¿Realmente la otra fila avanza más deprisa?

Ya está. Ha metido usted el equipaje en el maletero, a los niños en sus sillitas, y ha colocado la crema solar y las bolsas para vomitar en la guantera. La abuela cuidará del perro durante las vacaciones, y viceversa. Llega usted a la autopista más cercana y, al cabo de diez minutos, se topa con el primer atasco. Miles de coches por delante y, muy pronto, otros tantos por detrás, todos al ralentí, parados o avanzando solo en primera. Con voz quejica, su hija de cinco años le suelta el ritual «¿Cuándo llegamos?», y se dispone usted a responderle «Dentro de ochocientos kilómetros» cuando advierte que, como de costumbre en los embotellamientos, la otra fila avanza más deprisa que la suya.

Igual que ocurre con la calamidad del atajo, que resulta siempre el camino más largo entre dos puntos, la maldición de la fila equivocada parece ser una ley universal de la conducción. ¿Pero está justificado? ¿El otro carril avanza realmente más deprisa? Como explicaron en 1999 los investigadores Donald Redelmeier (de la Universidad de Toronto) y Robert Tibshirani (de la Universidad de Stanford, en California), con ocasión de un estudio publicado en Nature, los datos para este crucial problema no existían por entonces. Así, pues, para confirmar o descartar la ley del otro carril más rápido, se entregaron a dos experimentos.

El primero consistió en simular por ordenador un embotellamiento en dos carriles. Aunque, al comienzo, todos los coches tenían la capacidad de aceleración y de frenado de un Honda Accord (triste mundo virtual…), los investigadores introdujeron enseguida cierta emoción en el modelo: una pizca de Porsche, un pellizco de 2 CV, coches que llegaban a la circulación con diferencias aleatorias. Y éstos se amontonaron por decenas y, luego, por centenares, en la imaginaria autopista.

El resultado es sorprendente: en cuanto se forma el tapón, las dos hileras evolucionan a la misma velocidad durante los diez minutos de simulación. Evidentemente, se trata de una media: de vez en cuando, una fila reduce la velocidad o se detiene, luego es la otra la que se bloquea, pero, a fin de cuentas, adelantas tanto como eres adelantado. No obstante, estos dos fenómenos no son simétricos en su distribución temporal. Durante los diez minutos, se pasa menos tiempo adelantando que siendo adelantado. Eso se debe a la distancia entre los vehículos. Cuando están parados, parachoques contra parachoques, los afortunados de la fila contigua pueden adelantar a tres en un segundo. En cambio, como los automóviles que circulan están separados por cierta distancia, nunca podrán adelantarte tres vehículos en un segundo. Adelantar es un placer breve; ser adelantado, una larga tortura.

La impresión de que la otra fila es más rápida se debe por tanto a esta disimetría. Lo confirmó el segundo experimento, en el cual se proyectó a ciento veinte personas una película de cuatro minutos filmada a través de la ventanilla de un coche durante un embotellamiento. Aunque, en realidad, la fila contigua había circulado más lentamente, el 70% de los «cobayas» estimaron lo contrario y el 60% habrían cambiado de buena gana de carril para colocarse… ¡del lado de los perdedores!

Por lo tanto, la maldición de la autopista no es más que una ilusión. La cuestión sería saber si eso también explica por qué, en el supermercado, la cola avanza siempre más deprisa en la caja de al lado precisamente cuando su hija de cinco años le pregunta: «¿Cuándo vamos a casa?»