II

...Ya de viaje...

Marx anotó los datos registrados por la computadora de control general, y cuando se hubo cerciorado de que todo lo había trascrito cerró el cuaderno y lo soltó displicentemente sobre el cuadro de mandos a la vez que bostezaba de hastío. Juan Smith y Antonio Laviñé, a la derecha, se habían quedado dormidos en sus puestos de copilotaje. No podía considerarse un gesto de indisciplina porque en tal tramo del trayecto interestelar muchas cosas eran justificables. En el espacio se hacía necesario comprender desde otros puntos de vista. Además, hasta un amplio extremo, valía despreocuparse, pues la nave se desplazaba por autonomía. En realidad era más difícil idear algunas distracciones, aptas para vivir en aquella fortaleza llena de instalaciones electrónicas, entre las que se permanecía mucho tiempo a pesar de los trescientos mil kilómetros por segundo de velocidad, que vigilar y conducir.

El catorce de mayo, a los seis meses de haber abandonado la Tierra, cuando la mayor parte de la tripulación estaba viendo el pensamientomatógrafo, mientras sólo tres hombres permanecían en la guardia de rigor, el repentino aullido de alarma lanzado por los alertadores de proa obligó a que se ocupara con premura el puesto correspondiente. Era aún la alarma por algo que podría ocurrir, pero mejor es precaver que curar, sobre todo cuando no se sabe la clase de accidente que puede alcanzarnos, y menos aún su remedio. Es un tipo de conciencia, vital para subsistir donde cualquier mota es capaz de traer una hecatombe. Desde luego, los peligros extraterrestres eran menores que los pensados durante los primeros tiempos de rienda suelta a la imaginación, de la misma manera que ocurrió frente al océano cuando el hombre era un torpe bípedo temeroso en las cavernas de su propia ignorancia. Los riesgos y los dolores son peor de oídos y meditados que de pasados. No obstante, a pesar de la historia y de los refranes, seguían existiendo imprevistos problemas.

Marx Kasabubu miraba con ansiedad la clave electrónica emitida por la maquinaria pensante. Sobre el tablero luminoso las señales irregulares no permitían una conclusión como para reaccionar y decidir con lógica. Ante la incertidumbre y por lo que pudiera suceder, detuvieron progresivamente la marcha hasta alcanzar el cero, desde donde agudizaron las observaciones. A proa lo causante de la alarma continuaba fantasmal, tan grande como la cola de un cometa. A la orden el transporte prosiguió hacia aquello que los registradores autónomos describían como a una sutil masa fría, de constitución complicada.

La ruta no era nueva, por esto asombraba más tropezarse con variaciones. Muchas veces habían pasado junto a inexplicables cuestiones o a través de ellas, pero estaban clasificadas. Lo imprevisto se acogía con precaución y con alegría, porque traía una mota de color en la fría regularidad del itinerario.

Igual que un buque adentrándose en la bruma, el astronavío fue incorporando su masa a la rara inconsistencia. De pronto un chirrido, un burbujeo, un sonido que ponía los pelos de punta invadió todo el ámbito.

—¡Atrás!, ¡atrás! —gritó Marx Kasabubu, dejándose llevar por ese oculto impulso de reacción ante lo desconocido que a menudo brota, y por la serie de imágenes asociadas al extraño ruido que nacieron en su mente.