Cómo lograr que estalle una vaca congelada
Aunque algunos científicos las crean capaces de alinearse según las líneas del campo magnético terrestre, las vacas no tienen forzosamente sentido de la orientación. La última prueba de ello se dio durante el invierno de 2011-2012 en las Montañas Rocosas, donde una parte de un rebaño que pastaba no lejos de Aspen, el Chamonix de Colorado, se extravió en la ventisca. Los pobres animales intentaron encontrar refugio en una cabaña de guarda forestal, a tres mil cuatrocientos metros de altitud, pero el frío fue más fuerte. Media docena murieron en la choza y el resto fuera. Sus cadáveres congelados se hallaron a finales del mes de marzo de 2012.
Enseguida surgió la cuestión de cómo librarse de ellos. El lugar forma parte de una reserva natural protegida y se encuentra cerca de manantiales de agua caliente muy apreciados por los excursionistas. Era inviable dejar que las vacas se descongelaran y, luego, se descompusieran: eso podía contaminar el suelo y los manantiales, y también atraer a algunos osos a las inmediaciones de los paseantes. Ni hablar, tampoco, de quemarlos, ni de descuartizarlos con una tronzadora: la estricta reglamentación de estas reservas prohíbe la utilización de artilugios con motor. Así que, solo quedaba el método que, en la película Les Tontons flingueurs, preconiza Raoul Volfoni, interpretado por Bernard Blier, para eliminar al molesto —y vivo— señor Fernand, alias Lino Ventura: «voy a demostrarle quién es Raoul. Van a encontrarlo diseminado en pedacitos, como un rompecabezas, en las cuatro esquinas de París. Yo, cuanto más me la juegan, más castigo: ¡dinamito, disperso, ventilo!».
El método badabum, vaya. La cosa viene al pelo: existe en la documentación del perfecto guardabosques estadounidense una sabrosa y pequeña ficha técnica titulada «Aniquilar cadáveres de animales con explosivos», muy útil cuando grandes mamíferos como caballos, alces o vacas extraviadas han tenido la mala idea de fallecer en terrenos impracticables para los vehículos. La ficha, que es digna de figurar en el Manual de los jóvenes castores, propone dos soluciones: el troceado o la desintegración. La primera solución es más económica en explosivos porque solo requiere 9,1 kilogramos de cartuchos de dinamita. Tres cartuchos a la altura del muslo, otros tres en los flancos, tres en la paletilla del animal, tres en el cuello y la cabeza y dos para cada pata (se aconseja, de todos modos, recurrir a un experto en explosivos). Esta opción mínima, que desmembrará al animal y enviará sus pedazos a los alrededores, se debe elegir cuando no haya prisa: en efecto, es preciso dar tiempo a los carroñeros de todo pelaje para que luego se encarguen de la limpieza. La ficha indica también que es más prudente quitar los cascos de los animales antes de la explosión para no herir a nadie. La segunda opción es más radical: se envuelve el cadáver con veinticinco kilogramos de explosivos y, por lo general, no queda nada de él un día después del bum.
Finalmente, a comienzos de mayo de 2012, los guardas forestales de Colorado tuvieron que decidirse por otra solución que requería menos dinamita pero doblar más el espinazo: trocear todos los cadáveres de vaca con las buenas sierras de antaño. Los pedazos resultantes se dispersaron lejos de los manantiales y se colocaron algunos carteles señalándolos para evitar que los excursionistas molestaran a los osos en plena comida. Para no encontrarse, así, con nuevos cadáveres entre las manos.