¿Por qué Hernández y Fernández dan vueltas en redondo?

En Tintín en el país del oro negro, los dos inenarrables policías Hernández y Fernández van al desierto en busca de Tintín. Al cabo de unos días de camino, extraviados, acaban encontrando las roderas de un vehículo y las siguen, sin advertir que se trata de… las de su propio jeep. La misma desventura les sucede en Aterrizaje en la Luna, cuando, tras haber brincado sobre nuestro satélite, dan con una doble serie de huellas de pasos… Al igual que había hecho antes Tolstói, quien, en su novela breve Amo y criado, ya había hecho que su protagonista diera vueltas atrapado en una tormenta de nieve, Hergé aceptó ese refrán popular según el cual las personas perdidas vuelven sin saberlo sobre sus propios pasos.

En el año 2009, un equipo de investigadores, invitado por una cadena de televisión alemana, quiso verificar si esta creencia tenía un fundamento real, pues la literatura científica parecía muda al respecto. Así, pusieron a prueba la capacidad humana para avanzar en línea recta por terrenos desconocidos y en dos entornos distintos: un gran bosque alemán y el desierto del Sahara. Los participantes en las pruebas tenían que andar varias horas seguidas intentando seguir un rumbo definido al principio por los investigadores. La trayectoria de los cobayas era grabada por medio de un aparato de posicionamiento por satélite.

Primera enseñanza del estudio: mientras ven el Sol, nuestros amigos Homo sapiens consiguen seguir sin dificultades una trayectoria más o menos rectilínea. En cambio, si el astro del día se oculta detrás de las nubes o se pone, el camino que dibuja el paseante solitario se tuerce y se retuerce, se curva y se entrecruza. De este modo, de los seis experimentos forestales, los cuatro realizados con el cielo cubierto produjeron unos atormentados trazados. Tres de los cobayas incluso volvieron sobre sus pasos sin darse cuenta. Por lo que se refiere al único valiente que anduvo de noche por el Sahara, logró arreglárselas mientras la Luna era visible, pero luego dio una enorme e inconsciente media vuelta…

Pero ¿qué nos hace cambiar de rumbo cuando la brújula solar desaparece del paisaje? La segunda enseñanza del estudio es que las asimetrías corporales (por ejemplo, ser diestro o zurdo del pie, o tener una pierna más fuerte o más corta que la otra) nada tienen que ver. Para excluir esa posibilidad, los autores del estudio llevaron a cabo una segunda serie de experimentos en los que los participantes, con los ojos vendados, debían andar en línea recta durante cincuenta minutos por un terreno sin árboles. Al cabo de unos pocos decámetros, la trayectoria de todos ellos se volvió absolutamente caótica, sin que pudiera establecerse una correlación entre las curvas que trazaban algunos y sus asimetrías corporales.

Según los investigadores, la hipótesis más plausible para explicar el hecho de que el hombre privado de un sólido punto de orientación visual o sonora empiece a dar vueltas en redondo cuando anda es que su sistema interno de gestión del desplazamiento enseguida queda saturado de información y ya no sabe resolver la situación. No obstante, se trata de una simple hipótesis y, como el estudio advierte, hay una cierta ironía en el hecho de que, en esta época en la que la geolocalización ultraprecisa está en todas partes —en los aviones, los coches y los teléfonos móviles—, sepamos tan poco sobre cómo funciona nuestro propio sentido de la orientación.