¿El señor Pi es un buen profe de mates?

En 1937, el psicólogo estadounidense Gordon Allport sugirió que los apellidos son un elemento importante en la constitución de nuestra personalidad a causa de sus connotaciones, ya sean físicas (Calvo, Grande, Delgado, Blanco…), psicológicas (Bueno, Bravo) o den indicios sobre el origen geográfico o étnico del linaje. Aunque solo seamos lejanos herederos de los primeros en llevar nuestro patronímico, los demás miembros de la sociedad utilizan esos indicios, de forma más o menos consciente, para hacerse una idea de nosotros. Varios estudios han puesto de manifiesto que activamos estereotipos negativos cuando se evocan apellidos de origen extranjero. Por el contrario, cuanto más frecuente es un apellido, más se beneficia de un a priori positivo.

Nicolás Guéguen, investigador en ciencias del comportamiento en la Universidad de Bretagne-Sud, es especialista en descifrar esos detalles en apariencia descabellados pero que son muy elocuentes sobre la psicología del ser humano. Tras haber investigado el éxito de las autoestopistas en función de su contorno pectoral o del color de su camiseta, y tras haber demostrado que se gasta más dinero en la floristería cuando suenan de fondo canciones de amor, se preguntó, junto con su colega Alexandre Pascual (de la Universidad de Bordeaux Segalen) si tener un apellido vinculado a la propia profesión era una ventaja.

Como resulta un poco difícil saber si los clientes del señor Panadero creen que su pan es mejor que el de la competencia o si la señora Mercader es una comerciante especialmente efectiva, los investigadores idearon un pequeño y divertido experimento. Publicaron varios anuncios por palabras de clases particulares de matemáticas impartidas por un profesor ficticio que tenía apellidos distintos, según el caso se llamaba Maestro, Bueno, Grande (para probar con una característica física), García (para descubrir si el más corriente de los patronímicos tenía mayor capital-simpatía), Maestre y Bono (para evaluar apellidos algo menos comunes pero con una estructura análoga a la de los dos primeros). Como demuestran los resultados publicados en 2011 en la Revue Internationale de psychologie sociale, el bien llamado señor Maestro y, en menor medida, el señor Bueno fueron los más solicitados por los padres que deseaban reforzar los conocimientos —o colmar las lagunas— de sus retoños.

En un segundo experimento muy parecido, publicado el mismo año por la revista Ñames, los señores Guéguen y Pascual fueron más lejos: los profesores de matemáticas de sus anuncios por palabras se llamaban Pi, Mir (por semejanza con el primero) y Vidal. ¿A quién eligieron? Al homónimo del número pi, claro está, con casi la mitad de llamadas telefónicas —el 45,4% exactamente pues, incluso siendo imaginario, al señor Pi le gustan los resultados precisos—. Los autores del estudio suponen que ese apellido «fue probablemente interpretado como una especie de predestinación a ser un matemático y, sin duda, un buen matemático».

Las recientes elecciones presidenciales habrían podido proporcionarnos ciertas aclaraciones al respecto. Pero, por desgracia, nunca sabremos si con Zapatero en el poder los españoles iban mejor calzados o si con la señora Santamaría la Santa Virgen acabará protegiéndonos de la que está cayendo. Bueno, dejemos ya los chistes porque el texto está en francés y adaptarlo (puesto que traducirlo no basta) comienza a ser un viacrucis…