¿Qué está más caliente, el paraíso o el infierno?

Por muy físico que uno sea, no deja de tener su alma. Y, por lo tanto, ganas de saber lo que le espera en el más allá. ¿Realmente acudirá a la cita la dulzura del paraíso? ¿Y los condenados se asan verdaderamente en el infierno? Puesto que los testimonios de los que han regresado del otro mundo no son demasiado concluyentes, mejor será utilizar las leyes de la física para calcular la temperatura que reina en las dos parcelas post mórtem. Eso es precisamente lo que hizo un investigador anónimo en una célebre correspondencia publicada por la revista Applied Optics en 1972.

Para recabar indicios objetivos, el autor recurrió a las mejores fuentes en la materia, es decir, la Biblia. Descubrió así, en el Libro de Isaías, un pasaje que describe la atmósfera del paraíso. Según su interpretación, la Luna brilla allí como el Sol en la Tierra, y la luz que recibimos de nuestra estrella es cuarenta y nueve veces más brillante que la que cae sobre la superficie de nuestro planeta. Por consiguiente, en los cielos, la irradiación es cincuenta veces más alta que en el suelo. Tras aplicar la ley de Stefan-Boltzmann, dedujo que la temperatura en el paraíso es de… ¡525°C! Sin duda, las alas de los ángeles son ignífugas.

¿Pero qué ocurre en el infierno? El Apocalipsis nos procura algún indicio al afirmar que el lugar de los cobardes, los infieles, los mentirosos, los seres abominables, los asesinos, las personas inmorales, las que practican magia o adoran a los ídolos está «en el lago de azufre en llamas, que es la segunda muerte». Ahora bien, la ciencia nos dice que el punto de ebullición del azufre se encuentra en los 444,61°C. Más allá, este elemento se vuelve gaseoso. ¡La conclusión, por lo tanto, es que hace menos calor en el infierno que en el paraíso!

Este descubrimiento armó un buen jaleo en 1972, pero en los años siguientes se demostró que el anónimo físico se había equivocado en sus dos estimaciones. La primera corrección llegó en 1979, a través del Journal of Irreproducible Results, una revista consagrada a la ciencia humorística. Ésta recordó que el punto de ebullición de un elemento depende de la presión del entorno. La Gehena, lugar donde bíblicamente se sitúa el infierno, es un lugar de volumen restringido. Los miles y miles de millones de pecadores que se han reunido allí desde la creación del mundo producen una monstruosa presión evaluada, por medio de unos cálculos que sería demasiado largo exponer aquí, en 14,5 millones de veces la presión atmosférica terrestre. En esas dantescas condiciones, el azufre se vuelve líquido a temperaturas mucho más elevadas que 525°C. El sentido común recuperaba sus derechos: el infierno era, en efecto, el peor de los lugares que puede visitarse después de la muerte.

La segunda corrección se refirió a la temperatura del paraíso. En 1998, en una carta dirigida a Physics Today, dos investigadores españoles explicaron que la interpretación del Libro de Isaías mencionada en Applied Optics era falsa y que la irradiación luminosa que se recibía en casa de san Pedro solo era ocho veces (y no cincuenta) mayor que la recibida en la Tierra. Gracias a esta corrección, ahora es posible afirmar que la temperatura de la Jerusalén celestial es de 231°C, es decir, un calor suficiente para tomar un baño de azufre líquido (siempre que la presión sea normal…).

Al final de la investigación científica, queda claro que el paraíso está lejos de ser tan hospitalario como se cree. Queridos físicos, ¿alguno de vosotros podría indicarnos la temperatura del purgatorio?