Hay que saber sufrir para quedar purificados
Faltó alguien junto a los torturados de antaño, ya fueran crucificados o empalados, puestos en la rueda o descuartizados, desollados vivos o asados a fuego lento. También faltó alguien junto a los adeptos a la mortificación, portadores de cilicio o flagelantes. Ese gran ausente de las espectaculares manifestaciones del sufrimiento es el psicólogo. Si hubiera interrogado científicamente a los principales interesados, en la época en que esas prácticas eran frecuentes, habría podido responder a una gran pregunta: ¿el dolor purifica? ¿Realmente podemos conseguir la remisión de los pecados mediante el sufrimiento físico o, al menos, aliviar nuestra alma de sus faltas?
Para saberlo, dos psicólogos australianos y un colega italiano llevaron a cabo un experimento cuyos resultados se publicaron en enero de 20x1 en la revista Psychological Science. Sin duda, no les faltaron ganas de sacar látigos, bates de béisbol y carbones ardientes, pero los comités deontológicos a los que están sometidos los protocolos experimentales aprecian muy poco, por lo general, la utilización de ese tipo de material, ni siquiera con fines científicos. Así que, desgraciadamente, tuvieron que tomar un camino algo menos directo.
Puesto que un psicólogo que no miente sobre que el objetivo de su experimento tiene muchas posibilidades de fallar, los investigadores empezaron reclutando a unos sesenta voluntarios diciéndoles que se trataba de una prueba sobre la «agudeza mental»; distribuyeron a los voluntarios en tres conjuntos, dos de ellos con los verdaderos «cobayas» y el tercero con el grupo testigo. Para comenzar el experimento, todo el mundo redactaba un pequeño texto. Los miembros de los dos primeros grupos debían narrar un episodio de su vida durante el cual hubieran actuado de modo inmoral, con la intención de hacer subir la aguja del «culpabilómetro», cosa que se medía de inmediato gracias a un test de personalidad en el que se había incluido una pregunta al respecto. Por su parte, los participantes del grupo testigo tenían que contar una interacción cualquiera con otro ser humano que hubieran mantenido la víspera.
Luego se entraba en el meollo de la cuestión. Los cobayas del primer grupo, con la culpabilidad a tope, debían meter la mano en un cubo con hielo (cuya temperatura estaba comprendida entre 0°C y 2°C) y mantenerla allí el mayor tiempo posible, siendo imitados por el grupo testigo. En cuanto a las personas del segundo grupo, introducían la mano en agua a temperatura agradable (de 36°C a 38°C) y después cada uno de ellos expresaba sus sensaciones en una escala de sufrimiento graduada de cero a cinco (cero, casi ni me duele; cinco, ¡ay, uy, ayayay!) y hacía un nuevo test de personalidad para evaluar dónde quedaba el sentimiento de culpabilidad.
Por término medio, el primer grupo mantuvo la mano en el hielo durante 87 segundos, frente a los 64 segundos del grupo testigo (que no tenía nada que reprocharse), demostrando así que sentirse en falta incita a buscar la catarsis por medio de un castigo físico mayor. Con un tiempo de inmersión equivalente, el dolor sentido era mucho mayor en el primer grupo. Quedaba por responder la pregunta más importante: ¿cómo había evolucionado el sentimiento de culpa? Quienes habían soportado el hielo habían experimentado una reducción de ese sentimiento dos veces mayor que quienes no habían sufrido metiendo las manitas en agua caliente. Como si el dolor fuera, efectivamente, la moneda de cambio de la expiación. Pecadores, ¿no os apetecería un poco de látigo?