23

Tardó casi una hora en volver al pueblo.

El valle estaba cubierto de niebla, como si alguien tratara de arreglar la grieta existente entre las dos montañas con un sellador. De vez en cuando se disipaba y se podía ver un poco del entorno, distinto y asombroso como una visión.

En dos segundos vio un coche arriba que atravesaba el monte de Grustag. Él no sabía que allí hubiera una carretera. Y un momento después, al otro lado del río, se oyó el ruido del motor de otro coche invisible que circulaba en dirección contraria. ¿O era el mismo coche que tenía algo que hacer en el pueblo y luego volvía por otro camino?

Como quiera que fuera, las dos carreteras estaban demasiado lejos. Empezaba a anochecer y tenía hambre. Decidió pasar una noche más en la cabaña de Max en la clínica. Al día siguiente volvería a intentar que alguien lo llevara. Cruzaría el puente del este para estar en la parte correcta del río desde el principio y poder seguir la carretera.

Daniel volvió a ver las luces difusas de un coche en lo alto de la ladera del monte de Grustag. En realidad parecía el mismo coche que había visto antes, conduciendo hacia el este y luego hacia el oeste a lo largo del río, que ahora iba de nuevo hacia el este hasta que la niebla lo envolvió. Si no fuera tan absurdo, habría creído que conducía alrededor del valle por una carretera de forma ovalada.

Estaba cansado, su ropa estaba húmeda y, cuando finalmente vio las siluetas de los edificios de vidrio elevarse en la ladera entre los velos de niebla, experimentó una sensación que le sorprendió: la seguridad de estar en casa. De nuevo en la vieja y querida clínica psiquiátrica después de luchar con pueblerinos desabridos y locos solitarios. El viaje debería esperar. Ahora tenía que descansar y comer.

No había comida en la cabaña, se había comido lo que quedaba antes de marcharse. Si el comedor estaba abierto, podría comer allí. Podía sentarse en paz sin tener que disimular ni pretender que era Max.

El parque estaba solitario bajo la niebla gris, pero cuando pasó por la piscina vio a un paciente nadando. Se detuvo. Vio que era una mujer. Hacía largos con brazadas enérgicas, dejándose caer un poco por debajo de la superficie para subir luego y tomar aire. Su pelo corto se le pegaba a la cabeza y los hombros le brillaban con la humedad.

Daniel la observó fascinado hasta que ella finalmente salió con agilidad, y él pudo apreciar su cuerpo brillante al borde de la piscina. Parecía un león marino con el bañador reluciente y el pelo estirado hacia atrás.

-Creía que estaba sola -dijo ella.

-Voy al comedor. ¿Has comido? -preguntó Daniel con audacia.

-Sabes que yo no como nunca en el comedor.

-Yo no sé nada. No soy Max, si es lo que crees. Soy su hermano gemelo. Max se ha ido de viaje y la verdad es que no creo que vuelva. Me ha engañado y me ha dejado aquí tirado. Y parece que es más complicado salir de aquí que llegar.

Daniel se dio cuenta de lo guapa que era cuando se rio. Su cara, su cuerpo, sus movimientos flexibles e indolentes. Todo era perfecto. Si lo hubiera visto desde un principio, no se habría atrevido a hablarle.

-Diablos, claro que es mucho más complicado -dijo ella, poniéndose por los hombros una toalla de color amarillo limón-. La verdad es que no soy mucho de comer, excepto cuando he nadado. Entonces me entra un hambre feroz.

Mostró sus colmillos en una sonrisa depredadora.

-Y quiero mucha comida. Y buena. Con un buen vino que la acompañe. Y un servicio perfecto. Dicho de otro modo: ¡el restaurante!

Ella señalaba con una mano hacia el edificio principal y con la otra agarraba el brazo de Daniel, como si se conocieran desde hacía tiempo. A pesar de que era un roce de camaradería, tal vez demasiado fuerte, el cuerpo de Daniel se rebeló con un deseo erótico.

-Sí, pero no sé si puedo permitírmelo -masculló él.

-Pero yo sí. Voy a cambiarme de ropa y nos veremos en el vestíbulo dentro de veinte minutos.

Apareció cuarenta y cinco minutos después a la luz del fuego en el recibidor, donde Daniel la esperaba sentado. Llevaba un vestido corto y ajustado de una tela brillante que dejaba sus hombros desnudos. Daniel se sentía sencillo con su camisa de algodón. Ella llevaba unos zapatos de tacón muy alto que imitaban la piel del leopardo y, a diferencia de la mayoría de las mujeres que Daniel conocía, parecía no tener problemas para moverse con ese tipo de calzado, pues casi entró corriendo en el recibidor hasta llegar al sillón donde él estaba sentado. Cuando ella se agachó para darle un beso rápido en la mejilla, Daniel fue alcanzado por una ráfaga de perfume.

