III — EL SUBLIME METAL

A la tarde siguiente volvieron a reunirse en el Club de Inventores nuestros amigos, los conocidos escritores de investigación nuclear y materias atómicas Clemente Soria, Anson MacDonald, Nat Schachner, David H. Keller, Malcolm Jameson, Q. Patrick y un grupo de admiradores que siempre acudía a oírlos en esta singular tertulia.

—Bueno —habló el eminente ingeniero español, después de haber escuchado anoche el maravilloso relato de nuestro amigo MacDonald—, ahora le toca a usted. Mr. Schachner, el amenizarnos con sus experiencias en torno a los nuevos metales.

—No es mucho lo que yo pueda decir sobre el tema —repuso modestamente el aludido—, ni abrigo la esperanza de que se me crea; pero de todas formas accedo gustoso a ello.

Se retreparon cómodamente en las butacas aquellos hombres, teniendo a su alcance las copas y las pitilleras, y empezó así Nat su narración:

—El crepúsculo tendió su manto protector aquel día sobre la rugiente vida de Nueva York. Por un instante, se produjo el silencio, tal y como lo tenía decretado la naturaleza. En seguida la gigantesca ciudad acentuó retadoramente la tensión de sus músculos, aceleró el precipitado ritmo de su existencia...

Pequeñas luces parpadeaban sobre las masas urbanas cuando el Abogado, el comisionista y el hombre de negocios sacudían sus ya cansadas energías para renovar su esfuerzo. Las calles, encañonadas entre edificios de enorme altura, se orlaban con largos collares publicitarios. Broadway se convertía así en un incandescente tablero con extrañas figuras mecánicas que pregonaban desde las fachadas las virtudes de toda clase de productos industriales, baratos y lujosos. Los gerentes de las compañías de electricidad contemplaban entonces los gastos, cada vez mayores, registrados en sus centrales de distribución y debían sentirse plenamente satisfechos del negocio.

Y lo estaban, ciertamente, excepto por una sola cosa: por la amenaza que suponía el edificio Coulting. Era algo singular, digno de ser inserto en una versión actual de "Las mil y una noches".

Sin embargo, tal construcción, no terminada aún, debiera haber alegrado el espíritu comercial de los directores y accionistas de las grandes empresas productoras de energía eléctrica. Tenía el edificio en cuestión una altura de ciento cincuenta pisos, dividido en innumerables oficinas y estancias comerciales; podía albergar más de cincuenta mil empleados y era relativamente fácil calcular el consumo de kilovatios hora anuales. Teniendo en cuenta lo rápidamente que oscurece en invierno, el número habitual de días nublados y lluviosos, la ambición de dinero que obliga a trabajar en las oficinas hasta bien entrada la noche, el porcentaje usual de patronos que tienen a sus bonitas mecanógrafas tecleando horas extraordinarias, la afición al póquer en los mismos despachos y todas esas cosas distraídas que se les disfrazan a las confiadas esposas con la peculiar explicación de "importantes reuniones de accionistas" y de Consejos de Administración, lo demás era cuestión de matemáticas.

Pero —y ahí estaba el busilis— en este caso las matemáticas sobraban. Excepto por el insignificante amperaje requerido para el funcionamiento de los ascensores, aspiradores, etcétera, nada importaba allí que la electricidad no se hubiese descubierto. Por ello fue precisamente por lo que el edificio Coulton causó tal sensación, lo mismo en el mundo práctico que en el científico. Los autobuses de turistas llegaban allí repletos de damas burguesas de Keokuk; de maestras de escuela, que no se atreverían a mostrar su excitación, procedentes de Walla Walla; de aburridos compradores de ropas hechas, llegados de Texas, y las inevitables parejas en viaje de luna de miel, que iban Dios sabe dónde, daban una vuelta especial por el lado sur del Parque Central hasta Coulton, y los guías, fatigados, aspiraban profundamente antes de llevarse el megáfono a los labios.

Una noche, el propio Thomas Coulton formaba la figura principal de un grupo congregado ante su ya universalmente famoso edificio. Re erguía sobre la insistente muchedumbre de periodistas, casi lo mismo que el edificio Coulton dominaba y empequeñecía a sus vecinos. Era un hombre grandote, de cuerpo y cabeza toscos, hablaba con voz fuerte, imbuido de los millones de dólares que figuraban en sus cuentas corrientes y en sus negocios, todo herencia de su padre.

En nada se parecía Coulton a la estampa habitual de un físico famoso —ya conocen ustedes el tipo: pálido, delgado, ascético, con ojos que arden al contacto de la llama científica—, ni tampoco a su ayudante, Harley Dean, que permanecía de pie entre el bullicioso y ávido grupo de reporteros con cuartillas y lapiceros en las manos.

Harley Dean hubiese podido pasar inadvertido entre los invitados jóvenes a una fiesta de sociedad; ciertamente, le sentarían bien el traje de franela y la raqueta de tenis en un partido de fin de semana en Long Island. Sin embargo, Dean era el verdadero descubridor del Evanio n° 93 en la escala de elementos. Fue también él quien lo mezcló con otros elementos conocidos para hacer posible el edificio Coulton.

No obstante, por cada persona que conociese el nombre de Harley Dean, había millares que sabían el de Thomas Coulton. Fueron sus laboratorios, espléndidamente equipados, y sus enormes recursos financieros los que dieron al sabio Dean la oportunidad de proseguir sus audaces experimentos. El colosal egoísmo de Coulton y su vanidad de ser conocido como hombre de ciencia, además de multimillonario, fue lo que le convirtieron ostensiblemente en Jefe del Laboratorio experimental, dando al mundo científico la impresión de que él, Thomas Coulton, era el único padre y descubridor del Evanio y sus aleaciones.

Mr. Harley Dean permanecía en la penumbra, sin importarle mucho. Tal ha sido, no pocas veces, el destino de los verdaderos genios, desde que los ricos se dedicaron a las Ciencias y a las Artes por presumir. Se sonreía irónicamente al escuchar las resonantes frases de Coulton, dictadas por Dean y que tanto lucían luego en las páginas de los grandes diarios y de las revistas especializadas; pero continuaba en su cotidiana labor con el mismo entusiasmo de siempre.

Empero, ahora no se sonreía. Estaba francamente preocupado. Vagos temores le asaltaban, presentimientos que se cernían más y más conforme pasaban los días y la tremenda empresa tocaba a su fin. No obstante, todo parecía marchar bien y no haber base alguna para su inquietud y preocupación, a no ser ese exceso de cautela del verdadero investigador científico, que siempre cree no poseer todavía datos suficientes que justifiquen la llegada a definitivas conclusiones.

Coulton se rió de los escrúpulos de Harley y activó sus planes sobre el maravilloso edificio, tan rápidamente como pudiesen hacerlo sus ingenieros y arquitectos.

Su optimismo era tan grande como su cuerpo; Dean era un trabajador incansable, siempre con la nariz metida en su labor; al paso que él, Coulton, tomaba decisiones instantáneas y pintaba su prisa con tremendas pinceladas sobre gigantescos planos.

—Lo que necesita, muchacho —le dijo a Dean con amistoso énfasis—, es visión de los negocios. Si señor, Visión con letras mayúsculas. Si le escuchase a usted, el mundo permanecería inmóvil. Deseche sus inocentes escrúpulos. Así jamás se haría nada. Pero, hombre, ¡si hemos ensayado y probado la maldita aleación durante más de un mes! ¿Qué más quiere usted?, ¿que dure un milenio? A no ser —añadió riendo— que posea usted acciones de cualquier Compañía de electricidad o del Trust del acero y sea eso lo que le pone nervioso. Yo sigo adelante. ¡Sin demora alguna!

El plural, al hablar de ensayos y pruebas, era puramente eufemístico. Todo lo que Coulton hacía era visitar el Laboratorio una hora o dos todos los días, eso si otros quehaceres se lo permitían, y en tan corto tiempo se las arreglaba para romper costosos aparatos, estropear importantes y delicados experimentos. En términos generales, ponía a prueba la paciencia de Harley Dean.

Esa tarde su voz se elevaba vanidosamente en el aire crepuscular.

Estaba en su elemento: hablar con ampulosas frases a los reporteros. Irritó con ello a Dean por primera vez. Su sentido del humor era insuficiente para aguantar a su Jefe esa noche. Quizá porque se sentía fatigado; o bien, porque la sombra del titánico edificio casi terminado ya llenaba sus sueños de pesadillas agoreras.

