P S I
Cuando la enfermera Gloria Andes se presentó en el sanatorio para niños paranormales de Albión, ofreciéndose para ocupar el puesto que había quedado vacante, acababa de realizar las prácticas de fin de curso de enfermera psicóloga con los máximos honores. Gloria era una mujer joven aún, no demasiado alta ni demasiado llamativa, pero sí con la suficiente personalidad como para llamar la atención de cualquiera que la hubiera tratado un puco. Su debilidad eran los niños, a los que quería con locura: por esto le gustó desde un principio la oportunidad de trabajar en el sanatorio de Albión. Los enfermos de edad son quisquillosos intratables, horribles. En cambio, los niños...
El edificio del sanatorio estaba situado en las afueras de la ciudad, y estaba rodeado por una amplia extensión de terreno de su propiedad. Era un edificio preatómico, de construcción antigua pero resistente, de amplias ventanas enmarcadas por vidrios multicolores y de paredes de ladrillo muy rojo. Visto desde el exterior, el edificio daba una impresión al mismo tiempo de confianza y respeto, algo así como un claustro monacal y una residencia para señoritas. El amplio jardín de la entrada estaba muy bien cuidado y toda la parte trasera del edificio era un gran campo de juegos, desierto en aquel momento.
Acudió a recibirla el propio doctor Juan Osta, el director del sanatorio. Era un hombre no demasiado joven, pero tampoco demasiado viejo, de rostro anguloso y duro, cabello entrecano, que ocultaba sus ojos tras unas gruesas gafas oscuras. La saludó afablemente y la invitó a pasar a su despacho.
—Sé que el trabajo aquí va a ser difícil para usted —le dijo—. Sobre todo los primeros días. Los niños que tenemos aquí no son difíciles de tratar, pero sí son, ya lo verá usted..., algo extraños. Estoy muy contento de que sus antecedentes revelen el que haya conseguido el título y haya realizado las prácticas con todos los honores, y que le gusten tanto los niños. Ahora bien, quisiera que tuviera mucha paciencia con ellos. Encontrará algunas dificultades para adaptarse aquí y... eh... bueno, espero que no suceda con usted lo mismo que con anteriores enfermeras que tuvimos.
—¿Qué sucedió?
—Nada de importancia..., se fueron, esto es todo. Conseguir adaptarse a un sitio como este sanatorio es difícil, y no todas lo consiguen. Pero dejemos esto por ahora. Seguramente estará cansada del viaje, y deseará instalarse. Venga, le mostraré su cuarto. Dejaremos para mañana el trabajo.
A la mañana siguiente, Gloria se levantó temprano. Se sentía descansada y alegre, allí. Una ligera bruma matinal tamizaba a lo lejos el suelo, y el aire era fresco y agradable. En el patio trasero, donde se hallaba el patio de juegos, y donde daba la ventana de su habitación, se oía un ligero ruido de chirriar de poleas. A través de las ventanas vio a un niño que se mecía lentamente en un columpio, mientras permanecía como ensimismado en sus pensamientos.
Abrió la ventana, y respiró el aire puro del exterior. Sacó la cabeza y gritó:
—¡Hola!
El niño detuvo sus movimientos. Tendría unos siete años quizás, o tal vez ocho. Levantó la vista hacia el segundo piso, y vio el rostro afable que le observaba desde allí. Devolvió el saludo:
—¡Hola, señorita Gloria!
Gloria quedó agradablemente sorprendida al oírse llamar por su nombre. Preguntó:
—¿Cómo sabes que me llamo así?
La pregunta pareció sorprender al niño. Por unos momentos quedó como desconcertado. Luego, pareció darse cuenta de algo. Puso cara de fastidio.
—¡Oh, no! —exclamó, con despecho—. ¡Es también igual a las otras!
Saltó del columpio al suelo, se puso las manos en los bolsillos, y se fue malhumorado.
