30
El balcón de Gisela Obermann parecía mecerse con el aire como una embarcación maravillosa. Del suelo subía un aroma a coníferas, hierba húmeda y agua de deshielo glaciar. El cielo estaba nublado y las capas de nubes se deslizaban por el valle a baja altura.
Obermann lo arropó bien con la manta, se sentó en el sillón junto a él y le preguntó:
-¿Qué sabes realmente de Himmelstal, Daniel?
-Es una clínica de lujo en un entorno bello pero peligroso. El personal parece estar más loco que los pacientes. Pero los más locos de todos son los habitantes del valle. Y las comunicaciones son inexistentes. Cada vez que intento irme de aquí una especie de goma invisible parece traerme otra vez de un tirón. Eso es más o menos lo que sé.
Metió la barbilla en la manta que la doctora le había puesto. Olía vagamente su perfume.
En realidad no hacía frío, pero el termostato de su temperatura corporal parecía estar un poco estropeado y de pronto le subiría un frío helado por la zona dañada de sus piernas y brazos, que le producía escalofríos por todo el cuerpo. Al instante, el frío se transformaba en calor. Le habían dicho que eso era bueno, un signo de que el sistema nervioso estaba ileso.
-Entonces no sabes nada. Este sitio debe parecerte muy extraño.
Daniel sonrió con amargura.
-Bueno, eso es lo mínimo que se puede decir.
-Me he dado cuenta de que tengo que verte simplemente como un recién llegado a Himmelstal. Y contarte lo que suelo contar a los recién llegados.
Gisela Obermann se acomodó en el sillón.
-Tendré que empezar desde el principio. Será un poco largo de explicar.
Daniel se encogió de hombros bajo la manta.
-Llevo aquí casi dos semanas. Puedo quedarme un rato más. Tómate el tiempo que necesites.
-De acuerdo. Sabes lo que es la psicopatía, ¿no?
-Claro que sí. Un psicópata es una persona sin conciencia. Una persona malvada.
-Los profesionales no utilizamos ese último término, como es natural. Pero sí, por definición el mal consiste en causar sufrimiento de modo consciente a personas inocentes sin sentirse culpable. Aunque para decir que una persona es mala, dicha persona debe tener la posibilidad de elegir. Y quien elige tiene que saber qué tiene para elegir, ¿verdad? Pero el psicópata no conoce la diferencia entre el bien y el mal.
Daniel protestó.
-Estoy seguro de que sí lo sabe.
-De un modo intelectual. Sabe que la mentira, el hurto y la violencia son cosas malas, del mismo modo que un daltónico sabe que los tomates, la sangre y el crepúsculo son rojos. Lo sabe porque se lo han dicho. Pero igual que el daltónico no puede experimentar con sus sentidos eso que nosotros llamamos «rojo», el psicópata nunca percibirá a qué nos referimos al decir «malo». Ciertos conceptos como maldad, bondad, amor y remordimiento son solo palabras sin contenido para él. Es una carencia, pero el psicópata no sufre por ello. Sufre el entorno. Los psicópatas cometen los peores crímenes...
-Discúlpame -interrumpió Daniel-, ¿adónde quieres ir a parar? ¿A qué psicópata te refieres?
Gisela Obermann lo miró asombrada y parecía estar a punto de echarse a reír. Se quedó mirándose las rodillas unos segundos, intentando serenarse, luego levantó el rostro totalmente seria y lo miró.
-Pronto lo entenderás, Daniel. Ten un poco de paciencia. Como he dicho, los peores crímenes los cometen los psicópatas. Las personas que realizan tales delitos reciben también las mayores condenas. Pero... -dijo levantando un índice en el aire y arqueando las cejas-. ¿Y si quien comete esos delitos tiene una pequeña anormalidad médica en su cerebro, distinta a la de los demás? ¿Y si por ejemplo carece de empatía? ¿Podemos castigarlo por ello? No es tan equivocado como exigirle a un enfermo paralítico por un derrame cerebral que se ponga a andar? ¿O a un discapacitado mental que resuelva un complejo problema de lógica? Simplemente ellos no pueden hacerlo. No tienen las aptitudes necesarias.
-¿Tienes evidencias científicas de ello o son ideas tuyas? -preguntó Daniel.
