II
Comenzaron a llegar como un río que no se puede frenar, como un plasma gris eruptivo. Miles y miles de Intermedios, hombres y mujeres.
—¡Igualdad! ¡Igualdad! ¡Igualdad! —rugía el desbordamiento con una voz monótona, machacona y enervante, todos convergiendo hacia el edificio de Gobernación y Control. La masa se convertía cada vez en más sólida. Era como un extralimitado Kraken creándose a sí mismo.
—¡Igualdad! ¡Igualdad! ¡Igualdad! —Y tomaban asiento formando circunferencias concéntricas, sólidas, soldadas, con el centro común de la construcción de piedra, donde padecía el símbolo de los Intermedios bajo la presa del tigre resentido, con alas de mariposa y capa de armiño, que era Andrés Castaño.
El tráfico quedó interrumpido; más bien engullido por aquel protestante y exigente pulpo de carne humana que entre los gases urticantes esparcidos desde neumoplataformas se replegaba psíquicamente consiguiendo no sentir, y entre los lacrimógenos retenía indefinidamente la respiración para no toser, y sus ojos parecían vitrificarse, demostrando de pronto efectividad colectiva y lo mucho que se habían menospreciado aquellas cualidades consideradas habilidades circenses de seres experimentales.
A la vista de que la manifestación se extendía como una incontrolable ameba, la orden fue tajante.
—¡El ejército! ¡Que traigan al ejército!
Un anillo de caucho, acero y hombres, surgió desde los cuarteles periféricos hacia la urbe, rodeando a los Intermedios concentrados, inmóviles, enlazados brazo con brazo, codo con codo.
Desde los cuatro puntos cardinales los jefes militares se afanaban en vano por hacerse oír gritando, megáfono en mano, perentorias órdenes de evacuación, y barruntos de sanciones como sablazos de inquina. La respuesta era siempre la misma.
—¡Igualdad! ¡Igualdad! ¡Igualdad!
Vibraba en el aire, con ala de oración o frase de rito durante una conjuración. Casi parecía haberse hecho sólida nube de tormenta. Con el cerco, no pudo continuar creciendo, pero su espíritu se hizo más fuerte.
Los tanques avanzaron para intimidar. La tropa, con la bayoneta calada, y los cañones como índices de la muerte, señalaban desde las colinas adyacentes.
Los militares comprendían que todo aquello, si no se hacía efectivo, era un inútil alarde de fuerza. Pero los dirigentes temían dar el paso violento, que en otros tiempos ya hubieran puesto en el andar, porque el país pasaba por una brutal crisis político-económica, sólo salvable si conseguían convencer al exterior de que realmente se obraba dentro de los valores humanos juzgados respetables.
Después de extensas deliberaciones secretas se decidió hacer un juicio al detenido, responsabilizarle de los hechos y dar con él un escarmiento...