¿Las mujeres vuelven estúpidos a los hombres?

¿Las mujeres vuelven estúpidos a los hombres? En términos científicos, la pregunta se reformula así: ¿acaso las prestaciones cognitivas del Homo sapiens macho disminuyen tras la interacción con un miembro del sexo opuesto? La panadera es tan encantadora que Robert (perdón por adelantado a todos los Roberts) sale de la tienda con sus cruasanes pero ha olvidado encargar una barra de pan muy crujiente. Traducido por Tex Avery, se trata del efecto «cierra la boca, idiota, te estás haciendo un lío con la lengua». Ciertos estudios de psicología han demostrado que los caballeros heterosexuales hacen peor las pruebas cognitivas después de haber discutido con una dama que antes. Lo inverso no es cierto. ¿Por qué?

Habitualmente, los hombres tienen más capacidad que las mujeres para «sexualizar» las situaciones de la vida cotidiana. «Buenos días, vecina, qué guapa estás cuando bajas la basura…», etc. Según los biólogos, esa facultad para sobreinterpretar las señales que envían las personas del otro sexo es un rasgo que la evolución ha puesto en la especie para que los machos no pierdan ni una sola ocasión de aparearse. Pero ese instinto de caza a todas horas tiene un coste —que se plasma en peores resultados en las pruebas—, pues el hombre «se agota» mentalmente, consume sus recursos cognitivos (no me atrevo a decir «intelectuales») evaluando sin cesar a su compañera para determinar su valor como reproductora, controlando sus emociones, concentrándose en la imagen que desea ofrecer y vigilando a los demás para ver si les produce buena impresión.

Por lo tanto, hay un efecto después del encuentro. Pero ¿también antes? ¿Acaso la mera anticipación de la interacción con una mujer hace perder parte de sus facultades cognitivas al heterosexual medio? En las primeras páginas de Anua Karénina, Tolstói pone en escena a un terrateniente, Levin, de camino a un lago helado, utilizado como pista de patinaje, donde se dispone a encontrarse con la muchacha de la que está enamorado: «Siguiendo por el sendero, Levin hablaba consigo mismo: “¡Calma! No te turbes; ¿qué quieres?, ¿qué tienes?, cállate, imbécil”. Así interpelaba a su corazón. Pero cuanto más intentaba calmarse, más lo dominaba la emoción y le cortaba la respiración. Alguien conocido lo llamó al pasar, pero Levin ni siquiera lo reconoció». Pobre chico. Para saber si existe un «efecto Levin», un equipo de psicólogos neerlandeses imaginó una prueba cuyo resultado se publicó en noviembre de 2011 en los Archives of Sexual Behavior.

Con el falso pretexto de un experimento sobre el lenguaje, los investigadores hicieron pasar una prueba semántica a noventa hombres y mujeres, avisándolos de que un(a) observador(a) se conectaría después con la cabina en la que estaban aislados para dar la señal de salida de un segundo ejercicio, en el que deberían leer un texto ante una webcam. Todos estaban informados del nombre del observador(a), así que podían deducir su sexo. La estrategia tenía como objetivo crear la expectativa de una futura interacción. En esas condiciones, mientras que en las cobayas femeninas no se advertía ninguna diferencia significativa según el sexo del observador, los hombres que anticipaban un contacto con una mujer obtuvieron en el ejercicio semántico resultados claramente peores que los demás. Lo más divertido del caso es que el experimento estaba automatizado y, por lo tanto, la mujer en cuestión no existía.