-Ambas cosas. Tenemos montones de investigaciones que demuestran que el cerebro de un psicópata es distinto del de los demás, pero no las suficientes como para que lo entendamos. Tal vez solucionemos el enigma el año que viene o dentro de diez. O tal vez nunca. Está claro que los cerebros de los psicópatas muestran claras desviaciones. Se han encontrado cambios en las estructuras de los lóbulos temporales y de la amígdala cerebral, ondas cerebrales anormales con la estimulación emocional, una hiperactividad del sistema de dopamina y unas cuantas cosas más. La diferencia es fisiológica y puede medirse. Si esas personas se comportan como lo hacen como consecuencia de una discapacidad física, ¿tenemos derecho a castigarlos, Daniel? ¿A encerrarlos en cárceles terribles o a ejecutarlos, como hacen en ciertos países?
-Estoy en contra de la pena de muerte -dijo Daniel mientras se rascaba la barbilla.
No se había afeitado los últimos días y la barba estaba volviendo a crecerle. No podía evitar reconocerlo. Era como una seguridad en medio de todo ese desconcierto. Un peluche que estaba siempre con él.
-Pero la sociedad tiene que protegerse contra los delincuentes peligrosos -agregó él-.Aunque hayan tenido una infancia desgraciada, ondas cerebrales anormales o lo que sea, no tienen nada que hacer en la sociedad.
Gisela Obermann parecía satisfecha con la respuesta.
-Exacto. Todos los intentos de tratamiento y de adaptación han fracasado por ahora. El porcentaje de reincidencia entre los delincuentes psicópatas es alarmantemente alto. La psicopatía es incurable actualmente. Por eso se la castiga en vez de tratarla.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó una pitillera metálica con cigarrillos largos y delgados.
-¿O habrá tal vez una tercera vía? -dijo encendiendo uno de ellos.
-¿Quieres mantener una discusión moral filosófica? -dijo Daniel-.Tendrá que ser con otra persona. Prefiero que me aclares lo que ocurrió ese día. Nunca había visto que una cerca electrificada produjera quemaduras. ¿Qué tipo de animales andan por allí? ¿Elefantes?
Gisela ofreció la pitillera a Daniel. Él sacudió la cabeza. Ella se recostó en el sillón, dio unas cuantas caladas al cigarrillo y dejó que el humo traspasara la barandilla del balcón.
-Una tercera vía- repitió ella como si no hubiera oído la observación de Daniel.
-¿A qué tercera vía te refieres? -preguntó Daniel.
Ella fumó un momento en silencio antes de añadir:
-Una pequeña historia: hace catorce años, en Turín, neurólogos, psiquiatras, políticos y filósofos compartieron investigaciones, discusiones y debates en la gran Conferencia Europea de Trastornos de la Personalidad Psicosocial, comúnmente llamada Conferencia de Psicopatología. Se debatió continuamente la cuestión de cómo podemos protegernos de esas personas tan peligrosas de un modo defendible éticamente. Después de un duro debate se llegó a una tesis que podía desembocar en un acuerdo. Se consideró que podría ser necesario algún tipo de aislamiento, probablemente para toda la vida, pero que no debería ser una institución carcelaria ni una clínica psiquiátrica. Tenía que ser un lugar con buenas condiciones de vida y libertad dentro de unos límites determinados. Un sitio donde pudiera llevarse una existencia digna. La zona debería ser grande porque tendría que acoger a muchas personas y constituir el mundo de esos residentes para el resto de sus vidas. Se tenía que pretender que tuvieran una vida tan normal como fuera posible. Los residentes tendrían un alojamiento privado y participarían de algún trabajo u otras actividades significativas. Podrían desarrollar actividades comerciales, estudiar, hacer ejercicio y tendrían la posibilidad de desarrollar distintas habilidades. En resumen, una pequeña comunidad propia.
-Suena muy bien -dijo Daniel.
-Depende de cómo se vea. El aislamiento del mundo sería absoluto, como es natural. Sin embargo, se hizo hincapié en diferenciarlo de cuidados similares ya conocidos, como son las colonias de leprosos y otros por el estilo. No era cuestión echar tierra sobre las personas para que desaparecieran en el olvido. Al contrario, ese sitio sería un centro de investigación que ofrecería la posibilidad única de estudiar a los psicópatas bajo condiciones controladas en un ambiente relativamente normal. Sin castigos ni cuidados, sino estudiando, observando, satisfaciendo. Para poder resolver poco a poco el enigma de la psicopatía, encontrar sus motivos y desarrollar un tratamiento efectivo. Ese era el objetivo, aunque fuera lejano.
-Una colonia de psicópatas -dijo Daniel elevando un poco la voz.
Gisela Obermann se acercó a la barandilla del balcón y sacudió la ceniza de su cigarrillo.
