Los poderosos se ven más altos de lo que son

En abril de 2010, la destrucción de la plataforma petrolífera de BP, Deepwater Horizon, provocó la mayor marea negra conocida en Estados Unidos. Unas semanas más tarde, el presidente de BP causó un escándalo al declarar, refiriéndose a las víctimas de la catástrofe: «Nos preocupamos por las pequeñas gentes de a pie». Como si de un lado estuvieran los grandes hombres, y, del otro, los mindundis de la plebe. A raíz de ese comentario, a dos investigadores estadounidenses se les ocurrió la idea de explorar una sorprendente hipótesis: ¿la experiencia del poder modifica la percepción que los poderosos tienen de su propio tamaño?

Por muy improbable que parezca esta suposición, no está sacada de la manga. La estatura y el estatus caminan codo con codo en la imaginación colectiva. El público parece atribuir de manera natural más poder y dominio a las personas de elevada estatura, y varias estadísticas han demostrado que, por término medio, ser alto otorga mayores ganancias, más responsabilidad e incluso más posibilidades de ganar las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Por otra parte, algunas investigaciones demostraron que el sentido literal y el figurado de las palabras podían fusionarse hasta el punto de que el carácter metafórico de algunas expresiones adquiría una especie de realidad física. Los «grandes» de este mundo podrían, tal vez, sentir que crecen algunos centímetros y verse más altos de lo que son en realidad.

Para confirmarlo, nuestros dos investigadores estadounidenses llevaron a cabo tres pequeños experimentos, cuyos resultados se publicaron en diciembre de 2011 en la revista Psychological Science. En el primero, pidieron a tres grupos de personas que contaran un episodio de su vida: al primer grupo, un acontecimiento durante el cual tuvieron poder sobre otros; al segundo, un momento en el que tuvieron que someterse a la autoridad de un tercero, y al grupo testigo, un hecho banal. Luego, cada cual evaluó el tamaño de una pértiga algo más grande que él. De media, el grupo de los «dominantes» vio la barra entre diez y quince centímetros más pequeña que los otros dos grupos, como si la diferencia entre la propia estatura y la pértiga no fuera tan importante.

En el segundo experimento, otros participantes se agruparon por parejas para un juego de rol. Previamente, habían realizado un test para determinar quién ejercería de jefe y quién de empleado. En realidad, los puestos se asignaron al azar, pero todos los participantes creyeron haberlo «merecido». Antes del juego de rol, que no tenía la menor importancia en el experimento, todos rellenaron un cuestionario sobre sí mismos, en el cual debían indicar particularmente su altura. Los «jefes» tendían a añadirse uno o dos centímetros, mientras que los «empleados» no hacían trampas. En el último experimento se recuperó el mismo protocolo pero, además del cuestionario, invitaron a los cobayas a crearse el avatar «que mejor los representase», pues el juego de rol sería virtual. También en esa ocasión los «jefes», en el «abanico de las siete alturas posibles», eligieron por término medio una altura mayor que sus «subalternos».

La expresión según la cual la gente que se siente importante «estira el cuello» parece encontrar aquí una resonante confirmación. Queda por saber si los poderosos empequeñecen a aquellos que les parecen insignificantes. Un indicio: la prensa publicó que Nicolás Sarkozy (1,65 metros) apodaba a François Hollande, que le supera por varios centímetros, «el pequeño».