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Max y Daniel eran gemelos monocigóticos, pero estuvieron a punto de que sus fechas de cumpleaños fueran distintas. Cuando la madre, de treinta y ocho años y primeriza, logró liberarse al fin de uno de los gemelos después de diez horas de dolorosas contracciones, Max, el otro, seguía dentro aún y al parecer tenía intención de quedarse un poco más. Transcurrían las últimas horas de la tarde y la comadrona, que también empezaba a estar cansada de todo, suspiró y dijo a la exhausta madre: «Parece que a estos niños vas a tener que organizarles distintas fiestas de cumpleaños».
Mientras lavaban, pesaban y dejaban a Daniel dormir plácidamente en una pequeña cuna, el obstetra intentó utilizar la ventosa, sin lograr ningún punto de apoyo en el obstinado y evasivo hermano, pero sí en el interior del cuerpo de la madre, que estuvo a punto de ser vuelta del revés como una camiseta. Cuando la ventosa finalmente se puso donde debía, Max pareció darse cuenta de que iba en serio, se adaptó a la situación e hizo la primera de las muchas carreras rápidas que más tarde sorprenderían a quienes le rodeaban.
-Ya lo tenemos -dijo el doctor. Pero antes de que terminara la frase el cuerpo ya había salido por sí mismo sin necesitar ayuda, deslizándose a toda velocidad entre sangre y mucosidad, como por un tobogán de agua, hasta que fue a parar a las rodillas del obstetra.
Eran las doce menos cinco de la noche, así que los hermanos, a pesar de todo, celebrarían los cumpleaños juntos.
Las doce menos cinco. ¿Cómo podía interpretarse eso?
Tal vez Max se esforzó por ser único a toda costa evitando nacer el mismo día que su hermano, pero en el último minuto cedió y renunció a su individualidad y protagonismo.
O tal vez habría que interpretarlo como solía hacer el entorno de Max cuando llegaba tarde -pero no demasiado tarde- a una cita, a la salida del tren o al mostrador de facturación antes de tomar un avión, y con una sonrisa preguntaba a sus nerviosos amigos qué esperaban de un muchacho que había nacido a las doce menos cinco de la noche, alguien que está al límite del equilibrio, destinado a llamar la atención.
Los chicos pasaron los primeros años con sus padres en el chalé que tenían en Gotemburgo. El padre era un empresario de éxito en el sector de la electrónica y la madre había cursado, hasta el nacimiento de los niños, estudios universitarios en Humanidades, por mero entretenimiento.
Los dos gemelos eran muy distintos desde el principio.
Daniel comía bien, casi nunca lloraba y seguía su curva de peso del modo más ejemplar.
Max iba retrasado en el desarrollo, y cuando a los veinte meses seguía sin decir una sola palabra ni hacía un solo movimiento, su madre se preocupó. Llevó a los dos niños a una pediatra de prestigio en Uppsala, la ciudad donde había vivido en su niñez. Cuando esta vio a los dos chicos juntos, pensó que la explicación era simple. En cuanto Max dirigía la mirada hacia uno de los divertidos juguetes que la pediatra esparcía con propósito experimental, Daniel se desplazaba gateando sobre sus regordetas y pequeñas piernas para ir a buscárselo.
-Tú misma puedes verlo -dijo a la madre de los gemelos y luego añadió, mientras señalaba a los niños con el bolígrafo-: Max no necesita buscarlo ya que Daniel lo hace por él. ¿Habla también por su hermano?
La madre asintió con la cabeza, y le contó que Daniel entendía de un modo casi misterioso las necesidades y sentimientos del hermano y los traducía al entorno en su vocabulario escaso pero hábilmente aprovechado. Él podía decir si Max tenía sed, calor o había que cambiarle el pañal.
A la pediatra le preocupaba la relación simbiótica de los hermanos y propuso que se los separara por un tiempo.
-Max no tendrá motivación alguna para andar ni para hablar mientras su hermano siempre le facilite lo que quiere -explicó.
La madre tenía dudas al principio acerca de una separación que ella consideraba iba a ser dolorosa para ellos, después de haber vivido tan unidos. Pero confiaba en la doctora, que era una autoridad tanto en pediatría como en psicología infantil y, después de considerarlo detenidamente y de largas discusiones con el padre de los niños, a quien le parecía una idea razonable, cedió al fin. Decidieron que los hijos se separaran durante el verano, cuando el padre estaba de vacaciones y podía encargarse de Max en la casa en Gotemburgo, mientras que la madre se llevó a Daniel a la de sus padres, en Uppsala. Según la pediatra, el verano es también la época en la que los niños se desarrollan con más rapidez y cuando están más abiertos a los cambios.
La primera semana ambos niños lloraron desesperados con su respectivo progenitor en su respectiva ciudad.