-Exacto. Mientras que los participantes estuvieran de acuerdo. El problema era el sitio. Muchos consideraban que una isla era la elección obvia para tal experimento. A un grupo de trabajo se le dio la tarea de investigar las posibilidades en distintas islas. El resultado fue que el acceso a las que tenían condiciones de vida dignas era muy limitado. Todas las que tenían esas características estaban explotadas y habitadas desde hacía tiempo. Las que quedaban carecían de aguas subterráneas, de puerto natural o eran demasiado rocosas para ser pobladas. El proyecto no llegó más allá oficialmente.
Ella se interrumpió, se volvió hacia Daniel y le dijo con repentina suspicacia:
-¿De verdad esto es nuevo para ti?
-Sí, pero no sé realmente por qué me lo cuentas a mí. ¿Qué pasó con el proyecto?
-Se hizo un informe. Que se perdió entre los demás informes en un archivo. -La doctora se acercó a la barandilla y dejó caer un poco más de ceniza al aire-. Es decir, oficialmente. Pero uno de los conferenciantes, un neuropsiquiatra, no pudo dejar de pensar. Un amigo suyo le había hablado de unas vacaciones que hizo en coche por los Alpes suizos, donde se había metido en un valle despoblado y estrecho con graneros destruidos y el edificio de un hospital abandonado. El psiquiatra, que no era otro que Karl Fischer, mi jefe actual, se fue al valle y le pareció que era perfecto para el propósito. Se buscó patrocinadores y unos años después Himmelstal se convirtió en una zona aislada para el cuidado e investigación de los psicópatas. No tenemos estatus oficial, pero las autoridades de la mayor parte de los países europeos nos conocen y envían pacientes aquí.
-¿Así que he ido a parar a una clínica de psicópatas? -dijo Daniel dejando escapar una risa-. Eso explica por qué los habitantes son un poco distantes. Pero todos los de la clínica no son psicópatas, ¿verdad? Por lo que entiendo, aquí hay muchos pacientes con problemas de estrés, síndromes del quemado, depresiones y cosas por el estilo.
Ella lo miró y sonrió.
-Bueno, Daniel, yo... ya te contaré. Antes hay más cosas que aclarar. Por ejemplo eso de las zonas, ¿las conoces?
-No he podido evitar conocerlas, especialmente la inhóspita Zona 2 -dijo Daniel con mordacidad, haciendo un gesto y mirando las partes dañadas de su cuerpo-. Pero tú puedes explicármelo. Sería muy interesante saber por qué exponéis a visitantes inocentes a torturas eléctricas y a quemaduras.
-No era esa la intención, y lamento mucho que te fuera tan mal. Tú no conocías las zonas, de haberlo hecho no hubieras entrado. Se te debería haber informado de los riesgos. Yo debería haberte informado -corrigió-, debería haber estado más atenta, haber escuchado mejor lo que decías cuando hablábamos. Es imperdonable que no te haya prevenido.
-¿Prevenirme de qué?
-Como he dicho antes, toda la zona tiene que estar totalmente aislada del mundo exterior. Aunque existan ya límites geográficos naturales por las escarpadas montañas que rodean el valle. Pero eso no es suficiente, se necesitan más impedimentos. Los muros y las cercas no encajan con el perfil del proyecto. Sin embargo, con la Zona 2 hemos creado una barrera invisible pero efectiva. La zona se extiende como un cordón alrededor de todo el valle y el terreno está rodeado con cables eléctricos. La intensidad de la corriente no es mortal, pero sí suficiente para impedir el paso.
-Al menos para mí es suficientemente fuerte.
-Tú te caíste encima de la zona electrificada. Los vigilantes tardaron un poco en llegar y no pudieron cortar a tiempo la corriente. La intención no era que te produjera ese tipo de quemaduras.
-¿Cuál era la intención?
-Asustarte, obstaculizarte, condicionarte. Dejarte sin conocimiento si permanecías en la zona. La electricidad es más débil al principio y más fuerte conforme se va avanzando.
-¿Y la Zona 1?
-Es una zona de aviso para que no se pase a la 2 por equivocación. Se extiende como un lazo entre la zona permitida y la Zona 2, y está estrechamente vigilada por cámaras y detectores de movimiento. Si tú entras en la zona a pesar de los carteles de aviso, se activa la alarma y alguno de los coches de vigilancia que patrullan va rápidamente hacia allí y se encarga de ti. Ojalá que lo haga antes de que hayas tenido tiempo de entrar en la Zona 2, pero si el coche está algo lejos, al activarse la alarma, puede ocurrir lo que te ocurrió a ti. Luego hay también una Zona 3, naturalmente.
