¿Quién quiere probar la comida para gatos?
Si su cónyuge le llama «minino» o «gatita», tal vez esta crónica le cambie la vida. Usted no lo sabe, pero la ciencia le tiende la mano a través de Gary Pickering. En un artículo publicado en 2008 por el Journal of Animal Physiology and Animal Nutrition, este biólogo especializado en la ciencia del gusto y del vino, en el buen beber y el buen comer, se interesó por la comida para gatos. Así, pues, las numerosas pruebas realizadas por la industria del Jalagato —cuya cifra de negocio anual se calcula en miles de millones de dólares— para mejorar el atractivo de sus productos ante los consumidores de cuatro patas, pruebas costosas en tiempo y en dinero, a menudo no son concluyentes. Los gatos se muestran caprichosos por lo que se refiere a la comida y, sobre todo, advierte Gary Pickering, si exceptuamos al gato de Cheshire y a Silvestre, el enemigo del canario Piolín, tienen el gran defecto de no verbalizar ni sus deseos ni las razones de sus repugnancias.
Ahí es donde interviene usted, señor Minino, señora Gatita, pues se necesita un animal que hable para llevar a cabo los ensayos gastronómicos. La guía Michelin del paté, el Gault & Millau de la croqueta. Y como en el plano de la degustación el Homo sapiens funciona más o menos como el Felis catus, ahí tenemos una salida adecuada para estos tiempos de crisis y de paro: catador para gatos. Pero no lo es quien quiere. Para elaborar un protocolo fiable, Gary Pickering sometió a sus candidatos a una implacable selección, eliminando a los que tenían los senos obstruidos (pues apreciar el alimento requiere unas fosas nasales muy despejadas), problemas de visión de los colores o alergias alimentarias, a quienes no eran lo bastante sensibles a los sabores primarios y a la dureza de los alimentos, y, por último, a los que, demasiado asqueados, no querían prestar su lengua a los gatos.
Seleccionaron once candidatos que comenzaron su formación con seis sesiones de una hora y media, durante las cuales se entrenaron para describir y clasificar los alimentos según dieciocho criterios de aroma —dulce, salado, picante, con hierbas, caramelo, quemado, rancio, amargo, gambas, menudillos, etc.— y cuatro criterios de textura —dureza, facilidad para masticar, viscosidad (en las salsas y gelatinas) y carácter rijoso (en el sentido prístino del término)—. Luego llegó la hora de la degustación de trece alimentos comercializados, de acuerdo con un protocolo muy preciso: «1) enjuagar la boca con agua; 2) colocar de media a una cucharada de café de muestra en la boca; 3) desplazar la muestra por la boca y masticarla entre diez y quince segundos; 4) tragar una porción de la muestra y escupir el resto en una escupidera; 5) evaluar la intensidad de cada criterio en una escala de 15 centímetros; 6) enjuague de la boca con agua. Además, era obligatorio hacer una pausa de uno o dos minutos entre las muestras». Para vomitar, dirán… las malas lenguas.
La prueba pedía también a los caballeros de la Mesa Ronroneo que anotaran, siguiendo una escala del uno al nueve (uno, me encanta; nueve, lo detesto), su apreciación personal. La nota media de los trece alimentos fue de 4,97, lo que coloca el cursor entre el «no me gusta especialmente pero tampoco me asquea» y el «me gusta un poco». Nuestros Félix de dos patas prefirieron el plato de pescado (una nota de 2,73 que envidiarían muchos restauradores) e hicieron una mueca ante un paté homogéneo (con nota de 6,59). Vamos, vamos, caprichosillos.