Qué bien huele lo viejo
«En su casa huele a tomillo, a limpio, a espliego y al verbo de antaño», decía Jacques Brel cantando «Les vieux». A fin de cuentas, más que enmascararlo, ese popurrí poético pone de relieve el olor tan particular que encontramos en casa de esos viejos de la canción, el olor de los ancianos, por decirlo crudamente, que algunos clasifican, con una expresión menos caritativa aún, como «olor a hospicio». No es un misterio para nadie que los efluvios corporales cambian con la edad, puesto que la actividad de las glándulas sudoríparas y sebáceas varía con el transcurso de la vida. Recuerden, por ejemplo, cómo ese bebé de tibio perfume y piel suave ha ido transformándose en un adolescente hediondo, aunque se haya frotado el pellejo bajo la ducha mientras berreaba algo de Rihanna. Por más que intentemos ahogarlo con desodorante, nuestro olor no nos abandona, es un vector de información sobre nosotros mismos. Sabemos que otros mamíferos lo utilizan para seleccionar a sus parejas sexuales y detectar a sus parientes o… a los individuos de más edad.
En un estudio publicado el 30 de mayo de 2012 por PLoS ONE, un equipo sueco-estadounidense quiso saber si los seres humanos eran capaces de jugar al «dime a qué hueles y te diré qué edad tienes». Los investigadores reclutaron varias decenas de voluntarios pertenecientes a tres categorías de edad muy distinta: los jóvenes (de veinte a treinta años), los de mediana edad (de cuarenta y cinco a cincuenta y cinco años) y los viejos (de setenta y cinco a noventa y cinco años). Cada participante debía llevar durante cinco noches seguidas una camiseta con unas compresas cosidas a la altura de las axilas. El estricto protocolo preveía que las personas se ducharan antes de acostarse, se secaran con unas toallas lavadas con lejía sin olor que había servido también para las sábanas, no bebieran alcohol, no fumaran, no comieran platos con especias ni alimentos que se sabe que alteran el olor corporal.
Al cabo de las cinco noches, las compresas se almacenaban a -80°C. Después se cortaban en cuadrados de idéntico tamaño y se introducían en botes de cristal. Entonces podía comenzar la degustación. Los cobayas husmeadores zambullían la nariz en los tarros y anotaban la intensidad de los olores y su carácter agradable… o no. Para sorpresa de los investigadores, los efluvios de los de edad más provecta se percibieron como los menos intensos y los más simpáticos. Probablemente porque los cobayas, ignorando de quién procedían, los calificaban sin un a priori negativo. Las mismas «narices», en otra prueba, fueron capaces de diferenciar las muestras «viejas» de las demás aunque les fuera mucho más difícil reconocer a un «joven» o a uno «de mediana edad». El experimento, pues, sugiere que el Homo sapiens es sensible a las variaciones olorosas de sus congéneres. ¿Para qué? Si contemplamos el mundo a través de un prisma evolutivo, no es descabellado pensar que antaño, los individuos de más edad podían ser considerados portadores de un sistema inmunitario eficiente y, por lo tanto, buscados por sus «buenos» genes. Entre los insectos, los machos viejos son los que tienen más éxito cuando se trata de reproducirse.
No obstante, advierten los autores del estudio, el impacto potencial de las señales olorosas «en la sociedad humana moderna corre el riesgo de ser muy limitado, dada la importancia que se confiere a los atributos visuales vinculados a la edad». Un modo de decir que, por mucho que las personas de edad avanzada huelan mejor que las demás, a la hora de seducir nada es comparable a un lifting, una inyección de bótox o un buen tinte.