¿Quién presta sus testículos a la ciencia?

En Casino Royale, el malvado Le Chiffre tortura a James Bond para recuperar el dinero que 007 ha ganado a las cartas. La tortura en cuestión consiste en golpear los testículos del agente secreto que, sin embargo, consigue guardar silencio (¿qué no haríamos al servicio de Su Majestad?). Todos aquellos que alguna vez hayan recibido un buen golpe, un balón de fútbol o un casco de caballo en esa parte de su anatomía, sin olvidar a los que hayan fallado su ejercicio en las barras paralelas, saben hasta qué punto el lugar es sensible. Se trata de un dolor insoportable, casi indescriptible, tan fuerte que trepa hasta el vientre, y si un científico —desprovisto de deontología— hubiera asistido al interrogatorio de James Bond, no cabe duda de que habría aprovechado la ocasión para pedirle que describiera sus sensaciones.

En efecto, se encuentran muy pocos voluntarios para someterse a ese tipo de pruebas. Afortunadamente, en 1933, dos investigadores londinenses llevaron hasta ese punto su amor por la ciencia. Nótese que, al igual que James Bond, se trata de súbditos británicos y, si no fuera porque no disponemos de más espacio en este artículo, nos preguntaríamos por la propensión de los hijos del Reino Unido a maltratar sus cachivaches. En 1933, pues, apareció en la revista Brain un artículo escrito por los señores Woollard y Carmichael consagrado a la cuestión del conocido como «dolor referido». Se trata de esos casos de dolor que se siente en un lugar distinto de donde se produce el estímulo nociceptivo. Al preguntarse cómo se propagan los dolores que se sienten en las vísceras, a los investigadores se les ocurrió la idea de someter a una dura prueba la viscera más accesible, la única —podríamos decir— que está al alcance de la mano.

En el dúo Woollard-Carmichael, la distribución de las tareas está bien establecida: «decidimos —explica el artículo— que uno de nosotros fuera el sujeto y el otro el observador». Al escribir esta crónica se ignora todavía cuál de los dos puso en juego sus joyas familiares, cuál de ellos las aplastó (eso sí, con anestesia local) y si se recurrió al sorteo para decidirlo. El modo operativo, válido para los cinco experimentos (sí, cinco), fue el siguiente: puesto que el estudio tiene como objetivo comprender por qué vías se propaga el dolor desde el testículo a las regiones contiguas, en cada una de las pruebas se desactivaron distintos nervios de la zona genital del sujeto con inyecciones de novocaína. Una vez «dormido» el testículo, lo colocaron bajo una pequeña bandeja que iba llenándose progresivamente de pesas.

Con cada pesa añadida, el sujeto describía lo que sentía. Por lo general, la cosa empezaba a partir de trescientos gramos, por una difusa molestia inguinal del lado del testículo comprimido (cuya masa no supera la veintena de gramos). Luego, a medida que las pesas se acumulaban, hasta un kilogramo, el dolor se volvía cada vez más intenso. Según estuvieran o no anestesiados los nervios, el dolor podía llegar al testículo respetado o subir hasta el centro de la espalda. Pero el sujeto nunca perdía su flema británica.

Sin duda, la anestesia local tuvo mucho que ver en ello. En abril de 2012, en la ciudad china de Haikou, el propietario de una tienda reprochó a una mujer haber estacionado su motocicleta delante de su tenderete. La disputa degeneró en pelea y la dama agarró con presteza los testículos de su adversario antes de aplastarlos. El hombre murió. Somos unos chirimbolos muy frágiles.