Teresa, la mosca que muere cuando «bzzz»

He aquí una gran pregunta de biología que realmente no tiene respuesta: entre los animales, ¿copular aumenta el riesgo de ser devorado por un depredador? Los científicos presienten que la respuesta es «sí», porque echar un buen polvo acumula tres desventajas: estás algo ocupado y la vigilancia desciende; aunque pegados el uno al otro, dos son más visibles que uno solo; y una vez que el macho ha trepado sobre la hembra, enseguida las estrategias de huida se vuelven menos eficaces… Eso por lo que se refiere a los argumentos teóricos. Pero los biólogos deben reconocer que carecen de ejemplos concretos para probarlo.

En un número de julio de 2012 de la revista Current Biology, un equipo alemán aportó una confirmación a esta hipótesis al tiempo que resolvía un enigma, el de la mosca y el vespertilio de Natterer. Tan conocida es la primera bestezuela como la segunda merece una descripción. Se trata de un pequeño murciélago insectívoro de nuestras regiones que solo pesa un puñado de gramos. Y es un enigma pues, aunque se sabe que las moscas constituyen su plato favorito, hasta hoy se ignoraba cómo las descubría. En efecto, detectarlas gracias al sistema de ecolocación de los vespertilios resulta una misión imposible: el débil eco devuelto por una mosca posada parece un parásito en el sonar de los murciélagos. Ni siquiera cuando los dípteros andan, su desplazamiento provoca el ataque de los quirópteros. Los investigadores alemanes tuvieron una prueba de ello al equipar con cámaras infrarrojas un establo poblado de vespertilios. Durante trece noches, distribuidas en cuatro años, contaron 8986 moscas andando por el techo —en ciencia hay que ser preciso y paciente— y ninguna sirvió de diana.

Si las moscas no hicieran otra cosa que andar, todo iría bien para ellas. Su problema es que fornican. Y, según este estudio, una vez de cada veinte, precisamente en ese momento los mamíferos alados caen sobre ellas, con una precisión y una eficacia muy impresionantes puesto que, en casi el 60% de los casos, el señor y la señora Mosca son devorados en un bonito doble golpe.

Quedaba por comprender cómo habían sido descubiertos. Suponiendo, en primer lugar, que el mayor tamaño del dúo favorecía su localización gracias al sonar, los investigadores colocaron treinta y cinco parejas de moscas muertas en posición de cópula —probablemente preguntándose cómo iban a resumir su jornada durante la cena familiar— y esperaron. Nada ocurrió y el misterio se hizo más denso.

Hasta que aquellos biólogos descubrieron que la mosca macho, una vez que había montado sobre la hembra, emitía al aletear una particularísima ráfaga sonora de «clics» que, en nuestros oídos, se traducía en un leve «bzzz» de menos de tres segundos. Apenas el tiempo de decir «¡Oh, sí!, ¡oh, sí!, ¡oh, sí! ¡Sigue, más, más!». Para asegurarse de que, en efecto, era ese ruido el que provocaba el ataque de los vespertilios, los biólogos lo grabaron y lo difundieron después en el establo. Los murciélagos se pusieron a revolotear alrededor del altavoz, lo inspeccionaron e, incluso, intentaron manosear un trozo. Según el estudio, solo reaccionan ante el zumbido de las moscas que se acoplan y no ante el de las moscas que vuelan.

Hasta hoy sabíamos de los mirones. A partir de ahora, también conocemos a los oidores. Mosca Teresa, cuando «bzzz», mejor que te calles.