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Daniel fue por el camino que Max y él habían recorrido en bicicleta el día anterior. Entonces iban a gran velocidad y todo parecía irreal: la velocidad, el intenso color verde de la hierba, el aire puro y sensual que se precipitaba en sus pulmones.

Ahora estaba tranquilo y podía mirar a su alrededor a un ritmo propio. Le llamó la atención lo angosto que era el valle en realidad. Apenas un kilómetro de anchura y rodeado de altas montañas por ambos lados, entre las que fluía la corriente de agua. Sus aguas eran grises como el cinc y giraban como las de un vaso cuando se disuelve una pastilla efervescente. ¿Se podría pescar también aquí abajo? Pediría una caña de pescar para probar.

Miró hacia la pared de la montaña del sur, que era completamente vertical, como un enorme muro. En ese momento la luz del sol caía por ese lado y se apreciaban con toda nitidez los detalles de su superficie. Parecía ser otro tipo de roca que la del lado norte. ¿Era arenisca? ¿Piedra caliza? La superficie era lisa y amarillenta. Había huecos y cavernas por todos lados de tamaños difíciles de determinar y a los que nadie podría llegar nunca. Algunas de esas cavidades parecían que estuvieran habitadas por golondrinas que daban vueltas a lo largo de la pared de la montaña. Otras eran salidas de pequeños riachuelos que habían cavado un pasadizo dentro de la montaña y salían al exterior filtrándose a través de esos canales naturales, y continuaban montaña abajo formando pequeños arroyos. Ese flujo continuo había excavado surcos largos y negros en la superficie amarillenta. Algunos de esos huecos habían adoptado formas humanas que parecían un teatro de sombras chinescas con figuras de treinta metros de altura.

La parte norte del valle, donde estaba ubicada la clínica, no era tan abrupta ni estaba tan limitada. La montaña se elevaba con suavidad en una pendiente de hierba y arbolado para después abrirse en toda su longitud, gris y cubierta únicamente por la grava de los derrumbes.

Por el oeste, las montañas se separaban como una ventana abierta al final de un pasillo y por esa abertura pudo distinguir a lo lejos una cima cubierta de nieve, radiante y espectacular, como suelen imaginarse los Alpes.

Daniel enseguida denominó La Pared a la montaña del sur, y a la del norte, La Gravera, sorprendiéndose poco después por el hecho de haber puesto nombre a lugares que en breve abandonaría.

Él iba caminando bajo un sol cegador, pero poco después entró en un estrecho pasaje totalmente a la sombra de la montaña. El valle se retorcía como en un espasmo. El contraste entre la luz y la oscuridad era tan grande que por un momento no vio nada. Por ese motivo, cuando se aproximó un hombre en bicicleta, le pareció que venía de ninguna parte.

El hombre llevaba un carro enganchado a la bicicleta que iba cargado con una gran caja de madera. El carro avanzaba despacio y chirriaba.

El hombre se detuvo a unos diez metros de Daniel, bajó de la bicicleta y se puso a rebuscar en una bolsa que llevaba colgada.

-Buenos días -saludó Daniel en alemán-. ¿Sabe usted si se puede pescar aquí? -dijo señalando hacia el torrente de agua.

El hombre levantó la vista.

-Supongo que sí -respondió.

Tenía el rostro con rasgos casi mongólicos, con los pómulos muy marcados, la nariz pequeña y la frente pequeña y ancha. Sus ojos eran diminutos y de un azul intenso. A Daniel le recordaba a alguna raza de gato, no sabía a cuál.

El hombre se puso un guante especial grueso y de cuero que sacó de la bolsa.

-Yo pesqué en lo alto de la ladera el otro día -añadió Daniel-. Y fue bastante bien. Pero tal vez aquí abajo no sea tan conveniente.

-Tal vez.

El carro de la bicicleta se mecía y en el interior del cajón se oyó un crujido, seguido de un agudo piar. Daniel se quedó observándolo. Dentro había algo vivo. El hombre no se inmutó.

-¿Qué lleva en el cajón? -preguntó Daniel.

Sin responder, el hombre deslizó con cuidado un par de cerrojos y abrió lentamente la tapa del cajón, tras lo que se produjo un aleteo y una nube de plumas.

El hombre se volvió hacia Daniel. Llevaba un halcón en el brazo, cuya cabeza estaba cubierta por un capuchón de cuero coronado por una pequeña mata de plumas y llevaba una campanilla alrededor de las patas. A la altura de los ojos del halcón sobresalían del capuchón dos protuberancias, lo que hacía que pareciera un insecto enorme.

-¿No es bonito? -dijo el hombre.

Daniel asintió con entusiasmo.

-Mucho.

El halcón se quedó totalmente inmóvil en el antebrazo del hombre, como si la pérdida de su mayor facultad lo sumiera en una especie de letargo. Mecánicamente y con extraña regularidad giraba su cabeza a derecha e izquierda, como reflejos persistentes en un cuerpo muerto.

-Yo creía que en el cajón llevaba aparejos de pesca -exclamó Daniel con una carcajada.

-Prefiero la caza a la pesca -dijo el hombre-.Y este es el modo más antiguo de cazar. Sin armas. No me gustan las armas de fuego.

Se acercó el halcón a los labios como si fuera a besarlo, pero en vez de eso, le dio un mordisco en el plumero y con un fuerte tirón de la cabeza le levantó el capuchón.

El ave estremeció al volver a la vida. A Daniel le sorprendieron sus ojos, grandes y de color negro brillante como piedras húmedas. No había nada de depredador en ellos. Los ojos parecían formar parte de un cuento de hadas sobre algún bosque oscuro o un lago sin fondo.

-Ve mucho mejor que una persona -aclaró el hombre.

Levantó en el aire al halcón, que aleteó contra el viento y luego fue elevándose en círculos en el aire, cada vez más alto, como si subiera por una invisible escalera de caracol. Arriba, la campanilla sonó débilmente.

-Silencioso y bonito -dijo el hombre, siguiendo el vuelo del ave con la cabeza inclinada hacia atrás-. Deberíamos aprender de los animales.

El halcón planeó un rato y luego se lanzó en vertical como un avión de combate. Poco después volvió a su amo con algo pequeño y gris en las garras. Dejó la presa en la mano derecha de su amo y se posó en su brazo izquierdo enguantado.

Daniel vio entonces que la presa era un pajarillo, herido pero vivo todavía. Sus ojos parpadeaban aterrorizados y aleteaba con una de sus alas, sin poder moverse.

El hombre lo tiró al suelo y con una señal imperceptible dio permiso al halcón para que picoteara a la presa.

El ala del pájaro revoloteaba aún mientras el halcón le arrancaba trozos del pecho.

-La naturaleza es fantástica, ¿no cree? -dijo el hombre.

Daniel se sintió molesto.

-Fantástica -repitió él sintiendo un escalofrío.

La campana de una iglesia empezó a sonar. Su tañido mudo y metálico sonó como el traqueteo de una fábrica y las paredes de las montañas devolvieron el eco. La Cervecería Hannelore abría a esa hora.

Daniel levantó la mano en señal de despedida.

El hombre no reaccionó. Pero el halcón dirigió sus ojos de ónix hacia él, observándolo con su visión siete veces superior a la suya. Pequeñas tripas ensangrentadas le colgaban del pico como gusanos.