—Tenemos internados casi ciento cincuenta niños aquí —le dijo el doctor Costa aquel mismo día. mientras le mostraba todas las salas del edificio—. Todos ellos poseen alguna característica psíquica que les impide poder vivir normalmente con los demás. En la mayor parte de ellos esta característica no es apreciable a simple vista, pero siempre surge a la superficie apenas se les trata un poco. Para ellos, esto representa un handicap terrible en sus relaciones con los demás.
—Y por esto se encuentran aquí, ¿no es verdad?
—Exacto. Este es el primer sanatorio de este tipo que se ensayó en todo el mundo, aunque ahora hay cuatro más funcionando en otros cuatro países. Hace unos años quizá no hubiera sido necesaria su creación: los paranormales eran poco abundantes en el mundo. Pero en estos últimos años (algunos lo han atribuido a las explosiones atómicas, no sé) han aumentado de tal modo en número que ha sido preciso buscar una solución. Esta lo es.
—¿Es elevado el índice de curaciones?
El doctor se detuvo en seco, como sorprendido.
—¿Curaciones? Creo que no he sabido explicarme bien. Los niños no vienen aquí a curarse; en realidad, no pueden curarse, pues no están enfermos. Lo único que hacemos aquí es prepararles, adaptarles para poder ingresar en el mundo normal, haciendo que puedan ocultar su condición de paranormales a voluntad y que los demás no se den cuenta de esta característica si ellos no quieren. Una persona formada puede por sí misma realizar esta adaptación, pero un niño pequeño necesita ser enseñado, ya que no domina sus reacciones. Esta es nuestra misión: enseñarles. Hacerles ver que el mundo considera extraña su condición de paranormales, y que deben acostumbrarse a prescindir de ella siempre que no crean necesaria su utilización. Así pueden reintegrarse a la sociedad sin ser rechazados por ella. ¿Entiende lo que le quiero decir?
Gloria dudó unos momentos. En realidad no lo entendía demasiado, pero se creyó en el deber de admitir que sí lo entendía.
—Sí —dijo—. Creo... creo que sí.
—No se preocupe —dijo sonriendo el doctor, como si hubiera leído sus pensamientos—. De todos modos, cuando lleve unos meses aquí ya lo entenderá por sí misma. Hasta entonces, déjese llevar por la observación. Es el mejor sistema.
Gloria hizo uso de las recomendaciones del doctor. Sin embargo, no pudo adaptarse completamente los primeros días. Eran ciento cincuenta niños y niñas en el sanatorio, de cinco a doce años todos ellos, para cuidar de los cuales solamente había el doctor Costa y dos ayudantes, otras cuatro enfermeras (que en realidad oficiaban más bien como nurses) y ella misma. Los niños, en verdad, eran extraños, como le dijera el doctor Costa. Observó pronto que todos ellos la conocían como si hubiera vivido siempre a su lado. Esto podía ser en cierto modo halagador, ya que demostraba que se habían preocupado por saber quién era. Sin embargo, resultaba sorprendente que conocieran de ella detalles tan extraños como el número de calzado que usaba, las enfermedades que había tenido cuando niña, e incluso su capacidad craneal. Además, en su modo de actuar, en su modo de jugar incluso, eran raros. Cierto que eran paranormales, pero...
Los juegos, por ejemplo. Uno de sus juegos preferidos era sentarse en el suelo a corro, con los pies cruzados, y permanecer silenciosos y abstraídos durante un largo rato, hasta que de repente uno se echaba a reír, y entonces todos se echaban a reír también, satisfechos. La enfermera jefe, una mujer ya mayor que por lo que parecía estaba allí desde que fuera inaugurado el sanatorio, le dijo que jugaban a ESPar, pero Gloria no acabó de entender el mecanismo del juego. Lo extraño era que, pese a tener la obligación de jugar, dentro del plan de enseñanza y de adaptación, un par de horas diarias a los juegos normales de los niños de su edad, ellos siempre preferían este otro tipo de juego, y si jugaban a lo otro era sólo porque se veían obligados a ello.