—¡Miradlo! —decíales Coulton a los periodistas con gesto grandilocuente—: es lo más hermoso que el mundo ha visto jamás. Las siete Maravillas condensadas en una... Y algunas más que los griegos no pudieron incluir en la cuenta. Los reporteros alargaban el cuello y alzaron los ojos. Era en verdad una vista fantástica. La gran estructura de evanio se elevaba rectamente mil quinientos pies en el espacio; sus suaves y relucientes flancos metálicos, llenos de gracia y de belleza, daban, sin embargo, una impresión de tremenda resistencia. Suponía aquello una innovación enteramente metálica. Mas el milagro que suscitaba entrecortadas exclamaciones de admiración, tanto por parte de los pueblerinos forasteros como entre los científicos curiosos, era la extraña luminiscencia de ese metal recién inventado. En aquel momento, el crepúsculo declinaba tornándose en tinieblas. Nueva York parecía un cepillo de desiguales y luminosas púas destacándose sobre un horizonte azulesco. El edificio Coulton no necesitaba luz ajena. Brillaba con fuego innato; irradiaba suavidad pura y blanca, fuerte como el sol del mediodía, aunque sin cegadores reflejos ni molestas refracciones. Lo mismo dentro que fuera del edificio, las paredes metálicas convertían en plena luz solar a las vencidas tinieblas nocturnas.

¡Un palacio de hadas que se eleva al espacio! El ruido de los martillos se filtraba hacia abajo desde los pisos últimos. Se daban los toques finales a la gigantesca estructura de un metal transparente hasta entonces desconocido. Faltaba una semana tan sólo para el primero de octubre, echa de la inauguración del portentoso edificio.

—Señores —seguía diciendo Coulton con su potente voz de millonario—, permítanme que les dé un consejo: vendan como puedan sus acciones eléctricas. La iluminación artificial ha quedado con mi sistema tan anticuada como las bujías y los quinqués de petróleo. Dentro de cinco años, todo nuevo edificio de los Estados Unidos, y aun del mundo entero, estará hecho de Coultonita.

—Acaso nos permita usted participar en sus negocios, Mr. Coulton —dijo riendo un periodista—, tengo un par de centenares de dólares que quisiera invertir provechosamente.

Coulton desplegó su amplia sonrisa y meneó la cabeza:

—Lo siento, muchachos, pero utilizo mis propios medios. Como sabéis —dijo con tono confidencial y humorístico—, yo también poseo algunos cochinos ahorrillos. —Y lanzó una sonora carcajada, riéndose de su propio ingenio. Los demás, contagiados, le hicieron coro.

—¿No le importa repetir la historia de su descubrimiento, Mr. Coulton? —preguntó un reportero de nariz larga y ganchuda, prueba étnica de su origen hebreo.

—¡De ningún modo! ¡De ningún modo! —La voz del millonario se hizo importante—: Perseguía yo este invento desde hace algún tiempo. Me obsesionaba. Y luego, un día cualquiera, después de meses y meses de penosa labor... ¡Eureka! ¡El éxito coronando mi esfuerzo y mis vigilias! —Miró a todos como un pavo real y continuó—: Ante nuestros excitados ojos, cuidadosamente encerrado en el vacío, había un elemento sólido, verde oscuro, escamoso. Un nuevo elemento: el número 93 de la escala científica, que jamás habían visto; o manejado los seres humanos. Una nueva creación, un tributo —tosió con falsa modestia— al trabajo persistente y continuado, y si se me permite añadir, sin que parezca petulancia, a un ligero toque de...

—¡De genio! —completó alguien. Coulton se echó a reír:

—No iba a emplear exactamente esa palabra. De todos modos, apenas habíamos recreado nuestros ojos en la aparición milagrosa cuando se desvaneció. En su lugar quedó cierto gas. Ensayamos éste y hallamos que era uranio X. Una y otra vez preparamos con fórmulas adecuadas nuestro nuevo elemento; éste siempre desaparecía y resultaba el uranio X. Por lo tanto, le llamamos Evanion, porque era tan... Bueno, para que lo entiendan ustedes diremos que lo llamamos Evanion porque es evanescente. Es apropiado, ¿verdad? Todos sonrieron admirando al gran inventor y le felicitaron.

Alguien le preguntó:

—¿Cuánto tiempo duró el Evanio antes de cambiar?

—Bueno... Veamos..., incidentalmente... ¡Mr. Dean! —gritó por encima de las cabezas de sus interlocutores—. ¿Recuerda usted por casualidad el número exacto de horas?

—Treinta y cinco y tres décimas de segundo —replicó Dean sin titubear desde fuera del corro.

El permanente fulgor del edificio hacía visible una sombra de amargura en los ojos del sabio, huella que quedó prontamente disimulada por Harley.

—Es mi auxiliar —explicó Coulton a los reporteros—. Un gran hombre para los detalles. Bueno, como les decía, era difícil hacerse con un elemento que, por decirlo así, no se detenía siquiera para que entablásemos amistad. Por lo tanto, hicimos experimentos. Ensayamos combinaciones con otros elementos más familiares; formamos aleaciones. Así fue como descubrimos la Coultonita. Es una aleación de Evanio con titanio y berilio, en proporciones determinadas y secretas por ahora. Perdonen la sinceridad con que les hablo; naturalmente, la fórmula debe continuar siendo nuestro secreto. Comprendan ustedes las razones que tengo para ello; no soy un romántico...

Los periodistas asintieron, haciendo con la cabeza gestos afirmativos. Coulton era un hombre de negocios, además de un gran físico. Y no se ocupaba de negocios por mera distracción.

—Sí, señor —prosiguió el millonario—. Sometí a pruebas esta extraña aleación durante más de un mes, antes de decidirme a construir el edificio Coulton. Respondió a todas las pruebas. Muchachos, pueden afirmar que no existe hoy nada comparable en todo el universo. Es el metal ideal, perfecto para cualquier uso que pueda concebirse, véanlo. Es más ligero que el aluminio; su fortaleza tensil es..., es de...

—Un millón doscientas treinta mil libras por pulgada cuadrada —dijo Dean—, sacándolo del atolladero.

—¡Exactamente! Es más duro que el diamante; sin embargo, extremadamente maleable, no es corrosivo; su punto de fusión es elevado y su módulo de elasticidad de Young es de..., vamos a ver...

—Setenta y cuatro millones —completó Harley fatigado del charlatán engreído.

Coulton se dio cuenta de ello y quiso terminar:

—Y ahí tienen ustedes, muchachos. ¡La Coultonita! ¡El mayor descubrimiento de todas las edades!

Los reporteros se marcharon a sus redacciones. Dean aguardó hasta que se fueron todos y entonces dijo:

—Mire usted, Mr. Coulton, no puedo quitarme de la cabeza la idea de que algo grave va a suceder. Estamos tratando con fuerzas desconocidas; con un elemento que no existía hasta que nosotros lo creamos. Más aún, con un elemento que se desvanece ante nuestros propios ojos. Debió usted haber aguardado hasta que se hubiesen hecho más pruebas con la aleación, hasta que nuestro invento estuviese sometido al paso del tiempo, hasta que...

La frente de Coulton se oscureció:

—¿Otra vez vuelve usted a sus absurdas teorías? —dijo colérico—. En nombre del cielo, ¡estoy ya cansado y harto de sus jeremiadas! Le pago con muy buen dinero para que trabaje para mí y no quiero oír quejas ni tonterías. La responsabilidad de lo que pueda suceder es mía. Tranquilícese.

Dean se puso encarnado. Sus labios se apretaron; su noble fisonomía se contrajo en rígidas líneas.

El millonario reconoció señales de tempestad en el rostro del sabio y recogió velas. Necesitaba a Dean. Sin él, toda la estructura de su pretendida eminencia científica se derrumbaría inmediatamente.

—Bueno —se apresuró a decir—. No quise decir nada ofensivo para usted. Pero, por amor del cielo, usted es mi amigo, usted trabajó muchísimo haciendo pruebas y experimentos antes de que yo me decidiese a levantar este edificio, ¿no es así?

—Desde luego; pero...

—La aleación respondió a todas las pruebas hechas y se mostró estable como una roca, ¿no es cierto? Conteste.

—Exactamente; mas...

—Entonces, ¿por qué preocuparse? Como quiera que sea, es ya demasiado tarde; de todos modos el edificio está levantado, acabado, a punto de ser inaugurado.

