EL LIBRO

Francisco Valverde Torné

Incluso entonces lo habría confesado. Nunca, en mi dilatada vida de bibliófilo, había visto nada semejante. Lo encontré en un puesto de libros delante del parque, adonde solía ir a curiosear con cierta frecuencia. Cuando distraídamente hojeé sus páginas, comprendí que tenía en las manos un ejemplar para mí extraño, aunque ni por su aspecto, ni por sus irreconocibles signos, pude deducir su origen. En aquel momento pensé que sólo debía tratarse de un libro de poco valor, impreso en una lengua extraña; pero de todos modos había algo en él que lo hacía distinto de los demás. Jamás pude saber cómo había ido a parar allí, a un puesto de libros viejos y baratos, donde excepcionalmente solía encontrar alguna antigüedad de escaso valor, en realidad mucho más vieja que antigua.

A pesar de ser para mí totalmente desconocida la escritura, comprendí que los caracteres de aquel libro no eran antiguos; su perfecta distribución, la claridad de los signos y su pequeño tamaño, entre otros detalles, indicaban un procedimiento de impresión absolutamente moderno. Y esto era precisamente lo más extraño, porque sus muchos deterioros no parecían recientes, sino hechos por el transcurso del tiempo.

Si en algo soy un experto, puedo asegurar que es en calcular la edad de un libro con muy pocos años de error, incluso prescindiendo de las pistas más claras, como pueden ser los tipos de los caracteres, la calidad del papel, su color, la ortografía, el contenido temático, el estilo, etc. Y todo esto es importante, porque con frecuencia la fecha de edición puede ser un dato que nada diga acerca de la autenticidad de un ejemplar. Puedo presumir de haber descubierto algunas falsificaciones muy hábiles.

Aquel nuevo hallazgo merecía, por lo menos, un concienzudo estudio. Pagué por él unas escasas monedas y, dudando todavía si había hecho una buena adquisición, me fui a casa. Estaba acostumbrado a las desilusiones cuando adquiría algún ejemplar aparentemente valioso, y que luego resultaba una imitación más o menos perfecta. Pero cuando comencé a estudiar aquel libro con más detenimiento, comencé a creer que aquella vez había encontrado algo verdaderamente insólito. Era como una de esas premoniciones que le asaltan a uno muy raramente con la claridad de una certeza.

Mi perplejidad iba en aumento cuanto más profundizaba en el estudio de aquel libro. De momento, lo único que conseguí aclarar, y que fue bastante para aumentar mi asombro, fue que su antigüedad se remontaba a varios siglos, aunque esto era preciso comprobarlo con otros medios que yo no tenía a mi alcance. Pero sabía quién podía hacerlo: mi amigo Gabriel.

Aunque era ya noche avanzada, no dudé en telefonear a Gabriel. No me había dado cuenta de que había oscurecido, abstraído en el estudio de aquel misterio. Como sospechaba, mi amigo estaba durmiendo, pues tardó varios minutos en descolgar el aparato.

—Siento molestarte a estas horas —empecé disculpándome—, pero es preciso que saltes inmediatamente de la cama.

—Lo único que me haría saltar de la cama sería un incendio.

—Entonces iré yo a tu casa...

—No, espera...

Le oí murmurar algo a su esposa. Después volvió a hablarme.

—Bueno, ¿qué pasa?

Se lo expliqué en pocas palabras, añadiendo que lo mejor era que lo viese él mismo.

—Dudo mucho de que lo que estaba soñando fuera más fantástico que eso que me cuentas. Si no fueras un experto en esta materia pensaría que me estás tomando el pelo.

—Ya sabes que no gasto bromas.

—Está bien, pero ¿quieres decirme qué tengo yo que ver con...?

—Te lo explicaré cuando estés aquí —le interrumpí.

La verdad era que nunca había tenido necesidad de requerir la ayuda de mi amigo Gabriel, y mucho menos a medianoche. Por eso le piqué tanto la curiosidad que cuando abrí la puerta observé que sólo había perdido el tiempo justo para ponerse un abrigo encima.

—Te agradezco mucho que hayas venido —le dije, quizás un poco arrepentido—. Tú sabes que si no fuera importante no te habría molestado...

