I

Ya los primeros murciélagos estaban revoloteando entre las ramas más altas de los árboles, tratando de cazar a los insectos nocturnos que a la caída del Sol buscan su alimento o salen para hacerse el amor al crepúsculo o a la luz de la luna. Los murciélagos cruzaban con vuelo rápido y aletear vibrante los campos resecados por el amarillo y picante verano. Los murciélagos parecían trocitos de negra seda almidonada impulsados por violentas ráfagas de aire. Los murciélagos...

Manuel regresaba montado en su asno por el serpenteante camino de ocre polvo que bordeaba el profundo Barranco de retorcida lava y marcial basalto. Regresaba del Monte, donde solía colocar sus trampas para cazar animales de valiosa piel.

Una ligera brisa agitaba los brazos de los añosos vegetales y gemía o pronunciaba largas y misteriosas letanías, A Manuel le gustaban los ratoncillos que tenían alas como tela de paraguas. Le gustaba el viento aunque se le pusiera serio como un guarda forestal o agresivo como un gato iracundo. El bosque y sus voces, la pradera y su respiración de mar, la tarde llamando con ruidos a la noche, la oscuridad con sus búhos y sus figuras de carbón y acero tras cada esquina: todo era muy familiar para él. Cincuenta años habían transcurrido desde que por vez primera se tumbó en aquella zona, sobre la hierba, y se puso a soñar con los ojos cerrados que sería el rey único de aquellos contornos. Durante cincuenta años viviendo como un monje solitario, se ven, se imaginan y se meditan demasiadas cosas para a la postre intimidarse frente a unos comeinsectos y a un viento farfullero Todo le era rutinario; por esta razón, no percibió que dos negras motas estaban saltando de rama en rama, de una manera no peculiar ni para pájaros ni para murciélagos. Después de haberle acechado desde las silbantes copas de los árboles, cruzaron sobre el cansino Manuel y se detuvieron a su espalda. En ese instante era como si al aire le hubiesen nacido un par de pupilas observadoras. Al presentir la mirada Manuel miró hacia atrás, aunque demasiado tarde y sin la necesaria rapidez para poder contemplar algo que le diera base para hacerse una idea, aunque fuera aproximada, de la verdadera naturaleza del fenómeno. A menudo se experimenta la sensación de ser vigilado, y puede resultar cierto, aunque lo más frecuente es que sólo estemos padeciendo una reminiscencia de nuestros recelos de la prehistoria. Manuel, pensando así, apretó los talones contra el vientre de su asno para obligarle a ir más de prisa, pues deseaba llegar pronto a casa y además el frío se le estaba metiendo hasta los huesos.

Llevaba trotando diez minutos cuando vio, a unos quince metros, que algo extraño se deslizaba por la falda del monte que a la derecha del camino formaba un inaccesible declive cubierto de cactus y de chumberas. La cosa podía confundirse con un trozo de las espesas nubes que cubrían la sima. Pero pasado el primer instante de sorpresa y cuando la distancia que le separaba del voluminoso objeto se hizo más corta, Manuel casi juró que se trataba de un gran bulto formado por centenares de paquetes plásticos rellenos con una sustancia aceitosa; no obstante, tanto una figuración como la otra le resultaban ilógicas. La visión venía con tales singularidades que el asno se detuvo horrorizado y Manuel se vio invadido por un incontrolable nerviosismo.

—¡Sooo! Es un paquete que se le habrá caído alguien desde allá arriba. ¡Sooo, burro, sooo! —continuó ordenando, aunque sin creer en sus propias ideas. Comprendía que era absurdo admitir la posibilidad de una persona paseándose por las cumbres con un montón de bolsas de plástico. Sabía que en muchos kilómetros a la redonda era casi milagroso encontrarse con alguien.

El bulto que se arrastraba como una ameba alcanzó la carretera. Estaba claro que aquella cosa tenía autonomía. El burro respingó y Manuel cayó pesadamente al suelo sin que pudiera evitar la huida del animal, que escapó por la serpenteante carretera dejando atrás los bártulos repletos de costosas pieles y de carne en tiras. La sustancia de apariencia gelatinosa apenas estaba ya a tres metros de Manuel.

—¡Sale! ¡Sale! —le dijo instintivamente y asustado, arrojándole al mismo tiempo puñados del rojizo polvo del camino en un intento desesperado por detenerla. Pero la masa no se detuvo. La sustancia desconocida tenía dos motas negras posadas encima que le daban el aspecto de una pasta traslúcida poseedora de ojos amenazadores.

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Vete, demonio! ¿Qué eres tú?

No recibió respuesta. Manuel aulló como un endemoniado, porque el raro protoplasma se le vino encima y lo envolvió, produciéndole una espantosa quemazón y la cruda sensación de ser desollado en vivo...