-Vamos, vamos, tengo hambre -se quejaba ella, saltando impaciente con sus altos tacones mientras trataba de levantarlo del sillón. Se volvió a la azafata de la recepción y le gritó:

-¿Qué sirven?

La azafata sacudió la cabeza sonriendo.

-Así que es sorpresa. Bueno, de todos modos hay dos platos distintos para elegir. Para que tengamos la ilusión de libertad de elección -parloteó ella; mientras, con su brazo debajo del de Daniel, dirigía sus pasos hacia el ascensor.

Él dejó que ella lo guiara. Estaba mareado aún del impacto del perfume.

-¡Libertad de elección! -gritó la mujer pulsando el botón del ascensor y echándose a reír-. ¿No es gracioso?

Daniel no sabía si dependía de la niebla que había al otro lado de la ventana o de que ahora estaba en compañía de una mujer hermosa y desconocida en vez de con su hermano, pero el ambiente del restaurante de la clínica le pareció distinto a la otra vez. Estaba menos iluminado, el salón parecía más pequeño y no podía recordar que esas cortinas de terciopelo rojo estuvieran allí antes y de ningún modo, la música susurrante.

La mujer fue directamente a una mesa pequeña en un rincón, se sentó y empezó a leer el menú que estaba sobre la mesa.

-¿Carne de ciervo o pechuga de pato? ¿Tú qué opinas? Yo prefiero pechuga de pato. ¡Pechuga de pato! ¿No suena raro?

Ella sostuvo uno de sus pechos con la mano. Era muy grande y curiosamente esférico. Daniel se preguntó si sería de silicona.

-Tengo algunos problemas de dinero -murmuró él.

-No vengas ahora con eso. Ya te he dicho que yo soy rica.

Su pelo, ahora que ya estaba seco, era mucho más rubio, casi blanco. Llevaba dos enormes aros de plata en las orejas, pero el escote consistía en una zona de piel desnuda, sin joyas.

-¡Tenemos que pedir champán! -gritó ella.

Cuando Daniel poco después chocó su copa de color rosa pálido contra la de ella, se preguntó cómo había sucedido todo en realidad. Esa mañana él se había marchado de allí con su mochila. Y ahora estaba sentado en el restaurante de la clínica brindando con una bella y adinerada paciente. Todo iba demasiado deprisa para que él pudiera seguir el ritmo. Y a la vez parecía que el tiempo se había detenido.

Trajeron la comida. La mujer golpeó el suelo con los tacones como una niña.

-Dios mío, qué hambre tengo. Pueden pasar semanas sin que cene en condiciones. En realidad no suelo pensar en comer. Pero acumulo mucha hambre. Soy solo un agujero negro.

«Maniaca», pensó él. «Pero atractiva.»

Ella empezó a comer de forma rápida y con voracidad, bajando la comida con grandes tragos de vino. Una gota de vino se deslizó desde la comisura de la boca hasta el mantel.

-¡Qué modales de mierda tengo en la mesa! -dijo secándose la boca con la mano.

-Está realmente bueno.

-¿Sí? A mí nunca me da tiempo de notarlo.

Dio unos cuantos bocados apresurados más y de repente dejó los cubiertos sobre la mesa.

-Dios mío, estoy llena.

-¿Ya?

Ella apartó el plato con un movimiento rápido, se limpió con la servilleta de lino y la tiró a un lado.

-He visto que hay tarta de chocolate de postre -dijo Daniel.

Ella sacudió la cabeza con decisión.

-No comeré nada durante las próximas semanas. Soy como una serpiente pitón. Puedo comerme un buey y luego matarme de hambre durante un mes. ¿Quieres oír una historia? No sé si es verdad. Era una chica que tenía una pitón. La alimentaba con ratas y cobayas y dormía todas las noches en su cama. Se enrollaba a sus pies como un perro. Un día se negó a comer. No comió ni una cobaya en varios meses. La chica, como es natural, se preocupó y llevó la serpiente al veterinario, que le preguntó si había notado algo raro. «Sí», dijo la muchacha, «por lo general suele dormir enrollada a mis pies, pero ahora se tiende estirada a mi lado cada noche, como una persona». Entonces el veterinario le explicó que cuando una pitón se prepara para una presa mayor, ayuna durante varios meses y se tumba a lo largo junto a su presa para medirla. ¿Crees que la historia es verdadera? Me la contó un amigo de Londres.