Dean reconocía en su fuero interno que sus temores no se basaban en nada concreto, que carecía tal vez de fundamento. No obstante, exclamó:

—Por lo menos, Mr. Coulton, haga usted una cosa: deje el edificio por un plazo de, digamos, seis meses. Para entonces, si todo sigue bien, sabremos que la aleación es sólida y estable. Entonces puede usted continuar con toda confianza el resto de sus planes.

Coulton le miró fijamente, después echó la cabeza hacia atrás y rugió:

—¡Vacío durante seis meses! —Su voz quedó entrecortada por la risa y hasta las lágrimas le resbalaron por las sonrosadas mejillas—. Esto es lo más original que he oído desde hace años: una inversión de diez millones de dólares, en dinero contante y sonante, que se consuma en impuestos e intereses sin producir nada, sólo porque el joven Harley Dean se siente demasiado cauto con respecto a un resultado científico. —Meneó la cabeza compasivamente—: Reconozco que puede usted ser un físico excelente, Dean; pero es un pésimo hombre de negocios. Este edificio mío es un éxito completo, y está alquilado desde el tejado a los sótanos, a rentas elevadísimas, a partir del primero de octubre. Y usted quiere que yo... Vamos... La risa volvió a contorsionarle la cara y el cuerpo entero.

Era verdad lo que el millonario afirmaba, todas las empresas del mundo querían alquilar el edificio Coulton. Los nombres de carrera: abogados, médicos, ingenieros, arquitectos, etcétera, las grandes corporaciones y los círculos sociales; lo mismo las empresas serias que los almacenes improvisados que trafican con dudosas mercancías, ambicionaban el cachet que habría de darles una dirección universalmente famosa. Pero los agentes encargados de alquilar el Coulton se frotaban las manos con júbilo, y como tenían donde escoger rechazaban de plano toda petición que no fuera avalada con la clasificación A en los anuarios comerciales de Dun y de Bradatreet. Aun así, la lista de aspirantes formaba colas interminables.

El primero de octubre comenzó el jaleo. Desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, los camiones de transporte formaban convoyes que dificultaban el tráfico ante las entradas especiales de los servicios. Los muebles relucientes y los nuevos equipos de oficina se iban volcando allí, en ininterrumpida corriente. Hubo que formar cordones policíacos urbanos para apartar a los curiosos.

La inauguración de la magnífica estructura estuvo rodeada de gran boato. Los ingenieros famosos se mezclaban allí con los banqueros y los elementos oficiales. El Gobernador del Estado y el Alcalde de Nueva York entraron del brazo y pronunciaron discursos de circunstancias, elogiando a Thomas Coulton, sus conocimientos, su ciencia, su iniciativa, su civismo, su amplitud de visión, su riqueza; alabaron a su padre y a su abuelo, hasta el punto que Harley Dean, metido entre un grupo de científicos poco importantes, casi sintió náuseas. Doctas corporaciones enviaron delegados y otorgaron medallas, las cámaras cinematográficas funcionaron continuamente y las cintas magnetofónicas recogieron todos los discursos allí pronunciados.

Solamente los representantes de las Compañías que suministran energía y los del trust del acero brillaron por su ausencia.

Pasó el primero de octubre, como deben pasar todos los días. Pasaron también los meses de octubre, noviembre y diciembre. Nada sucedió; es decir, nada que justificase las advertencias pesimistas de Dean.

El edificio Coulton fue un éxito aún mayor del que se había esperado. Los inquilinos se extasiaban con la luz clara y difusa que emanaba de las paredes. Jamás cambiaba; no tenía los inconvenientes usuales de fusibles quemados, bombillas fundidas, cables con exceso de cargas. Distribuida su luz, tan suave para la vista, por igual a través de las estancias y el metal plateado o mate se prestaba a lujosos y artísticos efectos decorativos.

Los negocios aumentaban y la prosperidad sonreía a los inquilinos. Ser ocupante del edificio Coulton era una marca de distinción, algo selecto que se destacaba de las empresas corrientes. Los clientes importantes y los parroquianos ricos iban a esas oficinas y comercios, primero para ver con sus propios ojos las tan ponderadas maravillas; pero al mismo tiempo hacían gran número de encargos y de pedidos, de transacciones y asuntos de todas clases, quedándose a comer en sus restaurantes y a divertirse en sus salas de espectáculos.

Todo el mundo se sentía feliz, pero Coulton más que nadie. De tan hinchado, flotaba en el aire; llevaba las medallas y condecoraciones, otorgadas por entidades científicas y gobiernos extranjeros, en su chaqueta de smoking. Soñaba y se veía ya como dictador financiero del mundo.

Porque a la luz del tremendo éxito que su primera aventura, cartas, mensajes telefónico?, cablegramas y radios le llovían, en ininterrumpida catarata, del mundo entero, pidiendo toneladas y más toneladas de la milagrosa Coultonita. El antaño poderoso trust del acero capituló y envió emisarios para buscar una fórmula de arreglo. Los Gobiernos europeos hicieron febriles pesquisas científicas. Hasta la lejana Mongolia y la remota Patagonia se hallaban representadas en el torrente de encargos, lo que suponía lo universal del triunfo.

Coulton perdió la cabeza. Vendió sus otras inversiones de capital; transfirió absolutamente todo lo que poseía —excepto el edificio, por supuesto— en dinero disponible. Inmensas fábricas surgieron como hongos sobre las planicies de Nueva Jersey; sus agentes se lanzaron por el mundo en busca de minas y arriendos, tratando de adquirir o contratar todos los depósitos conocidos de titanio y berilio. Dean siguió en la oscuridad, intranquilo, pesaroso, demacrado, discurriendo nuevos y más económicos medios para separar estos tesoros de sus inutilizables residuos. Afortunadamente, el evanio podía ser sintetizado y aislado, mediante un poderoso bombardeo de neutrones, del vulgarísimo azufre. Por suerte, sólo se requería una pequeña traza o porción del evanescente y nuevo elemento para manufacturar la aleación. Diez mil hombres trabajaban y percibían sueldos a las órdenes de Coulton.

—Bueno, joven pesimista —dijo jovialmente Coulton a Dean un día por centésima vez—, ¿qué tiene usted que decir ahora?

Era Navidad, y todo seguía perfectamente. La Sociedad "Empresas Coulton, Incorporadas", se había instalado magníficamente en el piso ciento cuarenta y nueve de la gigantesca torre del maravilloso metal.

La vista que se gozaba desde cada ventana era emocionante de veras, por su inigualable sublimidad y grandeza. Era ésta otra innovación que constituía por sí misma un rasgo genial. Fue idea de Dean, sugerida por el sabio y adoptada con su característico entusiasmo por el patrono, que se la apropió como todo lo demás.

Como sabemos, las ventanas tienen tres funciones. Llevar luz al interior de las habitaciones; permitir la entrada del aire y ofrecer vistas distraídas a las gentes que tienen tiempo para aburrirse.

De las tres, dos son fundamentales; la tercera, puramente estética. Pero el moderno "acondicionamento del aire" hace innecesarios los grandes espacios para permitir el paso de suficiente oxígeno respirable, y la Coultonita podía prescindir de toda iluminación exterior. Por lo tanto, sólo quedaba el uso estético incidental.

Los hombres de negocios, empero, son eminentemente prácticos. Adoran el arte y la belleza siempre que no mermen sus beneficios. Y la idea de dedicar grandes superficies tan sólo a que las mecanógrafas y los empleados pudiesen contemplar distraídamente el lejano océano, la plácida bahía, o los picos y agujas de Nueva York, era poco grata a un práctico hombre de negocios como Coulton.

Por lo tanto, las ventanas, en conjunto, parecían condenadas a desaparecer, hasta que Dean tuvo su inspiración. Abrir unas lumbreras pequeñas y redondas, como las de los trasatlánticos. Ocupaban poco espacio. En vez de vidrio ordinario, se pusieron en ellas cristales de aumento. Y al mirar, ¡el panorama parecía sobrenatural! Fue un buen tema de publicidad, no menos que una atracción más para los inquilinos y los visitantes, clientes posibles de toda clase de negocios.

Mas, volviendo a la pregunta de Coulton, Dean poco tenía que contestar. Al principio, había explicado sus puntos de vista, razonada y repetidamente; aunque sin resultado.

—Acaso tenga usted miedo de entrar conmigo en nuestras nuevas oficinas —dijo Coulton con sorna—. Si es así..., quédese.

Dean, que nada tenía de cobarde, supervisó el traslado de sus preciosos instrumentos de física y química al nido de águilas, en lo alto del edificio Coulton, que eligieron para laboratorio eventual.

