¿A qué velocidad camina la muerte?
En su hermosa «Supplique pour être enterré à la plage de Sète», Georges Brassens cantaba: «La huesuda, que nunca me ha perdonado haber sembrado flores en los agujeros de su nariz, me persigue con un celo imbécil». Sí, pero ¿a qué velocidad? Esquelética, vistiendo una larga túnica negra con capucha y blandiendo la guadaña para hacer su siega de almas, la Muerte avanza a una velocidad que, hasta ahora, la ciencia aún no había determinado. Un equipo australiano acaba de colmar esa irritante laguna con un estudio médico-humorístico publicado el 15 de diciembre de 2011 por el British Medical Journal (BMJ).
Para comprender la metodología empleada por los investigadores, es preciso saber que la velocidad de la marcha constituye una excelente medida objetiva de la capacidad física de las personas de edad avanzada y que ha permitido predecir de manera fiable, entre varias cohortes de sujetos, quién sobreviviría a corto o medio plazo, sabiendo que a largo plazo, como en el casino, la banca gana siempre. Morir, pues, es una cuestión de velocidad. Como la Gran Segadora alcanza y atrapa a los que caminan demasiado lentamente, es posible, cronometrando el paso de las personas de edad y viendo a las que van a sucumbir (o no) en los meses o años próximos, evaluar con precisión la velocidad máxima a la que camina la Muerte.
Los autores del artículo del BMJ aprovecharon una vasta encuesta médica llevada a cabo con centenares de hombres de más de setenta años para dilucidar esa misteriosa cuestión de salud pública. Se reclutaron a más de mil seiscientas personas en los alrededores de Sídney a partir de las listas electorales, que tienen la ventaja de incluir la fecha de nacimiento y proporcionar una muestra representativa de la población, puesto que en Australia votar es obligatorio. A quienes habrían preferido convocar directamente a la huesuda para hacerle pasar unas pruebas sobre una cinta de correr, los investigadores respondieron: «Como “vivir” en la región era un criterio de entrada para el estudio, no logramos que la Muerte participara en las evaluaciones clínicas. Además, que nosotros sepamos, la Muerte no está inscrita en las listas electorales australianas». Irrefutable.
Los médicos comenzaron midiendo la velocidad de marcha de los abuelos. Luego esperaron. Durante cinco años, por término medio, examinaron de vez en cuando la evolución del estado de salud de aquellos caballeros, y cuando nadie respondía a las encuestas, consultaban los registros de defunción. En total, 266 participantes en la encuesta no llegaron a ver su finalización. Sin duda, de haber llegado hasta el final de la prueba habrían aprendido que, caminando con una media de menos de 2,95 kilómetros por hora, corrían mucho más peligro que los demás de que la Segadora los alcanzara porque ésa es su velocidad de crucero. A partir de 4,9 kilómetros por hora, en cambio, ya no puede alcanzar a nadie, pues parece evidente que su capacidad muscular es muy limitada. Según los investigadores, existen sin duda otras posibilidades, por desgracia no probadas, para escapar de la defunción llevando un paso de tortuga, especialmente la utilización de las famosas «reliquias de la muerte» que la saga de Harry Potter ha hecho célebres.
Reliquias que Georges Brassens no conocía, puesto que tuvo la infeliz idea de reducir el paso, de hacer «el camino a paso de anciano» al bajar, cierto día de octubre de 1981, por el «Boulevard du temps qui passe»…