las leyes puede ayudarle. Confíe en un abogado. Y, más aún, confíe en el Trust Federal Independiente de Magistrados. El T.F.I.M. le ofrece: consultas módicas, defensas eficaces de todos sus intereses, remedio para sus problemas legislativos, armas legales contra los hombres que atenían contra usted. ¡Visítenos, no se arrepentirá!

Para Fernando —como para muchos otros— el oficio de abogado tenía aún, ya desde su nombre, como un extraño contúrbenlo con la taumaturgia. No en vano, las escuelas de leyes, como pegadas a las tradiciones del pasado, seguían teniendo sus sedes en los viejos edificios de ladrillo del siglo xx. Los mismos leguleyos se rodeaban de un fantástico histrionismo y acudir a ellos era como solicitar los servicios de un mago que tuviera en su biblioteca los secretos herméticos de la más complicada sapiencia legal. Códigos, anatemas, decretos y leyes viejas de siglos, de las que nadie se acordaba, pero de las que aún cabía echar mano en un momento de apuro, con la seguridad de estar actuando dentro de la más estricta justicia, aunque las apariencias pudieran demostrar lo contrario.

¿Por qué no? ¿Por qué no podía haber algún decreto remoto que defendiera la situación que le había negado la Ley Genética?

Contó sus ahorros. Le quedaba lo suficiente para permitirse el lujo de una consulta y vivir luego de conservas hasta el fin de la semana. No le importaba. Supliría la insuficiencia vitamínica con comprimidos y, tal vez...

La sede del consorcio de magistrados estaba enclavada en uno de los edificios del antiguo ensanche de la ciudad, un caserón de siete pisos de ladrillos rojos descascarillados, con los tejados de pizarra, frente a los antiguos ministerios estatales que habían perdido sus funciones mucho tiempo atrás y ahora se desmoronaban como viejas reliquias, cuyo recuerdo nadie quería rememorar.

Le recibió un vejete vestido con la túnica de colores calientes que estuvo de moda veinticinco años atrás. Le miró desde detrás de una mesa atascada de libros, a través de sus gruesas gafas de contacto, y esperó a que Fernando hablase. Fernando, antes de hacerlo, carraspeó. Había estudiado casi palabra por palabra lo que quería exponer, pero ahora, ante el abogado, estaba olvidando todo lo que había aprendido.

—Tengo un problema —acertó apenas a decir.

—¡Todos tienen problemas, señor mío!... Al menos, todos los que vienen a vernos. Estamos precisamente para eso: para resolver problemas. ¡Vamos, vamos, no se haga el remolón y diga qué le pasa!

Esperó, sonándose ruidosamente las narices con un "cleenex".

—Verá... Soy del grupo K.

Lo más difícil ya estaba dicho. Soportó las miradas conmiserativas de aquel vejete que tenía ya que estar de vuelta de todos los problemas legales inherentes al código genético y luego, como si lo hubiera aprendido de carretilla, le explicó todo su problema: su soltería, los anuncios inútiles, su última decisión, la personalidad de las treinta y seis mujeres a las que, de un modo u otro, tenía derecho a aspirar y, finalmente, su obsesión por Virginia y su necesidad de encontrar el modo de..., ¿de qué? Eso ni siquiera lo sabía. O, si lo sabía, no se atrevía a confesarlo.

Pero el abogado no era ningún lerdo y no necesitaba que le dijeran lo que ya la propia visita había dejado adivinar por el contexto de su historia.

...Y ése, precisamente ése, es vuestro primer deber, compañeros del T.F.I.M.: enseñar al que no sabe. Conocer las leyes para ayudar a interpretarlas, manejarlas para saber cómo contravenirlas legalmente. Vivimos en un mundo de leyes. Hay leyes para todo y unas se contraponen a otras, sin que nadie se haya cuidado de reunirías por el Bien Común..., afortunadamente para nosotros. El hombre y el mundo viven pendientes de miles de leyes y centenares de códigos que nunca podrán conocer. Nosotros, en cambio, por conocerlos todos y por saber interpretarlos, estamos en condiciones de ayudar -beneficiándonos nosotros al mismo tiempo— a quienes la ignorancia y la necesidad obligarán a recurrir a nuestros servicios.

—Y usted, claro —sentenció el vejete, atusando la borla que le pendía de la túnica— quiere conseguir a esa mujer... de un modo honesto y legal.

—Eso es... Bueno, si fuera posible.

—Puede serlo, puede serlo..., siempre que estudiemos el caso con un poquito de paciencia.

—La tengo, no se preocupe.

—Si es así... —el abogado se concentró un instante en sus pensamientos, como si rebuscase en el laberinto insondable de la ley de los hombres, desde una cima superior; luego comenzó sus preguntas, como una máquina breve y precisa:

—¿Casada?

—Sí...

—Y sin hijos, me dijo...

—Exactamente.

—¿Enamorada?

—No lo sé.

—Ni le importa. Él es...

