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El comedor de los pacientes resultó ser una sala grande y diáfana, con decoración moderna, y a través de las paredes de cristal se veía el parque de la clínica. Se podía elegir entre pollo oriental y pasta con verduras gratinadas; Daniel eligió el pollo. Había mucho sitio y él se sentó solo en una mesa. Había más pacientes sentados solos también.

Acababa de empezar a saborear la comida, que le pareció muy buena, cuando alguien dijo a su lado:

-Te he visto en la piscina.

Daniel levantó la vista. De pie junto a su mesa estaba un hombre de su misma edad, algo corpulento, con chaleco vaquero y escaso pelo rubio recogido en la nuca con una coleta. Sostenía una bandeja con una de sus manos y con la otra sacó una silla que había enfrente de Daniel, se sentó y dijo con gesto burlón:

-Yo no pido permiso antes de sentarme. -Luego empezó a comer engullendo deprisa-. Pero tú tampoco lo haces -añadió con una mirada de complicidad.

Daniel trató de encontrar una respuesta adecuada.

El hombre levantó una mano disuasoria. Parecía un roquero de alguna pequeña ciudad de provincias.

-No pasa nada, colega. Hiciste lo correcto. Ya va siendo hora de que alguien utilice esa hamaca. Él ya no va a volver, ¿no es así?

-¿Quién no va a volver? -preguntó Daniel con cautela.

-Block. No vamos a volver a verlo. Tal vez sea mejor así.

Daniel asintió pensativo. Esto es lo que le preocupaba. Encontrar a alguien que conociera a Max y que hablara con él de situaciones que solo Max sabía. O que se tratara de un loco que hablaba sin sentido.

-A Block lo han trasladado -dijo el hombre con la boca llena de comida mientras miraba fijamente hacia delante por encima del hombro de Daniel.

-¡Ah!, ¿sí? -dijo Daniel.

Algo le decía que Max no había sido del todo sincero al describirle esta clínica y sus pacientes.

-Y tú y yo sabemos por qué.

-Naturalmente -masculló Daniel mientras peleaba con un muslo de pollo que se resistía y pensaba que tendría que evitar a ese hombre en lo sucesivo.

-Block no era quien aparentaba ser.

Daniel dejó caer los cubiertos y contuvo la respiración. La conversación le resultaba muy desagradable.

-Y eso no nos gusta. El hombre siguió con la mirada a algunos pacientes que acababan de llegar. Los observó con concentración mientras ellos se sentaban al otro lado, junto a la pared de vidrio. Luego perdió el interés y se volvió hacia Daniel.

-Tú y yo coincidimos en eso. No nos gusta la gente que navega con bandera falsa.

Durante unos minutos insoportablemente largos y silenciosos fijó sus pupilas en las de Daniel de un modo tan penetrante que este se sintió traspasado por un tenedor. Luego dijo:

-¿Tal vez fuiste tú quien consiguió que lo trasladaran?

-No -dijo Daniel asustado-. De ningún modo. Yo no tengo nada que ver en ese asunto.

El hombre sacó un mondadientes y empezó a hurgarse. Se recostó en la silla observando a Daniel con gesto divertido.

-Está bien -dijo-. ¿Necesitas algo?

Luego se tapó una de sus fosas nasales con el dedo índice y aspiró por la otra.

Daniel sacudió la cabeza, se disculpó y abandonó el comedor.

Subió la pendiente que había hasta la cabaña de Max con paso rápido. Debía evitar en lo sucesivo este tipo de confrontaciones. No volvería a comer en el comedor.

Max había dicho que estaría fuera tres o cuatro días. Era martes, lo que significaba que Max regresaría el jueves por la noche o el viernes en el peor de los casos.

Daniel buscó las bermudas que usaba su hermano y las encontró tiradas de cualquier manera en un armario. Hurgó en los bolsillos. Los pantalones olían a humo y estaban manchados de hollín tras la fogata del día anterior. En el bolsillo trasero encontró la billetera de Max. No creía que su hermano tuviera algo en contra de que la usara, ya que él se había apoderado de la suya.

Decidió ir a la Cervecería Hannelore a cenar a las siete. En su anterior visita había visto que tenían también comidas más simples. Se llevaría el libro, se sentaría a leer y tomaría un par de cervezas. Antes daría un paseo para ver el pueblo y los alrededores. A las diez como mucho volvería a la cabaña, seguiría leyendo hasta que llegara la ronda de noche y luego se acostaría.

Y con ello terminaría su primer día como paciente en funciones. Era agradable tener el programa listo por el momento.