—Todo estriba en comprender sus reacciones —le dijo uno de los primeros días la enfermera jefe—. Cuando usted sepa cómo reaccionan y pueda predecir sus próximos actos, todo será fácil y podrá controlarlos bastante bien. Hemos conseguido grandes progresos desde que fundamos el sanatorio; progresos que al principio ninguno de nosotros hubiera esperado. Y todos estos progresos han sido basados precisamente en esto: la comprensión de sus reacciones.
Pero a Gloria le era difícil comprender sus reacciones, aunque se esforzara en ello. Ignoraba por ejemplo por qué Tito, el primer chico que viera en el columpio, le dijo un día que ellos hubieran querido poder jugar con ella también, pero que no podían porque ella no sabía jugar a sus juegos. No comprendía tampoco por qué Ana, una preciosa chiquilla de no más de cinco años, le preguntó un día si ella sabía ESPar, y al decirle ella que no, se echó a llorar desconsolada, diciendo que era una desgraciada, ya que nadie la entendía ni nadie quería ESPar con ella. Tampoco entendería nunca cómo una niña como Rosa, una muchachita de ocho años, frágil y delicada, a la que siempre había considerado como sordomuda, ya que nunca la había visto hablar con nadie ni a nadie hablar con ella, se puso de pronto en una ocasión a hablarle con toda soltura; y que, cuando ella le preguntó estupefacta si podía realmente hablar, la niña le respondiera con su voz ceceante, en tono irritado:
—¡Claro que hablo! ¡Claro que hablo! ¡No me queda otro remedio, ya que uzted no zabe penzar!
Gloria no comprendía a los chicos y chicas del sanatorio. No comprendía cómo todos ellos parecían estar tan distanciados entre sí, y sin embargo estaban tan unidos. No comprendía el porqué, si ellos apenas hablaban entre sí más que lo obligado en los ejercicios de relación, las noticias ocultas corrían con tanta rapidez. No comprendía su interés en jugar al juego de ESPar y otros semejantes, desdeñando otros juegos más propios de su edad, pese a que el doctor Costa le dijo en una ocasión que el juego de ESPar era realmente un juego apropiado para su edad.
Pero lo que dio a Gloria la mayor y más extraña sorpresa de su vida fue lo ocurrido con Aniceto. Aniceto era un chiquillo de unos doce años, tímido, introvertido, del que la enfermera jefe había dicho en más de una ocasión que nunca conseguiría dejar de ser un paranormal de cuerpo entero, ya que su timidez le impedía adoptar el escudo de adaptación que ellos le proporcionaban. Gloria sentía una extraña predilección hacia él, tal vez porque le veía triste y desvalido, y porque los otros chicos lo dejaban un poco de lado en sus juegos y diversiones. Muchas tardes se sentaba con él en un banco del patio de juegos, y el muchacho le explicaba con ojos brillantes extraños viajes que decía haber realizado a otras partes del mundo, y le describía fantásticos paisajes que ella nunca había visto y él probablemente tampoco. Pero el muchacho era feliz, y a Gloria le encantaba oír aquellas historias fantásticas, en las que admiraba la sorprendente imaginación del muchacho.
Pero un día, Aniceto tuvo una violenta discusión con varios de sus compañeros, y Gloria lo encontró llorando. Al muchacho le debió saber mal el que ella le viera en aquel estado, y más aún cuando Gloria, con aire maternal, le obligó a que reclinara su cabeza contra su pecho, mientras le acariciaba el cabello y le prodigaba palabras de consuelo. Aniceto, sofocado por la vergüenza, se puso rojo. Probablemente deseó que lo tragara la tierra. Probablemente deseó, con toda intensidad, estar lejos de allí, solo, enteramente solo en el mundo. Y lo deseó con tanta intensidad, que Gloria sintió que el cuerpo del muchacho se desvanecía de pronto de su lado, y cuando quiso darse cuenta se encontró que, en el lugar donde antes había estado el muchacho, ahora sólo había aire. Aniceto había desaparecido repentinamente de su lado: se había volatilizado.
