¿Los policías son buenos alcoholímetros?

En Francia, desde el 1 de julio de 2012, todo conductor de vehículo terrestre con motor —a excepción de los ciclomotores— debe viajar con un alcoholímetro. Tras la entrada en vigor de la medida, los supermercados fueron tomados por asalto y muchos de ellos permanecieron sin existencias durante mucho tiempo. Quedaba otra posibilidad: ponerse en camino con un policía. En efecto, éstos, en Estados Unidos al menos, tienen la costumbre de olfatear el aliento de los automovilistas, los camioneros y los motoristas de quienes sospechan que conducen con demasiado alcohol en la sangre. Leyendo sus informes se observa que los agentes de las fuerzas del orden incluso son capaces de evaluar a golpe de nariz el nivel de impregnación de sus «clientes»: el perfume a borrachera varía en una escala que va del «leve» al «fuerte».

¿Pero realmente podemos fiarnos de esta estimación sabiendo, por ejemplo, que el límite permitido en Francia (0,5 gramos de alcohol por litro de sangre) corresponde a un minúsculo 0,25 miligramos por litro de aire expirado? ¿Cuál es el margen de error de la pasma? Para responder a estas preguntas fundamentales, un equipo de investigadores estadounidenses puso en marcha un experimento muy bien regado y publicado en 1999 por la revista Accident Analysis & Prevention. El protocolo, muy estricto, vale la pena. Por un lado, había veinte policías que habían obtenido un certificado de expertos en reconocimiento de substancias ilícitas. Por el otro, catorce voluntarios, reclutados gracias a anuncios por palabras y pagados para el experimento, que tenían así la borrachera y el dinero de la borrachera.

El día D, los voluntarios llegaron en ayunas (de alcohol y de comida) y en taxi, pues los investigadores no querían que se marcharan conduciendo tras haber sido emborrachados en un edificio del departamento de policía de Los Ángeles. Los sujetos, que habían sido cuidadosamente seleccionados, no debían tomar medicamentos ni esperar un bebé. Por cuestiones de ética, se les había explicado también qué cantidades de alcohol y qué mezclas (vodka con naranja, bourbon y Coca-Cola, vino tinto, cerveza… o agua para los sujetos testigo) les harían trasegar durante las cuatro sesiones de una hora. Su alcoholemia variaría de o a 1,2 gramos por litro de sangre.

Los cobayas se colocaron tras unas pantallas opacas y recibieron la consigna de estar en silencio, con el objetivo de que los policías no dispusieran de signo exterior alguno de borrachera —como el color del rostro, la pérdida de equilibrio, la torpeza, el pelo y la ropa en desorden o una elocución defectuosa— y tan solo basaran su juicio en indicios olfativos. Los sujetos soplaban en un largo tubo de plástico en el otro extremo del cual se encontraba la nariz de los agentes husmeadores. En cada sesión, cada uno de los veinte policías (el estudio no precisa qué habían bebido ellos, por su parte) olfateó el aliento de seis sujetos, con la misión de detectar, o no, la presencia de alcohol, caracterizarla y, si era posible, determinar la bebida ingerida.

En total, el porcentaje de éxito coqueteó con el 80% mientras no se permitió comer a los sujetos. Los errores afectaron más a los alcoholizados no detectados que a los sobrios detectados por error. Después de la comida, los resultados de los policías se derrumbaron, pues los olorcillos de los alimentos interfirieron con los aromas de la bebida… Como conclusión de su estudio, los investigadores sugieren prudentemente a las fuerzas del orden que no confíen demasiado en su olfato, al menos no para ese tipo de encuesta.