Pasó Navidad y celebróse el Año Nuevo con las fiestas usuales. La gran estructura de evanio habíase convertido en un palacio comercial familiar a todos; su brillantez y siempre iluminado exterior no excitaba apenas ya la curiosidad de los neoyorquinos nativos. Nada parecía más estable, más perenne. Las fábricas de evanio llegaban al apogeo de su producción. La primera hornada de Coultonita, en lingotes, estaba preparada para su embarque. Dean se dedicó a otras investigaciones, se sumergió en ellas con ardor y deseos imprecisos de olvidar su inquietud. Sus temores habían disminuido; habían desaparecido prácticamente casi del todo.

La primera noticia de que algo podía no marchar bien procedió de un vigilante nocturno. Era obligación suya recorrer el edificio entero una vez cada noche, ver si había puertas abiertas, ladrones, inquilinos extraviados y, en general, para cuidar de que todo marchara normalmente. A eso de las diez de la mañana del 9 de enero entró el sereno con aire vergonzoso en el despacho particular del gran hombre, dando vueltas a su sombrero entre las manos. Había pasado ya con creces la hora de abandonar su servicio; pero era un escocés con gran noción de sus deberes y estimó que le incumbía informar directamente al jefe principal de lo observado. Dean se hallaba también en el despacho de Coulton, nervioso y excitado por la terminación de un importante trabajo y tratando de nacérselo comprender con vehementes palabras a su superior, que aunque presumía de sabio tenía malas entendederas.

—Buenos días, señor —dijo tímidamente el guardián de noche.

—Buenos los tenga usted. ¿Qué hay, buen hombre? —dijo Coulton interrumpiendo a su ayudante con cierto alivio. Gracias a esto había podido entrar el modesto empleado tan fácilmente en el sánela sanctórum directorial.

—Pues, pasa lo siguiente, Mr. Coulton —comenzó el vigilante—. Soy el guarda nocturno y hacía mi recorrido de inspección anoche, como de costumbre, en el piso 73; no, no debía de ser éste, porque recuerdo haber levantado la vista y vi sobre la pared una hermosa fotografía de un vapor construido en Clyde; de modo que debió de ser...

—Nada importa en qué piso estuviera usted —gruñó Coulton impaciente—. ¿Qué pasó tan importante que le hace a usted venir a mí en vez de dar cuenta al Jefe de Servicios?

—A eso voy —dijo el escocés con imperturbable gravedad—. Es muy difícil de explicar. Porque allí estaba yo, ocupado en mi tarea, examinando las puertas, todo muy quieto y tranquilo, cuando pasó... —Hizo una pausa y una llamita de miedo se asomó a sus claros y cándidos ojos.

—Bueno, acabe ya, por favor —exclamó con malhumorado ademán el millonario.

—El caso es, señor, que todo el edificio pareció experimentar una sacudida. Era algo muy raro. No se tambaleó, entiéndame, como cuando hay un terremoto, ni hizo mucho ruido. Pareció, más bien, como si todas las piezas del edificio se reajustasen, por decirlo así, como si cambiasen de postura. Era una sensación muy particular, diría yo, como si —buscó palabras adecuadas—, como si todo este extraño edificio se estirase o creciese. Esto es todo, Mr. Coulton. Recuerdo que cuando yo era un mozalbete...

—Mire, buen hombre. Usted bebió anoche, ¿no es eso?

El vigilante, indignado, se puso pálido.

—¡Señor! —protestó balbuciente—. No tiene derecho a ofenderme. Soy un hombre honrado. Nunca bebo alcohol, excepto..., acaso unas gotas de vez en vez, cuando es noche muy fría, para cumplir mejor mi deber.

—¡Está bien, está bien! Le perdono —Coulton quería tranquilizarse—. Bueno, ahora váyase a su casa a dormir. Y recuerde que si vuelve a beber durante las horas de servicio, ¡le ponemos de patitas en la calle! ¿Lo entiende usted?

—Sí, señor; pero es el caso que yo anoche no bebí... —El vigilante retrocedió asustado hasta la puerta, dio media vuelta y se fue tropezando escalera abajo, meneando la cabeza y hablando a media voz consigo mismo. El caso es que estas "gotitas"... no eran lo bastante para hacerle oír un ruido tan peculiar. ¿O lo eran?

Coulton lanzó un suspiro de satisfacción.

—Lo mejor para dar al traste con un rumor así, es cortarlo en su origen. ¿No le parece, Harley?

Pero Dean no había escuchado el diálogo. Durante todo el mismo se había ocupado en trazar números sobre el cuaderno que tenía delante. Estaba absorto en sus investigaciones. Continuó sin hacer caso a lo que le decía el patrón:

—Ahora, comprenda usted esto, Mr. Coulton. Moví la pantalla fluorescente a un ángulo de cuarenta y cinco grados e inserté otro imán...

El que no atendiera a lo que dijo el vigilante nocturno fue una lástima. Porque Dean era el único que, en esta fase del fenómeno, hubiese podido comprender toda la trascendencia del relato.

El fenómeno siguiente fue evidente para todos. Acaeció una semana después del observado por el sereno del edificio misterioso.

Dean se hallaba en el laboratorio, trabajando fuera de las horas habituales. Relucían ante él tubos catódicos, enormes imanes giraban sobre sus aros, fugaces destellos saltaban sobre la brillante superficie de una bola electrostática. Las paredes de Coultonita difundían sobre todo aquello su blanca y suave iluminación. La puesta del sol exterior habíale pasado inadvertida.

Harley gruñó algo, se pasó apresuradamente los dedos por los rebeldes cabellos y anotó unos guarismos en su librito de notas. No oyó entrar a Coulton. Y eso no era raro. Porque su entrada fue muy diferente de la manera ruidosa y segura de sí mismo que acostumbraba emplear.

El "gran hombre" permaneció silencioso por un momento. Después, tosió, con una tosecilla tímida. Algo muy diferente a su modo habitual.

Dean levantó la vista:

—¡Hola, Mr. Coulton! —dijo abstraídamente, sin más, y hubiese retornado a sus cálculos. Pero algo en la fisonomía de su jefe retuvo su atención. Estaba pálido y sus ojos dilatados se dirigían a las paredes del espacioso laboratorio, como si miraran sin ver.

—¿Qué pasa? —preguntó Dean.

Coulton se pasó por la frente su mano temblorosa.

—No sé —contestó—. Pero mire usted estas paredes.

Harley, sorprendido, miró en derredor suyo. Y en seguida lo vio. El efecto era tenue, casi imperceptible. Hubiese pasado inadvertido si Coulton no le hubiese dirigido específicamente su atención a ello.

La luminiscencia no era ya de un blanco puro, con ese levísimo matiz azulado que la hacía asemejarse tanto a la luz del exterior. Ahora temblaba un poco. Pequeñas y fugaces notas de color, se movían en veloz y agitada sucesión sobre las paredes de evanio. Se amalgamaban unas con otras; relucían y desaparecían; se desvanecían en el blanco puro y recomenzaban su incesante ir y venir.

¡Opalescencia! ¡Iridiscencia! ¡Como los aros de Nerotin sobre las tenues capas de petróleo! Era muy bello, sí, este refulgente cambio de colores armonizados..., pero era también algo inquietante y temible.

Coulton dijo:

—Es mucho más efectivo el fenómeno en las paredes exteriores. Todo el edificio es un juego de colores. Mire las gentes.

Dean avanzó como un autómata al ventanillo que estaba inclinado en un rincón, y que ponía bajo su ángulo visual el panorama callejero. Su cerebro galopaba tratando de comprender este repentino cambio de luz al espectro.

La poderosa lente reprodujo clara y fielmente las animadas calles al pie del edificio. Era ya más de medianoche, la Central Park debiera haber sido a aquellas horas una desierta masa oscura de árboles y de profundas sombras. Sin embargo, estaba llena de gentes, de rostros apenas discernibles que contemplaban atónitos la gran estructura de evanio. Broadway era como un movedizo reguero de hormigas, y lo mismo la Quinta Avenida, y la Lexington.

Dean giró rápidamente. El cambio de colores lo moteaba todo, con lentitud. No era suficiente, empero, para interferir la visión normal.

—¿Qué piensa usted de esto, Dean? —preguntó Coulton. Estaba atemorizado, mucho más de lo que quería confesar.