—Tranquilícese, Gloria —le dijo la enfermera jefe, cuando ella acudió a contarle rápidamente el caso—. No se preocupe; no es la primera vez que ocurre. Aniceto es demasiado tímido, y ante la vergüenza de que una mujer le viera llorar y le tratase de aquella manera quiso irse lo más lejos posible de allí. Ahora estará en cualquier sitio lejano, rumiando su vergüenza: en la cima de una montaña quizás, o en medio de un desierto, o en un peñasco en medio del mar. Pero volverá, no se preocupe. Siempre ha vuelto. Es un muchacho por quien no hay que temer.
Pero Gloria sí se sintió preocupada. Y aunque Aniceto regresó aquella noche, como si nada hubiera ocurrido, ella siguió preocupada aún. De tal modo que, al día siguiente, fue a ver al doctor Costa.
—La esperaba mucho antes —le dijo el doctor Costa cuando la vio entrar en su despacho y hubo escuchado sus lamentaciones—. Lleva usted sólo veinte días aquí: en mi opinión, creo que se desenvuelve perfectamente entre nosotros. Es más, la creo muy capacitada para desempeñar el Trabajo que le hemos encomendado. Claro que tal vez se encuentre aún algo desorientada.
—Lo estoy —dijo Gloria, casi con lágrimas en los ojos—. Intento comprender a los chicos, pero no lo consigo. Cuando veo a la enfermera jefe comportarse con ellos como si fueran chicos normales, yo... yo...
El doctor se echó a reír.
—Bueno, a todas sus compañeras les ha ocurrido también algo similar. Creo que antes de que hablemos valdrá la pena que le aclare un detalle: la enfermera jefe es también, como los chicos, una paranormal. Por eso puede compenetrarse tan bien con ellos.
Gloria puso cara de sorpresa.
—¿La enfermera jefe es...?
No termino la frase. El doctor Costa la miraba entre grave y divertido. Tomó un abrecartas de sobre la mesa y se puso a jugar distraídamente con él.
—Cuando vino usted aquí —dijo—, no le aclaramos demasiado las características paranormales de estos chicos porque preferimos que lo fuera asimilando todo por sí misma y así no se creara en su interior perjuicios sin fundamento antes de iniciar su trabajo. Ciertamente, para una persona normal convivir con los chicos que tenemos aquí es algo... llamémosle fuera de lo común. Pero es preciso hacerlo así, ya que de otro modo ellos no conseguirían ninguno de los progresos que están logrando ahora.
"Para todo el mundo, la palabra paranormal no es más que un sinónimo de subnormal, cuando en realidad su verdadero significado es "lo opuesto a lo normal". Los chicos que tenemos aquí no están escogidos al azar, sino que todos ellos pertenecen dentro de su paranormalidad a la categoría de los supranormales, es decir, de los que tienen, además de los atributos que tenemos todos los demás, algún otro que lo distingue de ellos. Para Aniceto, este atributo es la teleportación; para Ana, las fuerzas ESP; para José, la telekinesis. La mayor parte de ellos dominan la telepatía en general y todos sus derivados. Son seres normales, dentro de su anormalidad; pero esto nadie lo comprende. Dentro de nuestro mundo normal se sienten extraños, distintos, porque los demás no les comprenden. Por eso están ahora aquí. Para ser aceptados por lo demás necesitan disimular su característica de paranormalidad y convertirse, aunque sea por fuerza, en seres normales. Mas para lograrlo necesitan primero una etapa de adaptación: necesitan acostumbrarse a vivir entre personas normales bajo la apariencia de éstas, aunque esto no quiere decir que tengan que dejar de usar sus poderes cuando lo necesiten. ¿Entiende lo que le quiero decir?
Gloria asintió con la cabeza.
—S... sí.
