Cómo adelgazar delante del tele visor
¿Para qué sirven los programas de televisión? Recordamos la excelente respuesta que dio en el año 2004 un eminente especialista, Patrick Le Lay, entonces director general del canal de televisión privado francés TFI: «Para que un mensaje publicitario sea percibido, es preciso que el cerebro del telespectador esté disponible. La vocación de nuestras emisiones es volverlo disponible: es decir, divertirlo, relajarlo para prepararlo entre dos anuncios. Lo que vendemos a Coca-Cola es tiempo de cerebro humano disponible». Este vaciado de los cerebros, acompañado también, a menudo, por un llenado de los estómagos, ocupa la mayor parte del tiempo de ocio de los seres humanos. De ahí una ecuación energética que incluso un telespectador de TFI, en pleno esfuerzo de evacuación cerebral, podría resolver: nalgas en el sofá + calorías tragadas = felicidad de los dietistas y los cirujanos especializados en liposucciones.
La epidemia de obesidad se propaga por los países ricos. Un estudio de 2010 estimaba que el 68% de los estadounidenses eran obesos o tenían sobrepeso, en parte debido a un estilo de vida cada vez más sedentario. Aquel mismo año descubrimos que, en Estados Unidos, el telespectador medio veía la televisión casi treinta y ocho horas a la semana. La máquina de engordar funciona… a todo trapo. Para liberarse de ello, tres investigadores de la Universidad de Knoxville (Tennessee) acaban de tener una idea que calificaremos de… hummm… digamos que original: ¿por qué no aprovechar los anuncios no para ir a vaciar la vejiga (después del cerebro) sino para hacer ejercicio? Con el fin de convertir a los apoltronados en activos, sin por ello desconectarlos de su sagrada caja de imágenes, nuestro trío propone, en un artículo publicado en febrero de 2012 por la revista Medicine Science in Sports & Exercise, ¡andar sin moverse delante de la pantalla! Para ello era preciso demostrar científicamente que esta actividad física consumía más calorías que ver la televisión sentado. Los investigadores reclutaron a veintitrés individuos, de dieciocho a sesenta y cinco años (diez de ellos con sobrepeso y cuatro obesos), y midieron su gasto energético en varios casos distintos: tres para conocer su metabolismo basal —tendidos, sentados sin hacer nada o caminando sobre una cinta de correr a 4,8 kilómetros por hora— y dos «en situación» —es decir, sentados durante una hora mirando la televisión y, también durante una hora, levantándose en cada corte publicitario para andar, sin moverse del sitio, al ritmo de un centenar de pasos por minuto y procurando levantar el pie unos quince centímetros cada vez—. Sabiendo que los anuncios duraban veintiún minutos cada hora, los cobayas, por término medio, gastaron 67 calorías más (148 por 81) andando sin moverse frente a la pantalla que permaneciendo en el sofá. Un resultado muy convincente. Por lo tanto, ¡a levantarse todos durante la publicidad…!
¿Por qué, en vez de abogar por esa improbable ocupación, los investigadores no recomendaron sencillamente a los estadounidenses que apagaran el televisor y salieran a dar un paseo? Dado que, por desgracia, conocen la «reticencia» de sus compatriotas «a abandonar de modo permanente una parte de su tiempo de pantalla», prefirieron este enfoque que asocia el ejercicio físico y la pequeña pantalla. Con toda lógica ya solo nos queda, por evidentes razones sanitarias, exigir la multiplicación de los anuncios. De resultas, los programas servirán para respirar un poco entre dos pausas publicitarias.