MARCHANDO HACIA ATRÁS

Alfonso Álvarez VIllar

Marianne y Gerard paseaban, cogidos por la cintura, debajo del empedrado que entoldaba el paseo de la plantación. Mariposas vestidas con terciopelos y rasos de todos los colores intentaban sacudirse su polvo de luz entre los pámpanos retorcidos y las hojas lechosas de las enredaderas.

Marianne y Gerard se sentían jóvenes, a pesar de frisar ambos en los cincuenta años. Porque uno se siente viejo cuando hay personas de menos edad a su alrededor, y, sobre todo, cuando tiene hijos. Pero aquel matrimonio era estéril, voluntariamente estéril, como todos los que existían en la única ciudad de aquella isla perdida en el Pacífico. El más joven de sus habitantes acababa de cumplir los cuarenta años, y todos los supervivientes de Atenas (así se llamaba la pequeña villa), le consideraban como el hombre destinado a enterrar al penúltimo homo sapiens del planeta.

Los dos esposos se sentaron en un cenador de piedra, reproducido según un modelo que conservaban de uno de los castillos de Loira. Se habían resignado a no tener hijos. Por eso estaban allí, en Atenas, y no en Francia, o en España, o en cualquier otro país, en donde los neanderthales adoraban como a dioses a los escasos homo sapiens que aún se aferraban al terruño de su patria o a sus hijos de cuerpo velludo y de arcos supraciliares enormes.

Hacía ya treinta años que el último barco atómico que construyeron los hombres había arribado a la isla, provisto de todas las comodidades de la civilización del siglo xxi. El navío había regresado allí todos los años trayendo nuevos colonos, materiales de construcción, máquinas, etcétera. Luego había quedado abandonado en el estuario del Támesis y nadie había sabido nada más de él. Posiblemente ahora sería la guarida de unas cuantas familias de neanderthaleses que asarían los jabalíes o los mamuts, cazados con rifles mohosos, con las planchas de madera del espléndido restaurante del "Normandie".

Hacía unos veinte años Atenas era todavía una villa floreciente, con una población superior a las diez mil almas, y provista de todos los encantos de la civilización: salas de conciertos, bibliotecas, dancings, restaurantes, cinematógrafos, etcétera. Hasta funcionaba una diminuta instalación de TV, y todos los domingos una banda de música vertía sus notas por la ciudad, desde las frondas del parque público; un parque público sin niños, desde luego, pero provisto de espléndidos cisnes que bogaban silenciosamente sobre un pequeño lago.

Luego, como sólo Dios es inmortal, se habían ido cerrando algunos cinematógrafos, restaurantes, tiendas y establecimientos públicos, a medida que sus propietarios fueron falleciendo. Ya sólo quedaba la tercera parte de la población.

Todo había ocurrido de una manera extraña, recordaba Gerard a su mujer, mientras el canto de los pájaros tropicales llegaban como con sordinas a través del emparrado del cenador.

—Los primeros que habían observado aquella anomalía, hacía ya mil años, fueron los obstetras y los astrólogos. Nadie hasta entonces, salvo los astrólogos, había establecido puntos de contacto entre ambas profesiones, tan aparentemente distanciadas entre sí. Pero los hechos dieron toda la razón a la Astrología: los astrónomos comenzaron a notar que el efector de Doppler-Fizeau se invertía en las galaxias; es decir, que el universo en vez de expandirse comenzaba a condensarse. Inmediatamente después fueron los tocólogos los que comenzaron a observar una serie de anomalías en el estado de gestación de sus dientas: los embarazos a término no sólo no desembocaban en el parto, sino que el volumen de los fetos disminuía de tamaño. Es decir, las madres que se hallaban en el noveno mes de embarazo, por ejemplo, retrocedían al octavo, al séptimo mes, etcétera, hasta que las reacciones de Galli-Mainini se hacían negativas.

Pero no por eso decreció el número de embarazos, y al cabo de unos meses se observó que el esquema clásico de la maduración se había restablecido. Solamente que ahora fueron los pedíatras los que con sus informes pasaron al primer plano: los niños que ya sabían nadar volvían a la deambulación cuadrupédica; luego, su sistema muscular y nervioso se iba atrofiando progresivamente y ni la incubadora les libraba de la muerte. Finalmente, todos aquellos hombres y mujeres que aún no habían alcanzado el nivel máximo de madurez biológica (situada, como se sabe, entre los 20 y los 25 años) seguían este mismo recorrido inverso. Sólo que este fenómeno no daba lugar a situaciones divertidas, como en las obras de ciertos autores de ciencia ficción o de comedias. Era espantoso, en efecto, observar cómo aquellos muchachos y muchachas retrocedían a la infancia y luego perdían la memoria y el habla, hasta convertirse en fetos indefensos que ningún tratamiento médico podía salvar de la nada. Hubo, pues, una plaga de suicidios y sólo la certeza de que las personas maduras continuaban su ciclo involutivo, mantuvo la serenidad en la mayoría de los hombres y de las mujeres.

