CONFESIÓN DE UN GRATS

(PARA SER LEÍDA POR UN TERRESTRE)

Carlos Buiza

Llegué a la Tierra en misión especial procedente de un remoto planeta que pertenece a un Sistema todavía más remoto. Era primavera y el aire estaba precioso... Bueno, eso vendrá después. Desciendo de una familia de las más vetustas de mi mundo y del más rancio abolengo en mil millones de kilómetros a la redonda. Ahora estoy lejos de G y solo... ¡por fin!

Verán: cuando yo nací, mi padre, el Venerado y Respetable Grfjv... (bien, lo dejaremos en G.); pues mi padre tuvo la luminosa idea de bautizarme con el nombre de Ger. ¡Figúrense, algo así como Cojoncio! Y es que toda mi familia es muy original, desde mi bisabuelo Gl (que a la hora de cenar era un iguanodonte de quince metros de altura y treinta de longitud, de tal manera que habíamos de variar la capacidad de nuestra cúpula para que estuviese a sus anchas), hasta mi barbudo y serio progenitor (que a la hora de comer era un didinium y teníamos que verle por el ocular de un microscopio). Todos, todos eran así.

Los grats teníamos autorización para cambiar después de haber rebasado determinada edad; antes, todos somos iguales: si uno de vosotros nos viera, pensaría, de seguro, cuando dejase de correr, algo muy feo sobre la idea que de la estética tenemos; porque nuestros, niños son auténticos y reales pesadillas, llenos de pelos por todas partes, y con bolsas y papadas generosamente distribuidas.

En G no hay diversiones, porque no se necesitan; la idiosincrasia grats está tan alejada de ideas como alegría, risas, arte, ingenio, etc., cual un gato terrestre lo está en un balde lleno de agua helada. Es un mundo de aburridos. Un planeta soporífero, letal, sin salas de fiesta, ni partidos de fútbol, ni hipódromos, ni nada de nada. Tampoco hay estaciones: mantenemos artificialmente la temperatura y como no necesitamos oxígeno, tampoco tenemos flores, ni ríos, ni sol. Aunque sol, sí: es sustituido por un motor energético y por él, lechosamente, nos llega una especie de claridad.

Cuando llegué a la Tierra era, exteriormente, un terrestre más; de goma, pero un facsímil perfecto. ¿Dónde estaba yo realmente?, pensaréis; pues estaba allí, en cualquier parte de la goma, fundido con ella. No mi yo, sino mi simple evidencia física, estaba en todos los átomos de la goma que formaba parte de mi camuflaje. Y, ¿cuál era mi especial y secreta misión? Sencilla: preparar el terreno para una futura invasión grats (G se nos estaba quedando muy pequeño). La decisión, a propuesta de Su Muy Alta Gratseza, Rey Capitoste del Sistema, había sido discutida brevemente por el Consejo (del que mi bisabuelo, abuelo y padre formaban real parte). Más que discusión fueron proyectos descarados, desde el principio. Y aquí estaba yo, Ger, el grats elegido por sus dotes, y a quien le cabría el honor de dar el primer paso. ¿Cómo? Sencillo también: un disimulado petardo bacteriológico aquí, una guerra casual allá... En fin, casi nada. Aún recuerdo el discurso del iguanodonte de mi abuelo G. momentos antes de mi partida, y aun recuerdo los gruñidos de aprobación de mi familia y de todos los Altos Capitostes. Y el diezmar a la Tierra iba a ser labor de niños.

Me tomé el tiempo que quise para estudiar a los terrestres y más del necesario, ciertamente. Estuve en un millón de sitios y vi millones de cosas. Y esto fue lo que me perdió, por esto traicioné a mi pueblo, a las barbas de mi padre, a las escamas acorazadas de mi abuelo, a mi novia, a mi hijo feo y gordo, como ella, a Su Muy Alta etc. En una palabra: a todos. Fui mimetizándome interiormente; fui siendo, sin darme mucha cuenta al principio, cada vez más terrestre. La primera alarma la tuve en París, cuando me dio por mirar (¡y me gustaba!) las piernas de las chicas; después en Sevilla, cuando probé esa bendición que es el vino de Jerez; y en el cálido Hawai, y en Italia, donde lloré como un gran tonto en aquella película donde unos niños coleccionaban cruces... ¡Fue terrible cuando llegué a la evidencia de mi cambio!