—Bien. Usted, y las demás enfermeras, son seres normales, esto es lo que ellos necesitan, ya que son el contrapunto para su anormalidad. Para ellos, ustedes son los paranormales, y como son niños no lo comprenden bien aún, y les acusan a ustedes, ya que ellos no pueden entenderlos. El proceso de adaptación necesita, pues, un poco de sacrificio por ambas partes. Usted, estos días, ha realizado su aprendizaje. Ahora creo que está ya en posición para aceptar o no este trabajo aquí en forma definitiva. Recuerde que le dije en un principio que no todas servían. Usted, hasta hoy, ha demostrado que sí sirve. ¿Quiere seguir? ¿Cree poder hacerlo?
Gloria vaciló levemente.
—Sí —dijo al final—. Creo que sí.
El doctor Costa sonrió abiertamente. Gloria se levantó, y se dirigió hacia la puerta. Estaba aturdida. El doctor la llamó antes de que llegara a ella.
—Señorita Gloria.
Ella se volvió.
—¿Sí, doctor?
—Es usted admirable —dijo el doctor.
Ella se ruborizó, pero no dijo nada. Dio media vuelta y, nerviosamente, salió de la habitación.
A partir de aquel día, Gloria hizo todo lo posible por adaptarse a los niños que la rodeaban, pensando en sus especiales características. De todos modos, era difícil. Cuando Rosa la miraba fijamente y hacía esfuerzos por hacerle llegar sus pensamientos, y ella debía decirle que no debía hacerlo así, que debía hablar, y la niña no quería hacerlo; cuando Aniceto se ruborizaba al verla y quería desaparecer; cuando Tito le pedía que jugara con él y ella se esforzaba en hacerlo sin conseguirlo, cuando José se enfadaba y hacía bailar todas las sillas de la habitación al compás de su enojo, se sentía tremendamente extraña a todo aquello. Comprendía que era difícil, muy difícil, adaptarse a aquella situación. Pero hacía grandes esfuerzos por conseguirlo.
El doctor Costa la ayudaba mucho también. A raíz de su conversación, y convencido sin duda de que ella necesitaba ayuda, acudía a verla muchas veces, y se pasaban largos ratos hablando de los niños del sanatorio, de lo que les rodeaba, de los poderes psi comunes a todos ellos. El doctor le contaba frecuentemente que cada vez aparecían en el mundo más niños paranormales. En los últimos tiempos había establecido para descubrirlos una red de comunicaciones entre la mayor parte de los médicos del país, de modo que cuando se presentaba un nuevo caso él podía intervenir rápidamente. La mayor parte de los padres consideraban a sus hijos paranormales como subnormales, tan sólo, y era preciso sacarlos de su error. El les convencía de que su hijo era enteramente normal, y que lo único que necesitaba era una adaptación al medio ambiente. Así, la mayor parte de las veces conseguía que el chico fuera llevado al sanatorio, de donde podía salir de nuevo a los dos, tres, cinco años, de su entrada, convertido, por fuera, en un ser normal.
Su obra era, para el doctor Costa, como una cruzada. No podían malgastarse aquellos talentos en ciernes, como se habían malgastado mucho tiempo atrás, sólo porque una sociedad no les comprendía. Llegaría un día, estaba seguro, de que todos los hombres dominarían las fuerzas psi. Pero la adaptación era lenta, y podría malograrse si no se cuidaba. Era una lucha que no podía abandonarse.
Gloria se sentía impresionada por la fuerza que emanaba de las palabras del doctor. Sin saber por qué, cada vez se sentía más atraída hacia aquel hombre hacia su recia personalidad, hacia su firmeza de carácter. Se sentía subyugada cada vez más, y sin saber por qué, se daba cuenta de que no sólo admiraba a aquel hombre, sino que en su interior empezaba a nacer un nuevo sentimiento...
Y así, una noche, en su habitación, Gloria despertó de repente con la extraña sensación de que alguien la había llamado. Abrió los ojos, y vio una sombra dentro del cuarto. Fue a gritar, pero una voz, tan asustada como ella misma, la interrumpió.