Como es obvio, abundaban las explicaciones científicas. La mayor parte de ellas se centraban en la hipótesis, muy discutible, de que nuestro universo se había acercado excesivamente a un antiuniverso, con lo que su estructura espacio-temporal se había invertido. Es decir, que todos aquellos procesos teológicos (como los estudiados por la Biología) que implican una dirección en el sentido de la causa ejemplar, habían sufrido una inversión simétrica.

Y efectivamente, los hechos confirmaron la veracidad de estas teorías: al cabo de unas décadas comenzaron a aparecer mutaciones regresivas en la especie humana y en los animales. Los recién nacidos asomaban al mundo cubiertos por un espeso sistema piloso y con arcos supraciliares extraordinariamente desarrollados. ¡El hombre de Neanderthal, extinguido hacía ya cincuenta mil años, había resucitado. Por la misma época, los elefantes de las selvas africanas parieron los primeros mamuts, y luego apareció el elephas primigenius. Las crías de los tigres poseían unos colmillos extraordinariamente desarrollados como los del extinguido Machairodus, y el Cervus elephas hizo su aparición en los cotos de caza mayor.

Al cabo de unos pocos siglos, prácticamente toda la humanidad pertenecía al género homo neanderthalensis en todas sus variedades. Por supuesto, estas nuevas generaciones carecían de la suficiente inteligencia para continuar, o por lo menos mantener el desarrollo científico y tecnológico que se había alcanzado en el siglo xxi. Los laboratorios de investigación científica fueron abandonados, las máquinas de las fábricas dejaron de funcionar, y el hombre fáustico se convirtió en el cazador errabundo que perseguía a las fieras salvajes con los fusiles o con los bazookas que habían heredado de sus antepasados.

Todo lo que de bello había construido la humanidad fue desapareciendo progresivamente, destruido por los agentes atmosféricos o por aquellos nuevos hombres y mujeres de capacidad craneal reducida, que encendían sus hogueras con los lienzos de los grandes pintores y con los muebles de los palacios.

Fue entonces cuando la mayor parte de los representantes de la especie homo sapiens habían decidido oponerse a las leyes inexorables de las mutaciones cromosomáticas, absteniéndose de propagar la especie y refugiándose en aquel último reducto de la humanidad civilizada. Dentro de unos pocos miles de años, (porque el progreso de regresión presentaba un ritmo trepidante) aparecerían los mamíferos del Terciario, y unos miles de años después los monstruosos reptiles del Mesozoico. En uno de los últimos viajes del "Normandie", sus tripulantes habían podido entrever, con los catalejos de a bordo, un hombre gigantesco que los especialistas en antropología habían identificado con el Meganthophus Paleojavanicus, es decir, un homínido.

Pero, ¿quién sabe?, es posible que una vez alejado el anticosmos perturbador, la dirección del tiempo, de la progresión teleológica hacía especies cada vez más evolucionadas, más inteligentes, recobrara su estructura normal: la que había conducido al hombre a descubrir la fuerza del átomo y a levantar las catedrales del Medioevo. Ésta era la gran esperanza de Marianne y de Gerard, que, como todos los habitantes de Atenas, trabajaban intensamente en conservar para una humanidad futura los restos de la civilización.

Gerard y Marianne se levantaron, pues, de sus asientos de granito, y cogidos de la cintura regresaron al chalet. Allí les esperaba la máquina fotográfica que convertía en diminutas diapositivas las páginas de los libros más importantes y las obras de arte que la humanidad había concebido hasta entonces. Además, como especialistas en historia, habían asumido la responsabilidad de relatar los acontecimientos desde aquella fecha fatídica en que el universo había invertido el signo de su evolución.

Y efectivamente, al cabo de cincuenta años, ya no quedaba nada de Atenas. La vegetación lujuriante de los trópicos comenzó a sepultar inexorablemente aquella pequeña ciudad, y de Gerard y de Marianne sólo quedaron dos lápidas ilegibles en el pequeño cementerio.

Y un día el universo volvió a marchar hacia adelante. Desapareció el Pithecathropus erectus. Desaparecieron también los neanderthales, y una nueva raza, parecida a la antigua especie de Cro Magnon, volvió a enseñorear el planeta. Redescubrió los beneficios del fuego y de la agricultura y hasta arriesgándose sobre las olas del Pacífico en minúsculas balsas, arribó a aquella diminuta isla perdida en el Pacífico. Y varios siglos más, cuando una nueva ola de invasores desalojó a aquellos hombres de tez cobriza que habían plantado sus toscos cobertizos de caña sobre los restos de Atenas, se comenzó a excavar sus ruinas.

Pocas décadas después salieron a la superficie los documentos que Marianne y Gerard habían ido copiando, con frenesí de monjes medievales, en aquellas horas de crepúsculo de la primera generación de homo sapiens. Y aquellos nuevos hombres fueron, precisamente, los hijos de Gerard y de Marianne.