-No creo que sea verdad -dijo Daniel.

Ella se encogió de hombros, sacó un espejo de su bolso y se miró la cara.

-Llegué a comerme también la barra de labios. ¡Imagínate el hambre que tenía! -exclamó sacando una barra y aplicándose un gloss rosa chicle que no llevaba antes. Gesticuló ante el espejo y se arregló el pelo corto con las puntas de los dedos.

Luego cerró el espejo y dijo:

-¿No podemos tener una noche romántica tú y yo?

-¿Qué quieres decir?

-Ya sabes. Beber vino, bailar, abrazarse bajo la luz de la luna.

-Está lloviendo -advirtió Daniel, mirando hacia la ventana.

-Bien. Entonces tendremos que refugiarnos en tu cabaña, quitarnos la ropa mojada y secarla desnudos frente al fuego.

Él se rio.

-Ni siquiera sé cómo te llamas.

-Tonterías. Todos saben cómo me llamo.

-Yo no. Yo no soy paciente aquí. Vine a visitar a mi hermano...

Se calló. ¿Cuántas veces lo había contado?

-¿Y?

Ella se inclinó sobre la mesa con gesto de interés y él pudo ver directamente su escote.

-Max y yo somos gemelos. Él me pidió que ocupara su lugar unos días y no ha regresado. Me ha dejado aquí tirado.

-Es divertido. -Ella advirtió que quedaba un poco de vino en su copa y lo vació rápidamente-. ¿Quieres acompañarme fuera a fumar un cigarrillo?

-No fumo.

-No he preguntado si fumas. Te he preguntado si quieres acompañarme a fumar.

Ella ya había sacado del bolso un cigarrillo y un encendedor.

-De acuerdo -dijo él.

Bajaron en el ascensor, salieron y se quedaron de pie en las escaleras, bajo el alero del tejado. La lluvia susurraba en la oscuridad. Ella encendió el cigarrillo, aspiró el humo con ansiedad y lo expulsó de un soplo corto y seco.

-Esta clínica es buena -dijo Daniel vacilante.

-Opinas así porque no has estado aquí tanto tiempo como yo.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí?

Ella se quedó pensativa y luego hizo varios anillos de humo que parecían bailar en la oscuridad.

-Ocho años.

-¡Ocho años! ¿Seguidos?

Ella asintió.

-¿Pero tendrás permisos de vez en cuando?

-¿Bromeas?

-¿Cuántos años tienes?

-Treinta y tres. Mis padres fueron los que se encargaron de que viniera aquí. ¡Mis propios padres! -gritó ella con amargura-. Aunque sabían que nunca saldría de aquí. O precisamente por eso.

Daniel trató de imaginarse lo que sería pasar sus mejores años en una clínica.

-Tal vez sea descarado por mi parte y no es necesario que contestes, pero ¿qué te han diagnosticado? -preguntó Daniel con cautela.

-Lo mismo que a ti, supongo.

-¿Lo mismo que a mí?

-Lo mismo que a todos los que están aquí.

-En realidad yo no estoy enfermo. El que está enfermo es mi hermano.

-Imbécil -dijo ella y siguió fumando sin mirarlo.

Él sacó a relucir toda la historia de las amenazas de la mafia, el afeitado y la barba postiza. Sonaba realmente increíble. Ni él mismo se creía lo que contaba. Esperaba que ella se encogiera de hombros y exhalara un poco más de humo, pero, para su sorpresa, dejó caer el cigarrillo y lo miró con ojos que se abrían más según él iba hablando.

-¿Es verdad? -preguntó ella-. ¿No estás contándome un montón de chorradas para tomarme el pelo?

-Es verdad -dijo él cansado.

Ella lo examinó con un nuevo interés.

-¡Oh! -exclamó ella-. Esto es de locos. ¿Por qué no tengo yo una gemela que pueda intercambiarse conmigo? ¡Mierda, qué injusto!

-Entonces, ¿me crees?

-Claro que sí.

-¿Por qué?

El cigarrillo había caído en un escalón y estaba humeando. Ella lo aplastó con uno de sus altos tacones.

-Porque tu historia no tiene sentido. Algo tan malo no se le ocurriría ni al más descerebrado. Pero también hay algo más -dijo haciendo una pausa y mirándolo con astucia-. Percibo que tú eres distinto. Casi había olvidado cómo son las personas como tú.

-¿Personas como yo?

