La vida terrestre a la conquista de la galaxia
Las circunstancias de la aparición de la vida en la Tierra siguen siendo, todavía hoy, misteriosas. En el siglo V a. C., el filósofo griego Anaxágoras imaginó que los gérmenes de la vida procedían del espacio y que habían encontrado en nuestro planeta las condiciones favorables para su desarrollo. Esta teoría, llamada de la panspermia, experimentó un renacimiento en el siglo XIX, y sus actuales defensores se apoyan, especialmente, en el hecho de que ciertas bacterias llamadas extremófilas resisten sin demasiados problemas temperaturas extremas, el vacío, las radiaciones ionizantes, todas las condiciones simpáticas de una prolongada estancia en el espacio.
No obstante, podemos invertir también la teoría de la panspermia y decir que la Tierra propagó la vida a su alrededor. ¿De qué modo? Gracias a los asteroides que, desde la noche de los tiempos, han ido estrellándose contra nuestra bola azul, mandando al espacio kilómetros cúbicos de tierra, roca y océano llenos de nuestros buenos microbios. Puesto que en la Tierra se pueden encontrar meteoritos procedentes de la Luna o de Marte, hay posibilidades de que nuestro planeta les haya correspondido. De acuerdo, ¿pero cuántas posibilidades?
Esta pregunta, algo improbable, es la que respondió un equipo de físicos japoneses de la Universidad de Kioto en un estudio publicado en el año 2010 por el Journal of Cosmology. Se interesaron por el asteroide de diez kilómetros de diámetro que, hace sesenta y cinco millones de años, nos libró amablemente de los grandes dinosaurios, respetando solo a los antepasados de los pájaros. Mientras esa titánica roca llevaba a cabo la quinta extinción de lo vivo, ¿no organizaba al mismo tiempo la siembra de la vida terrestre en todo el sistema solar? La respuesta de los investigadores nipones es un «sí» franco y masivo.
El material eyectado en la operación «Panspermia» alcanzó, al parecer (o al menos según esos cálculos), varios astros del sistema solar. No todos los modelos contemplados tienen el mismo grado de optimismo, pero todos ellos dicen que la Luna fue copiosamente regada: a pesar de su modesto diámetro, le cayeron encima varios centenares de millones de pequeños cascotes, incluso varios miles de millones, dada su proximidad. Marte no se queda atrás y es probable, si creemos las cifras de este estudio, que si algún día se descubre una bacteria en el planeta rojo, se trate de un microbio terrestre emigrado. Del mismo modo, Europa, el satélite de Júpiter del que se cree que alberga un océano subterráneo, debió de recibir la visita de guijarros muy de nuestra casa.
La Luna, Marte, Europa… ¿y más allá? Una vez proyectado a toda velocidad, nada detiene al material eyectado, que también puede abandonar el sistema solar y navegar, como embajador de la Tierra, hacia las estrellas. Los investigadores nipones quisieron saber si había posibilidades de alcanzar el sistema solar de la estrella Gliese 581, a cuyo alrededor gravitan varios planetas, dos de los cuales son susceptibles de ser «habitables». La probabilidad es escasa, dicen, pero no nula puesto que varios grandes asteroides han chocado con la Tierra desde su nacimiento. Nuestra vida tuvo mucho tiempo para propagarse por la galaxia. No es una locura, pues, considerar a los extraterrestres, que según algunos ufólogos nos visitan a menudo, como unos primos lejanos llegados en peregrinación a la tierra de sus antepasados…