—Médico.

—Y miembro del grupo K, naturalmente.

—Es lógico. No parece que haya nada ilegal en ellos.

—Tampoco tiene por qué haberlo... —terminó triunfante y oprimió un botón que había sobre su mesa. Afuera sonó un zumbido prolongado y, a espaldas de Fernando, se abrió una puerta. El abogado se dirigió a alguien invisible.

—Pongan en la máquina la Ley de Defensa Personal del 58, el código federal reformado del 96, la Ley de Derechos Ciudadanos del 25 y los prolegómenos a los decretos del 87 y del 46 referentes a situaciones Especiales Interplanetarias.

La puerta volvió a cerrarse y el abogado se puso en pie, dando la vuelta a la mesa, mientras le decía a Fernando:

—La ley puede ayudarle, joven..., siempre que sepa usted ayudarse también a sí mismo. Yo le daré los medios. Pero, naturalmente, no le diré cómo emplearlos.

—Entonces... —exclamó Fernando, desalentado.

—No se preocupe... Es un simple acuerdo privado de ética profesional... y de ayuda tácita a nuestros clientes. Tenemos que dejarles que ellos busquen sus propias soluciones, con los medios que les demos. Sólo eso podrá darles plena satisfacción. Pero no le será difícil. Y, en caso de apuro, siempre podría usted venir a consultarnos de nuevo..., pero verá que no va a ser necesario. Lo verá...

Se volvió a una consola que caía a sus espaldas y pulsó unos cuantos botones. La consola comenzó a zumbar tenuemente y el abogado se dio la vuelta nuevamente hacia Fernando:

—Usted es un sujeto obsesionado por la Ley Genética. Para usted, como para otros muchos, esa Ley es la fundamental entre las que ha promulgado la Federación Mundial en los últimos doscientos años. Viven para ella, pendientes de ella, obsesionados por sus artículos, que seguramente usted conoce casi de memoria.

—Sí... —murmuró Fernando.

—Pero usted ignora que esa Ley no es única y que hay otros artículos de otras leyes que le habrán de ayudar. Por ejemplo: usted sabe que hace ya ciento cinco años que no hay guerras en el Planeta.

—Ciento seis años en noviembre. El 26 se celebrará el aniversario de la última paz.

—En efecto. Sin embargo, el hombre no ha perdido su agresividad. Y lo que antes resolvían las guerras, ahora lo resuelven los crímenes. ¿Lo sabía usted?

—¿Los crímenes? —preguntó Fernando, asustado.

—Sí, ¡sí!... Los crímenes, naturalmente. Claro que la prensa y los videos no dan cuenta del índice de criminalidad que hay en el mundo. Lo prohíbe la segunda Ley Federal de Restricciones Informativas.

Artículo 836: será considerada como peligrosa actividad antifederal toda información sobre violencias, robos, crímenes y secuestros que tengan o hayan tenido lugar en todo el ámbito de la Confederación. El Gobierno, sin previo aviso, tendrá derecho a secuestrar la edición de cualquier periódico o revista que publique tales hechos, así como al inmediato corte de fluido eléctrico a las emisoras de televisión bi o tridimensional que transmitan noticias de esta índole.

—Y, sin embargo, la violencia continúa, y si la población mundial se ha reducido a mil quinientos millones de habitantes, según las últimas estadísticas, la causa no es solamente la tan cacareada Ley Genética, que ahora se ha puesto de moda, sino los treinta y tres mil ochocientos veintitrés asesinatos diarios que se cometen como promedio en el mundo entero.

—¡Pero eso es... monstruoso!

—Lo es, pero la ley protege de mil modos distintos la agresividad humana y, lejos de castigarla, la fomenta.

—Yo..., yo no había oído jamás eso.

—Ni lo oirá tampoco, porque resultaría inmoral y anti-federal proclamarlo a los cuatro vientos. Pero es un hecho evidente. ¡Mire!

Señaló hacia la pantalla de tubo catódico que había sobre la consola y apretó un botón:

Artículo 2: apartado 34: todo ciudadano de la Confederación, por el hecho de serlo, tiene derecho legal de disponer de la vida de quien le ofenda gravemente o atente contra su integridad física o moral.

Artículo 3: todo individuo habitante de la Confederación Mundial, por el hecho de serlo, pertenece al Estado, quien fijará su precio real conforme al grado de utilidad pública de cada uno. La vida de cada individuo, por tanto, quedará establecida en una cantidad fija o fluctuante y, de acuerdo con dicha valoración, deberá pagar, en concepto de daños al Estado Federal, quien disponga de la vida de los demás por los motivos alegados en el artículo 2, apartado 34 de esta Ley.

—Un médico, por ejemplo, según las últimas tarifas, vale entre veinte mil y cien mil créditos —apuntó en voz baja el abogado, casi como una voz interior.

Fernando no logró reaccionar inmediatamente. Respiró con dificultad, con los ojos fijos en la pantalla, que volvía a cambiar.