—Es difícil de decir —admitió Harley—. Su frente estaba surcada con profundas arrugas de concentración—. La iridiscencia normal es el resultado de un cambio en el ángulo del observador, de forma que el espesor de la película por la cual debe pasar la luz reflejo para llegar hasta él, cambie también. Pero esto no es aplicable aquí. En primer lugar, la luz no es refleja; es inherente al material. En segundo lugar, nosotros, como observadores, permanecemos estacionarios.

—¿Entonces, qué?

Dean no hizo caso de la interrupción:

—Deben de haber ocurrido algunos cambios inherentes en la constitución de la aleación. Si éste es el caso, la Coultonita no es estable.

Con implacable lógica continuó, mientras Coulton permanecía con la boca abierta, incapaz de hablar, por una vez:

—Si nuestra aleación se halla en un proceso de transformación, entonces este relativamente inofensivo juego de colores pudiera ser solamente el preludio de reajustes internos más profundos y trascendentes.

Por la imaginación de Coulton pasó fugazmente el extraño relato del vigilante nocturno. Había empleado esta misma palabra: ¡reajustes!

Harley miró extrañamente a las paredes:

—Pudieran terminar en efectos puramente innocuos, pero también pudieran...

Su voz se extinguió. Hubo un momento de silencio, mientras la cabeza de Coulton se despejaba gradualmente. El hombre de negocios no se disfrazaba ya de científico. Reunía fuerzas para lo que sabía iba a venir.

Dean respiró profundamente:

—Coulton —dijo con firmeza—, hay que evacuar el edificio... inmediatamente. Hasta que puedan estudiarse en detalle estos efectos, hasta que el transcurso de tiempo suficiente demuestre que no existe peligro.

El millonario rugió y mostró sus colmillos como un animal acorralado. Su rostro era una careta de furia.

—¡Basta de necedades, Dean! —gritó—. ¿Se ha vuelto usted loco? Sabe usted que el edificio Coulton está totalmente alquilado. La renta anual asciende a veinte millones de dólares. Los gastos de mantenimiento, a dieciséis. Me pide usted que pierda un beneficio líquido de cuatro millones de dólares; que pague de mi bolsillo todos los enormes gastos, sólo porque las paredes del edificio cambien algo de color, porque tiene usted miedo a... ¡el Cielo sabrá a qué!

Dean le miró con ojos extraviados:

—Sí —dijo con voz queda—. Precisamente porque tengo miedo a...¡el Cielo sabe qué!

Coulton apretó el puño:

—Olvida usted también —gritó— el efecto que causará en el mundo entero, en el gran alud de pedidos pendientes. ¿Cómo? El simple cierre del edificio, sea cual fuere el pretexto, traería inmediatamente un diluvio de anulaciones. Todo el dinero que poseo, todo lo que he podido reunir, pedir prestado o robar, está metido en esta empresa. ¡Me arruinaría, hombre, me arruinaría! Las fábricas se cerrarían, diez mil obreros quedarían en la calle, los bancos que me han adelantado tanto capital no podrían sobrevivir... ¿Y por qué? Porque usted, Harley Dean, sin saber tan siquiera lo que realmente significa este cambio de color, se erige en dictador de nuestras vidas y fortunas. Bueno, no va usted a decir ni a hacer nada. ¿Me oye? Le mataré si habla.

Sus palabras resonaban enérgicas en el vasto laboratorio. El aliento le subía tremante en profundas y estentóreas bocanadas. No había nada suave ni cordial en este millonario al verse a punto de perder su fortuna.

Dean no le tenía miedo. Nunca se lo había tenido. Su labor, su confortable salario, nada significaban. Tampoco los dólares y centavos empleados en el negocio. Pero varias cosas que Coulton dijera habían hecho vibrar sus cuerdas receptivas. La idea de diez mil hombres echados a la calle, el pensamiento de posibles bancos cerrados, con el consecuente desastre económico para millares de depositantes, le hicieron vacilar.

Después de todo, ¿en qué basaba sus pronósticos? En una mera iridiscencia, en un juego de colores. Lo que realmente constituía el éxito de la Coultonita era precisamente su resplandor.

La más mínima alteración en su estructura interna, el más ligero reajuste de moléculas y planos de cristalización, inducidos posiblemente por la vibración normal, podían explicar la cambiante iridiscencia. No suponía necesariamente nada contra la inherente estabilidad de la propia aleación.

No había prestado atención alguna al relato del sereno, y Coulton, enfrentado con la ruina inminente si hablaba, no creyó oportuno traerlo a colación. Si el sabio se hubiese enterado de la mutación nocturna... Pero, discutir posibilidades pasadas es un procedimiento totalmente inútil.

Dean dijo, vacilando:

—Hay algo de tremenda verdad en lo que dice usted, mister Coulton. Acaso yo esté equivocado en mis pronósticos pesimistas.

Su jefe parecía un reo criminal arrancado a la horca:

—Por supuesto, amigo Dean —dijo con alegre sonrisa—. Sabía que vería usted las cosas desde el punto de vista adecuado. Por ahora, acaso tengamos que estar un poco a la expectativa. Nada sucederá. Y si algo sucede que parezca peligroso, yo seré el primero en ceder. La vida humana es más importante que..., que... el dinero.

Las palabras se le atascaron inexplicablemente en la garganta:

—Habrá tiempo suficiente para obrar, no lo dude. De nada serviría obrar atolondrada y prematuramente.

Desgraciadamente, cuando sucedió lo inevitable no había ya tiempo de contenerlo. Pero, ¿cómo podía esperarse que un hombre de negocios lo supiese? Dean no acusó después a Coulton; mas, para sí mismo, no tenía excusa alguna.

Debía haberlo sabido; debiera haber insistido y tomado precauciones.

La nueva y singular iridiscencia significaba una fascinadora exhibición para los neoyorquinos. Una vez más, el edificio Coulton fue el blanco de las miradas de indígenas y forasteros. En verdad, el cambiante fulgor de colores, que abarcaban todo el espectro solar, variando desde el añil oscuro al más pálido amarillo, convertían los rectos muros, que parecían elevarse hasta las nubes, en una visión de maravillosa belleza. El mundo entero acudía a mirar y a quedarse boquiabierto, a exhalar gritos de admiración. No había la menor traza de alarma ni de duda en aquella visión maravillosa, propia de un cuento de hadas.

Tampoco se quejaban los inquilinos. El nacarado policromismo no parecía afectar a la contextura normal de la luz y formaba otra magnífica cambiante decorativa, de lo que antes había sido mera y regular iluminación.

Harley, sin embargo, a pesar de la sumisión expresada, estaba grave y pesaroso. Pasaba los días y las noches en su laboratorio, sin dormir apenas, casi sin comer, investigando el nuevo fenómeno, trabajando con secreta furia sobre ciertos misteriosos aparatos de endiablado y difícil manejo.

Coulton, exuberante como siempre, se mantuvo discretamente apartado del físico. Era un fanático extraño; su ayudante obraba y reflexionaba por él. Sin embargo, pensó en deshacerse de él lo más pronto posible; en cuanto se presentase una oportunidad.

El episodio siguiente del drama más terrible que han visto los siglos últimos ocurrió cinco días más tarde.

A plena luz diurna, en las horas cumbre de las actividades humanas, cuando el edificio estaba repleto de gente laboriosa. Cincuenta mil personas, hombres de gran posición, gerentes de empresa, abogados famosos, directores de cine, médicos ilustres, exportadores, corredores de bolsa, financieros, funcionarios, contables, mecanógrafas, subalternos, ascensoristas, limpiaventanas, mecánicos, agentes de negocios, curiosos, empleados de seguros, vendedores a comisión de cigarros o corbatas... En una palabra, una representación general de la vida norteamericana. Se observó primero una pequeña sacudida y leve trepidación. Todo el mundo interrumpió su labor, mirándose los unos a los otros con ojos interrogantes y ligeramente inquietos. ¿Un terremoto? ¡Imposible! Nueva York jamás había sufrido un temblor de tierra. En Los Ángeles, en Chile, en el Japón, la tierra podía temblar, pero no en la hospitalaria Nueva York.

La trepidación y la sacudida aumentaron. Las paredes sonaban con cristalino ruido. Anne Merryweather, guapa y eficiente secretaria del poderoso Alfred Whitcomb, presidente de Vitex Pictures, se quedó helada de espanto con el lápiz en el aire. Mr. Whitcomb, de colorado rostro y abundantes carnes, se encogió sorprendido en su sillón. En la mente de Anne flotó una imagen absurda, aunque de parecido semejante al fenómeno que contemplaba. La de un caleidoscopio de juguete, propiedad de su hermanito pequeño, en el cual los diversos fragmentos de coloreado vidrio caían, con un ruidito cristalino parecido, y formaban flamantes combinaciones, nuevos diseños.

