I

Amuk se despertó cuando la luz que penetraba a raudales por las ventanas de las rocas le dio de lleno en el rostro y el calorcillo de media mañana se le extendió sobre el cuerpo. Abrió los ojos: al ver los lechos vacíos comprendió que ninguno de sus hermanos estaba ya en casa. Y comprendió también hasta qué punto el sueño le había tenido apresado; esto le fastidió, más por sus padres, a los que procuraba dar siempre una cariñosa y prolongada caricia cuando salían temprano para el trabajo; pero sus padres le estaban tratando con excesivo mimo desde que había ingresado en los grupos superiores de Sabiduría: le alimentaban mejor y preferían verle dormir largas horas, aun a sabiendas de lo mucho que le agradaba la despedida y hacer de subpadre cuidando de sus hermanos. Amuk saltó del lecho y mientras se vestía supuso que todos estarían afuera buscando alimento. Aspiró con deleite una gran bocanada de la límpida atmósfera amoniacal que penetraba por los respiraderos del techo, y dilató los pliegues de su garganta para terminar de desperezarse; luego, dando un suave salto, cruzó, ligero como una pompa, sobre el cuenco donde su madre solía poner cada cien ciclos una docena o más de dorados huevos. Salió por una hendidura. En efecto: en el exterior se encontraban sus dos docenas de hermanos menores flotando plácidamente o jugueteando unos con otros. Sus físicos, añiles y fusiformes, destelleaban. Todos chillaban felices y excitados. En el aire los blancos copos que servían de alimento, traídos por el viento, formaban artísticos remolinos. Amuk se proyectó sobre dos buenos bocados que flotaban a su derecha y los engulló con apetito. A continuación se unió al divertido juego de sus hermanos. Estarían jugando hasta el regreso de sus padres. Llegarían muy cansados de trabajar en la cuadrícula de Almutak, donde contribuían con sus esfuerzos a construir una nueva ciudad cerca del río, según aconsejaban a menudo las visiones del Gran Sabio. Él y sus hermanos se habían ofrecido repetidas veces para la magna obra, pero todavía eran demasiado pequeños y débiles para realizar labores de fuerza. Ni siquiera les permitían alejarse de la casa. Sólo podían hacerlo cada tres días camino de la escuela, donde el Gran Sabio enseñaba los secretos de la vida y de la muerte...