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Para asombro de Daniel, en la clínica había un restaurante de categoría. Estaba situado en un hermoso salón en la segunda planta del edificio principal, con techos de estuco y alfombras orientales. En las mesas había manteles blancos, copas grandes y servilletas de lino. Aparte de ellos en el local solo había un hombre mayor sentado en una mesa en un rincón.

-¿Esto es para los pacientes? -exclamó Daniel asombrado, mientras Max se dirigía hacia una mesa y se sentaba.

-¿Qué pacientes? Aquí no hay pacientes. Somos clientes a los que nos cuesta un ojo de la cara quedarnos aquí a reposar un poco. Algo de comida decente en un ambiente agradable es, sin duda, lo mínimo que podemos pedir. Probaremos la trucha.

Max hizo un gesto disuasorio a la camarera que intentaba ofrecerles la carta.

-Y una botella de Gobelsburger. Muy fría.

La camarera asintió amablemente con la cabeza y se alejó.

-¿Y cómo te van a ti las cosas, Daniel, o te lo he preguntado ya? En tal caso no recuerdo tu respuesta -dijo Max.

-Va todo bien. Vivo en Uppsala, como ya sabes. La vida en la Unión Europea es demasiado estresante. De hecho, al final me sentía bastante mal. Incluso me divorcié. Bueno, ya sabes cómo es.

-¡Aquí traen el vino!

Max probó un poco que le sirvió la camarera y asintió complacido.

-Prueba esto, Daniel. Yo bebo un par de copas casi todos los días. Tal vez no vaya con todo, pero me da igual.

Daniel tomó un sorbo de vino que tenía un frescor seco y estaba realmente bueno.

-Sí, como ya he dicho, es demasiado -dijo, retomando la conversación.

-¿Demasiado? ¿Has bebido ya hoy? -dijo Max asombrado.

-No, no. Me refiero a... Olvídalo. Es un vino exquisito. Fresco. Reconfortante.

-¡Reconfortante! ¡Esa es la palabra! Siempre tienes palabras fenomenales para todo, Daniel. Claro, que eres experto en lenguas.

-No, no. Soy intérprete. O lo era.

-Si los intérpretes no son expertos en lenguas, no sé quiénes lo son.

Daniel, molesto, se encogió de hombros.

-Tengo facilidad para los idiomas -reconoció-. Aunque en realidad solo soy un loro.

-¿Un loro? Sí, hay algo de eso. Te gusta imitar, Daniel. Y a la vez tienes un miedo enorme a parecerte a otra persona. A mí, por ejemplo. ¿De qué tienes miedo?

-No tengo miedo. No entiendo por qué piensas así -protestó Daniel con un tono de voz que sonó más molesto de lo que pretendía.

-Bueno, no vamos a empezar a pelearnos. Me parece que la pequeña Marike casi está asustándose.

Sonrió a la camarera que estaba de pie detrás de ellos con dos platos llenos.

-Puedes servirnos, Marike. Parece peligroso, pero no muerde.

Era trucha asada, con guarnición de patatas cocidas, mantequilla derretida y limón.

-Una chica guapa, ¿no te parece? -dijo Max cuando la camarera apenas se había alejado unos pasos. Tendría unos cuarenta años y ya no era ninguna jovencita-. No lo digo en el sentido habitual de la palabra, pero tiene algo especial. ¿Has visto qué culo tan grande tiene? Todas las mujeres de esta zona lo tienen así. Enseguida te das cuenta de si una mujer es de la zona de las montañas o si procede de otro lugar. Me refiero, naturalmente, a las que han vivido aquí desde hace generaciones. Todas tienen exceso de grasa, concentrada especialmente en las nalgas y las caderas. Los hombres también son corpulentos, pero se ve con más claridad en las mujeres. ¿Sabes a qué se debe?

-¿Que se vea con más claridad en las mujeres? Porque las miramos más que a los hombres, supongo -dijo Daniel.

-Eres muy gracioso. Me refiero al motivo por el que la gente de aquí arriba, de las aisladas zonas de montaña, es más gruesa que la de la llanura. Pasa lo mismo en todas las zonas de montaña del mundo. Pero no solo ahí. La población de las islas del Pacífico Sur, por ejemplo, o la de las profundidades de las selvas de Suramérica, tiene la misma constitución física, fornida y gruesa. Mientras la población de tierras bajas, por ejemplo los masáis de África oriental, es alta y delgada. ¿Por qué? -preguntó Max señalando a Daniel con su tenedor-. Pues porque en épocas de escasez, la gente de las llanuras puede emigrar a nuevas zonas para encontrar alimento. Los de piernas largas y ágiles sobreviven, mientras que los torpes y gordos se quedan sentados sobre sus grandes culos y se mueren de hambre. Por el contrario, en zonas aisladas no ayuda tener piernas largas, ya que de todos modos no pueden ir a ninguna parte. La agilidad no sirve de nada en una isla, en una selva densa o en un valle alpino. Tienes que quedarte dónde estás y aguantar hasta que los tiempos mejoren. Los que sobreviven al periodo de hambruna son los que tienen una capa extra de grasa a quemar.

