III
El día había amanecido radiante. Los dos soles arrojaban sobre la llanura de La Esperanza cálidos rayos de luz. La Pompa protectora de los terrícolas surgía de entre la vítrea estructura de los vegetales con aspecto de líquenes de doce metros de altura. En el interior del traslúcido "igloo", con atmósfera acondicionada, los habitantes estaban iniciando su diaria actividad rutinaria, ilusionados por la próxima arribada de la astronave, prevista para las quince de la tarde. Albinia en bloque acudiría a la pista de aterrizaje para iniciar, en ella misma, la ritual fiesta de bienvenida.
Albinia era una zona experimental eminentemente agrícola, integrada por pequeñas granjas y diminutas casas de estilo campero, un conjunto agradable y romántico. En la parte central se levantaba el Templo Universal donde sólo estaba presente la idea de Dios, simbolizado por el signo de infinito, forjado con una gran viga de bronce situada sobre un pedestal de roca, y hasta donde acudían todos los que necesitaban de sombra divina. El predicador de cada domingo era un humanista puro con habilidad extrema para hablar de ética y de mística siempre al margen de partidismos. Estaba investido, se puede decir, con aquella sublime conciencia de fraternidad y coexistencia que caracterizó la Vivekananda.
El Templo Universal era el edificio más alto, pero el mayor correspondía a la Fábrica de Vida, o procreadora, como la llamaban los bromistas. A ella iban los cargamentos de tubos de ensayo que contenían embriones traídos desde la Tierra. Habían sido bien desarrollados en las incubadoras de Albinia Años atrás se intentó traer hasta allí un par de ciento? de embriones humanos genéticamente tratados para darles mayor vitalidad y determinadas cualidades de adaptación a las condiciones exteriores de Vidrio Blanco, pero un accidente por error científico, ocurrido durante la travesía terminó con el ambicioso proyecto de repoblación.
La Fábrica de Vida estaba funcionando permanentemente. Para los que cuidaban de ella era un trabajo tranquilo y rutinario. Sólo existía un peligro, remoto, desde luego, pero no improbable: que alguno de los vientres artificiales explotara. Puede parecemos extraña tal afirmación si no conocemos que los gases producidos durante la evolución fetal forman una presión tal que obliga a construir gruesas paredes en las incubadoras. Generalmente no se pensaba en la posibilidad, aunque algunos ya habían hecho manifestación de sus temores en base de la precipitación con que habían sido terminados algunos montajes.
Una súbita explosión hizo vibrar toda la bóveda del "igloo" sintético. La sirena de alarma gritó como horrorizada hasta que el impacto de otra explosión pareció dejarla muda. Por una ventana de la fábrica varias nubéculas grises escaparon al exterior...