Artículo 5: serán consideradas como ofensas graves, A) las palabras que atenten contra la integridad moral de familiares del ofendido; B) los insultos que atenten contra la honestidad; C) los gritos intempestivos y fuera de lugar en situaciones que normalmente no los requieren y que, por tanto, hagan suponer una discusión desaforada.

Artículo 6: serán considerados como atentados contra la integridad moral, A) la usurpación de un puesto o de una condición que debiera por algún motivo haber pertenecido al ofendido; B) la divulgación de calumnias sobre la personalidad o los actos del ofendido; C)...

—E incluso es posible que, dentro mismo de la Ley Genética, encontremos algo que pueda servirle... después —continuó impasible el vejete, apretando otro botón.

Artículo 466: ningún individuo considerado como libre, matrimonialmente hablando, podrá negarse a la unión legal con individuo del sexo opuesto y del mismo grupo genético, siempre que las circunstancias especiales de escasez de individuos o de derechos de prioridad así lo aconsejen.

—Pero Virginia está casada... —murmuró Fernando, evitando la mirada del abogado.

—Sí, amigo mío. Está... casada... ahora. Pero le advierto que, en cualquier caso, nuestra organización cuenta con un servicio privado de créditos a nuestros clientes, con una módica tarifa de intereses...

- ...y nuestro cliente, señores del jurado, reclama con toda solemnidad el derecho a acogerse al artículo sexto de la Ley de Propia Defensa, promulgada en el 58, por cuanto que la víctima usurpaba, sin razón alguna y con evidente desenfado, el puesto que sólo a nuestro defendido podía corresponder, toda vez que la persona que se ha dado en llamar la víctima a lo largo de este proceso procedía de una remota provincia periférica, mientras que el hombre que ahora se sienta en el banquillo forma parte integrante de la comunidad municipal en la que nació y vive la cónyuge legal del muerto. ¡Y eso, no lo olviden ustedes, señores del jurado, ha sucedido entre individuos del grupo genético K, precisamente aquel a quien la Naturaleza ha dotado de menor número de individuos!

Virginia —todo hay que decirlo— no sintió demasiado el cambio. Es cierto que Fernando procuró mostrarle su pasión de un modo tan abierto que difícilmente una mujer hubiera podido hacer oídos sordos. No necesitó recurrir a sus derechos. Ella fue a la alcaldía de buen grado, aunque aún lucía el brazalete rojo del luto por Efraín.

Luego vinieron días apasionados y Fernando supo de los secretos del amor a través de una mujer que ya los había experimentado. Fueron felices. Ni siquiera se cambiaron a otro lugar. Aprovecharon el bungalow del polígono XV donde Virginia había vivido con Efraín. Era bastante mejor que el apartamento que había pertenecido a Fernando.

Pasaron tres años. Y llegó el día solemne de la jubilación de Fernando Silva. Los compañeros le habían preparado un ágape de despedida para las doce de la mañana. Virginia le ayudó a vestirse y avisó al helitaxi que habría de venir a buscarle. Mientras esperaban, escucharon arrobados el segundo concierto electrónico de Krakauer. Tenía para ellos una indudable potencia evocadora.

Afuera sonó el claxon. Apagaron la vitrola magnética. Virginia le sonrió y se agarró de su brazo para salir juntos.

—Te llamaré en cuanto termine. Iremos a algún sitio para celebrarlo los dos solos.

—Sí...

—Ponte muy guapa...

—Sí...

—La túnica blanca, la que llevaste en la fiesta de los atómicos.

—Lo que tú digas.

En la puerta del helitaxi se despidieron con un beso largo, profundo. Fernando se acomodó junto a la amplia ventanilla.

—¿Adonde, señor?

—Laboratorios federales.

Mientras el helicóptero tomaba altura, Fernando contempló aún a Virginia, con su cabello revuelto por el viento de las aspas. El taxista conectó el video; transmitía anuncios, como veinte de las veinticuatro horas del día. Fernando no los escuchaba. Le bastaba con mirar a Virginia, allá abajo, cada vez más chica, más total.

Entonces distinguió la figura vacilante que se acercaba a su mujer. No, no podía ser un mendigo. Estaba bien trajeado. Pero las piernas le temblaban, de eso estaba seguro. Tenía que sentirse terriblemente emocionado ante la presencia de Virginia. Terriblemente, sí. Se acercaba a ella tambaleante y ella, curiosa, se aproximaba a él y le preguntaba algo. Y la figurilla negaba, incapaz de hablar, y trataba de dar un paso atrás y no podía. Y Virginia le señalaba la casa y el desconocido negaba y negaba...

Entonces Virginia, instintivamente, levantó los ojos hacia el cielo y agitó un brazo en ademán de despedida. Fernando no quiso haberla visto. Justo entonces, los anuncios del video le ensordecieron:

¡Usted marcha seguro por la vida! ¡Usted confía en sus fuerzas!... Usted es psicómetra, piloto espacial...