La semana siguiente, Daniel entró en una fase más tranquila. Parecía darse cuenta de las ventajas de ser hijo único y disfrutó de las atenciones de su madre y de sus abuelos sin tener que compartirlas.
Max, sin embargo, siguió berreando. Día y noche. El padre, que era novato en asuntos relacionados con el cuidado de niños, parecía cada vez más desesperado cuando telefoneaba a Uppsala. La madre quería abandonar el experimento y habló con la pediatra que, sin embargo, los animó a seguir. Pero el padre necesitaba ayuda de una niñera.
Sin embargo, encontrar una niñera a mediados de verano no era tan fácil. Y la madre de los gemelos, como es natural, no quería dejar a su hijo a cualquiera. No quería ni pensar en una adolescente descuidada, inmadura y desesperada por necesitar un trabajo de verano.
-Veré qué puedo hacer -dijo la doctora ante los lamentos de la madre, y un par de días después la llamó para recomendarle a una tal Anna Rupke para la tarea. Tenía treinta y dos años y antes había sido enfermera de niños con disfunciones mentales, pero se había interesado tanto por la mente de los niños que había empezado a estudiar psicología y pedagogía, y ahora estaba haciendo una tesis doctoral. La pediatra la había tenido como alumna en un seminario y había quedado impresionada por la capacidad y dedicación de Anna. Vivía en Uppsala, pero si la familia podía encargarse del alojamiento, estaría dispuesta a trasladarse a Gotemburgo y hacerse cargo de Max durante el verano.
Dos días después, Anna Rupke se trasladó al cuarto de invitados de la familia. Su presencia facilitó la vida de manera significativa. A la joven no parecía afectarle lo más mínimo los gritos del niño y podía leer tranquilamente el informe de una investigación, mientras Max, sentado en el suelo, gritaba de tal modo que las paredes temblaban. El padre se movía de vez en cuando con sigilo por la habitación del niño preguntando si eso era normal. ¿Tal vez tenía el pequeño una enfermedad grave? Anna sacudía la cabeza con sonrisa de experta.
¿Pero no debería tener hambre? No había comido nada en todo el día.
Sin levantar la vista del informe, Anna hizo un gesto y miró unas galletas de frambuesa que estaban sobre un taburete a unos metros de él. A Max le encantaban. El padre tuvo que resistir el impulso de ir a buscarlas y dárselas. Salió de la habitación, soportó los gritos en su despacho situado en el piso de arriba durante una hora y luego, cuando ya no los aguantaba ni un segundo más, cesaron. Bajó las escaleras rápidamente temiendo que el niño se hubiera desmayado a causa del cansancio o del hambre.
Cuando entró en el cuarto, vio a su hijo medio tumbado, arrastrándose hacia el taburete con la mirada fija en las galletas, muy concentrado y enfadado. Max se agarró al taburete, se incorporó enérgicamente y se apoderó de las galletas. Dio un gran mordisco y, con la boca llena, se dio la vuelta y sonrió con una sonrisa de triunfo tan amplia que la mitad de lo que había mordido se le salió de la boca.
Anna Rupke lanzó una mirada cómplice al padre y luego volvió a sumergirse en su lectura.
La semana siguiente fue intensa. Con la ayuda de galletas de frambuesa hábilmente colocadas, Max superó rápidamente las fases de arrastrarse, gatear, ponerse en pie y dar los primeros pasos.
Una semana después Anna la emprendió con el habla. Max se comunicaba al principio a su modo, o sea, señalando y gritando. Pero en vez de dar vueltas desesperadamente intentando alcanzarle distintas cosas que Max podía querer, Anna se quedaba tranquila sentada con alguno de sus libros. Solo era recompensado si pronunciaba la palabra correcta. Porque Max tenía un gran vocabulario pasivo y entendía a los demás mejor de lo que ellos podían imaginar.
Al final del verano llegó el momento de volver a juntar a los hermanos.
Parecía que no se reconocían.
Daniel se mostró tímido y vacilante, igual que con cualquier otro niño desconocido.
Max pareció ver a su hermano como un intruso y se puso agresivo cuando Daniel se apoderó de los juguetes que él consideraba de su propiedad. (Una reacción nada inesperada, teniendo en cuenta que «mío» era la primera palabra que Max había pronunciado y la primera frase: ¡quiero eso!)
Desafortunadamente, durante el tiempo que habían estado separados, los padres habían llegado a considerar que el gemelo que cuidaban era «su» niño. Por eso, cada vez que los niños estaban en desacuerdo se dividía la familia en dos bandos. A un lado, estaba la madre y Daniel, con los abuelos maternos como apoyo al fondo. Al otro lado, estaba el padre, Anna Rupke y Max. La madre consideraba que Max trataba mal al pequeño Daniel. El padre y Anna consideraban que el comportamiento agresivo de Max era positivo y un modo de expresar la emancipación de su hermano.