El chasquido de cristales aumentó. Las paredes parecían hincharse y contraerse otra vez para recobrar luego su posición. Extraños y estremecedores gemidos emanaban del torturado metal, que parecía casi humano en sus terribles lamentos. El sonido de planos que rozaban otros planos, de angustiadas moléculas, que se extendía más allá de límites razonables, parecía un endiablado elemento que tratara de alumbrar, de dar a luz nuevas estructuras en la construcción del edificio.

El ruido fue en aumento, hasta convertirse en insoportable clamor. Raspaba y perforaba los oídos de los asustados inquilinos. Las paredes gemían con el viento creador de fuerzas desconocidas y casi sobrenaturales.

Los ruidos humanos se mezclaron a los del metal. Voces, gritos, llantos, toda esa gama de sonidos confusos que emiten hombres y mujeres cuando temen por su vida.

—¡El edificio se hunde! —exclamó un tal Morlón Swaley, y corrió hacia la puerta de su lujoso despacho. Un importantísimo contrato quedó olvidado sobre su pupitre de nogal circasiano. El hecho de que acababa de pescar su pez, de que la víctima posaba ya la pluma sobre el papel para firmar con su nombre y apellidos, nada importaba. La ventaja inicial de una fracción de segundo en la huida significaba vida y le quedaban otros peces que pescar. Hay que conocer la psicología del hombre de negocios norteamericano para comprender que algo tremendo pasaba.

Los pasillos estaban congestionados por una densa multitud que luchaba a brazo partido, tratando de abrirse paso hasta las puertas. Swaley, en virtud de su rápida huida, encabezaba la carrera hacia los ascensores. El inacostumbrado ejercicio le hacía respirar entrecortadamente. Sus facciones de hombre de presa estaban ahora contraídas por el miedo:

"¿Por qué habría tomado él oficinas en el piso noventa y seis?", pensaba en medio de aquella horrorosa pesadilla.

Oprimió el botón del ascensor con temblorosos dedos y bajó en él chillando y dando puntapiés, bajo la súbita acometida de gentes enloquecidas por el pánico.

La cosa terminó casi tan rápidamente como había empezado. Un instante después las paredes volvieron a recuperar su equilibrio. Luego reinó completo silencio. El metal, suave, pulido, inocente de expresión, relucía de nuevo con un brillo de tonos amarillentos.

Los gritos humanos se extinguieron. Las gentes casi enloquecidas miraron con húmedos ojos en derredor suyo; no vieron nada extraño. El pánico se les fue lentamente. Algunos que siempre se habían considerado como hombres serenos y de sangre fría, se sentían ahora un tanto humillados. No obstante, la gente continuaba oprimiendo los timbres de los ascensores. Pudieron haberse ahorrado este esfuerzo. Los ascensoristas habían escapado al primer síntoma de alarma. Poco importaba esto, ya que la corriente eléctrica había sido cortada por el fenómeno.

Fue Jimmy, un joven limpiabotas, detenido en el piso cincuenta y ocho, con el cajoncillo profesional muy agarrado en sus manos sucias, quien primero observó que el peligro arreciaba de nuevo:

—¡Eh! —chilló—. ¡Miren, miren ustedes eso!

La gente, llena de pavor, empezó a ver que las paredes de evanio habían empezado a derretirse, como si se convirtieran en goma blanda y resinosa antes de licuarse.

La aparente sólida Coultonita se ablandaba y caía sobre sí misma, cada vez más rápidamente, hasta convertirse en una poderosa corriente de brillante metal que cegaba al espectador con la velocidad de su carrera. Aquello parecía lava de un volcán en erupción. Sin embargo, era un fenómeno visual en parte, pues el edificio no perdía los contornos de sus líneas externas. Las paredes exteriores se mantenían en posición vertical y la aleación seguía siendo, al tacto, tan dura como de costumbre.

Elemento sólido-líquido, llamó luego Dean a este nuevo estado de transformación del evanio.

Para Harley, que estaba con la mano puesta sobre un conmutador que habría de enviar cincuenta mil voltios en arco entre los electrodos de un horno de reducción, los súbitos dolores de parto —llamémosle así— del edificio fueron entonces como una cegadora y deslumbrante revelación. Los afilados bordes del poderoso aparato se ponían en contacto; pero nada ocurría, como ya el físico había supuesto.

Saltó entonces apresuradamente al generador de fuerza supletorio, que había montado durante la última semana. No había Coultonita en su construcción. Enchufó la conexión con gesto veloz y seguro. Una explosión de chispas pasó del ánodo al cátodo. Gruñó con satisfacción. Pero mientras lo hacía, la vertiginosa corriente de moléculas incandescentes se debilitó, palideció y se tino de un débil color rojo. Alguna fuerza exterior combatía su poder neutralizando la rápida emisión de electrones.

Incluso para esto estaba Harley preparado. Respirando fuerte, se precipitó hacia otra máquina: un curioso aparato en forma de embudo, unido en su extremo inferior a un largo tubo de Coolidge, que a su vez conectaba con un barril recubierto de plomo. El conjunto del artefacto estaba montado sobre una mesa giratoria, en cuya periferia había gruesas barras de imán, expresamente envueltas en alambre de cobre. Ni una onza de Coultonita había entrado en su construcción.

Dean metió una palanca y susurró una oración a los dioses de la Ciencia. El ruido y el griterío eran ya ensordecedores; el arco del horno se debilitó, hasta formar una línea fina y vacilante.

El tubo de Coolidge mostraba un fulgor azul pálido, la mesa giratoria comenzó a rotar. El sabio, impotente, se clavó las uñas en las palmas de sus manos. Los segundos siguientes iban a determinar su destino y acaso la suerte de los numerosos ocupantes del edificio endiablado.

Lentamente, muy lentamente al principio, la mesa dio vueltas y más vueltas. La tenue línea que apenas podía sostenerse entre los electrodos, se tambaleaba, pero no disminuía. Las fuerzas opuestas, casi se habían neutralizado la una a la otra. No del todo, por supuesto. Esto hubiera sido un milagro. Una minúscula diferencia en uno u otro sentido habría de tener tremendas consecuencias.

Dean aguardó estoico, con rígida faz, la señal que significaba la vida o la muerte. Las paredes comenzaban su ablandamiento, extrañamente circunscrito. El físico lanzó un gemido. Eso era, pues, la segunda fase evolutiva. Preveía la tercera. Mas, la final, la fase decisiva de la que todo dependía, se hallaba aún en el seno de los dioses, desconocida, incognoscible.

¿Era su imaginación o aumentaba realmente la velocidad de la mesa giratoria? Alguien le gritó casi al oído. Él no se volvió. Una mano pesada y temblorosa le tiró de la manga, Dean se desprendió sin mirar con impaciente gesto.

No había ya duda. La plataforma giraba más y más rápidamente, el fulgor del tubo se coloreó de un azul más intenso y el arco poderoso empezó su agitado relampagueo.

Entonces, sólo entonces, volvió Harley la cabeza. Era Coulton; pero un Coulton fláccido y lívido. Toda su exuberancia, toda su vanidad, todo su agresivo empuje, le habían abandonado en aquellos trágicos momentos. Su fuerte y confiada voz de millonario no era más que un cascado bisbiseo. Sus mejillas estaban lívidas y sus ojos revelaban un terror de animal acorralado:

—¡Por amor del Cielo, Dean! —imploró roncamente—. ¿Qué pasa? ¿Qué significa esto? ¿Puede usted hacer algo?

Harley contempló a su jefe con repugnancia:

—He hecho todo lo que he podido. Nosotros dos estamos a salvo, por lo menos temporalmente. Pero, ¿y los otros, las cincuenta mil víctimas inocentes de su codicia y de su ligereza...? Intentaré por ellas hacer un milagro científico. Si las fuerzas que aquí intervienen no exceden a la imaginación humana, acaso pueda salvarles.

Coulton respiró profundamente. El color retornó a sus mejillas. Ni siquiera le ofendió el reproche de Dean. La única cosa que penetró en su caótico cerebro era el hecho de que se hallaba a salvo. Lo demás no importaba. Un egoísmo casi zoológico le invadía.

La neblina se condensaba en forma de concha plástica más allá de ellos. Brillaba, se teñía débilmente de azul; pero no ocultaba las paredes del laboratorio, impregnadas todavía de su loca fluidez.