¿Les he dicho que el sentimiento predominante en un grats es el mal humor? Pues lo es; siempre están enfadados, siempre el ceño arrugado y los ojos mirando atravesadamente. Son desagradables en el trato, cualquiera que sea su edad; incluso los perros grats son antipáticos y odiosos.

Pues así estaba yo, así, porque no sabía qué hacer. Naturalmente enviaba informes periódicos (mi nave reposaba en la cara oculta de la luna y con mi emisora de bolsillo emitía desde la Tierra); fueron todos iguales: "RECOPILO DATOS. ESPEREN NUEVA INFORMACIÓN". Los primeros, absolutamente sinceros; los demás, sólo para ganar tiempo.

Mi comida nunca fue problema: tierra mojada como base, aunque más tarde la comida terrestre fue gustándome cada vez más y varié todo mi metabolismo, lo cual constituyó un alivio. El dinero no tenía importancia: obtenía fácilmente todo cuanto me era necesario (no, no lo diré). También tuve una novia encantadora y ardiente, pero me dejó. Por más que me empeñaba en lo contrario, el maldito humor grats surgía en las ocasiones menos previstas, como aquella vez en una playa... Pero eso es otro cantar.

¿Qué hacer? ¿Dejar una Tierra tambaleante, y preparada para recibir a los severos grats, o qué? El dilema continuaba y debería darle una rápida solución; en G se extrañarían por la ausencia de progresos y mandarían un Investigador Ceñudo, con lo que todo se iría a paseo.

Una niña y el pícaro humor terrestre —del que había tomado buena nota—, me dieron la solución. Fue así: yo iba en el "metro", en Madrid, y el vagón iba lleno; la niña estaba delante de mí, por lo que pude observarla a gusto; y me deleité en su cara simpática, en su pelo que parecía latón y, al compararla, me hizo aborrecer nuevamente a las graves y peludas niñas grats. Llevaba unos libros en la mano y, al bajar en su estación, los libros cayeron al suelo; la gente se precipitó detrás de ella, pisoteándolos; la gente que entró, los pisoteó de nuevo, y la niña no pudo recobrarlos. Bien, yo la buscaría y yo se los devolvería. Para un grats era fácil. Cuando los cogí del suelo, los hojeé. ¡Y allí encontré la solución! Eran tebeos de ciencia ficción en donde héroes terrestres realizaban enormes proezas cósmicas; eran caudillos que nunca salían derrotados. En G se asustarían si el grado de evolución de la Tierra hubiese alcanzado un punto infinitamente superior a lo previsto por ellos. Sólo necesitaba una prueba, un convencimiento, una evidencia... Y les mandé la prueba, ya lo creo. El mensaje que Su Muy Alta etc. recibió fue algo parecido a éste:

"PROYECTO DE INVASIÓN FRACASADO. TERRESTRES PODEROSÍSIMOS SUPERCIVILIZADOS. ARMAS MORTÍFERAS QUE ACABARÍAN CON NOSOTROS EN UN SEGUNDO. NAVE DESCUBIERTA Y DESTRUIDA EN LA LUNA. YO DETENIDO Y A PUNTO DE SER JUZGADO POR ESPÍA, ME MATARÁN. AVANZADAS TERRESTRES SE EXTIENDEN HASTA ANDRÓMEDA. NO PASÉIS DE AHÍ. PATRULLAS FABULOSAMENTE ARMADAS VIGILAN CONSTANTEMENTE AL MANDO DE HÉROES TERRESTRES, SON SUPERMAN DE LAS FUERZAS INTERPLANETARIAS MEJICANAS. DIEGO VALOR DE LAS REALES ESPAÑOLAS Y FLASH GORDON DE LAS F.A. DE LOS ESTADOS UNIDOS. DOY GUSTOSO MI VIDA PARA MAYOR GLORIA DE G."

Y ya está. Yo destruí la nave y ellos se lo creyeron todo. Por superinteligentes, los grats son un poco tontos. Me quedé en la Tierra pasándolo como un rey (terrestre). Pero tengo una pena, y es que mi maldito humor no acaba de desaparecer. Claro que he pensado poner remedio. Cambiaré nuevamente, definitivamente (por eso he escrito esta "confesión"). Y lo haré con el mejor humor que pueda. Lo haré pensando en los niños, en los niños que, sin saberlo, salvaron a su amorosa, querida y bella Tierra. Cambiaré para ellos. Para siempre.

¡Ah, se me olvidaba! en adelante llámenme Donald Duck.