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-Hay días en los que pienso que, a pesar de todo, la vida en Himmelstal no es del todo mala -dijo Corinne-. Entonces pienso que soy capaz de vivir aquí.

Estaban sentados juntos en la hierba sobre la chaqueta extendida de Corinne. Al otro lado, el río hacía girar las golondrinas alrededor de sus nidos en la pared de la montaña y más allá, al oeste, la cumbre cubierta de nieve parecía flotar en el aire limpio sobre una nube de algodón como un mundo aparte, con sus propias leyes naturales.

-Tengo este paisaje maravilloso, tengo mi música y mis actuaciones. Y ahora te tengo a ti, Daniel. Lo mejor que me ha ocurrido es que hayas venido.

Ella le cogió la mano y la apretó. Él correspondió a su presión, pero pensó que eso no era lo mejor que le había ocurrido a él.

-Siempre he pensado que podría vivir una vida aceptable en Himmelstal si hubiera una sola persona en la que pudiera confiar, una sola persona con la que me sintiera segura.

-Yo no voy a quedarme aquí, ya lo sabes -dijo él con determinación.

Corinne miró por encima de él hacia la cumbre cubierta de nieve y sonrió tranquila, como si no hubiera oído lo que él acababa de decir.

-Pero -añadió ella mirándolo tras una pausa-, todavía hay algo que echo mucho de menos. Al principio no pensaba en ello, pero ahora cada vez lo echo más en falta. ¿Sabes qué es?

Daniel podía imaginarse muchas cosas. Sacudió la cabeza.

-Hijos -dijo ella dejando escapar un leve suspiro al pronunciar la palabra-. Durante años solo he oído voces de adultos, generalmente masculinas. Nunca gritos de niños jugando, de bebés llorando o balbuceando. ¡Daría cualquier cosa por oír las risas de un niño! Esas risas ahogadas entre hipos... La alegría total y perfecta, con la seguridad de que la vida es buena en todos los aspectos.

A ella se le quebró la voz, se tapó el rostro con las manos y él pudo ver el temblor de sus hombros en un llanto silencioso. Era algo desgarrador.

Él pasó sus brazos alrededor de ella y la sostuvo en su regazo. Y mientras lloraba apoyada en su pecho, Daniel se dio cuenta de que lo que ella echaba de menos no era solo a los niños en general.

-¿Tienes hijos fuera de aquí? -preguntó con cautela.

-No -contestó ella en voz baja, tan cerca de él que notó el movimiento de sus labios sobre la tela de la camisa a la altura del pezón-. Pero me gustan los niños.

Y entonces rompió a llorar otra vez. Por los hijos que nunca había tenido ni iba a tener.

Las campanas de la iglesia comenzaron a repicar. A lo lejos, hacia el oeste, se veía la silueta de un halcón elevándose en el cielo y formando círculos, hasta que finalmente desapareció más allá de la cima de la montaña.

Por la carretera se acercaba un microbús. Aminoró la velocidad y se detuvo, pero no bajó nadie.

-¿Qué coche es ese? -preguntó Daniel.

Corinne levantó la vista. Se frotó las lágrimas de los ojos para ver mejor.

-Es un safari -dijo ella evitando el llanto-, con turistas psicópatas. Probablemente tengamos quince prismáticos dirigidos hacia nosotros en este momento. ¡Qué os den! -dijo en dirección al coche, mostrándoles uno de sus dedos medios en alto.

El coche volvió a ponerse en marcha y continuó recorriendo el valle.

-Vienen científicos de todo el mundo de visita para estudiarnos. La mayoría se quedan protegidos en los locales de conferencias o en los apartamentos para invitados. Pero a veces salen en busca de aventura en ese microbús. Con cristales a prueba de balas que nunca deben bajar, según les han indicado.

Corinne miró el reloj mientras se limpiaba las lágrimas que aún quedaban en su rostro.

-La misa empieza dentro de media hora -dijo.

Los ojos se le iluminaron. No brillaban con fuerza, sino más bien como el resplandor lejano de una ciudad por la noche. Apoyó su mano en el hombro de él, diciéndole:

-Ven conmigo a la iglesia, Daniel. Me encantaría. Solo tienes que sentarte allí. Hazlo por mí.

La luz de la pequeña iglesia se filtraba adquiriendo el color de las pinturas de las vidrieras. A primera vista daba la impresión de que fueran antiguas, pero al parecer se hicieron a finales del siglo XX. El estilo intentaba ser naturalista y los colores eran demasiado chillones.

Las vidrieras le hicieron pensar de modo automático en el rumor que había oído en la cervecería acerca de que el padre Dennis era un pedófilo que en nombre de Jesús se había comportado violentamente con sus alumnos de la escuela dominical y en una ocasión había cometido asesinato.

En una de las pinturas se veía a un Jesús de gran belleza con dos niños vestidos con togas sueltas que amenazaban con caerse en cualquier momento. Una niña de rizados cabellos dorados se apoyaba en la cadera de Jesús con gesto melancólico, mientras un niño se bajaba de sus rodillas, como intuyendo de repente que algo iba mal. Llevaba una túnica que se había deslizado hacia arriba y dejaba a la vista su pene pequeño y regordete. Parecía que el tema hubiera sido hecho a solicitud del padre Dennis.

Otra cristalera representaba un cordero que con mucha habilidad lograba sujetar una gran cruz de madera apoyándose en sus patas delanteras. Alrededor de sus patas se extendía una mancha roja que podría ser sangre. Esa pintura también produjo asociaciones desagradables en Daniel. El cordero parecía mirar al frente de un modo vacío y estúpido, y él recordó el susurro ronco de Samantha llamándole «Corderito».