—No grite, por favor, señorita Gloria. Soy yo: Aniceto.
Gloria encendió la luz. El muchacho, ante ella, permanecía inseguro, ruborizado. Se cubrió con las mantas, y preguntó:
—¿Qué quieres? ¿Por dónde has entrado?
En seguida comprendió lo ridículo de aquella pregunta, conociendo a Aniceto. El muchacho dijo:
—Quiero hablar con usted, señorita Gloria. Mejor dicho, todos queremos hablar con usted. Aunque he venido yo solo en su representación.
—¿Sobre qué queréis hablar conmigo?
—Sobre usted. Y sobre el doctor también.
—Sabemos que usted quiere al doctor Costa...
Gloria se sintió sorprendida ante aquella afirmación.
—¿Cómo lo sabéis?
El muchacho se azaró.
—Bueno... hemos ESPado sus pensamientos. Ya sabemos que no está bien, el doctor nos lo dice siempre. Pero nosotros queremos mucho al doctor, y la queremos también mucho a usted. El doctor la quiere también, ¿sabe? Pero tiene miedo de decírselo. Por eso hemos intervenido. Quisiéramos verlos felices a los dos.
Gloria se sentía aturdida.
—Bueno —dijo—; pero... yo...
—El doctor se encuentra ahora abajo, en su despacho —interrumpió Aniceto—. Tenía mucho trabajo, y se ha quedado a terminarlo. Pero no puede hacerlo, porque en estos momentos no hace más que pensar en usted. El quiere decírselo, pero no se atreve; no se atreverá nunca. ¿Por qué no va usted a verle?
—Pero... yo...
—Por favor, señorita Gloria. Vaya. Se lo pedimos nosotros. ¿Lo hará?
Había un tono de súplica tan grande en la voz de Aniceto, que Gloria no se pudo negar.
—Bueno... Sí; lo haré. Pero ahora vete. Debo vestirme.
El rostro de Aniceto se iluminó con una gran sonrisa.
—Gracias, señorita Gloria —dijo, radiante—. Gracias. Muchas gracias.
Y como era su costumbre, se esfumó en el aire.
El doctor Costa levantó la cabeza, sorprendido al ver a Gloria ante sí. Dejó lo que estaba haciendo y se levantó.
—¿Sucede algo, señorita Gloria?
Gloria dudó: no sabía cómo plantear la cuestión. Empezó:
—He estado hablando con Aniceto, y me ha dicho que usted... que yo...
Se interrumpió. El doctor Costa la miró unos instantes, sin comprender. Luego, una idea debió pasar por su cabeza. Dejó escapar una ininteligible palabra en voz baja.
—¡Esos condenados chiquillos! —gritó—. ¡Les he dicho millones de veces que no deben ESPar los pensamientos de otras personas a menos que ellas lo consientan! Una persona con poderes psi puede ocultar con mayor o menor éxito sus pensamientos, a menos que se encuentre distraído, pero una persona normal no puede hacerlo, y hasta para unos niños es fácil bucear en su mente. ¡Y eso que se lo advertí!
—No se trata de esto, doctor —dijo Gloria—. Esto no tiene la menor importancia. Aniceto me dijo... bueno, me dijo que usted estaba interesado en mí. ¿Es eso cierto?
El doctor dudó. Indudablemente, se encontraba frente a un arduo problema. Tomó una silla, y fue a sentarse al lado de Gloria.
—No importa que esto sea cierto o no —dijo—. La realidad es otra muy distinta. Aunque quisiera a una mujer, yo nunca podría casarme con ella. No..., nunca me atrevería a hacerlo.
—¿Por qué?
—No importan los motivos. Además, sería muy difícil de explicar. No se trata del sanatorio, no lo crea así. Es algo más... más íntimo y delicado. Yo siento una gran simpatía por usted, Gloria. Me gusta, sí... la quiero, es verdad. Pero no hay solución a nuestro problema.