La mesa giraba con mayor velocidad; palpables emanaciones brotaban del rotatorio embudo. Los imanes eran un confuso borrón a su borde. La concha plástica ensanchaba su radio, lenta, pero inequívocamente.

—¿Qué significa todo esto? —se aventuró a preguntar Coulton.

—Lo que temí desde el principio. ¿No lo recuerda? La Coultonita no es estable. El evanio que entra en su composición quedó únicamente disfrazado, no anulado. Ha estado actuando sigilosamente, en líneas desconocidas, desintegrándose, emitiendo corrientes de innumerables electrones, positrones, neutrones, fotones... y sólo Dios sabe qué más. Toda la aleación ha estado en constante fermentación, imperceptible aún para nuestros instrumentos más delicados. Entonces, súbitamente, cuando la "levadura" había desempeñado su función, ese metal sólido, estable, aparentemente perenne, cambió en una nueva entidad, merced a misteriosos y desconocidos elementos.

Harley se enjugó el sudor que perlaba su frente, antes de continuar:

—Esto ha sucedido ya dos veces. La primera fue una mera diferencia de coloración. La segunda, en la que ahora nos hallamos, no podría llamarse nueva forma de la materia. Un sólido-líquido. Aún habrá más; lo temo.

Se detuvo un momento, escuchando. Reinaba el silencio dentro de la capa exterior de vibraciones, roto solamente por el zumbido incesante de la mesa giratoria. Para Dean, el resto del edificio podía ser una inmensa tumba. Él no podía hacer nada más; había hecho todo lo humano y científicamente posible.

La envoltura de fuerza que había colocado en derredor suyo el físico apagaba eficazmente las ondas sonoras y no podía penetrarse en ella sin grave peligro. La única esperanza para los demás, incluso para ellos mismos, estribaba en la dudosa posibilidad de que tuviese potencia suficiente para vencer las fuerzas antagónicas inherentes a la Coultonita y que la envoltura protectora ampliase su radio, lo bastante para incluir al edificio entero.

—¿Hasta qué punto durará el proceso? —dijo Coulton casi a media voz.

Dean meneó la cabeza:

—No lo sé. Puede usted tomarme por loco; pero tengo la certeza de que la Coultonita ha sido dotada de una vida peculiar enteramente propia, suya; una vida metálica, si usted quiere.

Coulton se quedó boquiabierto:

—¿Qué? Desde luego usted desvaría.

—Esta es la única explicación. Después de todo, la vida no queda forzosamente limitada, por ninguna regla de lógica estricta, a lo que llamamos compuestos orgánicos. La vida puede definirse como una compleja estructura cualquiera, cuyos constituyentes químicos se hallan en estado de flujo constante y que obedece a ciertas leyes de permutación, crecimiento y vejez.

—El hecho de que nunca se haya asociado la vida con nada, a excepción de ciertos nitrocarbohidiatos. no es un obstáculo. El evanio es un elemento creado artificialmente; jamás existió en la tierra, al menos que sepamos Posee ciertas cualidades de vida: cambio, desintegración, emanaciones irradiantes. De hecho, pasó por sus transformaciones vitales con increíble velocidad. Advierta que lo que nosotros hicimos fue moderaría, hacerla más semejante a los lentos y ordenados procesos que conocemos Los otros elementos que entran en la aleación actúan también como alimento para los procesos nutricionales, al ser ingeridos y convertidos en nuevas combinaciones de crecimiento.

Dean escuchó nuevamente. Ningún ruido llegaba del exterior; nada más que un silencio sepulcral completo. El hueco de la vibración chocaba ahora con las paredes, y al hacerlo, se cortaba su liquidez y las paredes volvían a ser un metal rígido, suavísimo al tacto.

Coulton lo vio y exclamó gozosamente:

—¡Estamos salvados! Es usted un genio en Física.

Dean despreció el halago y dijo:

—Aún no La envoltura, dentro de la cual nos hallamos, es una corriente de lo que yo llamo triterones, triple hidrógeno con una inmensa carga positiva. Los imanes rotatorios curvan la corriente hasta formar con ella algo así como una esfera hueca. Los triterones, en contacto con el evanio, neutralizan sus cualidades desintegrantes, se combinan con él para formar uranio, estable y desprovisto de vida. Lo malo es que no creo disponer de energía suficiente para forzar la envoltura hacia el exterior, de forma que incluya en su protección el edificio entero.

Coulton estaba satisfecho. El, por lo menos, se salvaría. No es que dejara de lamentar sinceramente la muerte de los inquilinos acorralados en e! edificio que llevaba su nombre. Claro que lo deploraba. Se trataba simplemente de un equilibrio de fuerzas: su propia seguridad pesaba mucho más que la consideración a los demás. Con esa idea firme ya en su mente, recobró la confianza. Incluso ensayó una mala imitación de su antigua y estruendosa risa.

—¡La Coultonita viviente! ¡Qué fantasía, amigo Dean! Indudablemente es usted un poeta de la Ciencia.

Ordinariamente, Harley no hubiese contestado. Estaba harto de su jefe y más aún de su ilimitado egoísmo. Mas, si no hablaba, su imaginación estaría abrumada por la tensa angustia de la espera. Había que esperar y esperar a que la burbuja de fuerza nuclear fuese envolviendo lentamente otras vidas humanas. Por lo tanto, desvió su cerebro por serias consideraciones teóricas.

—¡Hay más que vida en eso! —dijo con iluminado—. ¡Evolución! La Coultonita pasa por un crecimiento racial, además del transcurso de su vida privada. Una vida calidoscópica, comprimida en un espacio corto, acelerando sus efectos. Aparecen bien limitados incluso los procesos evolutivos de los nitrocarbohidratos. Ese precursor estrépito representa una mutación, un repentino reajuste de moléculas y planos en una nueva y diferente forma. Acaso tengamos el privilegio de presenciar la fase final de la evolución metálica, antes de que conozcamos el grado máximo de la madurez humana.

—¡Mire! —prorrumpió Coulton con apagada voz, mientras su rostro tomaba el tono gris de la ceniza.

Se callaron ambos e invadió el laboratorio un silencio espectral.

El globo protector de triterones parecía inmóvil, sin expresión física. Su acción no había llegado aún a las paredes. Ya no se veía el extraño elemento sólido-líquido. En su lugar se formó lo que después hubo de llamar Dean el plasma sólido-gaseoso de la existencia metálica.

La pared parecía haberse desintegrado. Desbordaba movimiento la evolución de las partículas. Una mirada escudriñadora podía divisar intersticios, intuir espacios que se abrían y se cerraban con pasmosa movilidad. Todo esto limitado, lo mismo que antes, por los definidos límites de la pared exterior, dura y sólida al tacto.

Fuera del circunscrito refugio del piso ciento cuarenta y nueve, todo era locura e indescriptible confusión. Únicamente unos cuantos afortunados próximos al suelo habían podido escapar al primer estrépito de alarma. Casi inmediatamente, las emanaciones de la vitalizada Coultonita habían obstruido toda salida, toda abertura, con una invisible muralla de radiación, en la cual los esfuerzos humanos y las herramientas perforadoras rebotaban ante su elasticidad.

Dentro de los pisos del diabólico edificio, cincuenta mil seres aprisionados luchaban, rezaban, maldecían y chillaban, según sus cualidades morales. Prominentes ciudadanos se abrían paso despiadadamente a través de los cuerpos de vecinos más débiles, en locos e infructuosos ímpetus hacia una salvación imposible. Otros, anónimamente, realizaron prodigios de heroico sacrificio, confortando a los moribundos, protegiendo a los débiles contra la muchedumbre, tranquilizando a los asustados y envolviendo en mantas piadosamente a los muertos, ya que otra cosa no cabía hacer.

Afuera, Nueva York era un ruidoso manicomio. Resonaban las sirenas, silbaban los pitos policíacos, las bocinas retumbaban con ronco clamor. Todo aparato contra incendios del área metropolitana, todo camión de reparaciones urgentes, toda ambulancia, fue enviado a la escena del desastre. La policía acordonó varias manzanas de casas en derredor del dramático edificio. Era una precaución acertada. Se movilizó apresuradamente la Guardia Nacional. Las tropas estacionadas en Governor's Island llegaron pronto en camiones militares, cubiertas con cascos de acero, equipadas con fusiles y bayonetas caladas.