-Naturalmente -dijo Daniel con ironía-.Y una Zona 4 y una Zona 5.
-No, no. Solo hay tres zonas. Las tres cáscaras, como solemos decir nosotros. Himmelstal es como un huevo con tres cáscaras.
Gisela dibujó en el aire un círculo ovalado.
-La Zona 3 es, además, una zona de advertencia. Hacia fuera, hacia el entorno. Para que ningún pobre escalador ni turista perdido entre en la Zona 2. La Zona 3 es un territorio extenso que limita y cierra las otras zonas y se compone casi exclusivamente de montañas inaccesibles. No es probable que alguien llegue por ahí, pero hemos señalizado la zona por todas partes informando que es zona militar de acceso prohibido y que infringir la norma podría causar la muerte.
-¿Zona militar? ¿Y por qué mentís?
-Himmelstal es... bueno, no es que se trate de un proyecto secreto, pero tampoco es del todo público. Esperamos poder ser más abiertos cuando podamos demostrar más resultados de la investigación. Si saliéramos hoy con esto tendríamos que volcar toda nuestra energía en explicaciones y justificaciones. No podemos permitírnoslo. Tenemos autoridades de todos los países de la UE con nosotros, no hay nada turbio en esto. Pero preferimos trabajar en secreto por el momento.
Daniel observó a Gisela Obermann. En ese momento estaba sentada muy erguida en su sillón y tenía un brillo febril en los ojos. Parecía extrañamente feliz. Como si se hubiera vuelto loca. De todos los pacientes que él había visto en la clínica, ninguno había reflejado tanto la locura como esa mujer. ¿Habría algo de verdad en lo que le contaba o eran solo fantasías suyas? ¿Era ella en realidad una paciente con acceso a un consultorio médico?
Él miró hacia el valle. La neblina flotaba como humo delante de los enormes contornos de las montañas. Había logrado llegar hasta allí en su fuga nocturna, a esos prados de intenso color verde y al follaje de las arboledas. Los vigilantes lo habían atrapado cuando iba hacia la montaña en medio del verdor, mientras sus gritos y linternas cortaban la oscuridad. Estaba seguro de eso, y también sabía otra cosa: en ese verdor había ocurrido algo horrible. Algo que le había hecho perder el conocimiento y le había producido quemaduras.
-El asunto ese de las zonas... -dijo tapándose aún más con la manta.
-¿Sí?
-Por la carretera se puede llegar hasta aquí en coche sin ningún inconveniente.
-Solo si te esperan. La carretera pasa por las tres zonas y está muy vigilada. Si un visitante no deseado no retrocede ante las señales de alerta que hay en la zona más distante, el coche patrulla llega enseguida para avisarlo. Hay turistas que a veces se pierden conduciendo.
-¿Qué se hace con los visitantes que son esperados?
-Cualquier persona que venga a Himmelstal por algún motivo, como el personal, transportistas de mercancías, científicos visitantes, familiares y otros deben comunicarlo con antelación. Su llegada se controla a través de cámaras ubicadas en la carretera y luego tienen que detenerse ante los vigilantes que están antes de pasar a la Zona 2.
Daniel recordó su llegada al valle. La furgoneta de color azul oscuro. Los hombres uniformados que lo registraron con el detector de metales y revisaron su maleta.
-Si todo está bien se corta la corriente eléctrica y se desactiva la alarma de la zona de la carretera para que pueda entrar el coche -aclaró Gisela-. En cuanto pasa, vuelve a activarse la corriente para cerrar de nuevo el cerco que protege la zona.
-¿Una cerca eléctrica que se abre y se cierra? -dijo Daniel en voz baja.
Gisela asintió y apagó su cigarrillo en la barandilla.
-Exactamente. Invisible pero efectiva. Así es el sistema de la zona: invisible pero efectivo.
La doctora Obermann volvió a sacar su pitillera metálica y colocó la colilla con cuidado entre los cigarrillos que estaban intactos.
-Los residentes de Himmelstal no tienen que ver una cerca fea. Pero saben que existe y la respetan. Muchos de ellos han entrado en la Zona 1 por error o buscando aventura y han sido detenidos allí. Algunos se han deslizado a través de la valla y han entrado en la Zona 2, electrificada. ¡Pero ni uno solo de los que entraron en la Zona 2 ha vuelto a intentarlo! Eso es lo que llama la atención. Y me refiero a personas sumamente arriesgadas, impulsivas, como son la mayoría de los psicópatas. Personas que olvidan con rapidez una experiencia desagradable y son totalmente inmaduros para aprender de la experiencia. Ni uno solo de ellos ha entrado en la Zona 2 más de una vez.