La tercera cristalera representaba un grupo de rollizos querubines que daban vueltas unos alrededor de otros como alados cerditos de mazapán. Montones de grasa color melocotón, insinuantes bocas redondeadas y pequeñas nalgas con hoyuelos. ¿Sería así el cielo del padre Dennis?

Se sentaron en el banco de atrás. De un par de altavoces salía música de órgano grabada. Daniel contó ocho personas en los bancos, aparte de ellos. Iban solos y se habían sentado dejando mucho espacio entre ellos.

Poco después apareció el padre Dennis con sus atavíos sacerdotales. Tenía un aspecto extraño. Su frente estaba hundida y la piel de una de sus mejillas era firme y sonrosada. Eran las huellas de dos ataques. En todas partes se odia a los pederastas, y Himmelstal no era ninguna excepción.

Sin embargo, en el mundo imaginario del padre Dennis, esa persecución se había elevado a una especie de elección. Un martirio similar al de los ángeles. No vacilaba ni siquiera en comparar su sufrimiento con el de Jesús, y pensaba que el desprecio del resto del mundo le ayudaba a comprender lo que el Salvador había tenido que soportar. Cada insulto, carta con amenazas o golpe que le propinaban lo recibía como una muestra de gracia, una señal de su afinidad con el más despreciado y atormentado.

Por razones obvias, el sacerdote llevaba una vida solitaria. Vivía en una habitación en el mismo edificio de la clínica, desde donde se comunicaba con el exterior a través de su página web de la intranet del valle y de frecuentes envíos de correos masivos. Cada día se lo escoltaba para ir y volver de la iglesia en uno de los pequeños coches eléctricos de los vigilantes. La actividad religiosa del padre Dennis se consideraba importante en el valle y por eso la administración de la clínica le había concedido ese servicio de seguridad. Eso le hacía más odiado aún entre los otros residentes que no podían contar con la misma protección.

A lo largo de la barandilla del altar había un cajón largo y estrecho lleno de arena fina, como un macetero. En la arena se clavaban velas y por todos lados había restos de velas con la cera derretida alrededor formando una corona. El padre Dennis colocaba una línea de velas nuevas en la arena y las iba encendiendo una tras otra. Cada vez que encendía una vela rezaba en voz baja una breve oración y se santiguaba.

-Eso es por los muertos -susurró Corinne con la cabeza inclinada.

Estaban arrodillados en uno de los bancos, con las manos cruzadas. Daniel la miró de reojo.

-¿A qué muertos te refieres?

-A los residentes que han fallecido aquí, en Himmelstal.

El sacerdote retrocedió unos pasos y miró con devoción las velas encendidas mientras retumbaba una fuga de Bach por los altavoces. Daniel contó las velas.

-Veinticuatro. ¿Y cuántos han muerto de muerte natural? -preguntó Daniel.

-Depende de lo que tú entiendas por natural. En Himmelstal es natural morir asesinado, por suicidio o sobredosis -murmuró Corinne con la mirada fija en sus manos entrelazadas, de modo que quien la observara creería que estaba rezando-. Probablemente sean muchos más de veinticuatro. Pero a algunos no se los encuentra nunca, solo desaparecen.

La música de órgano cesó. El padre Dennis había subido al púlpito.

En las meditaciones que hacía a través del correo electrónico, tenía dos temas favoritos a los que siempre volvía. Uno era el Cordero, que representaba el sacrificio puro, blanco e inocente. El Señor que cuidaba su rebaño. El buen pastor.

El otro tema era las Heridas. Las heridas sangrantes de Jesús, las de los mártires, las suyas propias -amadas y dolorosas-, que exhibía como joyas.

A veces podía unirlos en una única reflexión: las heridas del cordero.

Daniel se preguntaba cuál de los dos temas elegiría para el sermón del día.

El padre Dennis se aclaró la voz y comenzó:

-Imaginemos por un momento que somos ángeles.

-Vas a necesitar mucha imaginación -murmuró Corinne para sí.

-Ángeles preciosos, puros, con alas blancas que vuelan por el cielo. Nosotros nos elevamos sobre los Alpes y volamos por encima de ellos. Debe de ser bonito, ¿verdad? Y luego volamos sobre Himmelstal y ¿qué vemos? Puedo decíroslo. Se trata de un paisaje montañoso, sin cimas gigantescas, pero que sube y baja, como el pelo del lomo de un animal. Y de repente una ranura, un corte profundo en ese pelaje. Delgado y profundo. Dolorosamente profundo. Es Himmelstal. Una herida. Trazada con el cuchillo helado del glaciar. Amigos míos: ¡vivimos en el fondo de una herida! Somos los pequeños gusanos de esa herida. Los que la infectamos, la mantenemos abierta, nos aseguramos de que la pus continúe fluyendo. Es lo que nos ha tocado en suerte. Vivir en el fondo de una herida.

La voz del sacerdote era intensa, casi jadeante.

Daniel se sintió mal.

-Lo siento mucho, pero no aguanto más esto -le dijo a Corinne en voz baja-. Y quiero llegar a la biblioteca antes de que cierren.

Le apretó la mano como despedida y salió a hurtadillas.

De regreso a la clínica pasó junto a una de las camionetas de los vigilantes que estaba estacionada en el arcén. Los vigilantes caminaban muy despacio a ambos lados del río, con varas largas sumergidas en el agua que se arremolinaba.

Mientras los observaba sintió que el suelo temblaba levemente bajo sus pies. Un movimiento leve, casi imperceptible, que en la tranquila tarde de verano produjo un balanceo en los tallos de las campanillas azules. Fue como si el valle se estremeciera.