Todos los millones de gentes que pueblan Nueva York se agolpaban contra los cordones de seguridad constituidos por espesas líneas de policías y soldados. Central Park era un mar humano, en constante oleaje. Frenéticos gritos de terror brotaban elegiacos y perforaban el espacio a cada nuevo cambio de la agonizante estructura.

Había millones de seres en la enloquecida masa, gentes que tenían amigos, parientes y personas queridas en la terrible ratonera del edificio Coulton.

Porque era desde fuera, mucho mejor que a los experimentados ojos de Harley, desde donde se veía claramente la increíble y diabólica evolución, tal que un espectáculo grandioso y alucinante.

La fase sólido-gaseosa hacía de la enorme torre comercial un tenue y deletéreo fantasma algo así como un espectro de sí misma. Empero, las hachas de los bomberos se mellaban contra e! metal evánico, los arietes de asalto rebotaban inservibles a pesar de su potencia y enormes llamas de oxiacetileno, capaces de horadar murallas de acero, y no producían la menor impresión sobre las impenerables paredes. Los que intentaban rescatar a las víctimas de su cárcel transparente, continuaban trabajando frenéticos, fatigándose con toda clase de máquinas en inútiles esfuerzos. Emplearon incluso la dinamita. La tierra tembló, saltaron cascotes y piedras en geyser gigantesco, el estruendo de la mina se elevó y sobrepuso al ruido reinante; pero el maldito edificio quedó intacto.

Un alarido de espanto surgió repentinamente de la muchedumbre espectante. El gas parecía condensarse. Giraba y giraba sobre invisibles ejes, hasta parecer una nébula en espiral. Los protuberantes flancos del elemento en combustión se abrieron en llamas, con una brillantez tan fuerte que cegó de momento los ojos de los espectadores.

La multitud se echó hacia atrás enloquecida, en búsqueda de seguridad. La misma policía, igual que los sudorosos y serios bomberos, retrocedieron presa del pánico, con rigidez, pero el tremendo fulgor no despedía calor alguno. Era luz fría, el sueño de todos los ingenieros.

Las fases de mutación sobrevinieron rápidas y cambiantes, con tal celeridad, que durante años continuó una controversia entre los observadores científicos acerca de lo que realmente había ocurrido.

En lo que después ocurrió, todos se mostraron de acuerdo. De la gran estructura de evanio brotó un ruido lento y rasposo, semejante al sonido de dos metales al rozar entre sí. Luego se oyó un golpeteo como de címbalos de cobre. Este sonido extraño se agudizó, haciéndose más plañidero. Tenía la queja metálica un leve ritmo. Esta armonía infernal tomó un compás acentuado; sus tonos aumentaron en potencia, hasta que Nueva York entero pareció un diapasón de armonías misteriosas, como una gran caja de resonancias metálicas.

La músico macabra fluía en interminables compases, dominándolo todo, meciéndose en sobrenaturales melodías. Este ruido orquestal, de un dramatismo sin par, se oyó en Washington, en Boston y aun en Pittsburg. Era como una insospechada música sideral tocada por los espectros de las esferas, llena de peculiares efectos metálicos.

En torno de las fases últimas del metal transformable surgieron las mayores y más enconadas disputas. Algunos pretendían haber visto curiosas formas antropomorfas, no humanas, que flotaban como espectros a través de la transparente estructura del edificio; formas geométricas, de carácter angular, pero que daban a los espectadores una inequívoca expresión de vida.

Otros llegaron incluso a sostener que aquellas metálicas formas endiabladas parecían dotadas de sensaciones, pues al comienzo se elevaban triunfantes y jubilosas. Luego, cambiaron indefiniblemente; pareció que la duda había penetrado en ellas, dando paso con ello al miedo, al horror, a la desesperación máxima. La visión final fue un último movimiento, torturado, retorcido, y desaparecieron. Así acabó el desastre evánico.

Conviene advertir que, en cambio hubo muchos millares de personas, allí presentes también, que se mofaron de tales invenciones fantásticas. Nada vieron de tales formas infrahumanas, supuestamente vivientes. Los que tales mitos forjaban, decían los no visionarios, es que quisieron aprovecharse de un trágico acontecimiento para reforzar ciertas teorías absurdas, minando con ello los cimientos de la religión del Estado, del Orden, de la Ciencia y hasta del desinteresado amor maternal. Porque si esas pretendidas visiones fueran reales, probaban que existía la vida más allá de los conocimientos humanos; que había instinto en los metales, en los minerales, en cualquier piedra o pella de barro. Un camino estúpido hacia el panteísmo y el ateísmo de los sin Dios. La Fe y la Ciencia rechazaron de plano tales majaderías, propias de mentes enfermas o aterrorizadas.

En cuanto al desenlace, sin embargo, ambos bandos se hallaron de perfecto acuerdo. Cuando todos miraban, los gigantescos bloques y paredes del edificio Coulton se inflaron y un terrible grito colectivo de horror ancestral surgió de la asombrada multitud. Luego, quedó muda, absorta. Del edificio Coulton no quedaba nada, era como si no hubiese jamás existido. El gigantesco palacio comercial desapareció sin dejar rastro. Momentos antes la enorme construcción era un ascua de luz, de ciento cincuenta pisos de altura. Y ahora, minutos más tarde, no había nada y la antes oculta silueta de Nueva York por la titánica mole de Coultonita, volvía a destacar sus conocidos perfiles sobre el espacio.

El edificio Coulton se desvaneció sin dejar más huella que una gigantesca burbuja, la cual cayó verticalmente y se hundió sin ruido en la profunda excavación que se hiciera para cimentar el rascacielos, al construirlo.

Como un meteoro nuclear, una onda veloz pasó sobre la ciudad, convirtiéndose luego en deletérea tromba marina rumbo al océano, dispersando su carga de átomos libres: electrones, neutrones y demás sobre áreas inimaginables para los humanos.

Una vez pasada la primera indescriptible confusión, y cuando el asombro, que había paralizado a todos, les dejó moverse, los equipos de bomberos, la Cruz Roja y muchas cuadrillas de salvamento avanzaron cautelosamente hacia el gran hoyo que sirvió de base al edificio Coulton, esperando verlo surgir de nuevo, volviendo a su posición primitiva y a su transparente solidez. Mas no sucedió así.

Al fondo de la excavación distinguieron un tremendo montón de seres, una multitud compacta a cien pies bajo el nivel de la ciudad, un rebaño humano enloquecido que se agitaba y chillaba. Los bomberos y demás equipos lanzaron escalas y se pusieron a trabajar con la mayor rapidez.

Cerca de dos mil personas se salvaron. Entre ellas figuraban Coulton y Dean, muy maltrechos y sucios, pero sin heridas graves. El aparato de Harley se destrozó al caer el piso 149 a los sótanos. Sin embargo, como fue suave el descenso, había funcionado bien hasta el final, debilitando el ímpetu nuclear de la burbuja, frenándola, digámoslo así, con fuerza para salvar la vida de las gentes cautivas en ella.

El gran físico e investigador atómico Harley Dean, cuando todo se despejó y se conocieron a fondo los hechos, fue el héroe de la insondable catástrofe nuclear. Los periódicos del mundo entero reprodujeron su efigie; pero el sabio estaba abatido y desconsolado. Decía que su esfera de triterones protectores, producida por una complicada maquinaria de su invención, actuó con demasiada lentitud. En el momento final de la catástrofe sólo había conseguido defender y cobijar en su órbita a media docena de pisos. El resto, que arrastraba consigo unas 50.000 vidas humanas, se desvaneció misteriosamente, en un halo de partículas liberadas, en la corriente nuclear.

El edificio diabólico, su composición metálica, se transformó con excesiva rapidez, según explicaba el doctor Dean más tarde. Dijérase que su voluntad de vivir quedó pronto agotada ante la pujante energía del evanio activo. Su ciclo existencial o período de vida había sido comparable a millares de generaciones vitales en los nitrocarbohidratos. Pereció de senilidad, murió de acabamiento racial, igual que habrá de hundirse algún día la raza a fuerza de uso. En este caso de la Coultonita, la muerte significaba la dispersión y desintegración nuclear de sus poderosos componentes.

—Acaso —terminó Nat Schachner— sea éste el destino final de todas nuestras ambiciosas esperanzas científicas, de nuestros temores, de nuestros conocimientos y nuestras aspiraciones.

Caía la noche sobre Nueva York cuando nuestro amigo acabó su maravilloso relato en el Club de Inventores. Era el mismo que había publicado años antes, en 1935, en "Astounding Science Piction", una de las más prestigiosas publicaciones de la Era Atómica.