Gisela hizo una pausa esperando la reacción de Daniel. Lo miró con curiosidad. Se inclinó hacia delante y añadió:
-Una descarga eléctrica es algo que va directamente a la memoria del cuerpo.
Ella clavó su mirada en Daniel para asegurarse de que la escuchaba. Estaba tan cerca que él podía percibir su aliento.
-Es el condicionamiento más eficaz que existe, lo saben todos los investigadores que trabajan con animales de laboratorio. Puedes ser el mayor impostor del mundo, inventarte el pasado que desees y luego cometer los mismos errores una y otra vez. Pero una descarga eléctrica no puede borrarse. Se te queda grabada en la memoria para siempre. Y está demostrado que eso es exactamente lo que necesitamos para limitar al psicópata: una advertencia clara dirigida directamente al cuerpo y que no tenga en cuenta su mente manipuladora. Una experiencia que el psicópata no pueda olvidar nunca ni eliminar con mentiras. No es accesible para ese tipo de procesos. Es un conocimiento primitivo que llega muy profundo.
-El gato escaldado del agua fría huye -murmuró Daniel-. Un viejo truco pedagógico. Aunque tengo que reconocer que es una lección de la que hubiera preferido prescindir. Pero no hay mal que por bien no venga. Desde que recibí la descarga eléctrica me tratas de modo totalmente distinto. Me has explicado cosas, me llamas por mi nombre real. Parece que por fin has comprendido quién soy.
Ella puso su mano sobre la manta de Daniel en el sitio que suponía que tenía él la mano.
-Lamento no haberlo sabido antes -dijo ella con voz de sincero pesar-. Lo sospechaba, pero no estaba segura.
-¿Y qué es lo que te ha convencido?
Ella se rio.
-Ya te lo he dicho. Nadie entra en la Zona 2 más de una vez. Max entró. Luego lo hiciste tú. Eso demuestra que sois dos personalidades distintas.
Las palabras de ella lo confundieron.
-¿Ha entrado Max también en la Zona 2?
-Perdona, eso no podías saberlo tú. Fue antes del verano. Trató de escapar a través de las tuberías del río. Aprovechó cuando el caudal era mínimo, serró las rejas y entró arrastrándose. Pero hay más rejas dentro del conducto. En realidad hay varias, pero él solo llegó a las primeras, que estaban electrificadas. El coche patrulla estaba muy cerca y lo sacaron inmediatamente.
Gisela Obermann hizo una pausa y miró a Daniel con una preocupación repentina.
-¿Qué sientes cuando te cuento todo esto?
-Me causa asombro -contestó Daniel tragando saliva para deshacerse del nudo que se le estaba formando en la garganta-. ¿Eso ocurrió el verano pasado? No sabía que Max llevaba tanto tiempo aquí. Yo creía...
-¿Qué creías?
-No importa. Lo importante es que te hayas dado cuenta al fin de que no soy Max. Ha sido horrible que se me haya tomado por él todo el tiempo. Que se me haya acusado de mentir y de manipular. De hecho, durante un tiempo creí que iba a volverme loco.
Para su propia sorpresa, él empezó a reírse a carcajadas, a la vez que sentía que una lágrima se deslizaba por una de sus mejillas. Enseguida sacó una mano de debajo de la manta y se la secó.
Gisela le sonrió con simpatía.
-Eres mucho más agradable que Max -dijo ella.
-Pero vuestro paciente es Max. Tiene que ser un problema para vosotros que haya logrado escapar.
-No tienes que preocuparte por eso. Déjanos hacerlo a nosotros. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás cansado? Las quemaduras producen mucha tensión en el cuerpo, aunque sean superficiales. Y lo que te he contado tiene que ser bastante impactante para ti. ¿Quieres volver a tu habitación?
Daniel sacudió la cabeza con determinación. No tenía la menor intención de volver a la pequeña habitación de la planta de cuidados de la clínica donde había pasado los últimos días. Quería creer que estaba soñando, pero el aire era tan fresco que cada vez que respiraba era como beber un trago de agua fresca. ¿No se podía sentir el aire así en sueños? Sentía dolor y pinchazos en la piel quemada de su pierna y hombro. Estaba más despierto que nunca.
Gisela Obermann miró su reloj.
-Es hora de comer. ¿Quieres que pida algo de comida para nosotros?