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La muchacha que estaba en la recepción sonrió a Daniel.
-¿En qué puedo ayudarte?
Era la azafata de las gafas con montura negra, la que estaba en la recepción poco después de que Max desapareciera.
-La patrulla de la mañana me ha informado de que mi hermano estuvo aquí ayer. Preguntó por mí aquí en recepción. ¿Fuiste tú quien lo atendió?
-No. Era Sofie la que estaba de turno. Pero tiene que haber un mensaje por aquí.
Daniel esperó tenso mientras ella buscaba al otro lado del mostrador.
-Aquí está.
Cogió una nota que estaba colgada en un tablón de anuncios, se ajustó las gafas y leyó en voz alta:
-El hermano de Max Brant viene a visitarlo y no lo localiza. Pide a Max que se ponga en contacto con la recepción. El mensaje no está firmado, pero debe ser Sofie la que lo ha escrito. Su turno empieza a las dos. Puedes volver a esa hora.
En el mismo momento en que Daniel salía del edificio principal, un coche de vigilancia entraba en la zona. Se detuvo delante de la unidad de cuidados sanitarios, y antes incluso de que los vigilantes abrieran las puertas, acudió un reducido grupo de personas. El parque estaba casi vacío unos minutos antes y en ese momento había cerca de quince personas mirando las puertas abiertas de la camioneta y la camilla que sacaban.
Lo había visto antes. Cuando un herido o un muerto era conducido al edificio de cuidados sanitarios, ya había varios espectadores esperando y otros llegaban después, atraídos como moscas por el olor. Y siempre había alguien que sabía lo que había ocurrido y quién era el herido o el fallecido, incluso en casos como este, que estaba cubierto por completo y no podía verse.
Cuando pasó por delante de ellos, oyó susurrar el nombre en voz baja. Mattias Block. Observó a los residentes que estaban reunidos y se preguntó qué sentirían. Pero solo veía rostros inexpresivos. El susurro parecía ser solo una constatación de los hechos.
Daniel fue a almorzar al comedor. A las dos menos cinco estaba otra vez en la recepción.
Sofie, una criatura delgada con ojos de corza, estaba de pie detrás del mostrador ordenando algo. El traje de azafata le quedaba un poco grande y parecía que llevaba el uniforme del colegio.
-Tú fuiste la que recibiste ayer a mi hermano, ¿verdad? -dijo él.
Ella levantó la vista y sacudió la cabeza con firmeza.
-No vino ningún visitante durante mi turno.
-¿Entonces no has escrito tú esa nota? -dijo Daniel señalando el tablón de anuncios que estaba detrás de ella.
Ella cogió la nota y la leyó.
-No -dijo en tono serio-. No estaba ahí durante mi turno. Alguien debió ponerla después.
-¿Y quién tiene turno después de ti?
-Mathilde.
-¿Mathilde? Es con quien acabo de hablar. Ella no la ha escrito. Dijo que debiste ser tú -arguyó Daniel desconcertado.
-Ayer solo trabajamos las dos en la recepción. Es raro. Espera que mire en el libro de registro.
Abrió el libro verde en el que Daniel se registró al llegar. Parecía que había transcurrido una eternidad desde entonces.
-No hemos tenido ninguna visita las últimas dos semanas.
Volvió a cerrar el libro de registro, se encogió de hombros y añadió en tono suave:
-Parece que alguien te ha gastado una broma.
Sofie iba a tirar la nota, pero Daniel extendió la palma de la mano.
-¿Podrías dármela?
Era la voz de Max la que escuchó, de eso estaba seguro. El alcance de la red local de teléfonos móviles se limitaba al valle. No se podían recibir llamadas de fuera. Max debía de estar cerca. Y por alguna extraña razón parecía que había utilizado el teléfono móvil de Karl Fischer.
Daniel recordó la única noche del solsticio de verano que los hermanos celebraron juntos. El padre y Anna habían alquilado una antigua casa de campo en Bohuslän para pasar el verano y habían invitado a Daniel y a su madre. Toda la familia estuvo jugando al escondite en el descuidado jardín. Cuando llegó el turno de que Max se escondiera, no lograban encontrarlo. Lo buscaron en vano en todos los escondites posibles -arbustos de bayas, retrete, cobertizo de madera y sótano-, y luego ampliaron la búsqueda a los embarcaderos, muelles y grietas de las rocas. La preocupación aumentó cuando encontraron un viejo pozo en el terreno colindante con la tapa de madera destrozada. Alguien fue rápidamente en busca de una escalera y una linterna y entonces encontraron a Max sentado en su habitación de la planta superior, comiéndose lo que quedaba de la tarta. Simplemente se había cansado del juego, había entrado en la casa y, desde la ventana, se había divertido mirando cómo los demás lo buscaban preocupados.
¿Estaría ahora también riéndose en algún sitio?
Cuando llamó a la puerta de Corinne, no le abrió nadie, tampoco contestaba el móvil. No podía estar en la cervecería, porque no había abierto aún. Daniel se preocupó.
Un momento después la encontró en la iglesia. Faltaba un rato para que comenzara la misa y estaba sola. Daniel se quedó en la bóveda de entrada y la miró sin que ella se diera cuenta.
Corinne estaba de pie junto al cajón alargado de las velas, al lado del altar. Un rayo de sol alumbraba a los querubines de la vidriera e iluminaba sus rostros de rosa. Clavó una vela en la arena, la encendió y se santiguó como había visto hacerlo antes al padre Dennis.
Permaneció de pie un momento mirando la llama y luego se acercó a un cuadro pequeño de la virgen y el niño, puso otra vela delante del cuadro y la encendió también.
Daniel se adentró con pasos cautelosos en la iglesia. Ella volvió la cabeza inmediatamente, con la mano a medias de hacer el signo de la cruz. La llama de la vela parpadeaba.
-Santo cielo, qué susto me has dado -dijo Corinne resoplando y dejando caer la mano-. ¿Por qué te escondes de ese modo?
-Perdona, no quería molestarte -dijo él deteniéndose en el pasillo-. No sabía dónde estabas. ¿Quieres que me marche? ¿Prefieres estar sola?
-No, solo quería estar un momento aquí antes de ir a trabajar. Ven.
Abrió los brazos y fue rápidamente hacia ella y la besó. Sus mejillas estaban húmedas y rojas, como si hubiera llorado.
-¿Dónde has estado tú? Estaba preocupada por ti -dijo ella. Sostuvo la cara de él entre las manos y lo miró muy seria-. ¿Sabes que han encontrado a Mattias Block?
-Lo he encontrado yo.
-¡¿Tú?! -exclamó ella sorprendida.
Él le contó los tumultuosos acontecimientos acaecidos esa mañana.
-¿Puedo ver esa nota? -preguntó Corinne.
Él la sacó del bolsillo, la alisó y se la dio.
-¿Reconoces la letra?
Corinne acercó la nota a la vela que estaba junto a la imagen de la Virgen.
-Esta letra no es de nadie -dijo ella en tono reflexivo-. Está escrita en letras de imprenta, como las de las tarjetas de felicitación. Alguien lo ha hecho a propósito.
Miró de reojo el reloj.
-Tengo que ir a casa a arreglarme -dijo volviendo a meter la nota en el bolsillo-. Karl Fischer va a llevar a los científicos a la cervecería esta noche. Es el último día que pasan en Himmelstal.