—¿Pero por qué? Aniceto me ha dicho que usted nunca se atrevería por sí mismo a decírmelo. ¿Por qué? Necesito tener una explicación.
El doctor vaciló; no sabía cómo reaccionar. Se levantó. Gloria se levantó también. Durante unos momentos quedaron los dos frente a frente.
—No me importa lo que puedas decir —dijo Gloria tuteándolo de pronto—. Si es verdad que me quieres, no me importa nada más. Cuando dos personas se quieren, todo lo demás es superfluo. No puede existir nada que se interponga, de modo que será inútil todo lo que me digas.
El doctor fue a decir algo, pero Gloria no le dejó. Repentinamente, le puso los brazos al cuello, se empinó sobre la punta de los pies, y lo besó.
El doctor Costa se azaró. Se azaró mucho. Se azaró quizá demasiado.
Se azaró tanto, que no pudo mantener más el control de sus nervios... y desapareció.
Poco después, en su habitación, Gloria recibió una llamada telefónica de larga distancia.
—Perdóname, Gloria —dijo la voz del doctor Costa desde el otro lado del hilo telefónico—. Pero me pusiste en una situación tal que perdí el control de mis nervios. En aquel momento deseaba tanto estar lejos de ahí... que lo hice. Creo que tienes razón; tal vez sea estúpido este sentimiento por mi parte. Pero necesito unos días para reflexionar. Cuando regrese, hablaremos más extensamente de ello. ¿De acuerdo?
—Sí, cariño. De acuerdo.
Cuando Gloria colgó el teléfono, estaba pensativa. Se sentía algo desorientada. Nunca lo hubiera sospechado..., hasta que el doctor desapareció de entre sus brazos. Bien, se dijo, en cierto modo, debía de haber adivinado desde un principio que el doctor era también un psi. Sólo una persona con estos poderes podría crear un sanatorio como aquél, y llevarlo a buen fin. Pero, además, el doctor había logrado dominar de tal modo su método que nadie hubiera podido nunca sospechar nada de él. Era un verdadero éxito.
Aquellos pensamientos le llevaron a otros semejantes. Convivir con una persona psi traería aparejados algunos problemas, era cierto, y quizás aquello había sido lo que había hecho dudar hasta entonces al doctor. De todos modos, era absurdo por su parte argüir aquella razón, ya que ello era destruir toda su tesis de que los paranormales podían ser iguales al resto de la gente con sólo una ligera preparación, condenándolos para siempre a la soledad y al aislamiento.
Aunque ella fuera normal, podría acostumbrarse a él; igual que se había ido acostumbrando a los chicos. No existiría ningún problema grave.
De todos modos, y, a pesar de ello, aquella noche no durmió. A la mañana siguiente, cuando salió a primera hora al patio de juegos, una multitud de chiquillos, con Aniceto al frente, la estaba esperando.
—Gracias, señorita Gloria —le dijo Aniceto apenas la vio—. En nombre de todos, gracias. Seguimos ayer noche su conversación con el doctor, y sabemos que él está dispuesto a admitir su punto de vista. Estamos convencidos de que formarán una buena pareja. Sí, lo estamos. De verdad.
Gloria se sonrojó levemente, al pensar que todos aquellos chicos habían seguido su conversación de la noche anterior como si la estuvieran presenciando. Bien, aquello sería algo a lo que tendría que acostumbrarse si quería seguir allí. Debería considerar a todos los chiquillos del sanatorio como parte integrante de su familia. Yo también soy casi una paranormal, pensó. Y aquel pensamiento la condujo a otro similar. Y comprendió por él que ya nunca acabaría de irse acostumbrando a cosas nuevas, si se mezclaba con gente psi.
Porque, aunque ahora quizá fuera un poco prematuro pensar en ello, llegaría un momento en que sí debería hacerlo. El doctor le había hecho notar en una ocasión que la paranormalidad era generalmente hereditaria. De modo que sería mejor que empezara ya a hacerse a la idea de ser en el futuro la madre de una caterva de hijos psi...