—Sí, sí, ya sé —dijo con un ademán que podía interpretarse de mil formas distintas—. Pero ya he llegado. A ver esa maravilla.

Me siguió al despacho con aire de cansancio, pero pude observar en sus ojos una lucecita de curiosidad que tranquilizó a mi conciencia.

El libro estaba sobre la mesa. Lo tomó con cuidado, como si temiera que al contacto de sus manos se transformara en polvo. Lo observó por todos lados y lo abrió por el centro.

—Dame una copa y una silla —dijo.

Me apresuré a complacerle en ambas cosas. Se bebió el licor de un trago y después permaneció unos instantes reflexivo.

—Conozco un buen especialista en lenguas muertas y exóticas —dijo luego—. Si él no puede traducirlo, no lo hará nadie. Tiene a su cargo el mejor traductor electrónico del mundo.

—Eso pensé —respondí tímidamente—. Recordé que me habías hablado de él. Pero me bastaría saber el origen de este ejemplar. Le he... ¡hum! Le he calculado no menos de quinientos años... ¡Sí, no te asombres!

—¡Pero, hombre, hasta un colegial podría decirte que este libro no puede pertenecer a la Edad Media! La invención de la imprenta...

—Un momento, por favor —le interrumpí—. Si no se tratara de algo extraordinario, te habría dejado tranquilo con tus dulces sueños. Parece que estamos hablando de algo imposible. Pero tú, como paleontólogo, debes saber que la verdad tiene a veces tantas caras que la verdadera queda oculta por la sombra de las falsas. También sabes que algunas invenciones modernas no son más que repeticiones de otras más remotas que cayeron en el olvido. Además, en este caso hay ciertos indicios que no tienen explicación posible, a menos que admitamos que sabemos muy poco del pasado. Este libro no pudo ser impreso hace más de quinientos años. Sin embargo, yo sé que los tiene. Por eso he pensado en ti. En la Universidad cuentas con medios para calcular con la máxima precisión la edad de este papel...

—Sí, siempre que pase de los cien años.

—Bien, sólo te pido que lo hagas.

—Desde luego —asintió. Se metió el libro en el bolsillo y se dirigió a la puerta—. Te avisaré en cuanto obtenga los primeros resultados.

—¿Cuándo?

—No sé... Tal vez mañana.

Tardó varios días en hacerlo. Entretanto, me fue completamente imposible localizarle, aunque en una ocasión incluso fui en su busca a la Universidad, donde tuvo la desfachatez de negarse a recibirme. Creo que jamás he tenido tantos deseos de asesinar a una persona.

Por fin, cuando la ansiedad estaba a punto de matarme, una tarde sonó el teléfono de mi despacho.

—Soy yo, Gabriel —me respondió una voz cansada.

Una sarta de maldiciones se me hizo una bola en la boca, pero conseguí tragármela y sólo exclamé:

—¡Tú! Gracias a ti he logrado planear varias formas del crimen perfecto. ¿Qué diablos te has propuesto?

—Perdona, pero esto requerirá una larga explicación. Tu libro ha resultado ser mucho más asombroso de lo que imaginas.

—¿Contiene el auténtico secreto de la piedra filosofal?

Esta pregunta la hice muy seriamente. En mi mente se habían alojado toda clase de fantasmas que danzaban en la cueva de un alquimista, y que luego se convertían en brujos medievales haciendo pócimas milagrosas, mientras sus dedos descarnados recorrían las líneas de un libro gigantesco. Creo que el mismo Gabriel me había obligado a pensar en todo esto. Su misterioso silencio, mientras imaginaba a mi adorado libro bajo la observación de sus ojos científicos, me había sumido por unos días interminables en un mundo irreal y fantástico, donde todo era posible. Lo veía desgarrando el velo de ocultos secretos que cambiarían la faz del mundo.

—Se trata de algo mucho mejor —respondió, enigmático, a mi pregunta.

—Es un libro de brujería, ¿verdad?

—Será mejor que nos veamos.

—¡Pero dime algo!

—Espérame ahí.