-Estás lleno de vida. Y tienes un aura maravillosa. ¿Lo sabías?

-No. Y tú, ¿cómo lo sabes?

-Puedo ver las auras de las personas. Es un don que tengo. Algunas tienen auras fuertes, otras, débiles. La tuya es fuerte y enormemente bella.

-¿Tiene color?

-Verde. Verde esmeralda. No había visto un aura así desde que llegué aquí. El aura de Max era blanca y metálica. Como una tormenta.

Daniel se rio.

-¿Volvemos al restaurante? Hace frío para que estés aquí con los hombros desnudos.

-Puedes rodearme con el brazo, si quieres.

-Sí -dijo él sin hacerlo-. Pero insisto en que lo mejor es que subamos. No hemos pagado la cuenta.

-¿Y qué? Saben dónde estamos, ¿no? Ha parado de llover. Vamos a dar un paseo. Tenemos una velada romántica, ¿lo habías olvidado?

Entrelazó su brazo desnudo con el de él y bajaron las escaleras hasta que salieron al parque. La zona de la clínica estaba tranquila y silenciosa y caían gotas de los árboles después de la lluvia. El brazo de ella estaba helado, su cadera le rozaba al caminar. A él no le era indiferente tanta cercanía. Mientras caminaban por los estrechos senderos en la humedad de la noche, Daniel pensaba que no se pasan ocho años en una clínica sin una razón. Como si ella hubiera podido leer sus pensamientos, dijo:

-Crees que estoy mal de la cabeza, ¿verdad?

-Hablando con franqueza, creo que la gente de abajo, la del valle, parece estar mucho más loca que los que estáis en la clínica.

Le habló de su intento fallido de esa mañana, de hacer autoestop con la carga de madera de Tom. Ella lo escuchaba con ojos de asombro.

-¿Estuviste en su casa? ¿Cómo era?

-Tenía un montón de esculturas que por lo visto había hecho él.

-Cosas horribles, ¿no? ¿Viste alguna otra cosa horrible?

-No, pero él es raro. ¿Sabes quién es?

-¿Tom? -ella se rio con voz ronca-. Sí, claro. Le encargo la leña. Me la trae a mi cabaña y la apila ordenada junto a la puerta de entrada. Pero yo no me atrevería a ir a su casa. ¡Cielo santo, eres un auténtico corderito!

De pronto ella parecía preocupada de nuevo.

-¿Le dijiste que te has cambiado por tu hermano?

-Sí.

-¿Y cómo reaccionó?

-Dijo que estaba loco. Me lo decía todo el tiempo.

-¿A quién más se lo has dicho?

Daniel reflexionó.

-Al muchacho de la tienda. Pero él no quiso escuchar.

-¿Al personal de la clínica?

-Sí, he hablado con las azafatas de recepción.

-¿Y te creyeron?

-No.

Ella echó la cabeza hacia atrás y se rio a carcajadas.

-¿No notaron nada? ¡Pero eso es maravilloso!

Daniel no entendió qué era tan maravilloso.

-¿Se lo has dicho a alguno de los médicos?

-No. Me dieron cita con Gisela Obermann, pero dije que no.

-Gisela Obermann lo descubriría. Ella es experta. Vería enseguida que no eres el verdadero.

-¿Crees que ella podría ayudarme a conseguir transporte para salir de aquí?

-Te pondrá en un coche para que te vayas al aeropuerto inmediatamente. Querrá deshacerse de ti lo antes posible para evitar que cuentes por ahí las deficientes prácticas de seguridad que tienen. Santo cielo, ¡cómo va a enfadarse! ¿Se lo has dicho a algún otro paciente?

-No, apenas he hablado con los demás pacientes.

-Bien. No lo hagas.

-¿Por qué no?

Ella se volvió hacia él, apretó fuertemente su barbilla y mejillas y lo miró a la vez que sonreía de un modo extraño.

-Porque entonces te comerán, cariño. Y no quiero que lo hagan. Si alguien te come, seré yo. Eres mi corderito, de nadie más.

Se oyeron pasos y voces. Daniel miró hacia arriba. Había gente cruzando el parque a paso ligero desde distintos lados. Algunos iban al edificio principal, otros se dirigían a las cabañas. Él no tenía reloj pero sabía que pronto serían las doce. En los últimos días, había aprendido a reconocer la atmósfera agitada que siempre precedía a la ronda de la hora de dormir. La zona de la clínica que hasta hace un momento parecía estar vacía y solitaria era ahora un hervidero de pacientes con prisa por llegar a sus habitaciones y cabañas. ¿Qué ocurriría si no se encontraran allí en ese momento mágico de las campanadas?

