CAPÍTULO 6

NO ERA UN GRUPO. Era un grupo numeroso. Nueve personas. Hombres guapos, sonrientes y felices y mujeres guapas, sonrientes y felices, apiñados frente a la puerta trasera, como un equipo deportivo. Incluso parecían tener un capitán, una mujer muy atractiva de cuarenta y pocos años con el pelo castaño hasta los hombros y unos vaqueros muy ajustados.

−Soy Marie DiManno −dijo la mujer−. Somos algunos de vuestros vecinos, y hemos venido a echaros una mano para desempaquetar.

Dije exactamente lo que pensaba:

−Esto es alucinante.

Megan hizo una aclaración:

−Lo que quiere decir es que sois muy amables.

−Vimos el camión de mudanzas en la calle −añadió Marie− y nos enviamos mensajes de texto. Para eso están los amigos.

Casi esperaba que empezaran a cantar la canción del mismo título.

Lo cierto es que estábamos tan absortos por el incidente del pingüino que no habíamos oído entrar al camión. Miré por encima de las cabezas de nuestros vecinos y vi a los hombres de la mudanza. Eran cuatro, y todos vestían monos de color azul marino en los que podía leerse operarios de mudanzas de la tienda.

Cuando los hombres empezaron a meter cajas en la casa, Marie entró, nos invitó a presentarnos y siguió a uno de los operarios hacia la escalera.

El comité de bienvenida parecía recién salido de un casting.

Los primeros en presentarse fueron la pareja «de más edad». Ambos eran esbeltos y elegantes, con el pelo gris, cortado con mucho estilo. Parecían una pareja de un anuncio de Cialis.

Luego fue el turno de una pareja afroamericana de cuarenta y tantos años. Ella llevaba una camiseta denim impecablemente desteñida y ambos lucían unas bermudas J. Crew de color azul celeste.

A continuación, se presentó la inevitable pareja joven y rubia. El quarterback y la animadora de la universidad.

Y, finalmente, la típica pareja de comedia de situación: el tipo calvo y barrigudo y su esposa, con una boca enorme dispuesta a soltar alguna ocurrencia.

−Soy Mark Stanton −dijo el apuesto afroamericano, estrechándome la mano−. Bienvenidos a New Burg. Esta es mi mujer, Cookie.

−Bienvenidos a la Tienda −dijo Cookie−. Y bienvenidos a la familia de la Tienda.

−Esto sí es una bienvenida en toda regla −dije.

En caso de que detectaran un punto de sarcasmo en mi voz (no pretendía ser sarcástico, solo ingenioso), las expresiones de sus rostros no lo dieron a entender.

No tardé en descubrir que Mark Stanton trabajaba en el edificio de «recogida» del centro de distribución (así es como llamaban a nuestro trabajo: recogida, una palabra que escuché muy a menudo durante el siguiente par de horas). Parecía que todos los que habían venido a ayudarnos trabajaban en el departamento de embalaje, envíos o recogida, excepto Marie, que estaba «descansando» tras la inesperada muerte de su marido. Me dijo que no tenía «problemas de dinero, porque la Tienda ha tenido la gentileza de asignarme una pensión de viudedad».

La mujer más mayor, la del pelo gris, no tardó nada en decirme que «trasladarse a New Burg para trabajar en la Tienda acabará convirtiéndose en la mejor decisión que hayáis tomado en la vida. ¿En qué otro lugar se puede compaginar un trabajo tan agradable, rodeados de gente tan agradable y en un sitio tan agradable? Después de jubilarnos, Martin y yo nos instalamos en Tampa, y, sinceramente, teníamos problemas para llegar a final de mes. Tenemos un hijo en Miami que es drogodependiente». Me dio esta información como si me estuviera diciendo que su hijo era dentista.

−Entonces −continuó−, Martin envió una solicitud para trabajar en la Tienda. Nos contrataron y nos mandaron aquí, igual que a vosotros, y…, bueno, han conseguido que merezca la pena vivir la vida.

Nuestros nuevos vecinos parecían ser enérgicos expertos en desembalar. Marilyn Fidler, la rubia guapa, había traído papel, con el que forró los cajones del dormitorio (ni en un millón de años, ni a Megan ni a mí se nos habría ocurrido forrar los cajones de nuestros muebles).

−Es importante que todo esté ordenado desde el principio −dijo Marilyn mientras ayudaba a Megan y a Lindsay a llenar dos cajones con jerséis y sudaderas.

En el curso de aquella ajetreada mañana, Alex me llevó a un rincón y me susurró lo siguiente:

−Eh, papá, ¿sabes lo que ha traído esa tal Marie?

−¿Un montón de energía? −dije.

−No. Un artilugio de plástico para doblar camisetas; me ha enseñado cómo se usa. Dice que así quedan bien apiladas y ordenadas, como en una tienda de ropa. Es un poco inquietante, ¿no?

−No lo sé, colega. Puede que solo sea perfeccionista.

Alex no parecía muy convencido. Entonces vio a su hermana cargada con una caja con sus videojuegos y fue tras ella.

«Es un poco inquietante, ¿no?», había dicho Alex. Aunque no estaba de acuerdo con él, sabía a qué se refería. Eran todos encantadores, simpáticos, agradables, limpios, ordenados, trabajadores. Entonces, ¿por qué el resultado de todas esas cualidades era «inquietante»?

«Maldita sea», pensé. Esas personas solo se estaban comportando como buenos vecinos. Y mi hijo y yo éramos dos típicos neoyorquinos cínicos, demasiado insensibles para apreciar las cosas sencillas de la vida.