Daniel asintió. Le resultaba difícil seguir las ideas aventureras de Max.

-Parece verosímil. -Y en un intento de llevar la conversación por derroteros más tranquilos, agregó-: Pero esta trucha es excelente. Está muy fresca. ¿Crees que la han pescado en esta zona?

-¿La trucha? Por supuesto. En el río que hay un poco más allá. Tal vez la haya pescado yo.

-¿Tú?

-U otra persona. Pesco más de lo que puedo comer, así que se lo doy al restaurante. Pero sin duda es muy interesante, en estos tiempos que corren, que esas características genéticas se mantengan. Viajamos por el mundo de un extremo al otro y, sin embargo, la naturaleza establece que nos quedemos en un valle alpino, obligados a vivir de la grasa que hemos acumulado. Es bastante atractivo. Me refiero a ver gordos traseros de mujer. Pone en marcha la fantasía. ¿No te parece?

Lanzó una mirada a la camarera que pasaba cerca de la mesa en dirección al hombre que estaba solo en la mesa del rincón.

-Puede ser.

La camarera retiró las cosas de la mesa del hombre y volvió a pasar con las manos llenas de platos. Max estiró rápidamente el brazo y le dio un golpe ligero en las nalgas. Ella se dio la vuelta e hizo una mueca, pero no dijo nada.

-Eso era totalmente innecesario -dijo Daniel con gesto desaprobatorio.

-Un loco puede permitirse alguna que otra locura. Hay que cumplir con las expectativas. Pero se trata de saber dónde están los límites. De lo contrario, ellos estarían aquí en dos segundos con la camisa de fuerza y las correas, y después la vida lujosa se transformaría en una habitación de tortura en el sótano.

-¿Es cierto eso? -dijo Daniel horrorizado, a la vez que se daba cuenta de que solo era una broma.

Para mitigar su error, dijo rápidamente:

-Pero ¿por qué estás aquí en realidad, Max? Tienes un aspecto excelente.

La sonrisa provocadora de Max desapareció. Se puso derecho y dijo en tono serio:

-Ahora trabajo en Italia, como tal vez sepas. Con el aceite de oliva.

-No, no lo sabía -dijo Daniel sorprendido.

-Es un sector duro. Especialmente para un extranjero como yo. Tengo que reconocer que me ha ido bastante bien, pero el éxito tiene su precio. No se trata precisamente de semanas de cuarenta horas. Últimamente se podría decir que he trabajado todo el día.

-¡Oh! -exclamó Daniel en voz baja. Sabía lo que solía significar que Max trabajara todo el día.

-Me he encarrilado, como se suele decir. Esto vale para la mayoría de los que están en esta clínica. El ambiente de trabajo para los altos directivos es inhumano hoy en día. Y no me estoy refiriendo a Suecia, que es un recreo comparado con el resto de Europa. Aquí nadie soporta un puesto de alto nivel mucho tiempo. No se habla de ello en voz alta, pero la mayoría se derrumba de vez en cuando. Forma parte del concepto. Somos como coches de Fórmula 1 que tienen que entrar en los boxes a intervalos regulares para cambiar los neumáticos y repostar. Luego estamos preparados para volver a la carrera.

Max hizo un movimiento de giro con el dedo y se rio, complacido con su propia semejanza.

-¿Así que estos son los boxes? -dijo Daniel mirando a su alrededor en el restaurante, donde eran los únicos clientes que quedaban.

-Así es. Himmelstal es como un taller. Tal vez el mejor de Europa. Y ahora vamos a tomar café y un copa -dijo Max dando un golpe en la mesa con la palma de la mano-. Pero no aquí -agregó-. Sé de un sitio pequeño y agradable abajo, en el pueblo. Ven.

Estrujó la servilleta y se levantó.

Daniel miró a su alrededor buscando a la camarera. Quería pagar la cena, pero no sabía bien cómo hacerlo.

-¿En el pueblo? -dijo Daniel-. ¿Pero no podrás dejar la clínica?

Max se echó a reír.

-Naturalmente. Ahí está la gracia de Himmelstal.

-Ponlo en mi cuenta, querida -gritó a la invisible camarera y se dirigió con paso decidido a la salida.