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El quirófano parecía provisional y primitivo, como si se hubiera preparado a toda prisa para atender a las víctimas de una catástrofe. Había cajas de cartón sin abrir, aparatos amontonados en un rincón y un cubo de plástico lleno de bolas de algodón sucias.

Para su propia sorpresa, Daniel no estaba especialmente preocupado. Supuso que se debía a la inyección que acababa de ponerle el doctor Kalpak. El cirujano la había sacado de repente y sin previo aviso, como si la llevara en la manga de su bata, y mientras le decía algo suave y armonioso, se la puso en el brazo. Debía contener el mismo producto que le habían administrado antes en forma de pastilla, porque volvió a experimentar la sensación de nadar o pedalear en el agua. Era ligero y colaborador, y los vigilantes apenas tuvieron que utilizar la fuerza de sus músculos cuando le empujaron hacia abajo en algo que parecía un asiento moderno de dentista ubicado en el centro de la sala de operaciones. Estaba cubierto de un papel verde que parecía no haberse cambiado del paciente anterior, porque tenía manchas de algo oscuro y estaba roto por algunos lados, como si al paciente le hubiera costado permanecer inmóvil.

El doctor Kalpak puso un instrumento que emitía un zumbido cerca de Daniel y cuando este vio que se trataba de una simple máquina de afeitar se sintió tan aliviado que se echó a reír. El doctor Kalpak también se rio y le untó la cabeza con una espuma blanca mientras le pasaba el instrumento por la cabeza y dejaba que sus cabellos largos y castaños cayeran al suelo en forma de bolitas.

-Como en la peluquería, ¿verdad? -gritó en tono jocoso.

Karl Fischer apareció por el otro lado sosteniendo entre el dedo pulgar y el índice una pequeña barra de metal de cinco o seis centímetros de longitud. Daniel la miró con sorpresa.

-¿Qué es lo que tiene ahí? -preguntó.

Fischer retorcía la barra entre sus dedos mientras parecía buscar una respuesta adecuada. Finalmente dijo.

-Mírala como la mano que va a llenarte.

Daniel no estaba satisfecho con la respuesta, pero antes de que le diera tiempo a replicar, el subsuelo retumbó con un estruendo ensordecedor que hizo que instrumentos y botellas tintinearan en los estantes.

-Cielo santo, ya están perforando de nuevo, exclamó el doctor Kalpak.

-Tendremos que esperar. Yo no puedo operar cuando hay sacudidas.

-Ya ha pasado. No hay peligro -dijo el doctor Fischer con un tono tranquilo.

-¡No puede haber vibraciones! ¡Ninguna en absoluto! -añadió el doctor Kalpak ansioso-. No puede haber un milímetro de error.

-No va a haberlo. Usted lo pondrá en el sitio exacto.

Ambos médicos se miraron, cada uno desde un lado del asiento, mientras esperaban. Todo lo que se oía era el susurrar de un ventilador.

Fischer asintió moviendo la cabeza y Kalpak afeitó los últimos vestigios de pelo de la cabeza de Daniel. Con un ruido parecido a un zumbido el respaldo del asiento fue bajando hasta quedar en posición horizontal y después se elevó hasta quedar en un nivel cómodo para trabajar.

El doctor Kalpak le puso algo en la frente a Daniel, una especie de argolla de metal que fijaba su cabeza rapada para que no pudiera moverla hacia los lados.

Los médicos volvieron a mirarse. El párpado izquierdo de Fischer se cerró en un guiño casi imperceptible.

-¿Qué están pensando...? -comenzó Daniel.

Inmediatamente después, en su cabeza estalló una lluvia de destellos de dolor. Oyó un grito, tal vez el suyo propio, y su conocimiento se redujo a cenizas como una tira de película calcinada.