Después del fracaso de la unificación y tras consultarlo con la pediatra de Uppsala, decidieron volver a separar a los niños.
Anna Rupke debería haber retomado su tesis, pero decidió hacer una pausa y continuar como niñera de Max. O pedagoga, como prefería llamarse. El padre de los chicos se lo agradeció profundamente, consciente de que Anna dejaba a un lado una prometedora carrera. Pero Anna aseguraba que Max era un niño tan interesante que más que un obstáculo era una posibilidad para su investigación.
La madre volvió a llevarse a Daniel con sus padres a Uppsala y de ese modo los padres vivieron separados, cada uno con su gemelo, durante todo el otoño, hablando por teléfono a diario sobre los avances de los niños.
Para Navidad iba a llevarse a cabo otro intento de reencuentro. Pero la brecha en la familia era tan profunda que parecía imposible repararla. Durante las largas separaciones del matrimonio, el padre había iniciado una relación con la niñera de su hijo.
No sabía bien cómo había ocurrido. Había comenzado con que él se sintió impresionado. De lo bien que manejaba Anna a Max, de su seguridad, paciencia e inteligencia. Comprobó con satisfacción que ella era por naturaleza científica y pragmática, igual que él, no una persona indecisa y sentimental como la madre de los niños. Y de modo imperceptible pasó de sentirse impresionado a sentirse atraído. Por sus marcados pómulos eslavos, por el fresco aroma a champú que dejaba en el cuarto de baño, su modo de girar cuidadosamente la cadena de su cuello y los sonoros bostezos que salían del cuarto de invitados antes de que ella se quedara dormida.
Tal vez era tan simple como que un hombre se sienta atraído por la mujer que vive en su casa y cuida de su hijo.
La madre se había procurado una existencia propia en Uppsala durante el otoño. Mientras que su madre cuidaba a Daniel, ella trabajaba algunas horas al día como secretaria en el departamento de Lenguas Clásicas en el que su padre siempre había ejercido de profesor.
Un año después se confirmó el arreglo. Los padres de los niños se separaron, el padre se casó con Anna y la madre se instaló en un apartamento a diez minutos de camino del de sus padres.
Así que los gemelos crecieron cada uno con un progenitor y se veían una sola vez al año, el 28 de octubre, día del cumpleaños de ambos.
Todos estaban tensos ante esas reuniones de cumpleaños. ¿Eran los hermanos idénticos aún? ¿Qué tenían en común? ¿En qué eran distintos?
Era evidente que los chicos mantenían sus diferencias a pesar de ser gemelos. Max era sociable, emprendedor, locuaz. Daniel era retraído y cauteloso. Parecía extraño que Max hubiera sido, en algún momento, completamente dependiente de su hermano para obtener lo que quería.
Pero mientras que en cada encuentro se volvían más distintos en su conducta, a la vez eran más parecidos en el aspecto físico. Max, que al principio era más bajo y delgado que su hermano, creció rápidamente, y a partir de los tres años, la altura y las curvas de peso de los chicos coincidían por completo. La similitud de los rostros también apareció con más claridad cuando los rasgos de Daniel ya no iban ocultos en mofletes rosados de bebé y la voz de Max, que en los primeros años había sido aguda y penetrante, adquirió en torno a los cinco años el tono agradable de la de Daniel. Cuando los chicos se encontraron en su séptimo cumpleaños pudieron comprobar, con una mezcla de miedo y fascinación, que estaban ante el reflejo de su propia imagen.
Para la celebración de los cumpleaños, la única ocasión en que se reunían los dos bandos -por un lado Max, el padre y Anna, y por el otro Daniel, la madre y los abuelos maternos-, se despertaban todo tipo de emociones. Los abuelos consideraban al padre un traidor y un adúltero. La madre criticaba el modo en que Anna educaba a su hijo. Esta, que se consideraba experta en la materia, no aceptaba reprimendas de aficionados. Y el padre de los niños se sentía confundido al ver a su hijo duplicado de repente.
Mientras que los adultos discutían y se gritaban, los dos chicos correteaban por el jardín, bajaban al sótano o buscaban algún otro lugar emocionante. Sentían atracción el uno por el otro, se mostraban curiosos y estaban expectantes. Se enfadaban, se distanciaban y luego volvían a encontrarse. Se peleaban, reían, lloraban y se consolaban mutuamente. Durante una sola e intensiva jornada, los niños se sometían a unas emociones tan fuertes que durante la semana siguiente estaban agotados por completo, y con frecuencia sufrían fiebres muy altas.
Aunque los adultos no estaban de acuerdo en casi nada, coincidían completamente en una cosa: una reunión al año era suficiente.