-Parece que es la hora -dijo él.

Ella seguía rodeándole el rostro con las manos y él sintió la presión de sus largas uñas en la piel.

-Cuando las azafatas ya hayan pasado, iré a tu cabaña para que recibas un beso de buenas noches de mí. Te prometo que sabrá mucho mejor.

-Todavía no sé cómo te llamas.

Ella lo soltó y luego le tendió la mano con cortesía. Era una mano delgada pero fuerte.

-Samantha -dijo.

Y se marchó cruzando el césped. Sus tacones se hundían en el suelo empapado y se tambaleaba de vez en cuando. Luego desapareció detrás de un par de arbustos.

Daniel apenas había entrado en la cabaña cuando oyó el zumbido del coche eléctrico y poco después llamaron a la puerta. Por lo visto, esa noche la patrulla empezaba su ronda en su cabaña.

-Veo que sigues con nosotros, Max. Me alegro.

Era la azafata de más edad que estaba en el mostrador de la recepción esa mañana. La que se había negado a pedir un taxi.

Él no respondió. Ahora ya sabía que la patrulla nocturna tenía siempre mucha prisa y no esperaba ninguna respuesta. Sus preguntas y comentarios eran solo un modo de decir «hemos controlado que estás en tu sitio». Siempre entraba uno de ellos para saludar. Los demás solo asomaban la cabeza, pero él había visto que ella tenía un pequeño ordenador donde seguro que anotaba su presencia.

Él saludó amablemente y luego se marcharon. Los oyó llamar a todas las cabañas que estaban en la misma fila que la suya, y luego el coche eléctrico volvió a ponerse en marcha.

Daniel se sirvió un whisky y pensó si Samantha le había hecho una proposición erótica. No podía interpretarse de otro modo, ¿o sí? ¿Iba a aceptarla o no?

Miró por la ventana. ¿Dónde estaría su cabaña? Al parecer ella no vivía en el edificio principal porque no había ido en esa dirección. Se había levantado aire y los árboles del parque se balanceaban y oscurecían la luz de las farolas, de modo que el alumbrado parecía parpadear.

Se duchó y se sentó en el sillón de madera, tomó un sorbo del whisky y se quedó esperando oír el sonido de unos tacones. Después de algunas horas se dio por vencido, aliviado y decepcionado a la vez. Se acostó, pero no cerró la puerta.

Al dormirse soñó que había alguien junto a él en la cama, respirando profundamente. En la leve penumbra de las luces que parpadeaban fuera, vio una serpiente gruesa con la cabeza apoyada en su almohada que lo miraba con ojos negros y brillantes.

Despertó y se dio cuenta de que había sido un sueño.

Aunque no lo era del todo. Había alguien junto a él en la cama. Una criatura delgada que llevaba un ajustado vestido negro brillante lo observaba apoyada en uno de sus brazos y, un instante después, se arrastraba junto a él hasta llegar a su boca y succionar sus labios.

Si no hubiera sido por el olor del perfume, pesado, dulce y penetrante, como incienso o fruta muy madura, habría gritado de terror.

-¿No son los mejores mis besos de buenas noches, cariño? -susurró Samantha mientras le quitaba los calzoncillos.

Daniel estaba aún medio dormido, pero su pene parecía estar totalmente despierto. Ella se sentó sobre él y empezó a montarlo suave y lentamente, luego de modo mucho más violento y después otra vez despacio, hasta que algo pareció romperse dentro de él.

Ella se deslizó fuera de él, se acurrucó en posición fetal de espaldas y se lamentó:

-¡Maldita sea!

-¿Qué ocurre? -preguntó él asustado.

-He encontrado un corderito y ahora se aleja de mí. Vas a ir a hablar con la doctora Obermann y va a decirte que te vayas. ¡Maldita sea!

Lloró y moqueó un rato, y él le dio unas palmaditas encima del corsé negro.

Entonces ella se levantó y se puso el abrigo.

-Tal vez no sea tan fácil para la doctora Obermann conseguir un medio de transporte con tan poca antelación -dijo ella con audacia mientras se subía a sus zapatos. Se detuvo un momento y agregó-: Se nota que eres de un país nórdico.

-¿Qué?

-Cuando te funciona, la llama de tu aura brilla como la aurora. Es una pena que no puedas verla. Buenas noches.

En la puerta se dio la vuelta y dijo:

-Espero que sigas aquí mañana por la noche. Porque en tal caso vendré a lamerte el culo, corderito mío.