CAPÍTULO 68

CUANDO EMPECÉ A ESCRIBIR 2020 me sentía tan impelido por la rabia y la superioridad moral que no tenía ni idea de cuál era mi objetivo más allá de denunciar la política y los procedimientos de la Tienda.

Sí, en ocasiones, mientras estaba escribiendo en mi estudio de New Burg, fantaseaba de vez en cuando con la idea de que la Tienda se derrumbaba. Pero, evidentemente, sabía que eso nunca iba a ocurrir, y también sabía (y me preocupaba) que la vida de miles de personas dependía de la Tienda, y no solo económicamente.

Así pues, después de la publicación del libro, la Tienda no desapareció de la faz de la tierra. Aunque ha continuado jugando un importante papel en la economía de los Estados Unidos, ha llevado a cabo un monumental trabajo de autorreforma. No me cabe ninguna duda de que dicha reforma se hizo a toda prisa para evitar que la impusieran los gobiernos federal y estatal. Pero se llevó a cabo.

Los dispositivos de escucha, de vigilancia y de grabación de imágenes desaparecieron de las calles, las tiendas y los restaurantes y, lo que es más importante, de los domicilios particulares.

¿Eso consiguió que las cosas fueran perfectas? Por supuesto que no. Siempre habrá alguien que tratará de sacar provecho a cualquier precio (sí, te lo digo a ti, Thomas P. Owens). Pero, sin duda alguna, las cosas mejoraron.

Bette y Bud regresaron a New Burg, y a menudo nos mandamos mensajes de texto y correos electrónicos. En su opinión, «la ciudad está igual, pero la sensación es diferente. Parece… mejor y más tranquila. La gente no mira a sus espaldas a todas horas. Veremos qué ocurre».

Sí. Es cuanto podemos hacer. Ver qué ocurre.

¿Y la familia Brandeis? Bueno, lo cierto es que el libro no nos ha hecho ricos, pero, como solía decir mi madre, ya no estamos con el agua al cuello.

Megan y yo recibimos muchos y jugosos encargos para trabajar como freelances, a los que nos dedicamos con devoción. El periodismo de investigación formaba parte de nuestro ADN. Sin embargo, hasta ahora no ha surgido ningún tema tan importante ni polémico como la Tienda. No creo que nunca aparezca nada que se le pueda comparar.

Regresamos a Nueva York, pero no a nuestro antiguo barrio. Ahora vivimos en el SoHo. Es más práctico que el Distrito Financiero y está más cerca de la oficina de Anne Gutman, con quien quedo para comer todos los jueves en Balthazar (siempre paga ella).

Alex estudia en el instituto. Es muy bueno… jugando al tenis y al fútbol y en el club de vídeo. Los tutores para el examen de ingreso a la universidad ya están haciendo cola.

El jueves pasado, Megan y yo llevamos a Lindsay a Connecticut. Alex nos acompañó (a regañadientes) para cargar con lo más pesado. Lindsay ha empezado a estudiar en la Universidad Wesleyan. Quiere especializarse en inglés y se ha matriculado en periodismo como asignatura secundaria.

El viaje hasta la universidad por la Ruta 66 fue una pesadilla: rayos, truenos y charcos profundos como lagos. Al dejar las cajas, las maletas y el maldito baúl de Lindsay en su habitación estábamos tan empapados que ni siquiera nos molestamos en abrir los paraguas cuando volvimos al coche para despedirnos.

−Eh, tía, nunca habíamos estado tan lejos el uno del otro −le dijo Alex a su hermana.

Nos abrazamos. Y luego nos abrazamos de nuevo.

−Se nos dan muy bien los abrazos familiares −dijo Megan.

−Esta es tu opinión −dijo Alex, aunque no se separó del grupo.

−Vaya, parecemos cuatro actores en el dramático final de una película francesa −dije.

−Llueve tanto que ni siquiera estoy segura de si estoy llorando −dijo Lindsay.

Las lágrimas de Megan y las mías, en cambio, eran imposibles de disimular.

−En mi humilde opinión, este tiempo me parece absolutamente maravilloso −dije.

−Estás totalmente loco, papá −dijo Alex.

−No, tengo razón −dije−. Fíjate. No hay ni un solo dron en el cielo.