Ignoro si tardó mucho tiempo, porque mi reloj parecía haberse detenido. Cuando Gabriel llegó comprendí que llevaba varios días en la misma situación. Sus ojos estaban enrojecidos y habían perdido el brillo. Tenía el rostro demacrado y las mejillas hundidas. A pesar del cansancio físico que sin duda le tenía agotado, su sistema nervioso debía de estar haciendo milagros para mantenerle en pie.

—Tenías razón —dijo. Su voz sonaba como un susurro—. Tiene más de quinientos años.

Creo que solté una exclamación de triunfo. Pero yo esperaba algo más.

—¿Qué otras cosas has descubierto?

Su mismo cansancio le impedía darse cuenta de la ansiedad que me devoraba. Dejó con parsimonia el libro sobre la mesa, pero siguió mirándolo fascinado, o quizá sin fuerzas para mover sus ojos en otra dirección.

—Lo he sometido a todas las pruebas imaginables —dijo después de sentarse—. No cabe la menor duda de su edad...

—Sí, pero debe de haber algo más —le acucié.

Por fin movió los ojos para mirarme, pero dudo de que me estuviera viendo.

—¿Recuerdas lo que me dijiste acerca de la verdad oculta del pasado? —dijo—. Tenías razón. Lo ignoramos casi todo. Empecé por encontrar algo que al principio no pude creer: la calidad del papel de este libro no solamente era desconocida hace quinientos años, sino que "también lo es hoy". La tinta empleada contiene algunas sustancias igualmente desconocidas.

Todo esto no me asombró lo más mínimo. En realidad lo único que me tenía obsesionado era el contenido de aquellas páginas enigmáticas, donde presentía un secreto terrible. Sin embargo, hice un esfuerzo por seguir hasta el final el camino que Gabriel había elegido para sus explicaciones.

—¿Quieres decir que este ejemplar... procede de una civilización desconocida?

—También lo pensé..., pero no era posible que existiera una civilización hace solamente quinientos años que no dejara más vestigio que ese libro. No, amigo mío.

—¿Entonces?

—Parte de mi tiempo lo he empleado en hacer ciertas investigaciones. Al llegar a este punto comprendí que no podía detenerme ninguna idea, por disparatada que me pareciera. Todavía no sé cómo pude lograrlo, pero conseguí meter las narices en el Archivo Histórico... Ya sabes, todo cuanto se guarda allí se mantiene bajo mil llaves de contacto molecular, en unas condiciones de esterilización perfectas. Se conservan algunos documentos que se remontan a los comienzos de la historia de casi todos los pueblos. Y allí encontré algo que me dio una pista.

Mi ansiedad crecía como la presión del vapor de una caldera sometida a una temperatura creciente. Y también me imaginé capaz de estallar. No obstante, esperé que Gabriel prosiguiera.

—Hemos de trasladarnos a la Edad Media, donde historia, fábula y brujería se mezclan en una confusión donde es muy difícil encontrar una pequeña verdad indiscutible. Existe una leyenda medieval... —Hizo un esfuerzo por recordar detalles—. ¡Oh, he olvidado ahora la época exacta! Fue preciso hacer una fotocopia del documento manuscrito y someterlo al traductor electrónico... No fue fácil, pues le faltan muchos fragmentos. Creo que te hablé del traductor electrónico, ¿no?

No creo que lo hiciera a propósito, pero llegué al límite de mi resistencia emocional.

—¡Sigue!

—Bueno, en resumen, se pudieron aclarar algunas cosas. Un cuerpo, algo así como una nave envuelta en llamas, cayó del cielo, con una gran explosión. Según la leyenda fue una estrella, pero hemos de darle una interpretación, claro. Se encontraron algunos objetos extraños, entre ellos un libro que escapó a la destrucción por hallarse protegido en una caja metálica... Aquel libro producía la muerte a sus poseedores, pero no podía ser destruido, porque ello traería la destrucción del mundo. Verdades y supersticiones, muertes tal vez atribuidas al diablo y que pudieron ser consecuencia de una contaminación de origen radiactivo, todo está envuelto en nubes traslúcidas, pero entre las cuales parece asomarse la verdad. Había muchas otras cosas que no recuerdo... Sí, trozos carbonizados de seres vivos...

Me levanté de un salto.

