¿Digiere usted bien las musarañas enteras?
¿Pero qué hace este bicho en mi excavación? ¿Cómo interpretar, cuando se es arqueólogo, los huesos de los animalitos que se encuentran aquí y allá? ¿Estaban ahí por casualidad? ¿Murieron accidentalmente o un depredador les rebanó el gaznate? ¿Fueron devorados después y, en tal caso, por quién? ¿Las sociedades antiguas incluían ratas, pájaros, lagartos, ranas o musarañas en su menú, como sugieren algunos coprolitos? ¿Ese montoncito de huesos transitó por alguno de nuestros antepasados?
A veces la ciencia tiene el capricho de hacer preguntas extrañas. La ciencia improbable tiene la caradura de encontrarles respuesta. Así, en 1995, en el Journal of Archaeological Science, dos antropólogos estadounidenses, Brian Crandall y Peter Stahl, se enfrentaron con el problema descrito más arriba: ¿qué le pasa al esqueleto de un pequeño mamífero cuando ha cruzado de punta a cabo el sistema digestivo de un Homo sapiens? Lo mejor sigue siendo probarlo, se dijeron los investigadores. El estudio no precisa cuál de los dos se presentó voluntario. Sencillamente, da las gracias a la gran e involuntaria musaraña de cola corta (una especie norteamericana) que donó su cuerpo a la ciencia tras haber caído en una trampa.
He aquí la receta para experimentar los efectos de la digestión humana en los huesos de un insectívoro. Tome, por un lado, un investigador macho de buena salud. Por otro, una musaraña, macho también, aunque reducida al estado de cadáver. No se equivoque en los ingredientes: lo inverso no funcionaría. Comience por trocear la bestezuela y libérela también de sus vísceras. Póngala a hervir durante dos minutos, pero no más, porque correría el riesgo de separar la carne del esqueleto. Córtela en algunos pedazos (patas, cabeza, resto del cuerpo).
Habrá usted preparado al investigador haciéndole ingerir, unas horas antes, una ración de maíz y semillas de sésamo, para crear en sus futuras heces un marcador del inicio del experimento. Sírvale la musaraña hervida, advirtiéndole de que se la trague sin masticar, para que sus dientes no estropeen ni machaquen ninguno de los huesos del animal. Unas horas después de tan frugal comida, vuelva a darle una ración de maíz y sésamo, para crear un marcador fecal de fin del experimento (a los arqueólogos les gustan las estratificaciones de toda clase). Déjele digerir. Durante tres días, recupere las heces del investigador, póngalas en una cacerola de agua caliente y remuévalas despacio para disolverlas. Fíltrelo todo con un tamiz. Lave el resto. Recupere minuciosamente los huesecitos y sumérjalos en alcohol para conservarlos antes del examen. Por último, observe los restos a través del microscopio.
Al cabo de tres días, ya no salió ningún hueso del investigador y, sin embargo, faltaban muchos. Casi todos los dientes habían desaparecido, así como numerosos huesos del extremo de las patas. Tan solo había «sobrevivido» una vértebra de treinta y una. Como conclusión del estudio, los autores ya tienen respuesta a la pregunta: el entorno ácido del estómago humano desintegra los esqueletos de los animalitos tragados por las buenas. No obstante, Crandall y Stahl se preguntan cómo pudieron ser digeridos unos huesos bastante sólidos, como son los fémures, y sugieren que otros investigadores se interesen por la cuestión. ¿Quién quiere comerse unas patas de rata?