—¿Y tú supones que ese..., ese libro es el que encontramos? ¿Dónde termina la historia y empieza la leyenda, Gabriel? ¿Ese libro, entonces, procede de otro mundo?

—Así es...

—Pero eso es una revelación, eso significa...

—Eso significa muchas cosas, amigo mío. No existe otra explicación. También coinciden ciertas descripciones. Es imposible el error. Además, los resultados obtenidos en el laboratorio indican claramente que algunas de las materias utilizadas son absolutamente desconocidas para nosotros. La radiactividad ha desaparecido, pero gran parte de sus deterioros son debidos a ella. Añade a esto su indudable antigüedad, y otra cosa muy significativa: está redactado en una lengua indescifrable. Ese es el tesoro que tienes. Un libro de otro mundo. Se han sacado fotocopias de las páginas mejor conservadas para someterlas al traductor electrónico. Espero que dentro de pocos días obtengamos la primera información.

Me pareció haber estado sumido en un sueño irreal. De pronto me di cuenta de que Gabriel se había marchado. Pero el libro misterioso estaba allí. Lo tomé con cuidado exquisito entre mis manos y lo abrí por una página cualquiera, donde miles de signos, como negros insectos burlones, bailaban ante mis ojos. ¿Qué secreto de otro mundo ocultaban? ¿Algún brujo había logrado alguna vez descifrarlo? ¿Tal vez aquel que lo encontró entre los restos de la nave destruida?

Y el secreto al fin me fue revelado.

Gabriel me invitó algún tiempo después a asistir al gran descubrimiento.

Ante el traductor electrónico me hubiera quedado vivamente impresionado en otra ocasión, pero entonces había algo más grande para mí que el interés que pudiera brindarme toda la delicada complejidad de aquella máquina fabulosa.

—Al principio, incluso el traductor falló —comenzó a explicarme Gabriel, con una serenidad nueva e increíble. Hasta estoy seguro de que su rostro resplandecía—. Pero pronto encontramos una pista.

—¿Está todo traducido?

—No es preciso hacerlo. Ahora cada uno de los signos tiene una claridad radiante.

—No comprendo...

—Comprenderás en seguida.

Me mostró a la transparencia una de las fotocopias, que representaba una página entera. Para una mayor claridad de observación la colocó en un proyector, y la imagen apareció en la pantalla plástica en sus dimensiones normales.

—Las páginas fueron sometidas al azar al traductor, sin resultado al principio. Pero de pronto surgió lo maravilloso. Esta máquina extraordinaria no solamente interpreta el lenguaje escrito, sino también el fonético.

—Es decir, que también "habla"...

—Milagros de la técnica... Bien, al fin consiguió traducir, mejor dicho, "leer" un sonido, una palabra... Mi nombre.

—¿Qué?

—Sí, dijo "Gabriel". ¿Comprendes?

—Nada.

—¡La máquina había encontrado el punto de arranque para la traducción total! Es como el principio de un rompecabezas.

—¡Pero eso es imposible! ¡Si el libro procede de un mundo remoto, perdido en el espacio...!

—¡Esa es la clave! —exclamó Gabriel súbitamente excitado.

Confieso que en aquel momento, para mí, la oscuridad se hizo mucho mayor. En un cúmulo de contradicciones es imposible divisar una luz. Para mí, todo se desmoronaba.

—Entonces recordé —siguió Gabriel—: ¿qué podía significar la coincidencia de un nombre entre dos mundos separados no solamente por el tiempo, sino tal vez por centenares de años luz?

—No encuentro respuesta.

—Mi querido amigo, Gabriel no es un nombre inventado por los hombres... Recuerda: "Yo soy Gabriel, que asisto ante Dios y he sido enviado para hablarte y comunicarte esta buena nueva"... Gabriel es el ángel anunciador del Dios Creador de todos los Universos...

—¡Dios mío! ¡Una Biblia!

La voz de Gabriel fue para mí como si oyera al ángel divino.

—Sí, una Biblia impresa hace quinientos años por unos hombres que encontraron la forma de viajar hacia las estrellas, aunque jamás volvieron, ignoramos por qué causa, y quizá lo ignoremos siempre. Tal vez su misma civilización les destruyó; aquella civilización que llamaba Yahvé al Creador y a su mundo Tierra...